Epílogo. Piper #2
—Era timonel en el equipo de remo de mi instituto, y esa fue mi primera toma de contacto con el deporte.
Mientras estudiaba en la universidad, estuve trabajando en la taquilla del estadio vendiendo entradas.
Estaba allí para el baloncesto, el voleibol y el hockey.
Me encantaba la energía que aportaban los estudiantes y los aficionados, así que uno de mis días libres decidí ir a ver un partido de hockey. Estoy enganchada desde entonces.
—¿Siempre quisiste trabajar en el mundo del deporte?
—Pues la verdad es que no. Siempre me ha gustado hablar con la gente.
Conocer sus historias y llegar al fondo de por qué actúan como lo hacen.
Cuando era más joven, quería ser profesora.
En mi adolescencia quería dedicarme a algo relacionado con la psicología.
Cuando llegué a la universidad, descubrí que podía tener una carrera que fusionara los deportes y hablar con la gente sin parar.
Empecé en el departamento de retransmisiones deportivas y nunca miré atrás.
—Solo puedes elegir un mejor recuerdo de los D. C. Stars. ¿Cuál es?
—Tienes que mejorar tus preguntas, Sullivan. Esa es fácil: veros ganar la Stanley Cup. Esa parada al final del tiempo reglamentario fue increíble.
—Cualquier otra cosa que consiga en mi carrera será una mierda —coincide Liam, y me echo a reír—. Hablando de objetivos: ¿dónde te ves dentro de cinco años?
—Vaya. Qué manera de enlazar temas. —Cruzo las piernas y me doy unos golpecitos en una mejilla—.
Me gustaría seguir en los Stars. Me encanta nuestro equipo de retransmisión y creo que estamos haciendo un buen trabajo.
Me encantaría que nuestra organización sin ánimo de lucro se expandiera por todo el país y no se limitara solo al área de Washington D.
C. y de Maryland. Espero seguir inspirando a las chicas a las que les da miedo no tener cabida en un mundo dominado por hombres.
Tenemos que hacernos un hueco, y lo estamos consiguiendo.
—Hablemos de tu vida personal. He oído que te has casado.
—Sí, con un hombre con el que me emborraché en Las Vegas. Pero no deja que me divorcie. Se ve que no puedo librarme de él.
—Parece horrible.
—Es lo peor de lo peor, la verdad.
—Avísame si alguna vez te causa problemas. Lo pondré en su sitio.
—Da la sensación de que estás tonteando conmigo. —Me inclino hacia delante, invadiendo su espacio—. No estoy segura de que a mi marido le guste mucho eso.
—Seguramente pueda con él. —Liam me besa en la frente, y sonrío—. ¿Quién decidió que emborracharse y luego casarse era una buena idea?
—El tequila, según que parece.
—Qué cabrón es. —Me levanta la mano y me examina los dedos—. Veo que llevas una alianza.
—No es nada del otro mundo, pero me gusta.
—Cuéntame cómo fue la proposición. ¿Fue bonita?
—¿Te has perdido la parte del tequila? —Vuelvo a reírme—. Estoy bastante segura de que fue la botella de licor la que me pidió matrimonio.
—No parece muy romántico.
—Puede que en aquel momento no lo fuera, pero me gusta lo que tenemos ahora; una vida juntos. Un amigo para Pico. Ir en coche al estadio y pasar el rato con todas las personas que tanto queremos. Sabes que no necesito toda la parafernalia.
—Espera un momento. —Se levanta y se saca un trozo de papel arrugado del bolsillo. Está desgastado y tiene que haberlo leído cientos de veces.
—¿Qué es eso?
—¿Esto? —Despliega las esquinas con delicadeza—. Una lista de todas las cosas que más te gustan. Una lista de todas las cosas que odias. Fechas importantes y la proposición que te hubiera gustado recibir.
El corazón empieza a latirme con fuerza en el pecho.
—¿Anotaste todo eso?
—Cada palabra. Empecé a anotarlo cuando teníamos una relación sin ataduras, pero luego me guardé la lista. Fui añadiendo cosas aquí y allá a lo largo de las semanas. Algunas son más importantes que otras, pero todas son relevantes.
Miro la letra tan horrorosa que tiene con los ojos entrecerrados, intentando descifrarla.
Veo la palabra «Perros» rodeada por un círculo y subrayada tres veces.
«Espinacas» está en la lista de cosas que odio.
Una notita en la esquina superior izquierda dice que prefiero dormir en el lado derecho de la cama y que tengo que hacerlo con calcetines.
Es detallada. Concienzuda. Toda la hoja, por delante y por detrás, está llena, y casi me quedo sin respiración.
—Ya no necesitas todo esto. No hay nada que estudiar ni que aprender.
—¿Crees que no tenía un plan, Piper?
—Siempre tienes un plan —susurro.
Liam se acerca. Huelo su colonia; huele a madera con un toque especiado. Veo las motitas doradas de sus ojos y la piel bronceada de su cuello por haber pasado demasiado tiempo en la terraza hace dos semanas, acurrucados en una tumbona para disfrutar del aire estival.
—Quería asegurarme de no meter la pata cuando llegara a esta parte. No iba a darte rosas cuando es evidente que te gustan las… —Estira un brazo por encima de mi hombro y coge un ramo envuelto en papel marrón. Los tallos están atados con un lazo, y sonrío al ver la explosión de color— peonías.
—Son preciosas. Pero ¿por qué estás…?
—Quería asegurarme de hacerlo bien si alguna vez tenía la oportunidad de hacer esto de verdad.
Me dijiste que querías algo pequeño. Íntimo.
Un lugar que te encanta rodeada de personas a las que quieres.
Nada elegante ni lujoso. Un restaurante quedaba descartado y en plena retransmisión durante un partido era la crónica de una muerte anunciada.
—Me quita las flores y las deja en su taburete.
Me ayuda a ponerme en pie y me frota los brazos.
Le tiemblan un poco las manos, un nerviosismo que pocas veces le he visto.
Liam Sullivan es la personificación de la calma, la tranquilidad y la contención. El maestro que opera bajo presión, pero ahora mismo parece aterrado.