Capítulo 1 – El escenario vacío #4
El camerino era un caos delicioso: telas en el piso, perfumes en el aire, voces chocando unas con otras.
Veneno practicaba gestos frente al espejo.
Al verme, sonrió con malicia. —¿Sigues aquí, bebé abanico?
Qué resistencia. Yo apreté el mío entre las manos, recordando la frase que había escrito: “un abanico puede ser espada”.
—Sigo aquí —dije, con más firmeza de la que esperaba.
Pachuca se rió fuerte. —¡Eso! Ya aprendiste a contestar.
Nico entró transformado en Reina Violeta, más radiante que nunca: vestido púrpura con lentejuelas, labios delineados de rojo intenso. Me guiñó un ojo. —¿Listo para seguir aprendiendo? —Siempre. —Pues esta noche vamos a ensayar un futuro.
No entendí, pero el misterio me aceleró la sangre. El show comenzó. El bar estaba lleno a reventar. Cada número recibía gritos, aplausos, abanicos chocando en el aire. Monterrey parecía olvidarse de su conservadurismo por unas horas y se entregaba a esa fiesta clandestina de libertad.
Cuando llegó el turno de Reina Violeta, el público enloqueció.
Interpretó “Quererte bonito” de Ana Gabriel con una fuerza que dolía.
Yo la miraba y sentía que no había nadie más en el cuarto.
Al terminar, el aplauso fue ensordecedor.
Ella se inclinó y señaló hacia mí. La luz me atrapó.
El DJ gritó mi nombre. —¡Con ustedes, Alex!
Sentí que el corazón se me salía. No estaba planeado, o al menos yo no lo sabía. Pachuca me empujó. —Ándale, bebé. No te rajes.
Subí al escenario. Las piernas me temblaban.
La música empezó: una cumbia inesperada, alegre, imposible de ignorar.
El público empezó a palmear. Abrí el abanico.
Clack. El sonido retumbó. La gente gritó.
Empecé a moverme. Al principio torpe, luego con más confianza.
Nico apareció a mi lado, bailando conmigo, guiándome con miradas y gestos.
No era un número perfecto, pero era un número vivo.
La cumbia nos llevó a girar, a reír, a improvisar como si estuviéramos en una cocina familiar más que en un escenario. El público nos aplaudía como si hubiéramos ensayado meses. Yo sentí que flotaba. Que el calor de Monterrey ya no era castigo sino combustible.
Cuando terminó, el ruido fue ensordecedor. La Pachuca gritaba, Veneno rodaba los ojos, y yo estaba sudando como si hubiera corrido un maratón. Nico me abrazó en el escenario, apretado, como quien dice sin palabras: “ya entraste”.
Después del show, en el camerino, todavía con la adrenalina encima, me senté en una esquina. Pachuca se acercó y me dio una botella de agua. —¿Ya viste? La gente te compró. No por perfecto, sino por real. Eso vale más que todo el glitter.
Veneno bufó desde el otro lado del cuarto. —Sí, muy real. Pero aquí la realidad no siempre paga las cuentas. Nico le contestó sin levantar la voz. —La paga el público. Y hoy, el público lo ovacionó.
Guardé silencio, pero por dentro sentía que había cruzado otra línea invisible. Ya no era “el niño con abanico”. Era alguien que había estado en el escenario y había sobrevivido.
Me quedé un rato más en el bar, mirando a las demás reinas despedirse entre abrazos, carcajadas y planes para el fin de semana.
Escucharlas era como asomarme a un idioma donde las familias se inventaban cada noche.
Pachuca me pasó un cigarro y yo lo rechacé, pero igual me senté a su lado.
—¿Sabes qué es lo más duro, mijo? —me dijo—.
No el shade, no el cansancio. Es regresar a tu casa después de esto.
Porque aquí eres todo y allá eres nada. Aprende a llevar las dos vidas, o te quiebras.
—¿Y tú cómo lo haces? —me atreví a preguntar.
Pachuca exhaló humo hacia el techo. —Con práctica.
Con lágrimas escondidas. Y con hermanas que me recuerdan quién soy cuando la familia de sangre se olvida.
Sus palabras me siguieron hasta la salida.
En el pasillo, vi a Nico quitándose poco a poco el maquillaje.
Su rostro limpio era igual de fuerte que el maquillado.
Me miró y dijo: —No te asustes. El drag no desaparece cuando te lavas la cara.
Solo cambia de piel. —¿Y si me la quiero dejar para siempre?
—respondí sin pensar. Nico me sostuvo la mirada.
—Entonces esa será tu piel. Nadie puede quitártela.
De regreso a casa, en el camión nocturno, miré las luces de Monterrey desde la ventana. Los cerros parecían vigilarme. El aire caliente se colaba por las rendijas, pero dentro de mí había un frescor nuevo. Abrí el cuaderno y escribí: “Hoy sostuve la luz un poco más tiempo. No me quemó. Me iluminó.”
Cerré el abanico y lo apoyé en el pecho.
Afuera, la ciudad seguía siendo la misma: conservadora, ruidosa, calurosa.
Pero para mí, Monterrey ya había cambiado.
Ahora tenía un escenario secreto donde podía existir completo, sin máscaras, aunque el drag fuera máscara también.
Un lugar donde mi miedo se transformaba en brillo.
Esa noche dormí con el abanico bajo la almohada. Y soñé que lo abría en medio de la Macroplaza llena, frente a las montañas, con todo Monterrey escuchando el clack. Nadie se reía. Nadie juzgaba. Todos aplaudían. Y yo, por primera vez, no despertaba asustado, sino en paz.
Al despertar, todavía de madrugada, sentí que el sudor se mezclaba con lágrimas.
Me levanté, encendí la luz y escribí en el cuaderno: “Si esto es un sueño, no quiero despertar. Si esto es real, voy a quedarme.” Guardé el abanico junto a las hojas y volví a acostarme.
Por primera vez en mucho tiempo, no tuve miedo del día que vendría.