Capítulo 2 – El primer abanico
“Un gesto puede ser un manifiesto.”
El fin de semana llegó envuelto en el mismo calor sofocante, pero para mí todo era distinto.
Después de lo que había pasado en La Cámara de Humo, el mundo parecía otro.
La escuela se sentía como un decorado falso, mis amigos como extras en una obra que ya no me pertenecía.
Yo tenía un secreto latiendo en el pecho: había estado en un escenario, había abierto un abanico frente a un público y no me había derrumbado. Esa sensación era adictiva. Quería más.
El sábado, después de comer, me escapé al centro.
Caminé por Juárez, esquivando vendedores y turistas, hasta llegar a un puesto de curiosidades donde vendían de todo: posters, pulseras, collares de plástico, sombreros con lentejuelas.
Y ahí lo vi. Colgado entre máscaras y bufandas, estaba un abanico negro, grande, con varillas firmes y tela mate.
No tenía plumas ni lentejuelas, pero al verlo sentí que me miraba de regreso. No era prestado. Podía ser mío.
Lo tomé con cuidado. El vendedor me miró de reojo.
—¿Te interesa, joven? —me dijo, con voz cansada.
—¿Cuánto cuesta? Me dijo el precio. No era barato, pero tampoco imposible.
Saqué mis ahorros, las monedas que había guardado de lonches no comprados y vueltas nunca gastadas.
Cuando lo pagué, sentí que estaba firmando un contrato invisible.
El vendedor me lo entregó envuelto en papel periódico.
—Cuídalo. Un abanico no es nomás para el calor.
Caminé con él bajo el brazo, como quien carga un secreto.
En cada esquina me parecía escuchar el clack que todavía no había hecho sonar.
Pasé por la Macroplaza, donde los niños corrían con globos y parejas caminaban tomadas de la mano en la sombra de los árboles.
Imaginé abrir el abanico ahí, frente a todos, y escuchar el eco en toda la ciudad.
Me estremecí. Llegué a casa y lo escondí en el clóset, debajo de la ropa.
Esa noche apenas pude dormir. El abanico estaba ahí, respirando conmigo.
El domingo lo llevé a La Cámara de Humo.
Me temblaban las manos cuando lo saqué de la mochila frente a Pachuca.
—¡Eso, mijito! —gritó—. Ya tienes tu propio abanico.
Ahora sí eres de la familia. Me lo abrió con un movimiento limpio, sonoro.
Clack. Varias reinas aplaudieron. Nico, que estaba terminando de maquillarse, me miró desde el espejo y sonrió con un brillo suave. —Ahora sí —dijo—. Bienvenido de verdad.
El resto de la noche fue distinta. Sentía el peso del abanico como si fuera un trofeo, pero también una responsabilidad.
No era un accesorio: era un símbolo. Cada vez que lo abría, el público respondía.
Yo apenas estaba aprendiendo a moverme, pero ese sonido ya me daba una presencia.
Me di cuenta de que el drag no empezaba en el escenario: empezaba en la palma de la mano.
Durante un descanso, Nico se sentó a mi lado en el camerino.
—¿Qué sentiste al comprarlo? —Como si hubiera firmado algo —le respondí.
—Exacto. Un abanico es un pacto. Entre tú y tu voz.
Entre tú y el escenario. Entre tú y las ganas de no esconderte más.
—¿Y si un día me arrepiento? —pregunté, sin saber de dónde salía la duda.
—No pasa nada —contestó—. El abanico no se ofende.
Solo espera. Tú decides cuándo abrirlo otra vez.
Me quedé callado. Miré el abanico negro. Pensé en todo lo que podía significar: defensa, refugio, grito, abrazo. Y supe que era apenas el comienzo.
En un rincón, Veneno bufó. —Miren nada más, el bebé ya trae juguete propio.
A ver cuánto le dura la emoción. Pachuca no la dejó seguir.
—Cállate, mana. Aquí todos empezamos con un abanico prestado.
El chiste es saber usarlo. —Pues que lo use —respondió Veneno, cruzando las piernas—. El público es el único juez.
Esa noche, cuando me animé a subir, abrí mi abanico nuevo por primera vez frente a la multitud.
El clack fue seco, fuerte. El público respondió con un grito como si hubiera visto nacer algo.
No bailé mucho, apenas me moví al ritmo de la música, pero cada gesto parecía amplificado por el objeto que ahora era mío.
Pachuca aplaudía desde la mesa, y Nico me miraba con una calma orgullosa.
Después del show, Pachuca me abrazó con fuerza. —Ya no hay marcha atrás, Alex. Ese abanico ya habló por ti. Ahora tienes que aprender a escucharlo. —¿Y cómo se escucha un abanico? —pregunté. —Se escucha cuando el silencio pesa más que el ruido. Ábrelo y vas a saber.
Al regresar a casa, mis papás ya dormían.
Me encerré en el cuarto y lo saqué de la mochila.
Lo puse sobre el escritorio, abierto, como una bandera.
Me quedé viéndolo largo rato, hasta que el sueño me venció.
Por primera vez no lo escondí. Por primera vez pensé que, si alguien lo encontraba, no lo negaría.
El lunes en la escuela, mientras los demás hablaban de fútbol y exámenes, yo solo pensaba en el abanico.
En cómo un objeto tan sencillo podía contener tanto.
Empecé a dibujarlo en los márgenes de los cuadernos, a escribir frases al lado: “un abanico no se abre para esconderse, se abre para existir”.
Mis compañeros se rieron, diciendo que parecía poeta frustrado.
Yo me reí también, pero por dentro sabía que estaban viendo apenas la punta de algo que ardía.
A la hora del receso, un amigo me preguntó qué hacía en las noches, porque últimamente parecía cansado.
Inventé que me quedaba estudiando. Sentí un nudo en la garganta: por primera vez estaba mintiendo sobre algo que me hacía feliz.
Pensé en contárselo, pero luego recordé las bromas que hacían sobre “los jotos del centro” y decidí callar.
Guardé el secreto, igual que guardaba el abanico, pero esta vez sentí que no era una carga: era un tesoro.
Esa tarde, mientras esperaba el camión en Constitución, saqué el abanico y lo abrí en silencio. Nadie me estaba viendo, pero igual sentí un escalofrío. El clack sonó contra el ruido del tráfico, y por un instante el mundo se calló. No era solo un objeto: era un comienzo. Y yo ya estaba dentro.
Esa noche, en la cena, mi mamá notó que estaba distraído. —¿Qué traes en la cabeza? —preguntó. —Nada —dije rápido. Mi papá me miró con desconfianza. —Ponte las pilas, Alex. No quiero verte soñando despierto. La vida no se gana con ilusiones.
Tragué saliva. No respondí. Pero por dentro pensé: la vida tampoco se gana con miedo.
Subí a mi cuarto y abrí el abanico frente al espejo. El sonido llenó el espacio pequeño. Me observé un rato, probando poses torpes, gestos improvisados. Y aunque nadie aplaudió, sentí que algo en mí me estaba diciendo que siguiera. Ese algo ya no iba a callarse.
El martes amaneció con un aire pesado, como si Monterrey hubiera decidido recordarme que aquí la vida nunca es ligera.
En la escuela, los profesores hablaban de exámenes, de tareas, de matemáticas que me parecían lejanas.
Yo solo pensaba en el abanico guardado en mi mochila, envuelto en una camiseta vieja.
Cada que el cierre del bulto se movía, sentía que latía como un corazón aparte.
Nadie lo sabía, pero lo llevaba conmigo a todas partes. No quería soltarlo.
En el recreo, mientras los demás comían frituras y se reían de memes, yo abrí el cuaderno y escribí frases cortas: “El abanico no tapa, revela.” “Un clack es un grito sin garganta.” “Si lo abro aquí, ¿me verían distinto?”.
Cerré rápido cuando un amigo se acercó. —¿Qué escribes tanto, Alex?
—Nada. Puras tonterías. Él se rió y me arrebató el cuaderno.
Yo me lancé a quitárselo, con el corazón en la boca.
Cuando me lo devolvió, murmuró: —Qué raro eres.
Lo dijo sin malicia, pero la palabra me quedó clavada. Raro. Como si fuera una marca.
Por la tarde, caminé de nuevo hacia Barrio Antiguo.
La ciudad estaba sofocante, pero yo sentía un frescor interno que me empujaba.
Llegué al bar temprano. Pachuca me recibió como si yo fuera un sobrino descarriado que había vuelto a casa.
—A ver, mi niño abanico, ¿ya lo trajiste?
Lo saqué. Ella lo abrió con un movimiento exagerado y lo puso frente a su cara.
—Esto ya no es juguete, Alex. Es voz. Y la voz se respeta.
En el camerino, las reinas hablaban de shows futuros, de concursos en otros bares, de clientes que dejaban propinas gordas.
Una contaba que había actuado en San Pedro y la habían recibido con gritos y rosas; otra decía que quería ir a la Ciudad de México a probar suerte.
La mezcla de sueños y cansancio flotaba en el aire como perfume barato.
Veneno se maquillaba en silencio, hasta que de pronto soltó: —La voz se respeta, sí.
Pero para respetarla, primero hay que tener una.
No sé si el niño la tenga. Me ardieron las orejas, pero Pachuca contestó antes de que pudiera abrir la boca.
—La voz se construye. Y si tú sigues amargada, ni diez abanicos te van a servir.
Hubo risas. Veneno apretó los labios, pero no dijo más. Yo agradecí en silencio. Nico se me acercó y me tocó el hombro. —No gastes saliva con ella. Tú haz lo tuyo. —¿Y qué es lo mío? —pregunté. —Descubrirlo. Nadie puede decírtelo. Ni yo, ni Pachuca. Solo el escenario.
Esa noche hubo función doble. El lugar estaba lleno a reventar.
Había hasta gente de pie en los pasillos, abanicos chocando, vasos de cerveza sudando sobre las mesas.
El DJ anunciaba cada número como si fuera la final de un concurso mundial.
Yo miraba desde un rincón, temblando. Pachuca me guiñó un ojo.
—Hoy te toca demostrar si tu abanico es espada o abanico de papel.
Cuando anunciaron micrófono abierto, Pachuca me empujó con suavidad. —Sube. No pienses. Abre.