Bajo control (D. C. Stars 2) 47. Liam
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47. Liam

Liam

E stás haciendo un partidazo esta noche, Papi Portero! —Maverick golpea mi palo con el suyo en el vestuario—. Menudo paradón el de justo antes del descanso.

—Gracias. —Me quito los guantes y me agacho para volver a atarme los patines, agradecido por poder sentarme unos minutos—. Y gracias por mantener el ataque en el otro extremo de la pista. El partido es mucho más divertido cuando tengo un segundo para respirar.

Maverick suelta una carcajada y coge su botella de agua.

—Solo me limito a hacer mi trabajo, tío.

Me desato los cordones del otro patín y me lo aflojo un poco. Compruebo si la alianza está en el mismo sitio donde la he llevado durante los últimos veintitantos partidos y me quedo paralizado al no encontrarla.

—Mierda. —Me quito el patín, lo pongo boca abajo y lo sacudo, esperando a que el anillo caiga al suelo del vestuario. No sale nada—. ¡Mierda!

—¿Estás bien? —me pregunta Hudson.

—No, no estoy bien. —Me levanto y meto la cabeza en mi taquilla. Aparto la equipación y muevo los palos—. ¿Dónde coño está mi anillo?

—¿Qué anillo? Tú nunca llevas anillos —replica Riley.

—Mi alianza de boda —contesto cabreado, agachándome para buscar en la bolsa—. Joder.

—Necesito que alguien me ponga al corriente, porque por un segundo he pensado que el portero acaba de anunciar que se ha casado —dice Grant—. ¿Cuándo cojones ha pasado eso?

—Yo lo sabía. Lo sabía y no os he dicho ni pío, cabrones —anuncia Maverick—. Lo sabía desde hace semanas y qué putísima alegría que esto haya salido a la luz y ya no sea un secreto.

—Yo fui el testigo —anuncia Hudson, y Maverick gruñe.

—¡Coño! ¿Es que no puedo llevarme ningún mérito?

Los ignoro porque estoy demasiado ocupado sacando todas mis pertenencias como para preocuparme por quién sabe qué. No paro hasta dejarlo todo tirado a mis pies. Hasta que se me agita el pecho a lo bestia porque no encuentro nada.

Aprieto los ojos con fuerza y me obligo a respirar hondo. A calmarme e intentar pensar con tranquilidad.

Hice una parada espectacular en el segundo periodo. Seguramente la alianza se me salió del patín y acabó en la parte trasera de la portería entre un montón de trozos de hielo.

—Piper y yo nos casamos en Las Vegas —le digo a mi equipo.

Se oye un grito ahogado. A alguien se le cae el palo, y todos me miran sin pestañear—.

Fue un accidente. Una borrachera que no recordamos ninguno de los dos, pero decidimos seguir casados por lo menos hasta el final de la temporada.

He llevado la puta alianza conmigo en todos los partidos, pero la he perdido y necesito recuperarla.

—Anda —susurra Ethan—. El Papi Portero está enamorado.

—Chicos —dice Maverick, y levanto la barbilla para mirarlo.

Todos lo observan—. A veces llega un momento en el que debemos tomar una decisión personal que está por encima del bien común del equipo.

Yo tuve el mío cuando jugamos contra el ex de Emmy y le di unas cuantas hostias.

Hudson tuvo el suyo cuando se marchó a mitad del partido para estar al lado de su madre durante sus últimas horas.

Seymour también lo vivió cuando lo sacaron la temporada pasada porque su mujer ingresó en el hospital para dar a luz.

Nos pagan por ser deportistas profesionales, pero ante todo somos humanos.

Y los humanos tenemos emociones. Unos sentimientos que son un coñazo y que tenemos derecho a expresar, digan lo que digan los medios de comunicación.

—Recorre con la mirada a todos los presentes y se detiene en mí para asegurarse de que he oído sus últimas palabras—.

Así que esto es lo que vamos a hacer: vamos a salir ahí fuera, vamos a sacrificar el calentamiento y vamos a encontrar la alianza de Liam, aunque tengamos que gatear por la pista.

—Miller… —digo—, no hace falta que…

Maverick levanta una mano para que me calle.

—Tú me ayudas a mí. Yo te ayudo a ti. Fin de la discusión. Las órdenes del capitán son encontrar ese puto anillo.

Cruzamos la mirada. Asiento una sola vez, con la esperanza de poder transmitirle toda mi gratitud con el gesto.

—Quien lo encuentre se lleva mil dólares —añado—. Y una noche en el bar conmigo.

—Mierda —dice Grant, que prácticamente sale corriendo del vestuario con Ethan pisándole los talones—. ¡Es una oportunidad única en la vida! —grita mientras desaparece.

El vestuario se va vaciando hasta que solo quedamos Maverick, Hudson y yo. Me vuelvo a poner los patines y miro a mis compañeros.

—Vaya discursito has soltado —le digo a Maverick.

—¿Te ha gustado? —me pregunta con una sonrisa—. Desde que me casé soy un blandengue. Supongo que se puede decir lo mismo de ti.

Le doy un empujón en el hombro y él se ríe.

—Que te den.

—Ay, ese es mi gruñón.

—Me gustaría darte un consejo, Sully —dice Hudson, y lo miro—. Como alguien que siempre deseó tener más tiempo. Decirle a una persona lo que sientes por ella es lo más importante en la vida. Porque algún día ya no podrás hacerlo y te arrepentirás de cada vez que te callaste.

Le pongo una mano en un hombro.

—Tu madre estaría orgullosa de ti, tío.

—Sí. —Sonríe, siempre optimista, aunque esté pasando por un infierno—. Lo estaría.

—¿Por qué no compraste una puta alianza de color amarillo? —grita Riley mientras rodea una zona por cuarta vez—. Sería mucho más fácil localizarla, no como una plateada.

—Me aseguraré de decirle a la tienda de regalos donde la compré que se abastezca de diferentes colores. Les encantará recibir comentarios —respondo—. Me cago en todo. ¿Dónde cojones está?

—¿Habéis tenido suerte? —pregunta Hudson.

—No encuentro nada.

—Aguanta, portero —dice Riley, sin dejar de mover su palo sobre el hielo—. La esperanza es lo último que se pierde.

—Pues a mí me mata —refunfuño entre dientes.

Me levanto y patino hasta un rincón, justo al lado de la mampara protectora. Los aficionados golpean el cristal y gritan mi nombre, pero mantengo la cabeza gacha. Mantengo la mirada fija en el hielo y la esperanza se va desvaneciendo poco a poco.

—¡Oye! —grita Maverick, y levanto la cabeza de golpe.

Miro por encima del hombro y lo veo agitando una mano en la otra punta de la pista.

Salgo disparado, pasando como una exhalación por delante del equipo rival, y todos me miran como si estuviera loco.

Probablemente lo esté—. ¿Es este? —me pregunta, levantando un anillo.

Me invade una sensación de alivio y me río mientras lo cojo y me lo llevo al pecho, sujetándolo con fuerza.

—Es este —digo, y mis compañeros de equipo se agrupan a mi alrededor.

Por lo entusiasmados que están, cualquiera diría que acabamos de ganar la Stanley Cup. Suelto un suspiro que libera lo que parece un peso de mil kilos que me estaba aplastando el pecho.

—¡Creo en los milagros! —grita Grant, abrazándome por la cintura—. ¡Vamos, joder!

—¿Ves? —Riley me da un golpecito en las rodillas con su palo—. Mira lo que se consigue con esperanza.

—Puede que tengas razón. —Me agacho y paso el cordón por el anillo, tras lo cual hago tres nudos y me lo meto por el calcetín, por si acaso—. Gracias, cabrones. Vamos a ganar este puto partido.

—No me pondría a cuatro patas por nadie más. —Maverick me da un beso en el casco—. Bueno, sin contar a Emmy.

—Dios, Miller, cállate. —Lo empujo, pero estoy sonriendo de oreja a oreja—. A nadie le interesan tus cosas.

—No vuelvas a perder ese chisme —me dice con tono severo, y asiento.

—No pienso hacerlo. Esta vez lo mantendré a salvo.

Ganamos por un gol.

Un tiro de Hudson que supera la línea de la portería sella el resultado y provoca el caos en las gradas. La victoria nos consolida en el primer puesto de la Conferencia Este y tenemos el mejor récord de la liga, muy lejos de la pésima temporada de hace cuatro años.

Recorro la fila del equipo rival, estrechando la mano de los jugadores mientras me quito la máscara protectora. Luego choco los cinco con Hudson antes de que lo llamen para una entrevista con la ESPN, la cadena nacional, que quiere conocer su opinión sobre el tiro que nos ha dado la victoria.

Tardo un buen rato en abandonar la pista porque quiero celebrar el cambio de suerte que hemos tenido. Ganar sienta bien, y es agradable disfrutarlo con los aficionados en vez de escuchar abucheos después de otra derrota.

En el otro extremo de la pista de hielo veo a Piper preparándose para su entrevista posterior al partido.

El cámara levanta dos dedos y ella asiente, ajustándose el auricular en la oreja para poder oír por encima del ruido de la multitud.

Mira a izquierda y luego a derecha, y frunce el ceño cuando se da cuenta de que no tiene a ningún jugador cerca.

Siempre hay alguien esperando para acercarse y hablar sin parar, pero esta noche no hay nadie.

Hudson sigue hablando con los de la ESPN.

Maverick está firmando autógrafos, de espaldas a ella.

Ethan y Grant están posando para hacerse fotos con un grupo de niños en las gradas, y Riley va de camino al vestuario con Lexi, despacio y con una bolsa de hielo en la nuca después de una caída chunga en los últimos segundos del partido.

El ceño fruncido de Piper se convierte en una mueca de pánico cuando el cámara levanta un cartel enorme y empieza a hacerle gestos. Ella gesticula a su vez y está a punto de que se le caiga el micrófono al hielo, cuando siempre lo tiene bien agarrado.

Aprieto los dientes y tomo una decisión en una fracción de segundo. Echo a patinar y me acerco a ella cuando le dicen que quedan treinta segundos.

—¿Qué haces aquí? —me pregunta, y noto la ansiedad en su voz. En su forma de pronunciar las palabras—. Salgo en directo en…

—Treinta segundos. ¿Necesitas a alguien con quien hablar?

—Sí, pero no contigo.

—¡Vaya! —exclamo y me río—. Eso me ofende un poco.

—Ya sabes a lo que me refiero. Tú no concedes entrevistas. Nunca hablas con los medios de comunicación.

—Creo que me gustarían si tú estuvieras al otro lado.

Piper parpadea y el alivio le inunda la cara. Se muerde el labio inferior y clava la mirada en la mía.

—¿Estás seguro?

—Vamos, mujer —susurro, bajando la voz—. Hazme una pregunta.

Se pone roja como un tomate. Retrocede un paso y está a punto de caerse, pero la agarro del brazo para sujetarla. Traga saliva y sigo el movimiento de su garganta justo cuando se enciende la luz roja de la cámara y ella esboza una sonrisa deslumbrante.

—Gracias, Bradley. Estoy aquí con Liam Sullivan, que ha conseguido hacer veintiocho paradas esta noche delante del público local.

Liam, esta victoria os convierte en el número uno no solo de la Conferencia Este, sino de toda la liga.

Es la octava victoria consecutiva, la racha más larga conseguida por un equipo esta temporada.

¿A qué atribuyes el reciente éxito de los D. C. Stars?

—A la química —respondo al tiempo que me apoyo en el palo, mirándola—.

Estamos en un momento en el que todo encaja a la perfección.

Llevamos tanto tiempo jugando juntos que conocemos los puntos fuertes y débiles de cada uno.

Somos capaces de compensar si alguien no está en su mejor momento, y todos queremos ganar, hostia.

—Eh, un pequeño recordatorio: estamos en directo —dice Piper, levantando las cejas.

—Lo siento. No quería meterte en problemas, pequeñaja. Pagaré la multa, no te preocupes. ¿Qué más preguntas tienes para mí?

Sus mejillas pasan de rosas a rojo carmesí. Me gusta provocarla. Si las entrevistas fueran todas tan divertidas, no me importaría hacerlas después de cada partido.

—Has tenido otra actuación fantástica esta noche, lo que te lleva a doce partidos sin encajar tantos en lo que va de año.

—Me enderezo un poco más. Esbozo una sonrisa y la miro, impresionado.

Nadie ha sido tan amable conmigo en una entrevista antes, ni siquiera cuando jugaba en la universidad, y me emociona su atención al detalle—.

También lideras el ranking de paradas de la liga.

¿En qué piensas cuando sales a la pista noche tras noche y lo das todo? ¿No acaba agotándote?

—Sí que siento fatiga física y mental. Es parte del juego.

Lo más importante es cómo reaccionas ante ella —contesto cuando me acerca el micrófono y asiente—.

¿Acabo agotado? Todas las noches. ¿Sé que tengo un equipo en el que puedo confiar cuando no estoy en mi mejor momento?

Sí, claro que sí, joder. Perdón. Sé que esta noche no he fallado ninguna parada, pero tampoco tengo en la cabeza que haya conseguido dejar el marcador a cero para el equipo contrario, ¿sabes?

Me limito a estar a tope hasta que suena la bocina y, al final de la noche, solo quiero que mi equipo tenga el máximo de puntos.

—La última pregunta, Liam, y te dejaremos para que sigas celebrándolo con tus compañeros.

—¿Tantas ganas tienes de deshacerte de mí?

Piper pone los ojos en blanco, pero sonríe.

—La verdad es que sí. Antes del tercer periodo, el equipo salió y realizó un calentamiento inusual. Hubo menos estiramientos y mucho más… gateo. ¿Algún comentario sobre este nuevo ritual previo al partido?

Me echo a reír.

—Lo va a petar en internet, ¿no?

—Ya sois tendencia en las redes.

—Genial. En cuanto al gateo, era porque estábamos buscando una cosa.

—¿Y la habéis encontrado?

—Sí.

—Debía de ser bastante importante.

—Sí. —Mis ojos se clavan en los suyos y sonrío—. Lo más importante del mundo para mí.

—Le devuelvo la conexión a Bradley y Clarissa, que analizarán todos los momentos destacados de esta noche. Gracias por quedaros con nosotros. Cuidaos mucho, sed buenos y nos vemos aquí pasado mañana para el enfrentamiento de los D. C. Stars contra los Cleveland Vipers.

El cámara nos da el visto bueno y Piper echa los hombros hacia atrás.

—Eres buena en tu trabajo —le digo.

—¿Pensabas que no lo sería?

—Sabía que lo eras, pero es que lo haces genial.

—Y por tu culpa me va a echar la bronca mi jefe porque has dicho unos cuantos tacos. —Me saca la lengua—. ¿Cómo se te ocurre soltar dos palabrotas en la televisión nacional, Sullivan?

—Lo siento. Se me han escapado. Te diría que no volverá a pasar, pero no habrá otra entrevista, así que estoy a salvo.

—¿No te plantearías hacer otra? No he sido demasiado invasiva, ¿verdad?

—Has estado perfecta. Es que esto no es lo mío.

—Gracias por salir a la palestra. Te lo agradezco mucho. Me has salvado de tener que hablar sola durante cinco minutos.

—Me alegro de haberte ayudado.

—¿Me puedes decir ahora lo que habías perdido? ¿En vez de hacerte el misterioso delante de miles de personas?

—No. —Le sonrío—. Así es mucho más divertido.