Bajo control (D. C. Stars 2) 45. Liam
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45. Liam

Liam

L a semana se me ha hecho eterna desde que volvimos de España.

Tengo la sensación de ir a doscientos por hora.

Todo ha sido un no parar. Un caos continuo. Con la última parte de la temporada en marcha, los entrenamientos se están intensificando. El entrenador nos está exigiendo más que nunca, y todas las noches me quedo dormido en cuanto mi cabeza toca la almohada.

La única razón por la que voy a la cena del equipo es porque Piper estará allí, y la echo mucho de menos.

Casi no la he visto desde que aterrizamos en suelo estadounidense.

Nos cruzamos en el estadio, pero no tenemos tiempo para hablar.

Mi rutina está patas arriba y espero que pasar unos minutos con ella me ayude a centrarme.

A ponerme en el buen camino, porque no puedo permitirme bajar el ritmo durante las próximas semanas.

No llamo a la puerta de la casa de Maverick y Emmy. Entro sin más, me quito el abrigo y lo cuelgo en el perchero de la entrada.

—¡Guardameta! —exclama Riley, y levanto la cabeza en su dirección—. Ya era hora de que aparecieras.

—Lo siento. —Entro en la cocina arrasada y dejo sobre la isla la tarta de chocolate que he comprado en la pastelería de la esquina—. He tenido una reunión con el entrenador esta tarde.

—¿Cómo te ha ido? —Me da un plato y los cubiertos—. ¿Ha pasado algo?

—Qué va. Lo de siempre. —Me sirvo un plato con pasta y ensalada, y añado una rebanada de pan—. ¿Tú estás bien?

—No me puedo quejar. Todavía tengo el hombro destrozado por el entrenamiento de ayer, así que he tenido que pasar la mañana en la cámara de tortura de Lexi.

—Parece horrible.

—Podría haber sido peor.

No se me escapa la sonrisa de Riley cuando pronuncia el nombre de Lexi.

Es graciosísimo que crea que nos oculta que está coladito por ella, y todavía más gracioso que crea que alguno de nosotros se atrevería a intentar ligar con ella.

Salta a la vista que le gusta, y todos sabemos que eso significa que es intocable.

—Por fin llegas —dice Hudson cuando entro en el salón abarrotado.

Hay una ronda de saludos y hago un gesto con la mano antes de sentarme en el borde del sofá al otro lado de la estancia. Me apoyo en el respaldo y empiezo a dar buena cuenta de la ensalada César, porque tengo un hambre canina.

—Hola. —Piper se sienta a mi lado en el sofá y sonríe—. Empezaba a pensar que habías desaparecido de la faz de la tierra.

—Siento desilusionarte. Estoy vivito y coleando.

—Mecachis. Supongo que no puedo deshacerme de ti.

—Se apoya en los cojines y se sienta sobre las piernas.

Las medias que lleva a medio muslo me atormentan, porque el borde de la falda le llega justo al encaje.

Atisbo un par de centímetros de piel suave que desearía poder acariciar ahora mismo, y clavo la mirada en el videojuego al que están jugando Maverick y Grant en vez de pensar en las cosas que quiero hacerle—. ¿Cómo te ha ido el día?

—Ha sido tolerable. —Enrollo unos espaguetis y me los como a toda prisa—. He visto pollo en la cocina. ¿Lo has preparado tú? ¿Es comestible?

—No, no lo he preparado yo. —Pone los ojos en blanco y me saca la lengua—. Ha sido Hudson. Te has perdido una discusión de diez minutos sobre las especias que ha usado y el marinado al que lo ha sometido durante una hora.

—Creo que a ese tío le gusta más la comida que el hockey. —Meneo la cabeza y me meto más comida en la boca—. ¿Cómo te ha ido a ti?

—Ha sido un día largo, pero bueno. Estoy intentando coordinar una serie de vídeos sobre los jugadores con el equipo de redes sociales, y en esas he estado liada casi toda la tarde. Antes de que intentes soltarme una chapa, no te tengo en la lista.

Esbozo una sonrisa ladina.

—Me conoces demasiado bien. ¿Qué enfoque tenía el reportaje?

—Una especie de entrevista para conocerlos mejor. Hago una batería de preguntas rápidas y quien sea tiene que contestarme en cuestión de segundos. Queremos hacer varios mientras ponemos rumbo a los playoffs.

—Eso podría resultar peligroso. No le preguntes a Ethan nada sobre los perritos calientes.

—Gracias por el consejo. —Piper apoya un codo en una rodilla y sonríe—. ¿Seguro que no quieres participar?

—Segurísimo. Estoy muy bien así. ¿Quieres salir para hablar cuando termine esto?

—¿Cómo puedes comer tan deprisa? Ya casi te lo has terminado, y solo han pasado tres minutos.

—Magia.

—Sí, quiero salir a hablar cuando termines. Seguramente debería ponerme ya en marcha, porque vas a estar listo para cuando me ponga el abrigo.

Me llevo el último bocado de pasta a la boca y sonrío.

—Ya vas tarde, pequeñaja.

Diez minutos después salgo y tomo una honda bocanada de aire fresco. La temperatura es soportable, así que me siento en una de las sillas de la terraza.

—Joder. —Piper cierra la puerta cuando sale y frunce el ceño—. ¿Cómo es posible que me hayas ganado?

—Sin duda por la ventaja de la altura. Ayuda. Además tampoco me puse a hablar con Grant sobre la última tendencia de TikTok. Ahí es donde metiste la pata.

—¿Te importa si me siento?

—Ven aquí. —Le doy una palmada a la silla que tengo al lado y ella se acerca, se sienta y se abrocha la chaqueta—. ¿Estás lo bastante abrigada?

—Creo que sí. A menos que tengas una chimenea en el bolsillo, sobreviviré.

—Se me han acabado. —La miro y le doy un golpecito en la rodilla con la mía—. ¿En qué piensas?

—Voy a ir al grano y me gustaría que no me interrumpieras, ¿vale? Llevo todo el día ensayándolo y quiero hacerlo bien.

—Vale —accedo—. Tienes la palabra.

—Sé que cuando te hablé por primera vez de este plan nuestro, la idea era lo de las clases y fingir que salíamos juntos hasta la boda de tu hermana.

También acordamos que sería algo sin ataduras que no iría más allá del dormitorio, pero…

No quiero mentirte, Liam. He… He empezado a…

En fin, que me gustas. No solo me gusta acostarme contigo, sino también estar contigo haciendo cosas normales.

Y sé que eso va en contra de tu regla de nada de distracciones, y siento habérmela saltado, pero no quiero volver a acostarme contigo sin que sepas cómo me siento y lo que siento por ti.

Que me gustas, vamos. Más que como amigo.

Sé que es culpa mía por enamorarme del lado emocional del sexo, pero… ¿por qué me miras así?

Me tiemblan los labios por la risa.

—Así ¿cómo?

—Como si se te hubiera roto la boca.

—Creo que se llama «sonrisa».

—No. Pareces un payaso que da muy mal rollo.

—Tus cumplidos solo mejoran con el tiempo.

—Me está acojonando y se me está olvidando todo lo que quiero decir.

—¿Qué más quieres decir?

—Pues… no sé qué más quiero decir.

—¿Puedo decir algo yo?

—Solo si dejas de poner esa sonrisa tan rara.

Suelto una carcajada y le pongo una mano en el muslo, que le aprieto una sola vez.

—Tengo la sensación de que estoy de vuelta en el instituto por decir esto, pero tú también me gustas, Piper. Desde hace tiempo. Alana me soltó un sermón cinco minutos antes de que la llevara al altar, y no he dejado de darle vueltas desde entonces.

Piper me mira parpadeando.

—¿En serio? ¿Qué te dijo?

—Que me deje de gilipolleces, y es verdad. A ver, estamos en una situación rara. Nos hemos acostado, nos hemos casado y ahora nos damos cuenta de que nos gustamos. Lo estamos haciendo todo al revés, y la verdad es que me está costando la misma vida seguir el ritmo.

—El hockey es tu prioridad. Me has dicho cientos de veces que el hockey es lo más importante de tu vida. Cualquier cosa que trascienda una relación sin ataduras interferirá con eso, y nunca podría hacerte algo así. No cuando sé lo mucho que te esfuerzas por ser tan bueno.

He estado pensando mucho en este tema desde que volví a casa.

El equilibrio en mi vida y lo que de verdad me importa.

Si no vuelvo a jugar otro partido, ¿me llevaría una decepción? Sí. Me cabrearía. Agacharía la cabeza. Pero lo superaría, aunque tardara bastante. Pasaría página y encontraría otra cosa que me gustase.

Pero si no volviera a ver a Piper, me quedaría destrozado.

Es la conclusión a la que he llegado esta semana.

Cuando no estoy en la pista de hielo, pienso en ella. Me pregunto si ha tenido un buen día. Me pregunto qué está haciendo.

Me pregunto si también estará pensando en mí.

—Lo que hemos estado haciendo parece que funciona —digo, y Piper me mira parpadeando—.

Te quedas a dormir en mi casa. Yo me paso por la tuya.

Mi juego no se ha resentido por eso. A lo mejor…

—Dejo la frase en el aire—. A lo mejor podemos seguir así: viéndonos, quedando para hacer cosas.

No vamos a irnos a vivir juntos ni nada de eso, pero creo que te has convertido en parte de mi rutina.

—¿De verdad?

—Ayer me dieron una paliza en el partido de entrenamiento. No había jugado tan mal en todo el año, y lo único distinto es que llevo seis putos días sin verte.

—Yo me bloqueé en la cena del ensayo porque buscaba algún tipo de validación por tu parte cuando te confesé mis miedos. No me debes ninguna validación. Tú no eres el responsable de mis miedos, y siento haberte alejado.

—¿Qué quieres que haga, Piper? —Le acaricio las mejillas y noto que contiene la respiración—.

¿Gritar que puedo contigo? Porque puedo.

¿Decirte que no importa si crees que eres un desastre o demasiado difícil o demasiado callada o no lo bastante buena porque yo creo que lo eres todo en el mundo y más?

Pues no importa, porque es lo que yo creo.

Te deseo como nunca he deseado a nadie, y eso me está volviendo loco.

—¡Oh! —susurra—. Yo ta-también te deseo de esa manera, pero vas a tener que ir despacio conmigo, Liam. Estoy aterrorizada. Todavía estoy trabajando para confiar en los demás y sentir que… que se me permite tener esto.

—Ya sabes lo que pienso sobre lo de ir despacio.

—Apoyo la frente en la suya—. Vamos a intentarlo.

Vamos a ver cómo se desarrolla la cosa cuando dejemos de fingir que es algo que no es.

Para mí hace tiempo que esto no son clases ni enseñanzas ni nada por el estilo, Piper.

Me acuesto contigo porque quiero acostarme contigo, no porque sea parte de algún tipo de acuerdo o una obligación.

Por eso estoy aquí esta noche. Porque me gusta estar contigo y porque eres mi mejor amiga.

—Tú también eres mi mejor amigo. —Se le escapa una risa entrecortada—. Vale. Entonces no somos follamigos. No somos novios. ¿Qué somos? ¿Qué estamos haciendo?

—No lo sé. ¿Vivir el momento? Es algo que nunca hago, joder, así que tendrás que ser delicada, pequeñaja. Esto es territorio nuevo para mí.

—Les he contado a las chicas lo de Las Vegas —suelta de repente.

—Me sorprende que hayas aguantado tanto sin irte de la lengua. Más les vale que nos envíen un regalo.

—¿Cuándo ibas a contarme tú que te enfrentaste a Charlie en el evento para abonados?

—Pensaba que no te gustaría saber que intentó meter mierda. —Me encojo de hombros—. El tema se zanjó y no volverá a meterse contigo.

—¿Vas a lanzarte a por todos los que me insulten?

—¿Qué pasa si lo hago? ¿Te parecería bien?

—Sí. —Piper me acaricia el mentón con los dedos, y me deleito con su caricia. La ansío, quiero más—. Creo que sí.

No sé a quién coño estoy engañando.

No podría mantenerme alejado de ella aunque lo intentara.

No tengo ni idea de cómo hacer esto bien…, sea lo que sea esto. No lo tengo claro, solo sé que quiero hacerlo con ella.

Soy el primero en irse de la cena, y Piper me sigue. La espero abajo, en el aparcamiento, y volvemos a mi casa en coche cogidos de la mano como si fuera la cosa más fácil del mundo. Hablamos de la semana que hemos tenido. Me río con uno de sus chistes malísimo, pero es tan mona que ni me importa.