53. Liam
Liam
L os últimos segundos del quinto partido de la final de la Conferencia Este se agotan y la furia se apodera de mí.
Esta noche hemos jugado fatal.
Por nuestro rendimiento, nadie diría que hemos sido los mejores de la liga. He encajado tres putos goles y hemos sido incapaces de marcar uno solo.
Esta noche deberíamos haber eliminado a Boston definitivamente y seguir con la ventaja que llevamos, pero ahora tendremos que volver al Garden para disputar el sexto partido delante de una afición ruidosa y despiadada.
Suena la bocina, marcando el final del tiempo reglamentario, y agradezco mucho poder escapar de los abucheos y de las burlas de los aficionados.
Esta noche se han agotado las entradas, y la pasión en sus gritos es evidente.
También lo es la furia, porque alguien lanza un vaso de cerveza a la pista y los de seguridad se lo llevan de la grada.
Quieren ver la Stanley Cup a toda costa este año en Washington D. C., igual que lo queremos nosotros, y ver que nos derrumbamos bajo la presión en el momento más importante, cuando deberían estar celebrando otro pase a la final, les provoca una decepción de dos pares.
—Oye —Hudson golpea mi palo con el suyo—, ánimo, portero.
—No merezco levantar la cabeza —refunfuño mientras me quito el casco y me froto la cara con la mano, irritado. Enfadado. Hecho una mierda y sin energía—. Esta derrota es culpa mía.
—Déjate de chorradas. Los demás tampoco hemos hecho lo que debíamos hacer —me desafía, y retrocedo, sorprendido.
Es raro que haya tanta ferocidad en su voz, que esté tan enfadado, y no sé qué pensar—.
He fallado dos tiros claros en el segundo periodo.
Maverick no ha sido capaz de acercarse a la puta portería y Ethan perdió el último cara a cara que podría habernos dado un poco de impulso.
Ganamos como equipo y perdemos como equipo. Tú no tienes la culpa de todo esto.
—Podría haber jugado mejor. Podría haber hecho mejor mi trabajo. —Camino con pesadez hacia el vestuario con él patinando a mi lado, sin hacerles ni caso a los aficionados que se quedan para seguir abucheándonos—. Tres putos goles. ¡No me jodas!
—Has tenido una mala noche. No pasa nada. Mañana nos recuperaremos y ganaremos fuera de casa. Así es más divertido. A la mierda Boston.
Resoplo por su optimismo y recorro el túnel con la mirada, en busca de Piper.
Siempre la busco a ella, con sus chaquetas coloridas y sus pantalones holgados.
La veo al lado de Lexi, con los brazos cruzados por delante del pecho y el micrófono metido en el bolsillo trasero. No va a pedirnos ninguna entrevista, y seguramente sea lo mejor. Me da miedo lo que los chicos podrían decir si hablaran en directo en televisión después de una noche tan espantosa.
Sus ojos se encuentran con los míos cuando paso por delante y esboza una sonrisilla que me llega al pecho. Su mirada hace que me dé un vuelco el corazón. Parte de la frustración con la que cargo se desvanece en cuanto me roza el guante un segundo.
No sabía cuánto necesitaba verla hasta este momento, y no sé si quiero estar solo o si quiero que me abrace. No sé si quiero dar un largo paseo y despejarme la cabeza o correr a casa para poder acurrucarme en la cama con ella.
El instinto me dice que mantenga las distancias. Que siga pensando en lo mío y no deje entrar ningún ruido exterior. Tengo un trabajo en el que concentrarme. Un partido asqueroso que superar y un control de daños del que ocuparme, pero todo eso me importa una mierda porque la quiero a mi lado.
Sin embargo, tendré que esperar, porque cuando me siento delante de mi taquilla, el entrenador entra en el vestuario y está claro que está muy serio.
—Esta no ha sido nuestra noche —dice con voz ronca.
Se pasa la mano por el pelo y luego la cierra en un puño cuando la baja—.
Tenemos dos oportunidades más para conseguir esto.
Soy vuestro entrenador en la pista de hielo, no en la vida, pero voy a daros un consejo a todos: no os regodeéis en la miseria.
Reconoced lo que ha pasado. Asumidlo. Pero después de esta noche, se acabó.
No podemos hacer nada al respecto. Tenemos que trabajar, y no lograremos nada si vamos a Boston arrastrando los pies porque nos compadecemos de nosotros mismos.
Tenemos claro lo que debemos solucionar: la agresividad. La defensa. Apoyarnos unos a otros.
—Lo siento —les digo a los chicos, y todos me miran. Detesto ser el centro de atención, pero es lo que toca—. Esta noche no estaba en mi mejor momento. Dejé que me colaran tres tiros que normalmente habría parado. No volverá a pasar. Enfadaos conmigo, no con vosotros mismos.
—¡Vete a la mierda! —exclama Maverick, de pie en el centro del vestuario—.
Estoy enfadado con el equipo. Estoy enfadado conmigo.
Estoy enfadado con Hudson. Estoy enfadado con Ethan.
Estoy enfadado con Finn. ¡Joder! Estoy enfadado con el utillero por joderme las cuchillas y no asegurarse de que estuvieran lo bastante afiladas, y estoy enfadado conmigo mismo otra vez por no haberme dado cuenta durante el calentamiento.
Pero no nos servirá de nada quedarnos aquí sentados, enfadados por esta derrota.
—Se quita los guantes de un tirón y los lanza a su taquilla, volcando una botella de agua—.
Sabemos que somos mejores. Que cada uno haga lo que tenga que hacer esta noche y mañana volveremos listos para zanjar esto en Boston.
El equipo murmura en señal de acuerdo. Todos reaccionan a su manera. Hudson llama a su padre. Maverick se lleva las manos a la cabeza y empieza a mascullar consigo mismo. Grant se disculpa y sale al pasillo para saludar a su hermana pequeña.
Saco el móvil de la bolsa de deporte y me sorprende ver que Piper me ha escrito.
Piper
Lexi me va a llevar a casa. Estoy segura de que quieres estar solo esta noche. Me llamas mañana?
Ven. Por favor. Usa la llave de repuesto. Voy a dar una vuelta en coche, pero llegaré pronto
Piper
Estás seguro?
Quiero tenerte en casa. Eres lo único bueno de hoy
Piper
Pues allí estaré. Tómate todo el tiempo que necesites 3
Hace un año, me habría reído de mis compañeros de equipo si me hubieran dicho que se iban corriendo a casa para ver a una mujer. Les habría preguntado si es que les daba igual la derrota. Si les interesaba incluso presentarse al sexto partido o si preferían quedarse en casa.
Antes quería estar solo. Antes no quería ver a nadie ni en pintura después de una derrota, pero ya no. Ahora la quiero a ella. La necesito. Es la única que podrá calmarme, y estoy contando los segundos que faltan para tenerla entre mis brazos.
Me froto el pecho, que me duele cuando pienso en lo afortunado que soy por tenerla.
En lo contento que estoy de tenerla en mi vida y de que sea el consuelo que necesito en un momento como este.
En lo mucho que la quiero y en que voy a dejarme los cuernos para no alejarla, para no encerrarme en mí mismo, porque quiero que sepa que su lugar está a mi lado, incluso cuando yo esté más cabreado que una mona.
—¿Estás bien, portero? —me pregunta Riley, y le respondo con un brusco gesto de cabeza.
—Sí —añado entre dientes mientras dejo la equipación y me pongo traje y corbata para poder salir pitando de aquí—. Nos vemos mañana.
Tomo el camino más largo a casa, conduciendo a lo largo del río y dejando que el aire de mayo me azote el pelo mientras respiro hondo.
En mi mente rondan los pensamientos que acompañan habitualmente a las derrotas: «No soy lo bastante bueno.
Soy una mierda. Soy demasiado lento. Me estoy haciendo mayor».
Sigo con ellos un rato, les permito que se apoderen de mí y aprieto los dientes mientras aferro con fuerza el volante. Mi ira se convierte en decepción. En autodestrucción y en autodesprecio. Me concedo una hora antes de respirar hondo, apartar esos pensamientos y poner rumbo a casa.
Cuanto más me acerco, más tranquilo me siento. Como si la furia se fuera disipando poco a poco. Es como si un imán me estuviera atrayendo, llamándome por mi nombre y acercándome cada vez más.
Ella.
Aparco, subo en el ascensor, entro en mi piso y cierro la puerta detrás de mí.
—¿Piper? —la llamo, pero no obtengo respuesta.
Quizá se ha ido. He llegado más tarde de lo que dije y no parece muy divertido quedarse esperando a un gruñón como yo.
—¡Estoy en el salón! —exclama al cabo de un momento, y frunzo el ceño al captar su voz apagada.
Me quito la chaqueta y la tiro sobre la mesa de la entrada antes de echar a andar hacia el pasillo.
El pánico se apodera de mí porque no oigo ningún otro ruido y estoy a punto de caerme de bruces sobre la moqueta.
Al doblar la esquina hacia el salón, me detengo en seco por la imagen que tengo delante.
Piper, vestida con toda mi equipación.
El casco. Las protecciones. El jersey y los patines.
Parece diminuta porque la ropa le queda enorme.
Tiene en los brazos a Pico, que también lleva un casco en miniatura en la cabeza.
La miro parpadeando, y ella se levanta la máscara protectora.
—¿Se puede saber qué haces? —le pregunto.
—Sé que seguramente estés enfadado por lo de esta noche y se me ha ocurrido que podía hacer algo para animarte. —Se encoge de hombros, aunque casi ni puede levantarlos por el peso, y golpea el suelo con la cuchilla de un patín—. Es una tontería, pero quería hacerte reír.
La miro fijamente y me doy cuenta de que está a punto de irse al suelo porque casi pierde el equilibrio. Pico parece aterrorizado, porque tiene los ojos muy abiertos y las garras clavadas en su pecho, y ver eso me hace perder el control.
Me echo a reír.
Las lágrimas me corren por la cara y me río tanto que creo que me estarán oyendo quince pisos más abajo.
—¿Qué coño es eso? —Jadeo para llenarme los pulmones de aire—. ¿Qué lleva puesto Pico?
—¡Le he comprado un casco! —Piper levanta al gato, que me mira furioso, enfadado por todas las decisiones que ha tomado en la vida, y yo vuelvo a reírme a carcajadas.
—¿Cuánto tiempo has tardado? —le pregunto a duras penas, apoyando una mano en la pared para mantenerme en pie.
Me duelen mucho las piernas y creo que estoy alucinando.
Se me está yendo la pinza porque ella está monísima que te mueres y al mismo tiempo es para descojonarse—. ¿Y cuánto tiempo llevas ahí de pie?
—Me he levantado cuando te he oído abrir la puerta. He tardado tres cuartos de hora en ponérmelo todo. —Levanta un brazo—. No puedo creer que te pongas esto todas las noches. No me extraña que tengas el físico de un dios griego.
—Tus elogios me encantan, pequeñaja. —Me acerco a ella, que deja a Pico en el suelo. Le levanto la barbilla y le quito el caso con cuidado para librarla de su peso—. Dios, cómo te quiero —le digo con una sonrisa.
—¿Ha funcionado? —susurra con los ojos muy abiertos y agarrándome la camisa con los guantes. Como no lo consigue del todo, acabo otra vez partiéndome el culo—. ¿O quieres echarme?
—Es lo mejor que he visto en la vida. Por favor, no te lo quites nunca. Lleva siempre mi camiseta. Y los patines también. Cariño, no tenías por qué hacer esto. Debes de estar muy incómoda.
—Mucho —me asegura, pero sonríe de oreja a oreja—. Solo quería hacerte feliz, porque yo también te quiero.
—Soy feliz.
—Me refería a después del partido. Sé que seguramente te estés machacando, y se me ocurrió que si conseguía distraerte de la derrota, estarías de mejor humor.
—Pues lo has conseguido, no lo dudes. ¿He jugado algún partido hoy? No sabría decirlo porque ahora mismo estás buenísima.
—¡Ah! Te gustan las jugadoras de hockey, ¿no?
—No. Me gustas tú, pequeñaja. De jugadora de hockey. De periodista. Me da igual.
Su sonrisa se suaviza y me toca una mejilla.
—Siento la derrota —dice—. Por favor, no te martirices. Eres un jugador magnífico que no ha tenido su mejor noche. Dentro de unos días volverás a estar donde debes estar.
—Lo sé —replico y, de alguna manera, esas palabras significan mucho más porque vienen de ella—. Soy muy afortunado por tenerte.
—Puedo irme. Si quieres espacio. Sé que prefieres la tranquilidad después de una derrota y…
—No. —Niego con la cabeza y la atraigo hacia mi pecho. La sostengo por la nuca y, por primera vez en toda la noche, me relajo al sentirla pegada a mí—. Prefiero estar contigo. Ven, siéntate conmigo. Quédate conmigo.
Y eso hace.
Necesito ducharme. Necesito hacer estiramientos.
Necesito beberme un Gatorade y dormir un poco, pero en cambio le apoyo la cabeza en el regazo.
La miro y le cuento el partido con todo lujo de detalles hasta que puedo pasar página, hasta que puedo olvidarme de la derrota, y luego cierro los ojos.
Me tranquilizo cuando me pone una mano sobre el corazón, una caricia cálida que me permite recuperar el equilibrio, y es lo único que necesito.