Capítulo 1 – El escenario vacío #3
Bajé del escenario con la cara ardiendo. Pachuca me abrazó. —Eso, mijo. Les diste verdad. Y la verdad, aquí, es más cara que el cover. Nico estaba detrás, con los ojos brillando. —Lo hiciste. Ya eres artista, aunque todavía no lo creas.
El resto de la noche fue un torbellino. Vi números espectaculares, uno de una drag disfrazada de Virgen de Guadalupe que terminó en cumbia, otro de una reina que hizo lipsync con una marioneta idéntica a ella misma.
Cada show era un recordatorio de que el drag es teatro, protesta y fiesta a la vez.
Cada abanico abierto era una declaración de existencia.
En un rincón, Veneno me observaba con ojos filosos, como si estuviera calculando cuánto tardaría en deshacerme. No dije nada. Aprendí que a veces el mejor shade es seguir brillando. Pachuca me guiñó desde su mesa como diciendo: “ya aprendiste la primera lección”.
Caminé a casa de madrugada con el cuaderno bajo el brazo y el abanico en el pecho.
Monterrey seguía siendo un horno, pero yo sentía que por dentro algo se había encendido distinto.
Ya no era espectador: era aprendiz. Y en esa ciudad de montañas duras y corazones a veces fríos, había encontrado un lugar donde podía abrir mi abanico y dejar que hiciera ruido.
Esa noche, en la cama, abrí el cuaderno de nuevo. Escribí: “El miedo es un telón. Y yo ya lo crucé.” Luego cerré los ojos con el sonido imaginario del clack repitiéndose como arrullo.
La mañana siguiente amaneció con el mismo calor asfixiante, pero mi cuerpo estaba todavía temblando de la noche anterior.
No podía borrar de la cabeza la imagen del público aplaudiendo, ni el sonido del abanico que Nico me había regalado: un clack limpio, contundente, como si hubiera marcado mi entrada oficial a un idioma nuevo.
En mi casa, fingí normalidad. Mamá me preguntó por “la tarea de la biblioteca” y asentí sin chistar.
Guardé el cuaderno bajo la almohada, como si fuera un secreto peligroso.
Pasé el día distraído, repasando en la mente la lectura que había hecho.
Cada palabra parecía haber quedado flotando todavía en mi garganta.
Me preguntaba si de verdad había sido yo quien habló así, tan firme, tan en voz alta.
Me reconocía y no me reconocía. Era como si existiera un Alex de día, el que se callaba, y otro Alex de noche, que empezaba a descubrir cómo se sentía respirar sin miedo.
Esa división me inquietaba y a la vez me excitaba.
Pensé en Nico. Pensé en sus ojos cuando me escuchó leer.
Había algo ahí que no era solo admiración: era reconocimiento.
Por la tarde decidí escribir más. Me encerré en mi cuarto con el ventilador apuntándome directo y empecé a llenar páginas con frases sueltas.
Escribí sobre el calor regio, sobre los vendedores de elotes en Constitución, sobre las parejas que veía en la Macroplaza escondiéndose entre sombras.
Todo lo que parecía insignificante adquiría un brillo nuevo si lo miraba con los ojos del escenario.
“La vida es drag”, escribí. “Todo se arma, todo se pinta, todo se actúa, pero dentro de ese acto también late lo real.”
Esa noche regresé a La Cámara de Humo. El cadenero ya me conocía. —¿Otra vez, mijo? —me dijo con una sonrisa torcida. —Otra vez. —Nomás no me digas que vienes diario, porque aquí no damos membresía. —Pues deberían —respondí, y me reí nervioso.
Adentro, el lugar estaba lleno de humo y voces.
Me encontré con Pachuca apenas crucé la puerta.
—¡Alex, bebé abanico! —gritó, y varias reinas voltearon a verme.
Me dio un abrazo exagerado y me llevó directo al camerino.
Ahí estaban todas preparando sus números.
Pelucas en el aire, brochas corriendo, pestañas gigantes en los espejos.
Veneno estaba sentada en un rincón, ajustándose un corset plateado.
Me miró sin decir nada, pero su silencio pesaba.
Nico apareció un poco después, ya transformado en Reina Violeta.
Llevaba un vestido morado con plumas que parecían querer escapar hacia el techo.
Cuando me vio, sonrió apenas. —Viniste. —No podía quedarme en casa —le dije.
—Bien. Porque hoy la cosa se va a poner intensa. Hay concurso de improvisación.
No entendí del todo hasta que Pachuca me explicó: era una dinámica donde el público pedía una canción al azar y las drags debían improvisar un lip sync o una coreografía en ese momento.
Caótico, arriesgado, pero también glorioso si salía bien.
Sentí un nudo en el estómago. —¿Y yo? —pregunté.
—Tú miras. Pero pon atención, porque un día te va a tocar.
El concurso empezó pasada la medianoche.
La música era impredecible: un reguetón, luego una ranchera, después pop de los noventa.
Cada reina respondía como podía. Una se tropezó, otra sacó risas, otra hizo un número tan brillante que el público casi se subió al escenario.
Cuando le tocó a Reina Violeta, le pusieron “La gata bajo la lluvia” de Rocío Dúrcal.
La forma en que interpretó la canción fue tan intensa que la gente lloraba y reía al mismo tiempo.
Yo la miraba hipnotizado. Cada movimiento con el abanico era como una confesión.
Después del concurso, mientras el público seguía gritando, fui al camerino. Nico estaba agotado, con el maquillaje un poco corrido pero los ojos aún brillando. —Eres increíble —le solté sin pensarlo. —No, baby. Soy humana. Lo increíble es atreverse. Y tú ya empezaste.
Me quedé mirándolo, queriendo decir algo más, pero Veneno se adelantó. —Increíble, dice. —Se rió con desprecio—. No te ilusiones, niño. Aquí todos son estrellas hasta que se apaga la luz.
Nico la fulminó con la mirada. —Cállate, Veneno. —¿O qué? —respondió ella, con una sonrisa envenenada.
El ambiente se tensó. Pachuca intervino, abriendo su abanico con fuerza. —Ya basta, perras. Aquí venimos a brillar, no a escupir veneno literal.
Me fui a casa más confundido que nunca. Por un lado, sentía que cada noche me acercaba más a un mundo donde podía ser libre.
Por otro, la hostilidad de Veneno me recordaba que nada era sencillo.
En el camión, escribí en el cuaderno: “Un abanico puede abrirse como abrazo o como espada. Depende de quién lo cargue.”
Los días siguientes se volvieron rutina: escuela de día, La Cámara de Humo de noche.
Empecé a aprender más de maquillaje, de movimientos, de voces.
Nico me daba consejos en secreto. Pachuca me prestaba ropa vieja para practicar.
Incluso algunas reinas me enseñaban a caminar en tacones en los pasillos vacíos antes de abrir el bar.
Era un entrenamiento improvisado, pero cada clase me hacía sentir que avanzaba.
Una noche, Pachuca me puso frente al espejo y me pintó los labios de rojo.
—Mírate —dijo. Lo hice. No reconocí mi rostro, pero tampoco lo rechacé.
Era una versión mía que siempre había estado escondida.
—El drag no es disfraz, mi amor —dijo Pachuca—.
Es espejo. A veces te refleja, a veces te inventa, pero siempre te muestra algo que no sabías que tenías.
Me quedé callado. El reflejo me miraba con labios encendidos y un abanico en la mano. Supe que ya no había vuelta atrás.
Esa misma noche, Nico se me acercó al salir del camerino. —Alex, ¿quieres intentar algo conmigo en el escenario? Me quedé helado. —¿Cómo que algo? —Un número corto. Improvisado. Nada complicado. Tú abres el abanico, yo sigo la canción. Y ya.
Acepté con un hilo de voz. El corazón me golpeaba como tambor cuando nos anunciaron.
Subimos juntos. El DJ puso “No querías lastimarme” de Gloria Trevi.
Yo abrí el abanico. Clack. El público gritó.
Nico apareció detrás de mí, caminando lento, como sombra brillante.
Empezamos a improvisar. Yo hacía gestos, él los amplificaba.
El escenario se volvió un juego compartido.
No era perfecto, pero la gente lo celebró como si lo fuera.
Al terminar, Nico me abrazó fuerte. —¿Ves? Ya estás dentro.
Esa madrugada no pude dormir. El eco del público me seguía. Recordé cada movimiento, cada mirada, cada instante en que sentí que no era invisible. Me repetí en silencio: “Antes de brillar, hay que aprender a sostener la luz”. Y pensé que, poco a poco, yo ya estaba sosteniéndola.
El jueves amaneció como si la ciudad entera hubiera decidido hervir.
El calor entraba por las ventanas y no había ventilador que alcanzara.
En la mesa del desayuno, mi papá se quejaba del tráfico y mi mamá revisaba los precios del súper.
Yo solo pensaba en la noche, en el momento en que volvería a La Cámara de Humo.
Sentía que vivía en dos mundos: uno donde era el hijo callado de San Nicolás y otro donde estaba empezando a descubrir una voz, un cuerpo, una identidad que hasta entonces había estado escondida.
Ese día en la escuela apenas puse atención.
Me sorprendí garabateando abanicos en los márgenes de mis cuadernos.
Alguien me preguntó si estaba dibujando alas y respondí que sí, porque de algún modo también lo eran.
Cuando sonó la campana de salida, sentí alivio: era como si el día hubiera sido un ensayo tedioso y la verdadera función apenas iba a comenzar.
Llegué al bar más temprano que nunca. Afuera había fila, señal de que el lugar estaba creciendo en fama.
Pachuca me vio y me abrió paso con autoridad.
—Este niño ya es parte de la casa, mis cielas.
Háganse a un ladito. Algunas personas me miraron raro, otras con curiosidad.
Yo caminé detrás de ella, sintiendo que las luces de neón eran ya parte de mi piel.