Bajo control (D. C. Stars 2) 51. Liam
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51. Liam

Liam

Piper

Feliz final de la temporada!

Cómo vamos a celebrar el mejor récord de la liga?

Contigo

Ven, cariño

Piper

Estoy de camino

—Si haces algo espantoso como romperte el ligamento cruzado anterior la próxima temporada y no puedes jugar, creo que tienes futuro en la cocina. —Piper termina de cenar y aparta el plato—. ¿Cómo es posible que se te den tan bien tantas cosas?

—También hay muchas cosas que no se me dan tan bien, como seguir instrucciones. Maverick me ha gritado porque voy leyendo por delante del club de lectura, pero no pienso ir más despacio.

—¿Ahora te gusta el porno de monstruos?

—Creo que me he convertido. —Me pongo en pie y cojo su plato sucio para llevarlo al fregadero junto al mío—. ¿Qué más cosas raras puedes lanzarme, Mitchell?

—Te daré una lista. —Cruza las piernas y bebe un sorbo de vino—. ¿Quieres que te ayude a recoger?

—No, tranquila. He visto los tacones que llevabas hoy en el estadio. Seguro que tienes los pies como dos botas.

—Los tengo más hinchados que Maven, y eso que ella tiene una criatura en el horno. Anda, deja que te ayude. Sé que has tenido un día muy largo con los preparativos de los playoffs. No deberías tener que limpiar tú solo.

—Vale. Vente, pequeñaja. Tú friegas y yo seco.

Piper se baja del taburete y se acerca.

—Me gusta hacer esto contigo. Lavar platos. Ver programas cutres en la tele. Protestar por las cortinas que tienes que poner en tu dormitorio.

—¿Hemos llegado a la fase de nuestro matrimonio en la que esto se considera dar la tabarra? —Me echo a reír cuando coge la alcachofa del fregadero y me rocía con agua caliente, empapándome el pelo y la camiseta—. No ha sido muy inteligente por tu parte, mujer.

—Uy… —Me mira con expresión inocente—. Será mejor que te quites esa ropa mojada y te seques, marido.

—Piper, si querías que me desnudara… —Me seco los ojos con el dorso de la mano y me toco el bajo de la camiseta—, podrías habérmelo pedido sin más.

—Así es mucho más divertido. No puedes…

Entro en acción antes de que ella pueda reaccionar, le quito el grifo de las manos y le echo agua en represalia. Grita y se apresura a rodear la isla mientras se protege la cara con el plato que usamos para las ensaladas.

—Te he pagado con la misma moneda —digo.

—Pero ¿cómo puedes ser tan rápido? Ni que fueras un ninja, vamos. —Se mira la camiseta mojada que se le pega al pecho. Le veo el contorno de los pezones a través del tejido translúcido y cierro el grifo con un nuevo plan en mente—. Es una faceta nueva de Liam Sullivan, y me gusta.

—Soy portero, ¿recuerdas? —La cojo en brazos y la llevo por el pasillo hasta mi dormitorio—. Así soy ahora. La vida es un carnaval y yo soy la alegría de la huerta.

—¿Quién iba a decir que lo único que necesitabas para animarte un poco era acostarte con tu perfecta mujer?

—Alguien se lo tiene muy creído. Tienes razón, pero a ti también se te ha subido a la cabeza.

—Es una pena que llevaras años sin acostarte con nadie. Piensa en toda la diversión que te has perdido por no tirarte a quien quisieras.

Cuando llegamos a mi dormitorio, la siento en la cama. Retrocedo un paso y la miro fijamente, pero sin rastro de humor.

—Nunca he querido a nadie —digo.

Piper frunce el ceño.

—¿A qué te refieres?

—Pregúntame por qué no me he acostado con nadie en cuatro años, Piper —digo, y parece una súplica. Parece que estoy desesperado por que ella se entere.

—¿Po-por qué no te has acostado con nadie en cuatro años, Liam? —susurra.

—Por la misma razón por la que en cuatro años no he mirado a otra mujer.

Por la misma razón por la que no me habría importado quién ganara pasar la noche conmigo en la subasta benéfica o quién intentara llamar mi atención.

Pregúntame por qué guardo la alianza en el cordón del patín —le suelto de repente.

Pone los ojos como platos y coge aire con brusquedad—.

Pregúntame por qué no me he quitado el tatuaje temporal que me hiciste hace días.

Pregúntamelo, Piper —le suplico—. Por favor.

—¿Por qué? —susurra de nuevo, pero sé que ya conoce la respuesta. Lo sé por la ternura con la que me toca la nuca con los dedos y por la rapidez con la que se desliza hasta el borde de la cama—. ¿Por qué, Liam?

—Podría decir que es por el hockey. Podría decir que es porque no quería distraerme.

Podría decir que es porque me importa mi posición, pero todo eso son chorradas.

El día que entraste por primera vez en el United Airlines Arena fue el mejor día de mi vida.

Era miércoles. Estaba medio nublado. Hacía veinticinco grados y era la primera semana de agosto.

El 7 de agosto, para ser exactos —le digo con voz ronca, y se le llenan los ojos de lágrimas mientras mira mi teléfono, que está en la mesita de noche—.

Te chocaste conmigo. Después te presentaste.

Me tendiste la mano como si fueras la persona más importante que había allí.

Vi la alianza en tu dedo y supe que no podría acercarme a ti, que no podría conocerte, no de la forma que yo quería.

Ese puto diamante se estuvo burlando de mí durante meses hasta que un día apareciste y ya no lo llevabas.

Y por primera vez desde que te vi, sentí una pizca de esperanza.

—Me echo a reír, sin estar del todo convencido de que está pasando de verdad.

Sin estar del todo convencido de que ella está aquí conmigo—.

Nunca he sido optimista, cariño, pero el día que descubrí que ya no estabas casada fue el día que empecé a creer.

Empezamos a hablar de vez en cuando. Luego, aquella noche en Canadá me puse muy nervioso, no quise meter la pata y me dieron ganas de gritar.

Después me propusiste que follara contigo, y lo hice.

Pero la cagué, porque me enamoré de tu risa.

De tus sonrisas. De tu valentía, de tu atrevimiento y de tu belleza.

—Hago una pausa para tomar aire. Le seco las lágrimas de las mejillas y le levanto la barbilla porque quiero que me mire, que no se pierda ni una sola palabra, antes de empezar a hablar de nuevo—.

Me enamoré de tu determinación y de tu espíritu.

De tu forma de hablar por el micrófono y de lo mucho que te esfuerzas.

Me enamoré de tu bondad y desde entonces, cuando el optimismo me vence, a veces me permito creer que algún día tú también te enamorarás de mí, cuando estés preparada.

Pero puedes tomarte todo el tiempo que necesites, cariño, porque yo no me voy a ir a ninguna parte.

—Liam —dice, pero quiero continuar. Quiero que lo escuche todo antes de que tome una decisión, así que le tapo la boca con delicadeza.

—Sabes que soy hombre de pocas palabras, pero contigo tengo muchas cosas que decir.

No he terminado —le explico, y veo que sonríe y que me mira con los ojos entrecerrados—.

Sé que te han hecho daño. Sé que te cuesta confiar en los demás.

Sé que te resulta difícil creer que lo que te pasó una vez no se repetirá jamás.

Y sé que ahora mismo puedo prometerte el mundo entero: dinero, seguridad y cualquier cosa que se te antoje.

Pero nada de eso importa a menos que diga esto: Piper Mitchell, voy a quererte hasta el día que me muera.

Cuando truene. Cuando haga sol. Siempre tendrás toda mi atención.

La has tenido durante años y ni siquiera eras mía.

No bromeaba cuando dije que eres mi persona favorita del mundo. Nadie se te acercará jamás.

Masculla algo contra mi palma, y el pánico me asalta durante un momento. Una vida en la que ella no siente lo mismo y que tendré que soportar después de recibir ese puñetazo en el estómago mientras la veo con otro.

—Tú también eres mi persona favorita —replica Piper.

Me toca una mejilla y, joder, se me estremece todo el cuerpo por el anhelo.

Una caricia de sus dedos basta para que sienta que soy el rey del mundo, que me crea capaz incluso de volar—.

Durante los últimos meses me has tratado con paciencia, con respeto, con cuidado…

—Sacude la cabeza y se echa a reír—. Darte las gracias se queda muy corto.

Me has cambiado. No sería la mujer que soy hoy sin ti.

—Eso no es verdad. Habrías llegado a este punto tú sola. Eres fuerte. Competente. No necesitabas a ningún hombre, solo necesitabas que alguien creyera en ti.

—Y tú crees en mí. Te dije que tengo miedo, y lo tengo, pero sé que nunca me harás daño.

Creo que eso es algo que he sabido siempre y por eso te busqué.

Por eso me siento segura y a salvo cuando estás cerca.

Yo también te quiero, Liam. Tanto que es inabarcable.

Lo que siento por ti… No creo que haya palabras para describirlo.

Para definir cómo… tú… —Deja la frase en el aire.

Más lágrimas resbalan por sus mejillas, así que la estrecho entre mis brazos—. Me has recompuesto, Liam.

—Nunca estuviste rota, Piper.

—Te quiero —repite, pronunciando esas dos palabras contra mi pecho. Se me graban en el alma y casi me traspasan el corazón—. Eres lo mejor que me ha pasado después de que me partieran el corazón, y aunque me dolió mucho, pasaría por todo de nuevo si fuera necesario con tal de encontrarte.

Hay mil cosas que quiero decirle. Mil cosas que quiero hacer, pero de momento me limito a tumbarla en la cama. Me acuesto a su lado y la beso, primero despacio y luego con más pasión, como si se me pudiera escapar de entre los dedos en cualquier momento.

Sé que no es así. Es mía y yo soy suyo mientras me quiera. Ya sea un día, una semana, un mes. Me da igual, y no voy a dar por sentado ni un puto segundo de su tiempo.

Le demuestro lo que siento con las manos. Después con la lengua, los dientes y la boca. Con la delicadeza con la que la desnudo y con la que beso cada centímetro de ese cuerpo que he llegado a venerar. Follamos con ternura, con amor, y sé que no hay prisa.

Un millón de vidas con ella no serán suficientes.

Nunca serán suficientes.

Pero, joder, voy a esforzarme al máximo para asegurarme de que cada día sea el mejor de su vida.