Bajo control (D. C. Stars 2) 54. Piper
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54. Piper

Piper

H udson, nos acercamos al último periodo del séptimo partido de la final de la Stanley Cup. El equipo ha trabajado toda la temporada para llegar a este momento. ¿Cómo te sientes ahora mismo? —le pregunto al defensa, acercándole el micrófono.

—No te voy a mentir, estoy muy nervioso —contesta con una carcajada—.

Obviamente, tenemos mucha presión, sobre todo porque hemos conseguido el mejor resultado de la liga esta temporada.

Jugar en casa ayuda, aquí se siente el apoyo de los aficionados, ¿sabes?

Eso nos dará el empujón que necesitamos para estos últimos veinte minutos.

—¿Qué vas a priorizar durante el tercer periodo?

—La constancia. Nos desconcentramos si nos emocionamos con un contragolpe y no logramos traducirlo en gol. Tenemos que llegar hasta el final.

—Gracias, Hudson. Disfruta del resto del partido.

—Esta es la noche más estresante de mi vida.

Después de una emocionante serie con los San Diego Bearcats, estamos de vuelta en Washington D. C. para el séptimo partido, tal y como todo el mundo esperaba. Los equipos se han repartido las victorias hasta ahora y, basándonos en los resultados, los Stars deberían ganar esta noche.

Claro que esa es la agonía del deporte.

No hay nada garantizado, sobre todo en el séptimo partido.

La tensión en el estadio es palpable. Los aficionados locales han estado de pie durante todo el partido, y el ruido es ensordecedor. Me da miedo respirar demasiado fuerte, por si una exhalación brusca le acerca más de lacuenta el disco a Liam y se le escapa.

Está preparado en la portería, murmurando entre dientes y moviéndose de un lado a otro para mantenerse flexible. Esta noche ha estado increíble, solo ha encajado un gol y ha hecho casi veinticinco paradas.

Sigue con una precisión milimétrica los movimientos de los jugadores, de los palos, de los patines. Creo que no lo he visto ni parpadear, y cuando regresaron a la pista después del último descanso, su cara demostraba una concentración que no le he visto en toda la temporada.

Miro el reloj. Los dos minutos que quedan del tiempo reglamentario pasan demasiado despacio. Ambos equipos han marcado un gol, y un empate significaría ir a la prórroga. Con lo cansados que parecen los chicos, lo último que necesitamos es hockey libre, por muy emocionante que pueda ser.

Todo el mundo (jugadores, aficionados y hasta Bernie, mi cámara) sabe que no se va a decidir con una tanda de penaltis; ambas defensas son demasiado buenas.

El equipo que marque el primero será el ganador.

El árbitro pita, señalando el final del tiempo muerto, y la adrenalina resuena en mis oídos.

—¡Joder! —exclama Emmy, que golpea la mampara con un puño—. ¡Vamos, Miller, hostia!

Maverick pasa como una exhalación por delante de nosotras con su camiseta blanca y una sonrisa arrogante, y le lanza un beso antes de alejarse en busca del disco. Me río y rodeo con el brazo a mi mejor amiga.

—Es el único jugador de la liga que se alejaría a propósito del juego para poder tontear con su mujer —le digo—. Tienes mucha suerte, Emerson Hartwell.

—Me apetece más que ganen ellos que mi propio equipo. No sé si eso me convierte en una jugadora terrible, me da igual. Se sacrifica mucho por este deporte y quiero que tenga algo tangible que mostrar a cambio.

Esta tarde le dije lo mismo a Liam en el salón de su casa cuando él preparaba la bolsa de deporte para el partido.

Nos mantuvimos en silencio mientras él seguía con su rutina: un almuerzo tardío.

Una barrita energética. Música clásica a todo volumen en sus auriculares a la vez que hacía estiramientos antes de ponerse el traje y la corbata.

Sin embargo, luego se acercó a mí. Entrelazó nuestras manos y me acarició los nudillos con el pulgar cuando le besé la palma.

Le susurré lo orgullosa que estaba de él.

Lo agradecida que me sentía por ver lo bien que había jugado esta temporada y que, pasara lo que pasase esta noche, estaría esperándolo cuando acabara.

No obstante, deseo con todas mis fuerzas que gane, y sé que él también desea ganar con todas sus fuerzas. He visto la determinación, el coraje y la desesperación en sus ojos durante los calentamientos, y sigo viéndolos ahora, a esta distancia.

—Si a los chicos se les da algo bien, es jugar bajo presión.

Creo que… —Me interrumpe un griterío súbito desde el otro extremo del estadio.

Estiro el cuello y me pongo de puntillas.

Hemos lanzado a la portería de los Bearcats.

Jadeo cuando el tiro se queda corto por unos cuantos centímetros y nuestro rival se hace con el rebote.

—Mierda —masculla Emmy mientras los Bearcats despliegan la ofensiva. Su destino es obvio, y el estadio contiene la respiración mientras los ve acercarse a Liam.

—Vamos. —Aprieto el micrófono con fuerza entre los dedos. Me tiemblan las manos—. Vamos, cariño. Tú puedes.

Liam se agacha. Coloca los pies hacia delante y extiende el brazo izquierdo, listo para cualquier disparo que le lancen. Se mueve unos centímetros a la izquierda y luego otros tantos a la derecha, agachándose todavía más mientras el número cuarenta y siete se prepara.

El defensa retrocede como si fuera a disparar entre las rodillas de Liam, pero cambia de dirección en el último segundo. Apunta más alto, a la esquina superior izquierda de la portería, y el cuerpo de Liam se estira, echándose hacia atrás con el brazo levantado.

Atrapa el disco con el guante. Los aficionados estallan en vítores y, ni siquiera me da tiempo de recuperar el aliento y celebrar la parada, porque le pasa el disco a Maverick, que sale disparado en la otra dirección y recorre la pista con ocho zancadas.

Miro el reloj y quedan diez segundos. Nueve, ocho…

—¡Dispara, Miller! —grita Emmy, y juro por Dios que él vuelve la cabeza hacia nosotras y le sonríe.

Echa el palo hacia atrás y lanza un tiro que se eleva hacia la red mientras suenan al mismo tiempo la bocina final y la bocina de gol.

Todos gritan a mi alrededor. Emmy no para de dar saltos y yo me saco la libretita del bolsillo trasero, lista para entrevistar a alguien. El confeti cae del techo y cubre el hielo y a la multitud. La música suena a todo volumen y no puedo oír ni mis propios pensamientos.

Veo a Liam patinar sobre la línea roja. Sus compañeros de equipo los rodean a Maverick y a él, pero se zafa de ellos.

Se quita los guantes y deja caer el palo sobre el hielo.

Corre hacia mí, con las cuchillas cortando el logotipo de los D.

C. Stars y los ojos clavados en los míos.

No tengo ni un segundo para respirar antes de que me saque del túnel.

Me levanta en volandas y me abraza contra su pecho.

—¡Joder! —me grita al oído—. ¡Joder!

—Dios mío. —Empiezo a llorar. Se me escapa un sollozo y lo abrazo con fuerza, temerosa de soltarlo—. Lo has conseguido. Lo has conseguido, cariño.

—¿Lo has visto?

Le rodeo la cintura con las piernas y me echo hacia atrás para mirarlo. Le desabrocho el casco, se lo quito de golpe y lo tiro a un lado. Le toco las mejillas empapadas de sudor y le aparto el pelo de los ojos.

—Cada segundo. Nunca había visto a nadie jugar con tanta intensidad. Esa parada ha sido alucinante. Algo de lo que se hablará durante años.

El resto del equipo está celebrando la victoria detrás de nosotros.

Maverick está a caballito sobre la espalda de Hudson, con los brazos en alto.

Grant está tumbado boca arriba, haciendo ángeles en el hielo con el confeti.

Ethan da una vuelta a la pista con el trofeo sobre la cabeza y Riley le pone una gorra de los campeones de la Stanley Cup.

—Deberías estar allí —le digo—. Con ellos. Con tus hermanos. No conmigo.

—No. —Niega con la cabeza y me acaricia las mejillas—. La única persona con la que quiero celebrarlo es contigo.

Pierde pie porque se le escurre un patín y acabamos tumbados en el hielo. Lo único que oigo es su risa. Lo único que siento son sus fuertes brazos a mi alrededor. Lo único que veo es su cara sudorosa y sonriente, y todo es perfecto.

—Estoy muy orgullosa de ti —susurro, un momento que quiero solo para nosotros—. Haces cosas increíbles.

—No podría haberlo hecho sin ti.

—¿Sin mí? —me río—. ¡Yo no he hecho nada!

—¡Pues claro que sí! Me has animado. Me has apoyado.

Has creído en mí. Haces que la vida sea divertida, joder.

Eres lo que me mantiene a flote. Siempre me las he arreglado para ser feliz hasta cierto punto, pero no sabía lo que era la felicidad hasta que te conocí.

No de verdad. Ahora cada día es el mejor de mi puta vida. Gracias a ti.

Me tiemblan los hombros y las lágrimas me caen por las mejillas. Sé que se me está corriendo el maquillaje. Sé que tengo la nariz llena de mocos, pero no me importa. No cuando él me mira como si fuera lo más importante. Como si fuera lo único que le importa en la vida.

—Te quiero —susurro—. Te quiero mucho y… —Un sollozo me sacude el pecho—. Estoy muy orgullosa de ser un capítulo en tu libro, Liam.

—¿Un capítulo? —replica él, apoyándose en los codos, con la boca a pocos centímetros de la mía.

Veo un rasguño en su mejilla. Las motitas doradas de sus iris marrones oscuros y la sal en su frente, resto del sudor seco—.

Tú eres mi puta historia entera, Piper. Antes de conocerte era una versión borrosa de mí mismo, y luego llegó todo lo demás.

Te quiero como nunca he querido a nadie, y nunca querré a nadie más como te quiero a ti.

Siento un nudo en la boca del estómago. No sé si quiero reír o llorar más fuerte.

Una mezcla de las dos cosas, quizá. ¿Cómo no reaccionar así cuando acaba de llegar a lo más alto de su carrera deportiva y está celebrándolo conmigo?

¿Cuando me está diciendo cosas que me hacen creer en un para siempre en el que no voy a sufrir?

En una vida llena de alegría en vez de tristeza.

Llena de risas en vez de sentir que no soy lo bastante buena.

Ahora mismo podría romperme en mil pedazos.