46. Piper
Piper
Hola!
Liam
Por fin
Qué tal el día?
Bien. Qué tal el entrenamiento?
Liam
Llevo dos horas con calambres en la pierna
Parece divertidísimo
Liam
Quieres venir para que me sienta mejor?
Eso no ha sonado muy bien. Inténtalo de nuevo
Liam
Que vengas, mujer
Sí. Así vale
Número desconocido
Piper, soy Steven
Has bloqueado mi número?
Cuántos años tienes? Cinco?
Llámame
Liam abre la puerta de su casa antes de que yo baje la mano después de llamar.
Sonrío al verlo. Se apoya en el marco de la puerta y solo lleva puestos unos pantalones de chándal. Está sin camiseta, y sus tatuajes casi brillan a la luz del pasillo.
—Hola —dice despacio—. Estás muy guapa. ¿Vienes del estadio?
—Sí. Me duelen mucho los pies.
—¿Has cenado?
—No. No he tenido ni un segundo para sentarme en todo el día. Por fin hemos contratado a una segunda comentarista, así que le he estado enseñando el estadio y ayudándola con los trámites de Recursos Humanos.
Liam me invita a pasar, y gimo de alivio al quitarme los zapatos de tacón. No avanzo más de un metro antes de que él me coloque un montón de ropa en los brazos.
—Ponte cómoda —me dice.
—¿Tenías preparado esto para mí?
—Sí. He pensado que habrías tenido un día largo y que querrías cambiarte.
Me pongo de puntillas y le doy un beso en la cara.
—Gracias.
—Vente a la cocina cuando hayas terminado. —Liam me da un apretón en el culo—. Y no tengas prisa.
Voy al cuarto de baño del pasillo y me cambio la falda y la blusa por una camiseta holgada que es suelta y suave. Es de Liam, y sé que le encanta porque se la ha puesto muchas veces. Sonrío al captar el olor de su detergente en el cuello.
Después de ponerme los calcetines, voy a la cocina y me encuentro a Liam de pie, atento a lo que está preparando, con un paño de cocina al hombro.
—¿Qué estás haciendo? ¿Puedo ayudar?
—Pollo a la parmesana de nuevo. Lo devoraste la otra vez, y he pensado que podía preparar salsa de tomate frito.
—Preparar salsa de tomate frito —repito al tiempo que me coloco a su lado—. Así como si tal cosa.
—Venga ya, Piper. No voy a comprar un bote de tomate frito. Es una puta locura.
—Pues claro que sí. —Sonrío cuando levanta la cuchara de madera. La rodeo con los labios y gimo al probar la salsa—. Hostia. Está mejor que la primera vez que la preparaste.
—Lo sé. La primera vez intenté ser creativo, pero esta es la receta de mi madre con un ingrediente secreto.
—¿Y a cuántas mujeres le has preparado este plato? —Me apoyo en la encimera y cruzo las piernas a la altura de los tobillos—. ¿A treinta?
—Solo a ti. Solo mi mujer disfruta de la experiencia de la salsa Sullivan.
—Que sepas que eso podría tener un doble sentido si lo piensas bien.
Liam enrolla el paño de cocina y amaga con lanzármelo. Mi grito se convierte en una carcajada cuando me agarra y me abraza contra su pecho, evitando con facilidad el movimientos de mis piernas y mis brazos.
—Te he echado de menos —me dice al oído.
—Yo también te he echado de menos —replico y lo digo en serio.
Me deja en el suelo y me sirve un plato grande de pasta.
Nos sentamos a la isla el uno al lado del otro y hablamos de cómo nos ha ido el día.
Sonríe cuando se me queda pegada una gota de salsa de tomate en una de las comisuras de los labios.
Le doy un toquecito en el pie y engancho el tobillo en su pantorrilla.
Esto es justo lo que llevamos tantos meses haciendo, pero me parece distinto.
No me cabe la menor duda de que quiere estar aquí conmigo, y en el ambiente flota una sensación muy ligera.
Una sensación relajada que no había antes, y me gusta lo natural que parece todo.
Lo relajado que está Liam y su insistencia en tocarme, como si llevara meses esperando para tenerme de esta manera.
—Ha llegado tu medicina para la migraña. —Le da unos golpecitos a la caja que hay en la isla y me la acerca—. Que no se te olvide llevártela cuando te vayas.
—Gracias. Siento que sigan entregándola aquí. Tienen tu dirección guardada, así que no dije de cambiarla.
—No pasa nada. Mientras te la tomes. —Liam me mira con seriedad—. ¿Te la estás tomando, Piper?
—Que sí… y también estoy recibiendo masajes mensuales. Llevo semanas sin que me duela.
—Es curioso que tener acceso a ciertas cosas pueda ayudarte a mejorar.
—Eso es lo que se llama «privilegio», colega. —Veo un ramalazo naranja con el rabillo del ojo y cojo a Pico del suelo para acariciarlo detrás de las orejas—. Hola, Pico. ¿Has tenido un buen día?
—¿Se puede saber cuándo cojones has empezado a hablar español? —Liam acerca su taburete hasta que nuestras rodillas se tocan—. ¿Eres una espía infiltrada, Mitchell?
—Me descargué la app de Duolingo el mes pasado. Pero no te hagas ilusiones. Solo me sé unas cinco frases, y la mitad son para preguntar dónde está el baño.
—Dado que estás ampliando horizontes, supongo que tengo que decirte cómo estoy ampliándolos yo.
—¡No me digas! —Le doy un beso a Pico en la cabeza y miro a Liam—. ¿Por fin estás interactuando con las personas usando frases completas?
—Qué tocapelotas eres.
—Has puesto otra vez esa sonrisa tan aterradora. Eso tiene que ser porque te gusta.
—Es discutible. Les pregunté a los chicos si podía unirme al club de lectura el mes pasado. —Se pasa una mano por el pelo y aparta la mirada—. Hudson me mandó un código para audiolibros y me dijo el libro que van a leer el mes que viene para que pueda empezar antes.
—Liam. Eso es increíble. Estoy muy orgullosa de ti.
—¿Crees que podrías leerme algunos capítulos cuando estemos juntos? Me gusta escucharte. Me ayuda a procesar las palabras.
—Oye —digo, y me pongo de pie. Me mira de repente a los ojos, y sonrío—, te leeré lo que quieras. Porno de monstruos. Libros de seres feéricos. Un thriller que incluya detalles macabros sobre asesinatos brutales.
—¿Porno de monstruos? Para el carro, pequeñaja.
Me echo a reír y lo beso en la frente.
—Perdona. Te iré introduciendo en eso poco a poco.
Liam ladea la cabeza y se apodera de mis labios. Me quita a Pico y lo deja en el suelo para que pueda rodearle el cuello con los brazos y acercarme a él.
—¿Te quedas esta noche? —Se aparta para deslizarme la boca por la garganta y el cuello, y echo la cabeza hacia atrás para que pueda besarme ese punto debajo de la oreja que me encanta—. Di que sí, por favor.
—El único sitio al que me voy a ir es tu dormitorio.
Arrastra el taburete por el suelo cuando se levanta, un sonido molesto que bloqueo mientras me rodea la cintura con el brazo. Me echa sobre su hombro y se dirige al pasillo.
—¿Este es mi nuevo medio de transporte? —le pregunto.
—Es más fácil llegar a tu culo así. —Me apoya una mano en el trasero y me da una palmadita—. Y es una de las partes que más me gustan de ti.
Abre la puerta de una patada y me deja caer en la cama. Reboto dos veces y subo hasta las almohadas como puedo. Liam da un paso hacia mí, ya empalmado. Se mete una mano en los pantalones de chándal para acariciársela, moviéndola arriba y abajo.
—¿Debería quitarme esto? —Me doy un tironcito de la camiseta y me la subo despacio por el abdomen. Liam sigue mis movimientos y empieza a acariciarse más deprisa cuando separo las piernas y levanto las caderas—. ¿Y esto?
—Por favor —responde con una especie de jadeo ronco que me resulta muy placentero—. Quiero verte.
—Hemos hablado mucho de lo de ser bueno. ¿Has sido bueno, Liam?
—Creo que sí, pero me pondré de rodillas y te suplicaré si quieres que lo haga.
Me quito primero las bragas y las tiro contra la pared. A continuación me quito la camiseta, que acaba en alguna parte de la habitación.
—¿Qué te parece si te pones entre mis piernas?
—Joder, Piper. —Me mira boquiabierto. Con las mejillas sonrojadas. Y una gota de sudor justo por debajo del nacimiento del pelo—. Mi mujer es una puta preciosidad.
Seguro que sabe el efecto que me provocan esas palabras.
Seguro que sabe que me licúa el cerebro.
—Si tan guapa soy, ven y ocúpate de mí. —Levanto la barbilla y sonrío—. ¿Por favor?
Se sube a la cama y se coloca entre mis piernas. Me separa las rodillas y me pasa el dedo justo por el centro. No me avisa antes de metérmelo, y jadeo al sentir la invasión, ese ramalazo de dolor que desaparece bajo el éxtasis que siempre me provoca.
—Mojadísima. Y solo para mí.
—Pues claro que es para ti. ¿Para quién si no?
—No lo sé, pero me gusta que sea para mí. —Me presiona el clítoris con el pulgar y jadeo de nuevo, sumergiéndome en una sensación de placer increíble—. Para nadie más.
Añade la lengua y otro dedo, estimulándome hasta que no me queda ninguna duda de que él es el único capaz de ocuparse de mí así, que es él único que sabe perfectamente cómo mover la muñeca o curvar los dedos.
He intentado imaginarme a otros hombres tocándome de esta forma, estando en la cama conmigo y hablándome así.
¿Mi cuerpo reaccionaría de la misma manera? ¿Me gustaría tanto?
Descubro que la respuesta es un no rotundo cuando me separa con los dedos, me mete la lengua y me sacude una onda expansiva.
Me tiemblan las piernas, y me tranquiliza mientras va tocándome con más delicadeza a medida que la cresta de la ola se convierte en una suave onda. Gimo cuando se aparta, con los nervios a flor de piel y el corazón desbocado en el pecho.
—Ha estado bien. —Sonrío mirando al techo—. Dame un segundo antes de volver a empezar. Necesito recuperar el aliento.
—Tómate todo el tiempo que necesites, preciosa. —Liam me besa la frente y se levanta de la cama. Lo miro y lo veo bajándose los pantalones de chándal. Se los quita y se rodea la polla con los dedos—. ¿Ves algo que te gusta?
—Me gusta que vayas sin ropa interior.
—¿De verdad? Pues entonces lo repetiré.
—¿Cómo te…?
El momento se rompe porque me llaman por teléfono y el tono de llamada resuena con fuerza por el pasillo, de tal manera que hasta doy un respingo.
—¿Quién no silencia el móvil? —me pregunta Liam—. ¿Y con ese volumen?
—Lo siento. Me gusta tenerlo activado por si hay una emergencia. Con lo de Maven y el bebé y con Emmy subida a un avión todo el tiempo, quiero saber si pasa algo.
—¿Quieres que lo coja?