49. Liam
Liam
M e despierto y bostezo.
Cuando me vuelvo, veo el teléfono de Piper en su lado de la cama y me pregunto si estará otra vez en la terraza porque no puede dormir.
Sonrío y aparto el nórdico, siguiendo los ruidos que oigo y que me llevan hasta la cocina.
Aunque sea de noche, la luz es deslumbrante.
Doblo la esquina y la encuentro con una de mis camisetas, que le queda enorme.
Se ha puesto unos calcetines que le llegan hasta la mitad de las pantorrillas y se ha recogido el pelo en un moño despeinado que hace que sus mechones rubios parezcan rayos de sol.
Enciende un quemador y pone la tetera encima.
Hay una taza en la encimera y Pico está frotándose contra sus tobillos.
Me gusta verla en mi espacio. Encajando en mi vida y girando a mi alrededor como si lleváramos años haciéndolo. No es una distracción. No es una tarea ni una carga, y en las semanas que llevamos juntos no he sentido ni una sola vez que tuviera que sacrificar el hockey por ella.
Carraspeo, porque quiero que se dé cuenta de que estoy aquí, y ella da un respingo de un metro. Suelta un grito y Pico sale disparado hacia el pasillo.
—Liam, por Dios. —Se da media vuelta para mirarme con el ceño fruncido, y no puedo contener la sonrisa al ver la expresión asesina de sus ojos—. ¿Cómo se te ocurre?
—¿Qué he hecho? —Me acerco a ella y saco una taza para mí—. ¿O es que estás nerviosa?
—Capullo. —Piper resopla y comprueba el quemador—. ¿Te he despertado?
—No. Me he despertado solo. Te echaba de menos y por eso he venido a buscarte.
—Bueno, aquí estoy. Preparándome una de tus infusiones. Tienes de todo aquí, Sullivan.
—Lo compré cuando empezaste a quedarte a dormir. —Me encojo de hombros y le doy un golpecito a la caja de las infusiones—. Quería que estuvieras cómoda.
Su expresión se suaviza y me tira de la cinturilla de los pantalones del pijama.
—Eres demasiado bueno conmigo.
Me cabrea que considere que esto es un trato especial, cuando debería ser lo mínimo.
No quiero saber todos los detalles sobre cómo la trataba su ex, ya he oído suficiente, porque sé que me darán ganas de comprarle cualquier cosa que pueda desear.
Es ahora mismo y ya quiero mimarla a tope, así que no me imagino cómo sería si me entero de todas las cosas que le han negado.
—Tengo una sorpresa para ti —le digo.
—¿Un amigo para Pico?
—Echa el freno, pequeñaja. —Acerco la mano al cajón situado a la izquierda de la cocina y lo abro—. Extiende el brazo y cierra los ojos.
—Vas a cortarme la mano, ¿verdad?
—Las extremidades amputadas no son lo mío, pero casi.
—Corto un trozo de papel de cocina y lo humedezco debajo del grifo.
Acto seguido, le agarro la muñeca y le giro el brazo.
Despego el plástico del tatuaje temporal que compré el otro día y poso los dedos un instante sobre su piel para sentir su pulso—.
Cuando estuvimos en Edmonton me dijiste una cosa.
—En Edmonton te dije muchas cosas —replica y resopla. Aunque guarda silencio cuando presiono el tatuaje sobre la piel—. ¿Cuál te gustó más? ¿Mi propuesta de que folláramos?
—¿Me has oído quejarme en algún momento? —Cubro el tatuaje con el papel húmedo y lo presiono—. Abre los ojos.
Piper me observa mientras retiro el papel y se ríe, levantando la muñeca.
—¿Un tatuaje? ¿Qué es?
—Una flor de loto. Representa la fuerza y la resistencia.
—¿Y por qué me has hecho un tatuaje?
—Porque es una de las cosas que dijiste que querías, y yo también las quiero.
Contigo. Bailar una lenta en la cocina. Besarnos bajo la lluvia.
Hacernos tatuajes a juego y comportarnos como un par de idiotas.
Haz el idiota conmigo, Piper. Te lo suplico, porque estoy enamorado hasta las trancas de ti.
—Hago una pausa. Le tiemblan los dedos mientras recorre con ellos el contorno de la flor—.
Nunca había querido comportarme como un idiota, pero contigo me dan ganas de hacer el tonto.
Me dan ganas de casarme en Las Vegas y de reír hasta que me duela la cara.
Creía que sabía lo que era ser feliz, pero luego te conocí y todo cambió.
Lo de antes no era ser feliz. Esto es ser feliz y lo siento porque estoy contigo.
Quiero decirle muchísimas cosas más.
Cosas importantes.
Cosas ridículas.
Esa declaración de dos palabras que lleva rondándome la cabeza toda la semana.
Dos palabras que oigo cuando me sonríe desde el otro lado de la pista de hielo.
Cuando me saluda con la mano y se pone colorada.
Y ahora mismo, porque me está mirando como si confiara en mí para mantenerla a salvo.
Como a alguien a quien quiere tener cerca.
Y, de repente, en este preciso momento, esto significa más para mí que cualquier logro que haya conseguido en mi carrera deportiva.
A la mierda los elogios.
A la mierda las victorias.
A la mierda el récord de derrotas, la Stanley Cup o que me elijan para jugar en el equipo de los All-Star.
Esas cosas no significan nada si no tengo a Piper a mi lado.
—Creo que… —Guardo silencio y le acaricio la mandíbula con los dedos. Le coloco un mechón de pelo detrás de la oreja y sonrío—. Creo que llevo toda la vida esperándote, Piper Mitchell.
—Yo también creo que llevo toda la vida esperándote, Liam Sullivan. —Me sonríe y luego mira el cajón que sigue abierto—. ¿Has comprado otro tatuaje para que yo te lo ponga?
—Sí, pero no es nada especial.
—Vale, ahora tienes que enseñármelo.
Saco el trébol de cuatro hojas y me encojo de hombros.
—Tenían una oferta de dos por uno.
—Mira qué ahorrador es. —Me quita el tatuaje y me pide que extienda el brazo—. Ahora soy yo quien va a marcarte, Sullivan.
Sigue las instrucciones al pie de la letra, leyéndolas con atención. Me río porque le cuesta quitar el plástico protector y la mirada que me echa es lo más bonito que he visto en la vida.
Nunca me había imaginado en la cocina, poniéndome tatuajes temporales con una mujer a las tres de la madrugada.
Nunca me había imaginado tener a una mujer en la cocina a las tres de la madrugada, punto. Pero me gusta haber llegado hasta aquí. Me gusta que lleve mi camiseta y me sople en la piel, que parpadee con rapidez mientras esboza una sonrisa, satisfecha con el resultado.
—Ya está. —Desliza el pulgar por el tatuaje y se demora un poco sobre él. Estoy a punto de suplicarle que siga tocándome. Que me haga otros cien tatuajes donde quiera si eso significa que sigue tocándome—. Ya tienes la suerte de tu parte.
—¿Qué tal estoy?
—No tan bien como yo, pero no está mal. Me gustan más los auténticos.
—Supongo que tendré que hacerme otro de verdad. ¿Lista para lo siguiente que te tengo preparado?
—¿Es tu polla?
Me echo a reír y meneo la cabeza, orgulloso de su descaro.
Orgulloso de su confianza. Orgulloso del camino que ha recorrido para llegar hasta aquí.
—No. Por desgracia, no es mi polla.
—Pues que sepas que cualquier otra cosa sería muy decepcionante.
Le cojo una mano y le pongo la otra en la parte baja de la espalda.
Contiene la respiración cuando se da cuenta de lo que estamos haciendo, y veo que la esperanza le ilumina los ojos.
Tarareo una melodía que he oído en la radio, y empezamos a movernos al compás hasta que la tetera silba y ambos nos olvidamos de todo excepto el uno del otro.