Bajo el abanico Capítulo 2 – El primer abanico #2
8%

Capítulo 2 – El primer abanico #2

Subí con el corazón retumbando. Abrí el abanico: clack.

El ruido se expandió como fuego. Me puse a improvisar un pequeño monólogo.

Hablé de Monterrey, del calor que nos pega como madre enojada, de cómo sudamos tanto que terminamos brillando aunque no queramos.

La gente se rió, chifló, aplaudió. No era un gran show, pero era mío.

Cada palabra parecía tallada por la urgencia de existir.

Entonces me animé a más. Caminé por el escenario, levanté el abanico como si fuera bandera y lo cerré con fuerza. Clack.

Me seguían, repetían el ritmo de mis movimientos con palmadas.

Una señora lanzó un grito de “¡Eso, mijo!”.

Yo reí nervioso, pero continué. Bailé un par de pasos torpes, improvisados, y la gente celebró como si hubiera hecho una acrobacia.

Era claro: no pedían perfección, pedían entrega. Y yo estaba entregado.

Cuando bajé, Nico me abrazó. —Eso es. No necesitas lentejuelas todavía. Solo verdad. —¿De verdad estuvo bien? —pregunté, jadeando. —Más que bien. Fue honesto. Y eso el público lo siente.

Veneno aplaudió lento, con burla. —Bravo, el poeta del abanico. A ver cuánto dura el encanto. Pachuca abrió el suyo y lo cerró con fuerza. Clack. —El encanto dura lo que nosotros queramos, mana. Y este niño trae ganas.

El camerino se llenó de risas y comentarios.

Una drag me chocó la mano y dijo: “bienvenido al club de las valientes”.

Otra me ofreció un poco de glitter, “para que se te pegue la suerte”.

Yo apenas podía responder, todavía temblando.

El abanico me quemaba en la mano como si estuviera vivo.

Pachuca me miró a los ojos y dijo: —Recuerda, Alex: el abanico no es adorno.

Es espejo. Lo que muestres ahí arriba, eso es lo que eres.

Esa madrugada regresé a casa con el abanico pegado al pecho.

En la sala, mi mamá estaba despierta. La tele prendida en silencio iluminaba su rostro cansado.

—¿De dónde vienes? —preguntó. —De estudiar —mentí, bajando la mirada.

Ella me observó unos segundos. Pareció querer preguntar más, pero al final solo suspiró.

—No te desveles tanto. Te vas a enfermar.

Subí al cuarto con el corazón encogido. Odiaba mentirle, pero todavía no podía decirle que mi lugar verdadero estaba entre luces y humo, no entre cuadernos y bibliotecas.

Me acosté con el abanico abierto sobre el pecho, escuchando en mi cabeza el eco del público.

Antes de dormir, escribí en el cuaderno: “Hoy mi rareza fue mi fuerza. Y por primera vez, no quise esconderla.”

Al día siguiente, en clase de literatura, la maestra pidió que leyéramos algo propio.

Me dio miedo, pero también ganas. Saqué un papel y leí un fragmento de lo que había escrito la noche anterior.

No mencioné el abanico, pero hablé del calor, de la risa y del miedo que se convierte en luz.

Mis compañeros me escucharon en silencio.

Cuando terminé, algunos aplaudieron tímidamente.

La maestra sonrió. —Tienes voz, Alex. Úsala.

Salí del salón con un temblor extraño: había hablado sin abanico, pero con la misma urgencia. Y entendí que poco a poco estaba aprendiendo a usarlo incluso sin abrirlo. El abanico podía estar en mis manos o en mi voz, y eso me daba más valor del que jamás había sentido.

Caminando de regreso a casa, con el sol cayéndome a plomo en la cabeza, recordé la palabra que me habían dicho en el recreo: raro.

Por primera vez no me pesó. Pensé: sí, soy raro.

Raro como una chispa en un lugar oscuro.

Raro como un abanico abierto en medio del tráfico.

Y sonreí, porque descubrí que lo raro también puede ser hermoso cuando se convierte en brillo.

El miércoles amaneció con una humedad sofocante, como si la ciudad entera sudara conmigo.

Me levanté con los ojos hinchados de cansancio, pero con la mente vibrando todavía por lo que había pasado en el micrófono abierto.

El eco de los aplausos no se apagaba. Mientras me ponía el uniforme escolar, abrí el abanico frente al espejo.

Clack. Ese sonido me sostuvo mejor que el desayuno.

En la escuela traté de disimular, pero todo me parecía ajeno.

Cuando un profesor me pidió pasar a resolver un problema en el pizarrón, sentí la misma presión en el pecho que en el escenario.

Pero no había música, ni luces, ni público amable.

Solo silencio y miradas. Me tembló la mano con el marcador.

Al final, resolví mal. Escuché risas. Mi cara se encendió.

Pensé en el abanico escondido en la mochila.

Pensé en abrirlo ahí, en medio del salón, para cortar las risas con un clack.

Pero no lo hice. Me mordí la lengua, regresé a mi asiento y conté hasta diez mientras el calor me subía como si trajera reflectores encima.

Durante el recreo, escuché a un par de compañeros burlarse de mí, imitando mi voz.

Me hervía la sangre, pero me quedé callado.

En mi cabeza, repetía la frase de Pachuca: “El abanico no es excusa, es sentencia”.

Imaginé abrirlo frente a ellos y callarlos con un solo movimiento.

Supe que algún día lo haría, aunque no fuera en ese patio.

Para disimular, me encerré en la biblioteca y escribí en el cuaderno: “Las risas duelen, pero no matan. El silencio sí”.

Al salir, Nico me mandó un mensaje: “¿Vienes hoy?”. Era la primera vez que me escribía fuera del bar. Sentí el corazón golpeando en la garganta. Contesté rápido: “Sí. Siempre”. Volví a leerlo tres veces antes de guardar el celular, como si el texto pudiera evaporarse si no lo cuidaba.

Llegué a La Cámara de Humo más temprano de lo normal. Pachuca me encontró en la barra, mirando a todas partes con ansiedad. —Relájate, mi amor. El escenario no se va a ir. —Es que siento que no puedo esperar —le dije. —Eso es buena señal. La ansiedad es gasolina si sabes prenderla.

En el camerino, Nico estaba en pleno maquillaje. Se veía distinto cada día. Ese miércoles se dibujaba unas cejas arqueadas altísimas, que lo hacían parecer una diosa inalcanzable. —Llegaste temprano —me dijo, con media sonrisa. —No podía quedarme en casa. —Eso es adicción, Alex. Y me gusta.

Me invitó a sentarme cerca. Mientras se pintaba, me contó de su primera vez en un escenario.

Me habló de los nervios, de las burlas, de las lágrimas escondidas en el baño después de actuar.

—La gente cree que todo es glamour. Pero el drag también es llanto.

El maquillaje tapa, pero no borra. —¿Y por qué sigues haciéndolo?

—pregunté. —Porque también es libertad. Y esa pesa más.

Yo lo escuchaba con atención, grabando cada palabra. En el espejo, vi nuestros reflejos juntos: él, con su rostro transformado, y yo, con mi abanico cerrado en las manos. Pensé que quizá algún día nos verían en el mismo escenario, como compañeros, como algo más.

Esa noche Pachuca me hizo practicar detrás del escenario.

Me enseñó a caminar con los hombros firmes, a girar con el abanico sin que se cayera, a abrirlo con ritmo y no con torpeza.

—El abanico no se abre como excusa, se abre como sentencia.

Que suene a punto final —me decía, marcando con sus manos cada movimiento.

Me hizo repetir hasta que el clack sonara parejo, hasta que el aire pareciera obedecer al gesto.

Luego me corrigió la mirada: —No bajes los ojos.

El público huele el miedo. Levanta la barbilla aunque te tiemble el alma.

Respira por la nariz antes de cada frase. La respiración también es maquillaje.

Veneno apareció de pronto, recargada en el marco de la puerta.

—Miren al alumno estrella. ¿Cuánto apuestas a que se quiebra la primera vez que lo insulten?

—Cállate, mana —respondió Pachuca, exasperada.

—Yo solo digo —insistió Veneno, con una sonrisa venenosa—: la gente aplaude rápido, pero olvida más rápido todavía.

Y cuando olviden, a ver si le queda algo más que su juguetito negro.

No supe qué contestar. Pero Nico se giró hacia ella. —Pues que me insulten a mí también, si se atreven. Porque yo lo respaldo. —¿Y qué ganas tú cargando con un novato? —dijo Veneno. —Lo mismo que ganaron conmigo cuando empecé: esperanza.

El silencio que siguió fue pesado. Veneno rodó los ojos y se fue sin decir nada más. Pachuca me guiñó un ojo. —Eso, niño. Ya tienes quien te cubra las espaldas. Y cuando el amor te cubre la espalda, el miedo se queda sin silla.

El show de esa noche fue distinto. No participé, pero observé con otros ojos.

Cada movimiento de las reinas me parecía una lección.

Nico salió al escenario con un vestido plateado que reflejaba las luces como si llevara estrellas cosidas encima.

El público se volvió loco. Yo lo miraba sin pestañear.

No era solo admiración: era un tipo de fe.

Pensaba: “si él pudo, yo también puedo”.

Lo vi girar el abanico de lado y abrirlo apuntando al techo, como si descorchara la noche.

Aprendí que también se podía decir “aquí estoy” sin decir nada.

Entre número y número, ayudé a acomodar pelucas, a recoger vasos, a calmar nervios. Por primera vez sentí que hacía falta en ese lugar, aunque nadie me lo hubiera pedido. Pachuca me dio un beso en la frente. —La casa no es un edificio —susurró—. Es la gente que te espera cuando te caes.