Bajo control (D. C. Stars 2) 52. Piper
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52. Piper

Piper

P or qué estoy tan nerviosa por ver a tus padres y a tu hermana? —Me miro en el espejo del vestíbulo y me arreglo el pelo—. Ya los conozco.

—¿A lo mejor porque esta noche les vamos a decir que estamos saliendo? —Liam se acerca por detrás y me rodea la cintura con los brazos. Me besa en la coronilla y me sonríe—. Y todo lo de la boda.

—¿Tenemos que hacerlo? ¿No podemos ocultar que estamos legalmente casados? Me gusta creer que le caigo bien a tu madre. No quiero que piense que estoy intentando robarte el dinero o algo así.

—¿Por qué iba a pensar eso?

—No lo sé. Solo quiero que esta noche vaya genial. A los padres de Steven nunca les caí bien.

—Porque son gilipollas. Supongo que de tal palo tal astilla.

—Liam me pega los labios a la frente y me besa de nuevo—.

Todo va a salir bien, Piper. En serio. Vamos a cenar.

Ellos volverán a su hotel. Mañana verán el partido y luego regresarán a Chicago hasta que los visite este verano. Sé tú misma. Ya les gustas como eres.

—Vale. —Suspiro y me aparto un poco, lo justo para darme media vuelta entre sus brazos, ponerme de puntillas y besarle la mandíbula—. ¿Vas a dejarte la barba para siempre?

—No lo he pensado. ¿Por qué?

—Me gusta. —Le deslizo los dedos por la barba y sonrío—. Te queda bien.

—¿Eso quiere decir que no estoy bien sin ella?

—No.

—No voy a afeitarme en la vida. Gracias por decidirlo por mí, pequeñaja.

Me río y busco los zapatos de tacón para ponérmelos.

—¿Dónde vamos a cenar esta noche?

—En un asador del centro que Alana quería probar. Por cierto, he pensado que es mejor encontrarnos con ellos allí. He supuesto que vas a ponerte nerviosa durante el trayecto y querrías estar sola.

—Me conoces de maravilla. —Me cuelgo el bolso al hombro, pongo los brazos en jarras y lo miro—. ¿Listo para irnos?

—Sí. —Liam me recorre el cuerpo con la mirada. Examina mi vestido, la raja que llega hasta la rodilla, y deja un ardiente rastro de deseo cuando llega a mis caderas—. Joder, cariño. Estás increíble.

Se me pone el vello de punta como si su atención fuera algo nuevo, pero lleva semanas colmándome de cumplidos.

Diciéndome lo mucho que le gusta mi pelo.

El esmalte de uñas que llevo. El traje nuevo que me compré para las noches que hay partido y la ropa interior que me he puesto al salir de la ducha hace un rato.

No tengo la menor duda de lo que siente por mí, y cada vez que me mira así (con pasión en la mirada y una expresión ávida), me siento la mujer más afortunada del mundo.

—Gracias. —Doy una vuelta para que pueda verme la espalda del vestido, y se acerca a mí y me coloca las manos en la cintura, clavándome los dedos—. Cuidado. No me arrugues el vestido.

—Lo siento —susurra contra mi cuello—. No quiero estropearte el conjunto. Solo quiero tocar.

—Pues tenemos que irnos antes de que hagas algo como romperme el vestido por la mitad. No tienes control.

—No me des ideas, pequeñaja. —Se aparta después de darme un último beso, coge las llaves de la pared y empieza a darles vueltas en las manos—. ¿Lista?

—Si no queda más remedio…

—Pues no, y no te va a pasar nada.

Bajamos en el ascensor cogidos de la mano, mientras me frota la muñeca con el pulgar y el corazón me martillea en el pecho.

No sé a qué viene el pánico que siento.

Alana y yo nos mensajeamos todas las semanas. Anoche mismo nos hicimos una videollamada por FaceTime mientras sostenía en alto diferentes vestidos y revisaba un montón de ropa para que yo la ayudara a elegir algo para esta noche.

Creo que esta vez es porque quiero a Liam.

Lo quiero muchísimo y me muero por hacer que su familia lo vea. Deseo que comprendan que es mi media naranja, y que voy a hacer todo lo que esté en mi mano para protegerlo. Para proteger su corazón y tratarlo como se merece. Lo único que pido a cambio es que me corresponda, y lo hace de maravilla.

Liam me abre la puerta del Range Rover y me da un apretón en el culo mientas me subo. Se me escapa una carcajada, salvaje y libre, y miro la sonrisa que tiene en la cara con un orgullo inmenso y gran alegría.

Yo soy la responsable.

Yo lo hago feliz y, joder, él también me hace muy feliz.

—¿Qué vamos a escuchar esta noche? —le pregunto cuando salimos del garaje—. ¿Quieres que probemos con el sonido del gong que te mandé ayer?

—Joder, Mitchell, ni hablar. Y lo mismo digo de las canciones country que me has metido en la lista de reproducción prepartido. Menuda sorpresa pasar de Beethoven a oír una canción sobre tractores.

—No te he metido nada sobre tractores en esa lista. —Pongo los ojos en blanco y extiendo el brazo para darle un manotazo. Me rodea la muñeca con los dedos y me besa los nudillos—. Qué exagerado eres.

—Es divertido pincharte. —Esboza una sonrisilla ufana y me deja la mano en el muslo—. Ya casi hemos llegado.

El trayecto hasta el restaurante dura un cuarto de hora con el tráfico que hay a esta hora y cuando nos detenemos en la puerta, Liam le entrega las llaves a un aparcacoches ojiplático, junto con un fajo de billetes.

Me rodea los hombros con el brazo mientras entramos, y me relajo contra él.

Me siento cómoda entre sus brazos y feliz de estar en ellos.

—¡Piper! —grita Alana, y la saludo con un gesto efusivo de la mano mientras me acerco a la mesa.

—¡Hola! —exclamo al tiempo que la abrazo y me echo a reír cuando se pasa tres minutos admirando mi vestido—. Hola, Linda. Hola, Cliff.

—Nos alegra mucho que hayáis podido venir. —Linda también me abraza y me estrecha con fuerza—. Sé que Liam ha estado muy ocupado con el comienzo de los playoffs, así que te agradecemos mucho que nos hayas hecho un huequecito.

—Siempre tendré tiempo para vosotros. —Liam besa a su madre y luego se acerca a su padre para darle un firme apretón de manos—. Pero esta noche no voy a beber. Ni lo intentes, Lani.

—¿Es que no te diviertes nunca? —Alana pone los ojos en blanco y saca la lengua, pero percibo el tono burlón detrás de su pregunta—. ¡Sentaos, sentaos!

Liam aleja mi silla y espera a que me ponga cómoda antes de acercarme a la mesa. Rememoro nuestra cita en el estadio, lo bien que lo pasamos y su risa, que reverberó por la pista mientras patinábamos durante una hora entera.

Hemos salido varias veces desde entonces, una noche al cine y un crucero por el Potomac, pero ahora que entramos en la postemporada, tiene menos tiempo libre. Los entrenamientos son más largos. Duerme más, y lo último que quiero es alterar su agenda, que tiene organizada al milímetro.

Estoy muy feliz de acompañarlo esta noche, sobre todo porque estamos rodeados de las personas a las que quiere.

—¿Cómo te sientes respecto al partido de mañana, hijo? —le pregunta Cliff, y Liam se coloca la servilleta en el regazo al tiempo que se encoge de hombros.

—Bien. Los Atlanta son buenos. No puedo creer que hayan bajado tanto en la clasificación en las últimas semanas de la temporada, y van a jugar al despiste.

—Estás preparado. —Le doy una palmadita en el muslo, y entrelaza nuestros dedos—. Estoy deseando veros darlo todo.

—Hace años que no voy a un partido —confiesa Alana—. La idea me tiene de los nervios.

—Si alguno de mis compañeros de equipo tontea contigo, dímelo —replica Liam—. Y le doy una paliza.

—¡Venga ya! Me va a gustar la atención. —Se ríe y bebe un sorbo de vino, mirándome a los ojos—. ¿Y tú, Piper? ¿Tienes algo emocionante en tu vida?

Sé que está bromeando, pero Liam y yo nos miramos. Mataría por tener una copa de vino y carraspeo.

—Pues la verdad es que sí. Liam y yo queríamos contaros unas cosillas.

—Piper y yo nos casamos en Las Vegas hace un par de meses —dice Liam, que toma la iniciativa, y su madre se queda boquiabierta por la sorpresa—.

El culpable fue el alcohol, pero decidimos no anularlo porque su seguro médico es pésimo.

Cuando fuimos a España, en realidad tampoco estábamos saliendo, pero ahora sí.

—Es culpa mía —confieso sin pensar—. Le pedí ayuda a Liam con algo y soy la responsable de fingir que teníamos una relación. Espero que podáis perdonarme por haberos mentido.

Cliff y Linda se miran y se echan a reír. Me tenso, con la espalda recta, y empiezo a golpear el suelo con el pie. Liam me acaricia el brazo con una mano en un intento por tranquilizarme, pero no tengo ni idea de lo que está pasando.

—¡Ay, cariño! Sabíamos que no estabais juntos durante la boda. Teníamos claro que sentíais algo el uno por el otro, pero éramos conscientes de que solo estabas interpretando el papel de su novia —dice Linda.

—¿Qué? —exclama Liam—. ¿Cómo cojones lo descubristeis?

—Llevamos mucho tiempo casados, hijo. Sabemos reconocer estas cosas. Me alegro de que lo hayáis solucionado todo —dice Cliff, y me tapo la cara con las manos.

—Qué vergüenza —gimo y meneo la cabeza—. Y yo aquí muerta de miedo sin motivo.

—Lo de la boda sí nos ha pillado de sorpresa —añade Linda—. ¿Cómo fue la cosa?

—Fue el tequila —decimos Liam y yo a la par, y él resopla.

—Le dije que deberíamos casarnos, así que lo hicimos. Decidimos no anular el matrimonio por lo del seguro médico, pero ahora… —Deja la frase en el aire y me da un tironcito del pelo. Abro los ojos y lo miro—. Ahora creo que vamos a disfrutarlo una temporada.

—Me decepciona un poco que no hayas tenido una boda de verdad para poder verte borracho en el banquete —protesta Alana con una sonrisa burlona—. Pero pensar en ti tan borracho como para casarte me vale.

—Me pregunto si habrá fotos de aquella noche —digo, y Liam se lleva una mano al bolsillo. Saca el móvil y me enseña una foto mía intentando levantarlo del suelo como fondo de pantalla—. Ay, madre mía. Parecemos dos idiotas, ¿no?

—Debería haberlo sabido en aquel entonces. —Liam me da un beso en la frente y un ligero codazo—. Que me gusta hacer el idiota contigo.

Sus palabras me calientan desde dentro. Inundan cada rincón, cada trocito roto de mi corazón, y me inclino hacia él, disfrutando de lo mucho que me he curado gracias a él.

—Pues sí. También parecemos muy felices —añado, y me mira con una sonrisa tranquilizadora.

Una sonrisa que me afianza más de lo que me he sentido en años.

Y deseo poder acordarme de todos los detalles del tiempo que pasamos juntos en Las Vegas.

A lo mejor hay un vídeo por ahí en el que nos estamos descojonando, abrazados el uno al otro, sin preocuparnos por nada—. Volvería a hacerlo.

—Yo también —me asegura, y sé que lo dice en serio.

—Me alegro muchísimo de que formes parte de la familia, Piper —me dice Linda, y pongo de nuevo los pies en la tierra—.

Haces a Liam muy feliz, y me encanta verlo vivir un poquito.

Queremos que gane mañana y el resto de la temporada, claro.

Sabemos lo mucho que significaría para él ganar la Stanley Cup, pero me gusta todavía más verlo así.

—Es por ti —me susurra al oído, en voz baja y ronca, para que solo yo pueda oírlo—. Nadie más podría conseguir que me comportara así.

—¿Estás enamorado hasta las trancas de mí, Sullivan? —le pregunto mientras le doy unos golpecitos en una mejilla.

Su sonrisa se ensancha todavía más, y lo miro con la misma expresión.

—Si yo te contara, Mitchell…