Capítulo 1 – El escenario vacío #2
Mientras el ambiente se calentaba, apareció Nico. No Reina Violeta, sino Nico: pants negros, camiseta blanca, el cabello despeinado como quien durmió poco. Entró saludando con la mano, sin tanto ruido. Cuando me vio, sonrió leve. —Viniste. —Te dije que sí —contesté. —Eso vale más que el cover.
Nos sentamos en una esquina. Nico sacó de su mochila un par de abanicos más pequeños.
—Practica conmigo. Hoy el público viene hambriento y no perdona tibiezas.
Me enseñó cómo abrirlo rápido, cómo cerrarlo con gracia, cómo hacerlo sonar fuerte sin lastimarme los dedos.
A cada clack el camerino volteaba, riéndose, chiflando, lanzando comentarios como “esa muñeca ya nació suelta”.
Yo me ponía rojo, pero Nico solo me decía: —No te escondas.
El escenario se huele la timidez y se la come.
Cuando por fin salió a escena la primera drag, el bar ya estaba lleno.
Era otra vez esa pecera de humo y música, pero ahora yo estaba enredado dentro.
El DJ gritó el inicio y empezaron a pasar artistas: unas seguras, otras nerviosas, todas con ganas.
El público aplaudía o chiflaba, dependiendo de la entrega.
Cada abanico que sonaba se sentía como un latido colectivo.
La Pachuca se inclinó hacia mí. —¿Ya viste? El público no es malo. Solo quiere sentir que valió la pena venir. Si les das ganas, te dan todo. —¿Y si no puedo? —Pues inventas. Aquí la mentira con glitter se convierte en verdad.
Veneno salió al escenario con un vestido plateado que parecía cuchilla. Hizo lip sync de Thalía y recibió aplausos fuertes. Me miró desde arriba como diciéndome: “aquí mando yo”. Sentí el pecho encogerse, pero el abanico en mis manos me recordó que no estaba desarmado.
Después de varios números, el DJ anunció: —¡Micrófono abierto! Quien quiera, súbase. No bites, no excuses.
El silencio que me cayó encima fue peor que cualquier grito. Pachuca me empujó. —Ándale. No viniste a calentar silla. —Pero… yo no traigo show. —Tu cara ya es show, mi vida. Sube y haz lo que quieras. El escenario no pide perfección, pide tripas.
Me temblaron las piernas, pero subí. El escenario era más caliente de lo que imaginaba. Las luces me cegaban, la música de fondo era un murmullo. Tenía el abanico en la mano y el corazón como tambor.
—Hola… soy Alex —dije en el micrófono, y mi voz salió más baja de lo esperado. Hubo risas, no crueles, sino cómplices. —¡Que hable el abanico! —gritó alguien.
Lo abrí. Clack. El eco fue más fuerte que mi nombre.
La gente respondió con un “¡eso!” que me aflojó los hombros.
Entonces empecé a moverme, torpe, improvisando un paso que parecía mezcla de baile escolar y nervio adolescente.
El público no se burló; al contrario, aplaudió el intento.
Pachuca gritó desde la mesa: —¡Dale, trompo de pastor!
Me reí y seguí. Giré, abrí el abanico otra vez, jugué con el aire.
Una canción de Gloria Gaynor empezó sin que la pidiera.
Me dejé llevar. Sentí que las luces ya no quemaban, que el público era un mar donde podía flotar.
No era Reina Violeta, no era Veneno, no era nadie famoso.
Era yo, Alex, con un abanico prestado y un corazón que por fin tenía micrófono.
Cuando terminé, el aplauso me desbordó. No fue por talento, sino por ganas.
Bajé del escenario temblando, pero riendo.
Nico me esperaba en la orilla con una toalla y una sonrisa que no era tímida.
—Te salió. —¿De veras? —pregunté, incrédulo.
—Sí. El primer paso ya está. Ahora viene lo difícil: querer volver a subir.
Nos sentamos en un rincón mientras seguían otros números. Pachuca pasó y me besó la frente. —Bienvenido, mijo. Ya eres de la casa.
El resto de la noche me supo a triunfo chico pero sabroso.
Veneno me lanzó miradas venenosas, pero ya no me dolieron igual.
El abanico en mis manos pesaba distinto: no era prestado, era mío, aunque todavía no lo hubiera comprado.
Caminé a casa por las calles húmedas de Monterrey, con la música aún vibrando en los huesos.
El aire caliente me pegaba, pero dentro llevaba un frescor que no había sentido nunca.
Y mientras subía al camión rumbo a San Nicolás, supe que ese martes había dejado de ser espectador. Ahora era parte del escenario, aunque apenas estuviera aprendiendo dónde poner los pies.
El miércoles amaneció con Monterrey más caliente que nunca.
El sol pegaba como reflector y yo iba en el camión sintiendo que todo el sudor de la ciudad se había subido conmigo.
Llevaba el abanico en la mochila, junto a un cuaderno donde había escrito garabatos y frases que podrían servir de guion si volvía a atreverme a hablar en el escenario.
Nadie lo sabía en mi casa. Mis papás pensaban que iba a la biblioteca a “hacer tarea”.
En cierto modo no mentía: estaba estudiando, solo que otro idioma. El idioma del drag.
Me senté en la ventana del camión, mirando la Sierra Madre al fondo, recortada contra el cielo brumoso.
Pensé que la montaña también era un escenario, enorme, esperando que alguien se atreviera a mirarla de frente.
“El miedo es solo un telón”, escribí en el cuaderno.
Si se abre, lo cruzas; si no, te quedas detrás toda la vida.
Cuando llegué a Barrio Antiguo, el aire olía a fritanga y cerveza derramada.
La Cámara de Humo todavía estaba cerrada, pero había graffiti nuevo en la pared: un dibujo de un abanico con la frase “si no claquea, no existe”.
Me dio risa y miedo al mismo tiempo. Era como si el universo me estuviera poniendo mensajes directos.
Esa noche, el bar estaba lleno desde temprano.
Había turistas, regios, chavos con glitter en los ojos y señoras que parecían venir directo de misa.
La diversidad del público era parte del espectáculo.
En las mesas, los abanicos se abrían y cerraban como un lenguaje secreto: cada clack significaba un aplauso, un shade, una declaración.
En Monterrey, donde tantas cosas se esconden bajo la alfombra, escuchar esos abanicos era como ver corazones saliendo del closet en colectivo.
Reina Violeta abrió la noche con un número poderoso.
Apareció en el escenario con un vestido hecho de espejos rotos que reflejaban la luz en todas direcciones.
La canción era “Desnúdate mujer” de Mónica Naranjo, y su energía era tan intensa que el público se paró desde la primera nota.
Yo la miraba con los ojos fijos, sintiendo que cada movimiento era un mensaje cifrado solo para mí.
Cuando terminó, el aplauso fue un rugido colectivo, como si todos supiéramos que acabábamos de ver algo irrepetible.
Después del show, me animé a ir al camerino. Pachuca me saludó con un beso en la mejilla. —¿Y ese cuadernito, mijo? —Ideas —dije, levantándolo tímido. —Ajá. Pues hoy no te vas a escapar. A ver, enséñale algo a Nico.
Nico estaba quitándose la peluca cuando me acerqué. Su cabello sudado caía sobre la frente y me miró con esa sonrisa corta que me derretía más que el calor regio. —¿Qué traes ahí? —preguntó. —Cosas que escribí. Pensé que podría leerlas si me subo otra vez. —A ver —me extendió la mano.
Se lo di. Nico leyó en silencio, moviendo apenas los labios.
Después levantó la vista. —Está bueno. Es honesto.
Y eso vale más que los pasos bien hechos.
¿Quieres intentarlo? Sentí que la garganta se me cerraba.
—Sí. Pero me da miedo. —El miedo es parte del cover, baby —respondió Nico—.
Todas pagamos con miedo. Lo importante es qué haces cuando ya lo pagaste.
Veneno entró en ese momento, chasqueando los tacones contra el piso.
—¿Otra vez el niño? —dijo, mirándome de arriba abajo—.
Espero que no crea que con un abanico y un cuaderno ya es parte de esto.
—Pues ya lo es —intervino Pachuca, seria.
—Eso está por verse —respondió Veneno, y salió dejando su perfume fuerte como una bofetada.
El comentario me tembló en las costillas, pero Nico me puso la mano en el hombro. —No le hagas caso. Veneno necesita público hasta en el pasillo. Tú concéntrate en tu voz.
Nos quedamos un rato en silencio. En el espejo, las luces hacían que mi cara brillara más por sudor que por glitter.
Nico sacó un abanico pequeño y me lo dio.
—Ten. Es tuyo, no prestado. Para que empieces a cargar lo que ya eres.
Lo abrí. Clack. El sonido se sintió distinto, como si de verdad me perteneciera.
Cuando llegó mi turno en el micrófono abierto, las manos me sudaban.
El DJ anunció mi nombre, “¡Alex!”, y la gente aplaudió, algunos más por cortesía que por entusiasmo.
Subí al escenario con el cuaderno en una mano y el abanico en la otra.
Las luces me cegaban, pero recordé lo que me dijo Nico: no grites, abre.
Abrí el abanico. Clack. El sonido me dio valor.
—Buenas noches —dije. Hubo un silencio breve. —Es mi tercera vez aquí. Nunca pensé que estaría en un escenario. La primera vez vine solo a mirar. Pero descubrí que mirar no basta cuando algo te quema por dentro. Así que hoy quiero leerles algo. No es un lip sync, es solo mi voz.
Abrí el cuaderno. Mis manos temblaban, pero las palabras salieron.
Era un texto corto que hablaba del calor de Monterrey, de cómo el sudor se parece al glitter porque ambos se quedan pegados, de cómo el miedo pesa igual que un abanico cerrado y se aligera apenas se abre.
Mientras leía, escuché murmullos, pero no de burla: eran suspiros, risas suaves, chiflidos de apoyo.
Cuando terminé, el aplauso fue fuerte, más de lo que esperaba.
No era una ovación de concurso, era un abrazo colectivo.