48. Piper
Piper
N o esperaba entrar en la vida de Liam tan fácilmente, pero lo he hecho.
Febrero da paso a marzo.
La nieve se derrite y seguimos viéndonos. Algunas noches, después de una derrota, él quiere estar solo. Otras veces me lleva en coche a su piso, callado, pero cariñoso, con la mano en mi muslo y el peso de la derrota sobre sus hombros.
Vamos juntos a la cena del equipo. Entro unos minutos después que él. Él se va con disimulo unos minutos antes que yo. Estoy bastante segura de que el equipo se está dando cuenta, pero nadie dice nada.
Como esta noche. Grant me guiñó un ojo cuando me puse la chaqueta y, antes, vi que le daba veinte dólares a Ethan cuando me senté al lado de Liam en el sofá.
—Estás muy pensativa —dice Liam mientras caminamos por la acera de camino a su casa—. ¿Qué te preocupa, pequeñaja?
—Mi mente es un lugar traicionero. —Le apoyo la cabeza en el torso cuando él me rodea con el brazo—. Creo que los chicos han hecho una apuesta sobre nosotros.
—¿Por qué lo crees?
—He visto un intercambio de billetes basado en nuestra elección de asientos.
—¿En serio? Pues tendremos que fastidiarlos. —Me acaricia la punta del pelo con los dedos y luego me da unos tironcitos—. La semana que viene te sentarás al lado de Hudson.
—Me gusta cuando eres malo.
Llegamos a su piso y abre la puerta. Sonrío al ver los zapatos que tengo en la entrada y la rebeca que me he dejado en la mesa.
Anoche me di cuenta de que Liam había vaciado un cajón de su cómoda para mí, y eso me demuestra que lo está intentando.
Está intentando hacerme un hueco entre los entrenamientos, los partidos y los mensajes de sus padres sobre el viaje que están planeando a Washington D.
C. Está intentando mantener el equilibrio entre las cosas que le importan sin descuidar otras partes de sí mismo, y eso significa mucho para mí.
Yo también lo estoy intentando.
Intento confiar. Intento no compararlo con mi pasado. Intento no anticipar lo peor y limitarme a estar presente en el momento.
—¿Quieres postre? —me pregunta Liam, y lo sigo a la cocina.
—Depende. —Me siento de un salto en la isla y balanceo las piernas—. ¿Qué tienes?
—Bizcocho de zanahoria. Y, oye, antes de que pongas cara de asco, no lleva pasas. Detesto las pasas, joder.
—Yo también.
—Fíjate. Somos una pareja casada con gustos similares. Vamos a conquistar el mundo. —Coloca un plato entre nosotros y corta un trozo—. Abre la boca, por favor.
Sonrío y abro la boca. El bizcocho es dulce y gimo al probar la cobertura de queso crema.
—Creo que me gusta más que el sexo.
—Debería sentirme ofendido, pero creo que estoy de acuerdo. —Liam corta un trozo para él y se lo come—. Riquísimo, ¿verdad?
—No quiero comer otra cosa en lo que queda de noche. Solo esto.
Me agarra la barbilla y me echa la cabeza hacia atrás.
Su beso es suave, sabroso, con el regusto de las nueces en su lengua.
Me pasa una mano por el pelo y me suelta la coleta antes de detenerse en la parte posterior de mi cuello.
Suspiro y me relajo contra él mientras se coloca entre mis piernas y ocupa el espacio donde más me gusta que esté.
—¿Al dormitorio? —me pregunta sin separarse de mi boca y asiento, porque lo necesito. Lo deseo.
Le rodeo la cintura con las piernas y sonrío cuando me levanta de la encimera y echa a andar por el pasillo. Me sienta en su cama y le desabrocho el botón de los vaqueros con torpeza por las prisas, con el corazón acelerado.
Le bajo la cremallera y empiezo a darle tirones a los vaqueros, dejando claras mis intenciones, de manera que se los quita y los aparta de una patada.
Los calzoncillos hacen bien poco por ocultar esa parte de su anatomía, y se los bajo mientras se quita la camiseta, ambos colaborando para dejarlo desnudo por completo.
—Te quiero en mi boca, Liam. —Le doy un lametón de arriba abajo. Extiendo con el pulgar la humedad que se le ha acumulado en la punta con movimientos más seguros y confiados que hace una semana. Ya sé cómo hacerlo. Ya sé cómo provocarle placer, y joder, lo deseo mucho—. ¿Te parece bien?
—¿Confías en mí? —me pregunta, y asiento. Confío en él como no confío en nadie más—. Túmbate boca arriba y deja que te cuelgue la cabeza por el borde del colchón.
Le hago caso y me coloco arrastrándome sobre el edredón.
—¿Así?
—Perfecto —contesta a la vez que se la agarra y empieza a acariciársela. Con la otra mano me toca la barbilla y me tira del labio inferior para abrirme la boca—. Respira por la nariz.
Tomo aire, expectante, mientras él se inclina sobre mí y me sujeta la cabeza por la nuca. Me mete despacio la mitad en la boca y se me saltan las lágrimas. Relajo la mandíbula para ofrecerle más espacio y lo oigo murmurar en señal de aprobación.
—Joder, no puedes estar más buena —murmura, bajándome la parte delantera de la camiseta y las copas del sujetador—. Me encanta verte mientras me la comes, Piper.
La posición no me da mucho espacio para moverme, así que confío en él para que haga el trabajo. Gimo a su alrededor cuando me pellizca un pezón y separo las piernas mientras acerco las manos al bajo de mi falda.
—Voy a meterla un poco más, cariño. Quiero que te atragantes con ella. —Y, efectivamente, me atraganto en cuanto mueve las caderas, porque la tiene tan larga que casi es demasiado—. Perfecto.
Aunque diga guarradas, siempre es considerado, como cuando me limpia las lágrimas o me la saca despacio de la boca. Está empapada con mi saliva.
—Siéntate —me dice.
—Necesito quitarme la ropa.
—No puedo esperar tanto.
Me siento y me vuelvo, dejando las piernas colgando del borde. Me recorre una oleada de calor. Liam me da un tirón de una pantorrilla y se ríe porque estoy a punto de caerme al suelo. Me besa cuando por fin me acomodo.
Me sube la falda hasta la cintura y sonrío, provocándolo al levantar las caderas para quitarme las bragas. Me muestro atrevida y codiciosa mientras me toco el clítoris, susurrando su nombre.
Me recorre un muslo con una mano y cuando toca la mía, pienso que todo esto es muy guarrillo.
Pecaminoso, pero no me arrepiento de nada.
Me importa una mierda acabar en el infierno o donde sea que se acabe, porque cuando me aparta la mano y me mete tres dedos, llego a la conclusión de que nunca he querido ser un ángel.
—Piper —dice con voz ronca. Y a lo mejor es por la lujuria. O porque está achispado por la cerveza que se bebió durante la cena. Sea lo que sea lo que lo tiene así, me encanta. Quiero más—, ¿puedo…?
—Por favor —susurro, ansiosa por dejarle claro que yo también lo deseo muchísimo.
Esto es diferente de lo que hemos hecho antes.
Esto es una necesidad. Un anhelo. Una agonía maravillosa, y creo que voy a morirme si no me la mete.
Me apoyo en un codo, porque quiero grabarme esta noche en la memoria, a sabiendas de que es un momento crucial en el gran esquema de nuestra relación.
Un momento especial, valioso, y me sorprende la admiración que veo en sus ojos.
Las caricias de sus manos en mis costados antes de bajarlas para darme un apretón en las caderas.
Nunca lo había visto así, con la respiración entrecortada. A punto de ceder. De perder el control por algo más profundo que el sexo. Parece incapaz de decidirse por un lugar de mi cuerpo en el que concentrarse, así que lo ayudo. Me separo con los dedos y dejo que me vea por completo.
—Eres… —dice y se detiene mientras menea la cabeza—. Eres la mujer más magnífica con la que he estado en la vida.
Me encantaría decirle muchas cosas.
Cosas absurdas como «gracias».
Por sacarme de la oscuridad.
Por hacerme sentir hermosa.
—Demuéstramelo —susurro—. Tócame, Liam.
Sus caricias son trémulas, como si la habitación se estuviera sacudiendo.
Como si esto fuera real, algo vivo que respira fuera de estas paredes y cuyo nombre ambos conocemos muy bien.
Me presiona el clítoris con un pulgar. Me pega la boca al cuello y siento el cálido roce de su lengua en la garganta, que me deja justo en el borde del abismo.
—Hostia —dice, pero no en plan cabreo. Lo dice más bien a modo de súplica.
Se apoya en el colchón, que se hunde bajo su peso.
Se tumba sobre mí, internándose en mi órbita—.
Podría follarte toda la noche. Podría tocarte toda la noche.
Podría… Joder. Podría pasarme toda la noche contigo. Y la siguiente, y la siguiente.
—Pues quédate conmigo —replico, y su mirada se torna ardiente.
Me saca los dedos y busca un condón. Le toco la muñeca para detenerlo y él me mira.
—¿Estás bien? —me pregunta, y no sé si lo estoy.
—¿Pasa algo si…? —Respiro hondo—. ¿Podemos probar a hacerlo sin condón?
Su mirada es penetrante, un rayo que me atraviesa el corazón.
Echa la cabeza hacia atrás y suelta el aire con los ojos clavados en el techo.
A lo mejor he dicho algo inapropiado, pero antes de que pueda preguntarle, me besa.
Me roza la nariz con la suya y me entierra la boca en el hueco de la garganta, donde suelta una carcajada.
—¿Quieres que lo hagamos a pelo?
—Solo contigo —respondo—. Nunca lo he hecho con otro y quiero que seas el primero.
—Yo tampoco lo he hecho así con nadie —replica, y la habitación se convierte en un torbellino de colores.
De formas, sonidos y sensaciones—. Y he querido hacerlo contigo desde la primera vez.
Pero, Piper, te advierto de que si lo hacemos sin condón, me va a resultar muy difícil alejarme de ti, porque en cuanto te sienta sin barreras entre nosotros, ya no desearé otra cosa durante el resto de mi vida.
Solo querré pasarme el día entero follando contigo.
—Tomo anticonceptivos —le digo mientras le paso los dedos por el torso, porque sus palabras me parecen mágicas, magníficas y son justo lo que quiero.
—Bien. —Asiente y se aparta—. Eso significa que puedo correrme dentro de ti, ¿no? —Se tumba boca arriba y me hace un gesto para que me siente a horcajadas sobre él. Le paso una pierna por encima de las caderas y lo miro.
—Sé que acordamos no salir con nadie más, pero quiero asegurarte que no he estado con otro, Liam. Solo contigo. Quiero que lo sepas.
—Solo has sido tú desde el principio. Nadie más, Piper.
Metérmela sin la sensación del condón me provoca algo vertiginoso. Trasciendo el tiempo y floto sobre mi cuerpo mientras me meto la punta, y luego me relajo lo suficiente como para aceptar el resto.
Me dejo llevar, mi cuerpo conoce el suyo y las cosas que más le gustan.
Él me acaricia una mejilla despacio, demorándose, y me doy cuenta de que esto no es follar. Es algo mucho más sustancial, algo mucho más importante que cualquier cosa que hayamos hecho antes.
Cuando está a punto, me mira, con expresión interrogante.
—¿Puedo…?
—Sí —susurro—. Ya te he dicho que soy tuya, Liam.
—Lo eres. Y quiero que todo el mundo lo sepa.
Disfruto de cómo se corre, de su semen en mi interior y de la sensación de satisfacción por haber visto todas sus facetas.
Cuando acaba, me limpia y me abraza con fuerza. Pico se acomoda entre nosotros, y nuestras respiraciones se acompasan mientras nos sumergimos en una realidad en la que esto existe para siempre.