Bajo control (D. C. Stars 2) 50. Piper
89%

50. Piper

Piper

Liam

Tienes planes esta noche?

Depende de quién lo pregunte

Liam

Te lo pregunto yo

Mmm? Estoy libre como un pájaro. Qué hay en la agenda?

Una discoteca ruidosa?

Algún sitio con mucha gente?

Una discoteca ruidosa con mucha gente?

Liam

Muy graciosa

Vamos a salir los dos

En plan pareja, fuera de casa

En serio?

Liam

Ajá

A las siete. Puedes llevar vaqueros

Me vas a decir adónde vamos?

Liam

No. Es un secreto

LAS CHICAS SOLO QUIEREN (DERECHOS FUNDAMENTALES) PASARLO BIEN Y SEXO DEL BUENO

EMERGENCIA. Voy a salir con Liam esta noche y me ha dicho que puedo ponerme vaqueros. Qué más me pongo?

Lexi

Un jersey será perfecto!

Emmy

Y calcetines. No te olvides de los calcetines

Sabéis algo?

Lexi

Nada

Maven

Nada

Emmy

Algo. Pero porque estoy casada con un tío que sería incapaz de guardar un secreto ni aunque le fuera la vida en ello

Mentira. Se calló lo de que Liam y yo estábamos casados. Por cierto, eso me sorprendió

Emmy

Ya somos dos

Maven

Informal va bien, Piper!

Estoy nerviosa. Por qué estoy nerviosa? He visto a ese hombre desnudo un montón de veces, y en cuanto me dice que vamos a salir, siento mariposas en el estómago?

Lexi

Porque estás enamoradaaaaaaa!

Ya vale. Eso es muy gordo

Lexi

Casi tanto como su polla?

No te vuelvo a hablar

—¿De verdad es necesaria la venda en los ojos? —Cruzo los brazos por encima del pecho en el asiento delantero del Range Rover de Liam y vuelvo la cabeza en su dirección—. A mi modo de verlo es un poco exagerado.

—Lo siento. Mi secuestrador ha insistido —replica, y contengo la carcajada por la broma—. No quería discutir con él.

—Vale. Pero como llegue a conocer a este secuestrador, le voy a decir unas cuantas cosillas. —Me relajo contra el frío cuero del interior y resoplo—. No me gustan mucho las sorpresas.

—¿En serio?

—Pues no. Creo que pillar a mi exmarido en su despacho con la cabeza entre las piernas de su secretaria me traumatizó de por vida.

—Te llevo al estadio —se apresura a decir Liam.

—¿De verdad? ¿Hay algún evento esta noche? No se me ocurrió que pudiera haber algo en la agenda con los playoffs a la vuelta de la esquina.

—No. Nada en la agenda. Solo estaremos nosotros.

—¿Y qué vamos a hacer en el estadio?

—Ya lo verás —responde, y capto la sonrisa en sus palabras—. Pero te prometo que no me vas a ver con la cabeza entre las piernas de nadie.

—Eso me tranquiliza mucho. —Extiendo un brazo en busca del suyo o de su mano, de algo que pueda tocar. Para sentir su calidez—. ¿Qué tal el entrenamiento de hoy?

—Bien. No estuvimos muy finos durante el partido de anoche, el entrenador nos ha pasado la factura esta mañana. Hicimos ronda de penaltis, y tengo las piernas destrozadas.

—¿Por eso vamos al estadio? ¿Porque eres incapaz de mantenerte alejado?

—Algo así.

Liam apaga el motor y se desabrocha el cinturón de seguridad. Lo oigo abrir su puerta y luego la mía antes de ayudarme a salir. Me rodea los hombros con un brazo mientras me guía por el conocido camino que he recorrido cientos de veces.

Se oye el pitido al pasar sus credenciales y luego nos recibe el aire frío. Sonrío cuando me conduce por un largo pasillo, cogido de mi mano, mientras me acaricia la cara interna de la muñeca con el pulgar.

Ahora hace más frío, así que supongo que estamos cerca de la pista de hielo. Al final del túnel donde suelo estar durante los partidos. Aunque no oigo nada. No hay música. No hay ruido. No hay conversaciones.

Estoy en el estadio todos los días, pero siempre hay un montón de personas alrededor. Estoy acostumbrada a los silbidos y a las jugadas que anuncian a gritos, no al silencio absoluto.

—Vale. —Liam me quita la venda, y parpadeo bajo los focos. Hay una alfombra extendida hasta el centro de la pista, y veo una mesa justo sobre el logo del club—. Hemos llegado.

—¿Qué pasa? —Me echo a reír cuando veo platos y copas, y me da un tironcito de la mano—. ¿Vamos a probar un juego para que participen los aficionados durante el descanso?

—Vamos a cenar. Me dijiste que el estadio es uno de los sitios que más te gustan. ¿Por qué llevarte a otro que no te gusta tanto?

Lo miro y lo descubro observándome, a la espera de mi aprobación, y no sé qué decir.

¿Cómo le digo lo considerado que es esto?

¿Cómo le digo que no estoy acostumbrada a que me escuchen?

¿Cómo le digo que cenar en la pista de hielo me va a hacer llorar porque significa que estoy aquí con él, cerca del lugar donde nos conocimos, preguntándome cómo ha acabado mi vida de esta manera?

¿Cómo le digo que no hay nada más perfecto en el mundo?

—Liam —susurro, pronunciando su nombre como dos sílabas reverentes—, ¿has hecho esto por mí?

—Haría cualquier cosa por ti.

Es sencillo. Breve y dulce, cinco palabras que nunca había oído, pero que se me quedan grabadas en el corazón. Barren las telarañas y despejan los rescoldos de miedo que me quedaban por empezar algo nuevo. Por empezar de cero con alguien por quien siento algo muy fuerte.

—Esto es… —Dejo la frase en el aire mientras las emociones amenazan con abrumarme. Mientras amenazan con sofocarme, porque este hombre es el epítome de todo lo bueno, de todo lo maravilloso y de todo lo perfecto—. Gracias.

—Vamos. —Me sujeta de la mano mientras recorremos la alfombra y me aparta la silla para que me siente—. Espero que tengas hambre.

Oigo un ruido a mi izquierda, aumentado por el estadio vacío, y cuando me vuelvo, veo a Maverick que se acerca patinando despacio con una bandeja de camarero.

—Buenas noches, chicos —nos saluda cuando se detiene junto a la mesa—. Gracias por venir a cenar con nosotros esta noche. Veréis el menú en el plato. ¿Os apetece empezar con una copa de vino? Recomiendo el tinto de la casa, pero el sauvignon blanc también es una buena elección.

Miro boquiabierta a Maverick y el esmoquin que lleva. Se ha remangado los pantalones por encima de los patines y tiene una pinta muy ridícula.

—¿Qué te apetece? —me pregunta Liam, y meneo la cabeza.

—Perdona. Sigo asimilando el modelito de Maverick. Llevas un esmoquin…

—Tú crees que es un esmoquin. En realidad, es un disfraz de Halloween de la tienda de segunda mano.

—Vaya. —Me echo a reír y miro a Liam—. El tinto me parece bien.

—Pues el tinto —dice Maverick antes de alejarse patinando.

—¿Vamos a tener más visitas? —le pregunto a Liam, que se encoge de hombros.

—Supongo que tendrás que quedarte para averiguarlo.

Hudson es el siguiente en salir y nos deja pan y palitos de mozzarella como aperitivo. Habla durante diez minutos del pan que cubre el queso y solo se va cuando Liam lo fulmina con una mirada que me deja al borde de las carcajadas.

Grant aparece a continuación y nos pone por delante un par de ensaladas antes de guiñarme un ojo. Ethan saca un plato de perritos calientes y cuencos con aliños, y nos dice que le ha pedido un favor a Dave y ha hecho que lleven la comida.

Riley también está y nos sirve los platos principales y ayuda a Maverick a rellenarnos las copas de vino. Cuando me acabo el plato de pasta que tengo delante, me repantingo en la silla y sonrío.

—Anda, te han ayudado todos. ¿Cómo lo has logrado?

—Les dije que estaba atacado por la idea de salir contigo y se ofrecieron a ayudarme. Saben que eres mi persona preferida y también que quería hacerlo bien. Yo habría hecho lo mismo por cualquiera de ellos.

—¿De verdad?

—Sí. Me habría tirado horas refunfuñando, pero lo habría hecho. —Me mira fijamente desde el otro lado de la mesa y ladea la cabeza—. ¿Lista para la siguiente parte de la noche?

—¿Qué más escondes debajo de la manga, Sully?

Se inclina hacia delante y saca un par de patines.

—¿Quieres hacer el idiota conmigo, pequeñaja?

—Ay, madre mía. ¿Qué se dice sobre lo de volver al escenario del crimen?

—La primera vez fue una tragedia, ¿no?

—¿Estás seguro de que es una buena idea? Tienes una serie de partidos muy importantes por delante y no quiero ser el blanco de la ira de Brody Saunders si te lesionas en tu tiempo libre.

Liam echa la silla hacia atrás y se levanta.

—Quiero que aprendas.

—¿Saber patinar es un requisito para estar contigo?

—No. Quiero que aprendas por ti. Piper, te he enseñado muchas cosas durante los últimos meses, y me molesta no haberte enseñado a patinar desde el principio.

Tómatelo como la manera de darle portazo al pasado.

Después de esta noche estaré a tu lado en todo lo que quieras aprender.

Animándote. Motivándote y apoyándote. Nunca más volverás a sentir vergüenza ni miedo de nada.

Quiero echarme a llorar.

Quiero reír y gritar y abrazarlo con fuerza.

Quiero contarle todos los motivos por los que nunca será como mi ex, empezando por esa forma tan tierna de preocuparse por mí.

Por su forma de quererme y por mi forma de quererlo.

Creo.

Eso me da pavor. Me da un miedo terrible, porque sé lo que pasa cuando se abusa. Cuando se convierte en algo triste, roto y desfigurado.

He visto la peor cara del amor, pero aquí estoy, mirando a Liam con la certeza en lo más profundo de los fragmentos rotos de mi alma de que estoy enamorada de él por completo y de forma irrevocable.

—Oye —dice mientras rodea la mesa y se agacha delante de mí—, ¿qué pasa?

—Nada de nada. Es el detalle más bonito que han tenido conmigo en la vida, y me cuesta asimilarlo.

Liam esboza una sonrisa. Le brillan los ojos y casi irradia felicidad.

—¿Quieres dar una vuelta, rayo de sol?

Asiento, sin atreverme a decir nada más. Podría escapárseme lo que siento por él. Podría pedirle que se quedara conmigo para siempre porque me aterra la vida sin él.

Me ayuda a cambiarme las zapatillas deportivas por los patines, me los ata y me da un golpecito en la punta cuando estoy lista para ponerme en marcha. Espero a que se ponga los suyos, sin perderme la facilidad de sus movimientos y lo natural que parece cerca del hielo.

—Muy bien. —Me tiende la mano, y cuando me levanto, entrelazo nuestros dedos—. Recuerda: no puede ser peor que la última vez.

—Eso es discutible. Esta noche podrías golpearte la cabeza.

—¡A lo mejor así consigue tener sentido común! —grita Ethan desde las gradas, y Liam le hace una peineta.

—No sabía que teníamos público —digo, y suspira.

—Era parte del acuerdo. Nos ayudarían, pero solo si podían vernos comportarnos, y cito textualmente, «en plan tierno y tal».

—Mírate. —Levanto una mano para pellizcarle una mejilla—. Eres como una comedia romántica andante. Supongo que será mejor que les demos un espectáculo.

Damos la primera vuelta despacio. En la tercera vuelta ya me siento más cómoda. Voy derecha, tengo la vista clavada a lo lejos en vez de en los pies y he dejado de aplastarle la mano por lo fuerte que se la estaba apretando.

—Por fin siento los dedos —dice cuando me aparto. Le doy un empujón, a sabiendas de que no lo notará demasiado, y me agarra la muñeca—. Mala idea, pequeñaja.

Antes de que pueda prepararme para su venganza, me levanta por encima de su cabeza como si fuéramos patinadores artísticos. Chillo al ver lo alta que estoy y le doy un manotazo sin fuerzas en la espalda.

—¡Madre mía! Bájame, ogro insufrible.

—¡Ah, se siente! He oído que los chicos tienen una apuesta sobre esta noche y la verdad es que quiero que Hudson gane.

—Se merece una victoria, ¿no? —Cierro los ojos, porque no quiero mirar el hielo—. Vale. Pero no me dejes aquí arriba mucho tiempo. Estoy viendo pasar la vida por delante de mis ojos.

Su carcajada es fuerte y sonora, y se me cuela dentro.

—Tú ganas. Ya te bajo.

Espero que me baje deprisa, pero lo hace despacio. Me desliza por la parte delantera de su cuerpo y me sujeta, así que le rodeo la cintura con las piernas.

—¿Qué más incluye la apuesta?

—He oído algo sobre ángeles de hielo y asquerosas muestras de afecto en público.

—Creía que las muestras de afecto en público te repateaban.

—No me importarían contigo. Sobre todo si eso significa que Ethan pierde cien pavos.

Sonrío y le toco una mejilla, esa piel cálida y suave.

—Parece que no te importan muchas cosas conmigo. Las entrevistas. Las muestras de afecto en público. Las fiestas de pijamas. Quedar todos los días. Eres tú quien escribe mi nombre en su diario, ¿verdad?

—Culpable —contesta, y me roza la nariz con la suya—. ¿Me vas a hacer una encuesta de satisfacción sobre nuestra primera cita, pequeñaja? ¿Las cosas en las que puedo mejorar?

—Sí. Pierdes un punto por no besarme.

—Será mejor que lo solucione. —Acerca la boca a la mía. Me besa en una de las comisuras de los labios y sonríe—. Los dos sabemos que me encanta ser el mejor.