Bajo control (D. C. Stars 2) Epílogo. Piper
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Epílogo. Piper

Epílogo

Piper

Un año después

—¡Buenos días, Piper! —me dice CJ, el guardia de seguridad que está en la entrada del estadio.

Lo saludo con la mano y sigo andando hacia la sala de prensa porque voy un poco tarde, pero no quiero ser maleducada.

—Buenos días, GJ. ¿Cómo están las nietas?

—No paran de hablar de la visita guiada que les hiciste la semana pasada. Sarah ahora quiere ser jugadora de hockey. Ya no le basta con ver los partidos desde la grada.

—Pues claro que sí. Necesitamos más jugadoras de hockey, y Emmy estará encantada. Diles que son bienvenidas siempre que quieran visitarnos.

Voy tarareando mientras recorro el conocido túnel, con el buen humor que parece acompañarme a todas partes últimamente.

Ha sido un año frenético desde que los Stars ganaron la Stanley Cup.

Conseguí que me ampliaran el contrato, me nombraron comentarista principal en cabina, convirtiéndome en la primera mujer en la historia de la NHL en ocupar ese puesto, y me sumergí de lleno en el trabajo.

Después de un agresivo periodo en el que los jugadores podían negociar con libertad y durante el cual montones de equipos compitieron por fichar a nuestros chicos con incentivos y sueldos astronómicos, nuestro grupo principal de jugadores regresó con la intención de ganar de nuevo el campeonato.

Hasta ahora todo va tal como como esperábamos. Están inmersos en los duelos de la Conferencia Este, con una ventaja de tres partidos a uno contra Nueva York, y esperan cerrar la serie esta noche en casa.

Se mueren por lograr que la copa siga en Washington D. C.

Mis amigas están más felices que nunca, Maverick y Emmy ya se han instalado en una urbanización cerca de la ciudad, y Maven y Dallas dándole la bienvenida a un niño sano y precioso. Ya empieza a ponerse de pie, y creo que tienen a un futuro jugador de fútbol americano entre manos.

Mi querida Lexi sigue soltera y sin pareja, y bien orgullosa que está. Prefiere no hacer algo antes que pedirle ayuda a un hombre. Es cabezota y perspicaz, y admiro su capacidad para pasar de todo.

—¡Pip! ¡Aquí está mi reportera preferida! —exclama Ethan con una sonrisa.

Alcanzo a ver su ojo morado desde aquí. La marca y el moratón que tiene en una mejilla son secuelas de un accidente de moto que lo tuvo en el hospital durante dos semanas y que le valió muchísimos mensajes de texto llenos de tacos en los que el equipo le reprochaba su temeridad en cuanto se supo que estaba bien.

—Soy la única que hay, Ethan. —Me echo a reír cuando me abraza y me hace girar—. ¡Me alegro muchísimo de verte! Tienes mucho mejor aspecto que en el hospital.

—Eso es porque los camisones esos no resaltan mis mejores cualidades.

—Me alegro de que tu humildad no haya sufrido daños cuando te chocaste con el guardarraíl.

—Soy invencible, Pip, y me siento como el puto amo. La cosa ha estado chunga una temporadita, pero ya me voy recuperando. Me fastidia no poder jugar si llegamos a las semifinales la semana que viene, pero volveré más fuerte la próxima temporada y listo para dar guerra.

—No debes de ser muy bueno si a los chicos les va bien sin ti.

—Te has vuelto más sarcástica desde que empezaste a salir con Sullivan. Me gusta. —Me deja de nuevo en el suelo y me sonríe otra vez—. ¿Qué haces aquí tan temprano?

—Esta noche tenemos uno de los partidos más importantes de la temporada y no puedo quedarme en casa. Allí me comen los nervios. —Me aliso la falda y le doy un empujoncito en un hombro—. Y deja de hacer actividades extenuantes. Se te podrían saltar los puntos al levantarme.

—Qué poca vergüenza al suponer que estoy tan débil como para no poder levantarte. Pesas menos que una mosca. —Echa a andar hacia el vestuario—. Voy a aterrorizar un poco a Maverick y a Hudson. No trabajes demasiado. También necesitas un poco de diversión en la vida.

—Lo dice el tío que está lidiando con una conmoción cerebral. —Suelto una carcajada y me voy en la dirección contraria antes de que otro jugador me pille desprevenida.

—¿Vas a alguna parte? —me pregunta una voz ronca a la espalda, y no puedo contener la sonrisa al reconocer el tono familiar.

Es la misma voz que me susurró «Buenos días» al oído justo antes del amanecer hoy mismo.

La que me preguntó si lo quería «tierno o a lo bruto» anoche con una mano metida en mis vaqueros y su boca en mi cuello.

La que me ha dicho «Te quiero» de un millón de formas distintas a lo largo del último año, aunque mi preferida es cuando forma un corazón con las manos mientras patina en la pista y me encuentra siempre entre la multitud a la primera.

—Pues sí. Me alejo de vosotros. —Miro por encima del hombro. Liam está apoyado en la pared, vestido con vaqueros y una camiseta de manga corta, observándome. Me recorre el cuerpo con cara de deseo, reparando en mi ropa, y le relucen los ojos—. Sois unos plastas.

—Por lo menos, somos consistentes. —Echa a andar hacia mí.

Esboza una sonrisilla, y el chupetón que le dejé en el cuello hace dos días asoma por debajo de la camiseta.

Cuando está lo bastante cerca como para tocarme, me tira de la falda hasta tenerme entre sus brazos y me rodea la cintura—. Hola, rayo de sol.

—Hola, Sully.

Me coge la barbilla con sus cálidos dedos y me levanta la cabeza para besarme en los labios. Me derrito entre sus brazos, sumergiéndome en la sensación de estar en casa, de que me amen, de ser tan feliz que a veces creo que todo esto es un sueño porque no me lo creo.

Río todos los días. Sonrío todos los días.

Oigo lo increíble que soy, lo maravillosa que soy, lo orgulloso que está de mí todos los días sin falta.

Podría estallar por lo maravilloso que es todo, pero he aprendido a disfrutarlo a tope.

A reconocer que esto es lo que me merezco.

Lo que estaba esperando, y lo he recibido con los brazos abiertos.

Liam y yo hicimos las cosas al revés con todo eso de emborracharnos y casarnos en Las Vegas, así que hemos pasado el último año yendo hacia atrás.

Hemos estado saliendo juntos. Nos hemos estado conociendo hasta tal punto que ya puedo contarte sus metas, sus mayores sueños y sus miedos más aterradores.

Ninguno de los dos ha planteado el divorcio, y cuanto más nos alejamos de la ceremonia ebria, más me enamoro de él.

Lo que es una locura, teniendo en cuenta que estoy obsesionada con él. Llevo su camiseta al estadio. Me he tatuado una pequeña ele en la parte posterior del antebrazo derecho.

Liam se ha hecho un tatuaje igual en el brazo izquierdo, así que también debe de estar obsesionado conmigo.

—¿Estás ocupada? —Liam acerca la boca a ese punto debajo de mi oreja, me besa en él y me acaricia la mejilla con la nariz—. ¿O pue­­do robarte un rato?

—Depende. ¿Es para besarnos en el almacén?

—Algo mucho más serio que eso. Estamos en el trabajo, Mitchell. Un poco de decoro, por favor.

Me aparto un poco y lo miro. Me deleito con la sonrisa que veo en su cara y con las arruguitas alrededor de sus ojos. La marca de la nariz y las líneas de expresión que se han profundizado a lo largo de los últimos doce meses porque ha aprendido a no tomarse la vida tan en serio.

—¿Son los isquios? ¿Te has hecho daño? Ya sabía yo que no deberíamos haber jugado al paintball con los chicos el fin de se­mana pasado. Como se entere el entrenador de que te…

Liam me interrumpe con otro beso. Más voraz en esta ocasión, como si llevara años sin comer y por fin tuviera la oportunidad de hacerlo.

—En realidad, tiene que ver contigo.

—¿Qué he hecho?

—Se trata más bien de lo que vas a hacer. El equipo está preparando un montaje sobre las mujeres en el deporte para publicarlo en las redes sociales el mes que viene, y quieren que salgas tú.

—¿Qué tiene de especial una persona tan insignificante como yo?

—Debe de ser por el logro de convertirte en la primera mujer reportera a pie de pista.

Ah, o por el hecho de que te hayan nominado para entrar en el Salón de la Fama del Periodismo Audiovisual Deportivo después de solo un año en el puesto.

¿A lo mejor les llamó la atención la organización sin ánimo de lucro que Emmy y tú habéis creado para concederles becas a mujeres con carreras profesionales centradas en el deporte?

—Es mucha atención. No voy a ser solo yo, ¿verdad?

—No. Aparecerán mujeres de diferentes divisiones. Tú saldrás como mucho dos minutos.

—Vale. —Asiento, agradecida por tener una plataforma en la que expresar mi amor por las deportistas. Mi adoración por las mujeres en el deporte y todos los roles que abarcan esos trabajos—. Lo haré.

Liam me tiende la mano. Entrelazo nuestros dedos, y me lleva a la sala de prensa.

Espero encontrarme con todo un equipo de producción.

Grandes focos y un montón de cámaras para captar todos los ángulos de esta entrevista, pero cuando entramos, solo hay dos taburetes colocados frente a una única cámara.

—Elige un asiento —dice.

—Esto es raro —replico mientras elijo el de la izquierda—. Se parece un poco a un interrogatorio.

—Has entrevistado a montones de personas a lo largo de los años.

—Liam se sienta a mi lado. Casi no cabe en el taburete con sus largas piernas y sus anchos hombros.

Cuando se acomoda lo mejor que puede, agarra el borde del mío y tira hasta que nuestras rodillas chocan entre sí—.

Ahora te toca a ti estar en el punto de mira.

—Ah, ¿y tú vas a hacer la entrevista? Creía que no te gustaba nada estar delante de la cámara. Las felicitaciones de Navidad que enviamos el año pasado mostraban jerséis horribles y tu ceño fruncido.

—Piper Mitchell, ¿cuándo te diste cuenta de que te gustaban los deportes? —me pregunta, pasando de mí.