Bajo el abanico Capítulo 1 – El escenario vacío
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Bajo el abanico

Bajo el abanico

Por Jorge Alejandro Castillo Martinez

© inepub.com

Capítulo 1 – El escenario vacío

“Antes de brillar, hay que aprender a sostener la luz.”

El calor de Monterrey me golpeó apenas bajé del camión en Constitución.

Ese calor regio no te pide permiso: se te pega a la piel como etiqueta mal arrancada.

Caminé a Barrio Antiguo fingiendo buscar la dirección en el celular, aunque ya sabía a dónde iba: una puerta negra, neón morado, y un nombre que sonaba a humo y secreto—“La Cámara de Humo”.

Me quedé parado frente a la entrada. El cadenero me miró con ojos de lunes y risa de domingo. —¿Primera vez, mijo? Asentí. —Pásale. Y no me salgas con que nomás viniste a ver.

Adentro la luz parecía agua. La bola disco tiraba puntitos, el humo dibujaba remolinos, y el escenario era una tarima baja con cortinas cansadas.

Sobre una bocina descansaba un abanico gigante, morado, como un pájaro en pausa.

Me metí al fondo intentando ser invisible y fue inútil: una mesa llena de drags me detectó como si trajera alarma.

—Ven, niño bonito —dijo la más alta, peluca plateada, lunar coquetón—.

¿Qué haces sin abanico? —Vine a… ver —dije, y hasta yo escuché la timidez.

—Aquí nadie nomás ve —soltó otra, uñas afiladas—.

O se suda, o se suda. —Déjenlo, perras —bajó la voz una tercera con sonrisa cálida—.

Soy La Pachuca. Siéntate, mijo. ¿Nombre?

—Alex. —Eso, Alex. Agarra ese abanico. Es de la casa. Hoy prestado, mañana propio.

El abanico pesaba. Lo abrí torpe. Clack. El sonido me cruzó el pecho como si me nombrara. La Pachuca rió. —Así se empieza. Aquí pesa lo que importa.

Entonces se apagaron las luces. Empezó Gloria Trevi y la gente gritó. Y apareció Reina Violeta: vestido púrpura, peluca altísima, hombros firmes. Abrió su abanico negro con autoridad y, sin hablar, dijo mírenme. Miré. Todo mi cuerpo obedeció a un idioma nuevo.

—Agárrate, Alex —susurró La Pachuca—. Esa perra flota.

No sé cuánto duró el número. Yo estaba con el abanico pegado al pecho, riéndome sin ruido, como si adentro surgiera un mini fuego artificial.

Cuando terminó, la ovación fue oleaje. Ella tiró un beso y se fue por la cortina como humo elegante.

Sonó intermedio con cumbia, y me quedé ahí, con ganas de escribirle una carta a mi yo de hace un año: “sí, existía”.

—Ya te nos fuiste —dijo La Pachuca, suave—. Eso que sientes se llama “ganas”. Tranquilo. Arde rico. —Siento que se me abrió algo —me toqué el pecho. —Un abanico invisible. Bienvenido.

Fui por una Indio a la barra. En la tele vieja pasaban videos de los dosmiles con filtros raros.

Regresé a la mesa y el lugar ya estaba lleno: parejas de la mano, glitter en mejillas, turistas felices de estar perdidos.

Monterrey a veces abraza. Entró Veneno, rivalidad andando, con un vestido verde que pide silencio.

—¿Y este bebé? —me barrió con la mirada.

—Es amigo —La Pachuca sonrió como aviso—.

Y trae abanico: respeto. —Respeto, dice —Veneno bufó—.

Si ese abanico no hace clack como latigazo, úsalo para espantar moscos.

Me ardieron las orejas. Apreté el abanico.

La Pachuca me tocó el brazo. —El shade aquí es deporte, no crimen. Aprende a regresarlo.

El DJ anunció micrófono abierto. Reinas nuevas improvisaron: Belanova con tacón resbalado, vestido de bolsas negras con ovación justa.

Yo había venido a ver; ahora quería hacer eco.

En eso volvió Reina Violeta para cerrar el intermedio.

Balada de Yuridia. Casi no se movió. Sostuvo el abanico cerrado como si guardara dentro un secreto y lo golpeó al ritmo.

Tac, tac, tac. Me pareció que me miraba.

Sé que todos dicen lo mismo, pero sentí un segundo clavado en la piel.

—No te me adelantes —rió La Pachuca—. Aquí el amor camina en tacones: si corres, te tuerces.

Cuando se retiró por la cortina, me levanté sin pensar. Fui hacia el pasillo lateral. Un staff me paró con la mano. —Acceso, no. ¿Traes pulsera? —No… —alcancé a decir. —Él va conmigo —La Pachuca apareció, hada madrina con cigarro—. Rey, si no me dejas pasar, me hago la difunta aquí.

El pasillo olía a laca y perfume de tía.

“Camerino”, decía un letrero. Pachuca tocó y entramos.

La luz adentro era de hospital cansado: espejos con focos, brochas secándose en un vaso, medias colgando.

Reina Violeta estaba sentada frente al espejo, sin peluca.

Cabello corto, oscuro; sin pestañas, los ojos eran más humanos.

Guapo, hermosa, las dos cosas. —Pachuca, me debes una caguama por meter fans —dijo con voz serena.

—Te debo varias, mana —contestó—. Es Alex.

Trae abanico. Y ganas. —¿Ganas, eh? —giró en la silla—.

Ese es el cover real. ¿Qué onda, Alex? —Estuvo…

increíble —me oí como de doce. —Gracias, baby.

Aquí sudamos para que crean en la magia.

¿Eres regio? —De San Nicolás. Vine en camión.

Sentí que tenía que venir. —Pues ya viniste —sonrió—.

Monterrey es un horno, pero hornea cosas chulas. ¿Vas a regresar?

La pregunta me calló todo el ruido. Quise decir “sí” rápido, pero me salió otra cosa.

—Si me dejan. —Aquí no pedimos permiso —dijo La Pachuca, encendiendo el cigarro bajo el “prohibido fumar”—.

Se respeta, se trabaja y se trae abanico.

—Hoy prestado, mañana propio —dijo Reina Violeta.

Se levantó. En tenis, casi de mi estatura—.

Soy Nico cuando no estoy en personaje. —Alex —le di la mano. Tibia. Real.

Afuera empezó otra canción. Nico miró mi abanico y mis manos.

—¿Sabes abrirlo sin picarte? —Más o menos.

—Va. La muñeca suelta, pulgar aquí. Y cuando quieras que te escuchen, no grites: abre.

Obedecí. Clack. Un relámpago chiquito corrió por el brazo.

Nico sonrió muy leve. —Eso. Si duele, que duela bonito.

La Pachuca aplaudió. —Ya hiciste discípulo, mana. —Que salgan —dijo Nico—. Hay escenario para todas. El problema no es el espacio: es el miedo.

Me miré en el espejo: cara roja, marca del abanico en la palma.

Pensé en mis papás, en el domingo familiar, en cómo explicar que un cuarto con tres drags me parecía más seguro que la sala de mi casa.

Pensé en la Macroplaza de noche, en parejas ocultas entre árboles, en la palabra “vergüenza” despegándose como pintura vieja.

—Mañana es martes de micrófono abierto —dijo Nico—. Si regresas, te enseño a girar sin parecer trompo de pastor. ¿Jalas? Tragué saliva. Las ganas se me hicieron nudo dulce. —Jalo.

Salimos del camerino. El pasillo era un sauna con brillo.

Atravesamos la cortina y el ruido me cubrió como manta.

El guardia me guiñó al vernos, cómplice.

Levanté el abanico, pero no lo abrí. Guardé el sonido para cuando hiciera falta.

Caminé hacia la calle. El calor seguía, pero distinto, como si ahora yo también echara vapor.

Miré las montañas recortando el cielo y pensé que Monterrey es una drag sin peluca: imponente igual.

Guardé el abanico contra el pecho, prestado, casi mío.

Y supe—sin drama, sin música—que había encontrado el escenario donde, por fin, iba a aprender a sostener la luz.

El martes siguiente, Monterrey estaba igual de caluroso, pero yo era distinto.

Tomé el camión a Barrio Antiguo con el abanico en la mochila como si fuera contrabando.

Cada estación, cada curva, cada vendedor de chicles me parecía un obstáculo hacia un destino que todavía no podía explicar.

Llegué temprano, tanto que el bar apenas abría.

El cadenero, el mismo de la otra vez, me reconoció con una ceja levantada.

—¿Ya tan pronto, mijo? —me dijo, como si viniera por tortillas. —Es que hoy… hay micrófono abierto —contesté, torciendo la voz para que no sonara a temblor. —Pues pásale. Nomás recuerda: el escenario es perro. Ladra y muerde.

Adentro, el ambiente era otro. Sin tanta gente, “La Cámara de Humo” se veía desnuda: cables colgando, sillas amontonadas, un olor a cloro recién puesto en los baños.

El escenario parecía más chico de día, como si dependiera de la multitud para crecer.

Me senté en una esquina, viendo cómo una drag pintaba las letras del cartel: Noche de micrófono abierto. 2x1 en cheve.

La Pachuca apareció detrás de mí como si hubiera brotado del humo.

—Mijito, llegaste temprano. Eso es bueno: aquí la puntualidad es más rara que un heterosexual decente.

Me abrazó con ese perfume entre dulce y amargo que siempre llevaba encima.

—¿Trajiste el abanico? Lo saqué de la mochila como quien saca un amuleto.

—Eso. Hoy vas a necesitarlo más que ayer.

Porque hoy, mi amor, puede que te avientes al ruedo.

No alcancé a responder. Sentí que el estómago se me encogía como cuando presentas examen y no estudiaste. Pachuca me dio un golpecito en la espalda. —Relájate. Aquí nadie muere. Bueno, solo de risa, pero esas son muertes bonitas.

Pasamos al camerino. La diferencia de ayer a hoy era que ahora ya no era un intruso; me saludaron con un “hola, Alex” como si me hubieran adoptado rápido.

Había drags maquillándose, una pegando lentejuelas, otra estirando medias hasta el infinito.

Reina Violeta todavía no llegaba, y me descubrí buscándola con la mirada como quien espera que empiece la película.

Veneno estaba ahí también. Al verme, soltó un suspiro cargado de sarcasmo.

—Mira nada más, si no es el bebé abanico.

¿Vienes a barrer o a cantar? —A aplaudir —respondí rápido, antes de que el miedo me ganara.

Hubo carcajadas en el cuarto. Veneno torció la boca, pero Pachuca me aplaudió como si hubiera hecho lip sync de Whitney.

—Eso, mijo. Ya aprendiste a regresar shade. Orgullo regio.