Epílogo. Piper #3
—Piper Mitchell, te quiero mucho. Me duele cuando no te tengo cerca.
Te echo de menos cuando te vas y cuento los minutos hasta que vuelves a casa.
Nunca he querido a nadie como te quiero a ti.
Nunca he tenido la sensación de que puedo ser yo mismo con alguien como la tengo contigo.
Y lo más increíble de todo este puto asunto es que tú también me quieres.
Me quieres cuando me pongo gruñón. Me quieres cuando estoy cabreado con el mundo.
Me abrazas con fuerza cuando no quiero hablar con nadie más.
—Sacude la cabeza como si no creyera lo que está diciendo, aunque todo es verdad—.
Tu primera boda fue una mierda. La segunda no fue mucho mejor.
Creo que a la tercera irá la vencida, y seré el hombre más afortunado del mundo si te casas conmigo de nuevo. Pero esta vez de verdad.
—Madre mía. —Le echo los brazos al cuello.
Siento el escozor de las lágrimas en los ojos y se me nubla la vista.
Tengo la sensación de que me falta el aire.
De que he cruzado la línea de meta de una carrera en la que llevo participando desde hace años—.
Sí. Sí. Pues claro que sí, Liam. Claro que me casaré contigo de nuevo.
—Esta vez sin tequila. Solos tú y yo, y un centenar de nuestros amigos más cercanos.
—Puede que sea lo más romántico que me has dicho nunca. —Sonríe y se mete la mano en un bolsillo para sacar una cajita de terciopelo. La abre y el brillo de un diamante me saluda, reluciente y parpadeante, y demasiado grande—. No puedo llevar eso. Me van a robar.
—Por lo menos podrás cortarles la mejilla si lo intentan. —Liam me desliza el anillo en el dedo y me besa los nudillos—. Sé que te gusta la vieja alianza, y a mí también. No necesito una nueva, pero te compraré una si quieres que haga juego con el conjunto.
—No. —Niego con la cabeza y le tomo la cara entre las manos, con el pesado anillo en el dedo—. Quiero la plata de la tienda de regalos cutre para el resto de mi vida. No me importa si no combinan. No puedes mimarme demasiado.
—Te voy a mimar muchísimo desde ahora hasta la eternidad.
—¿Podemos entrar ya? —grita alguien desde el otro lado de la puerta, y entierro la cara en la camiseta de Liam—. Que no aguantamos más, tío.
—Entrad, cabrones —contesta Liam, y la puerta se abre de golpe.
Hay tanto ruido que me duelen los oídos. Los chicos le dan palmadas a Liam en el hombro para felicitarlo. Se turnan para besarme la cabeza y subirme a sus espaldas a modo de celebración. Maven, Emmy y Lexi también están aquí y se ponen a dar saltos de alegría cuando les enseño el anillo.
Es un momento ruidoso, cálido y perfecto.
Justo lo que me perdí en mis dos primeras proposiciones de matrimonio y justo lo que siempre he querido.
No sé cómo he acabado aquí, con un hombre que me mira como si fuera la mujer más maravillosa del mundo y con un grupo de amigos que no me habría imaginado ni en sueños, pero ha merecido la pena pasar por todo lo malo para acabar aquí.
Han valido la pena las noches que pasé llorando y los días que me sentí sola, porque ahora mismo, rodeada de las personas más importantes de mi vida y en el lugar que más me gusta del mundo, sé que nunca volveré a estar sola.
—Perdona por todo el caos. —Liam me besa en la mejilla y empieza a juguetear con mi manga—. Creía que la cosa sería un poco más organizada que este espectáculo y tampoco es precisamente íntimo.
Me seco los ojos.
—Es perfecto. No lo cambiaría por nada.
—Hace un tiempo dijiste que no volverías a adoptar el apellido de un hombre. —Me desliza la mano por el pelo y me acaricia la parte posterior de la cabeza—. Y quiero que sepas que nunca te obligaría a adoptar el mío. De hecho, he estado pensando en adoptar yo el tuyo.
—¿Ah? —Levanto una ceja—. ¿Qué clase de ventaja obtendrías con eso?
—Ninguna, solo que eres una mujer de armas tomar, joder, y que sería un honor compartir tu nombre, Piper Mitchell.
—A lo mejor podemos hacer que eso suceda. —Le doy un golpecito en el abdomen con el codo, y me levanta en el aire para cargarme a un hombro—. ¡Oye! ¿Qué haces?
—Llevarme a mi mujer lejos de todos estos cafres. Soy egoísta, Piper, y te quiero solo para mí.
—Repite «mi mujer».
—Lo repetiré todas las veces que quieras. —Liam se despide de sus compañeros con un gesto de la mano y pasa de sus silbidos. Nos lleva hasta el vestuario, y siento un escalofrío en la espalda—. Tanto que te vas a hartar de mí.
—Nunca voy a hartarme de ti.
—Ya veremos. —Me coge el culo con una mano y me da un apretón—. ¿Lista para tu siguiente clase, mujer?
—¿Qué vas a enseñarme hoy, Papi Portero?
—Es un proyecto de matemáticas. Vamos a medir la distancia entre tu culo en el banco del vestuario y mi boca entre tus piernas cuando estoy de rodillas en el suelo.
—Vaya. Espero ser capaz de aguantarlo. ¿Vas a ir despacio conmigo? Es mi primera vez, y quiero hacerlo bien.
Las caricias de Liam se vuelven tiernas, y las siento detrás de las costillas. En el punto excavado en mi corazón donde reside su amor por mí y hasta en las puntas de los pies.
—Te esperaré el resto de mi vida, rayo de sol —dice, y capto el deje risueño que destilan sus palabras—. Tómate todo el tiempo que necesites.