46. Piper #2
Me muerdo el labio inferior. La ansiedad me retuerce las tripas, y asiento.
—¿Te importa? Lo siento. No seré capaz de concentrarme en otra cosa hasta estar segura de que no pasa nada grave.
Se da media vuelta sin pensarlo siquiera y vuelve al cabo de unos segundos.
—Dice número desconocido.
—¡Mierda! Seguro que es Steven. Bloqueé su número hace unos meses porque no paraba de mandarme mensajes. Hace poco empezó a escribirme desde un número nuevo y no he tenido oportunidad de volver a bloquearlo. No quiero que creas que estoy hablando con él ni nada por el estilo.
—Lo único que creo es que es un puto gilipollas —replica, tirando el móvil al colchón—. Y que lo odio con todas mis putas fuerzas.
—Yo también. —Estiro los brazos hacia él, porque deseo sentirlo sobre mí. Deseo desterrar los viejos recuerdos y sustituirlos por otros nuevos y mejores—. Te necesito, Liam. Tanto que me duele.
Coge un condón de la mesita de noche, abre el envoltorio y se lo pone.
—¿Cómo quieres que lo hagamos esta noche, corazón? —Liam mueve las caderas y me mete los primeros centímetros. Gimo y lo agarro del brazo—. ¿Rápido? ¿Lento?
—Rápido. —Lo agarro del culo con la mano libre, animándolo a que me penetre más, y entonces es él quien gime—. Fuerte.
—¿Vas a dejar que te folle como si fueras mía, Piper?
—Sí —le contesto al tiempo que cierro los ojos—. Porque soy tuya.
Me deleito con los movimientos erráticos y posesivos de Liam. Me dejo llevar por su invasión, que me dilata hasta casi resultar molesto, por esa sensación de plenitud, de perfección, y me pierdo.
El camino hacia otro orgasmo se interrumpe cuando vuelve a sonar el móvil, y se me empieza a agotar la paciencia.
—Lo siento —jadeo, y Liam me penetra con una intensidad amenazadora—. Debería haberlo silenciado.
—Y él debería haberte dejado tranquila hace años. Contesta, Piper.
Pongo los ojos como platos y lo miro fijamente.
—¿Qué? Te tengo dentro.
—Exacto. —Mueve las caderas, torturándome y penetrándome todavía más, acercándome más al precipicio.
Gimo y me agarro a las sábanas en un intento por disfrutarlo un poco más sin dejarme llevar y explotar tan pronto—.
Si va a molestarte, que se entere de lo que se está perdiendo.
Que escuche lo bien que te satisfago, algo que él no consiguió hacer.
Que se entere de lo bien que le entra mi polla a mi mujer.
Joder.
Esas dos palabras casi me hacen estallar. Siento los primeros indicios del orgasmo en el abdomen. Se me nubla la vista. Se me abre la boca y empiezo a jadear en busca de aire, ardiendo.
Todo a mi alrededor arde, la habitación es un infierno, y en la vida he estado tan excitada.
Tanteo a mi espalda. Rodeo el teléfono con los dedos y paso el pulgar por la pantalla.
—¿Diga? —contesto.
—¡Por fin, joder! —exclama Steven—. ¿Se puede saber qué cojones estás haciendo?
—Nada —respondo con un hilo de voz. A Liam no le gusta demasiado la respuesta, porque me empieza a acariciar el clítoris con el pulgar. Me lo frota despacio, trazando círculos, y se inclina hacia delante hasta que me puede besar el cuello—. Estoy ocupada ahora mismo. ¿Qué pasa?
—Lo que pasa es que llevo semanas intentando hablar contigo. Tenemos que discutir algunas cosas. Dinero. Bienes comunes. Cosas importantes que estoy esperando que repases para que firmes.
—No es una buena idea. —Gimo cuando Liam sigue embistiéndome y me tapo la boca con una mano—. Puedes repasar todo eso con mi abogada.
—¿Estás…? Hostia, Piper. ¿Estás en la cama con alguien? Puta de mierda.
Me quedo paralizada y se me hiela la sangre en las venas. Una expresión furiosa asoma a la cara de Liam, que me quita el móvil de la mano con delicadeza.
—¿Qué le has dicho? —pregunta en voz baja y letal.
No oigo la respuesta de Steven, solo sé que Liam me sujeta de la cintura y no me suelta.
—Liam Sullivan. Ah, y me tienes en tu equipo de la fantasy league, ¿sabes?
La próxima vez que veas mi nombre, quiero que recuerdes que soy yo quien se la folla como tú nunca lo hiciste.
Es mi nombre el que grita, y dudo mucho que llegara siquiera a fingir que gemía el tuyo.
No cuelgues si quieres averiguarlo por ti mismo, pero como me entere de que vuelves a insultarla, las consecuencias no van a gustarte mucho.
Tira el teléfono sobre las almohadas, sin molestarse en colgar, y me dobla las rodillas para llevarme las piernas al pecho. Se me escapa una especie de carcajada que acaba en gemido, porque los últimos minutos me parecen más un sueño febril que otra cosa.
—Mírame, Piper —me dice, y la ternura reemplaza la rabia de su mirada—. Yo nunca te hablaré así. Nunca te trataré como él. Conmigo estás a salvo. ¿Entendido?
—Entendido —susurro, y nunca una palabra significó tanto. Extiendo un brazo y le toco el pecho, con la mano justo sobre su corazón—. Soy tuya.
Me penetra hasta el fondo de nuevo y todo se ralentiza. No sé durante cuánto tiempo follamos ni cuánto se queda dentro de mí, solo que es el lugar más perfecto del mundo.
Estallamos juntos en una vorágine de jadeos mientras me besa de nuevo, con el móvil y mi pasado más que olvidados.