42. Piper
Piper
A lana te ha sustituido como mi Sullivan preferida. —Me apoyo en la barandilla de la terraza de nuestra habitación y contemplo el mar. Hay un ligero aroma a sal en el aire y sonrío al percibirlo—. Ahora estás en segundo lugar.
—Supongo que lo habéis pasado bien juntas, ¿no? —Liam se apoya en la barandilla y me mira—. Has estado fuera toda la mañana.
—¿Me has echado de menos?
—Ni lo más mínimo.
—Voy a fingir que mientes. Lo hemos pasado muy bien. Me recuerda un poco a Lexi, con esa energía ilimitada y lo mucho que pasa de lo que la gente piense de ella.
—Ya lo veo. Me las imagino a las dos juntas en la misma habitación y se me ponen los pelos de punta.
—Y a mí. —Sonrío mientras una suave brisa me agita el pelo y me deja unos cuantos mechones en la cara—.
Me da pena que tengamos que irnos pasado mañana.
Me lo estoy pasando muy bien. ¿No puedes decirle al entrenador que te has nacionalizado español y nos quedamos aquí?
Técnicamente, como estamos casados, yo tengo que ir donde tú vayas.
—Es tentador, pero piensa en Pico. Te echaría mucho de menos si nos quedamos aquí.
—Podríamos encontrar la manera de traerlo. Al fin y al cabo, hemos venido en un avión privado que has pagado de tu bolsillo. —Le guiño un ojo y él resopla—. ¿Quién lo está cuidando mientras estamos aquí?
—Hudson. Pico odia a las personas, pero le encantan los perros. Encaja muy bien en casa de Hud.
—Menudo caos, ¿no?
—Esta mañana me mandó un mensaje de voz diciendo que seguían vivos, pero que él lleva dos puntos de sutura encima de una ceja por un encontronazo con una garra. Le recordé que había sido idea suya y me respondió con una bonita foto de su dedo corazón.
—Mira, como la que tú me mandaste a mí. —Me vuelvo para que nuestros costados se rocen y levanto la barbilla hacia él—. Por cierto, mmm…, me he quitado la alianza para la cena del ensayo de esta noche. He pensado que se me va a ver con el vestido y quiero evitar preguntas.
Me he tocado el esternón por lo menos diez veces en la última hora mientras me arreglaba y una parte de mí se siente desnuda sin el roce frío del metal descansando sobre la piel.
Es curioso preocuparse por algo tan pequeño e insignificante, sobre todo cuando no representa nada real, pero sin él me siento incompleta.
—¿Esa es tu forma sutil de decirme que quieres el divorcio, Piper? ¿Te vas después de conseguir las medicinas que necesitas? —Liam sonríe—. Sabía que lo hacías con segundas intenciones.
—Solo intento evitar una conversación con tu madre sobre el motivo por el que llevo una alianza tan cerca del corazón. —Levanto una ceja—. ¿Se supone que debo tener otras razones para prolongar este matrimonio?
—¿Qué pasa? ¿No te convence mi chispeante personalidad? —replica, y me echo a reír—. ¿Quién necesita una alianza cuando llevas un chupetón en el cuello que lo dice todo?
Me froto con el pulgar la marquita morada que he disimulado con maquillaje. Me ha costado mucho ocultarla y no sé si intenta ser gracioso o si está diciendo la verdad.
—¿Y qué es lo que dice? —le pregunto.
—Que mi mujer me la chupó tan bien anoche que tuve que morderle el cuello para no gritar su nombre —contesta, bajando la voz mientras retrocede un paso y me recorre con la mirada, devorándome con los ojos.
El vestido rosa me deja los hombros al aire. Los tirantes finos no son una elección acertada para la temperatura nocturna, pero el vestido es demasiado bonito como para arruinarlo con un abrigo. La seda es fresca sobre mi piel, se adapta a mis curvas y me llega a medio muslo.
Hace unos meses me habría sentido cohibida por su lento e intenso escrutinio. Habría intentado cubrirme o desviar la atención, nerviosa por lo que pudiera pensar.
Pero esta noche no.
Esta noche me siento poderosa.
Guapa.
Como una mujer nueva.
—Estás… —dice, aunque se detiene y menea la cabeza, como si intentara deshacerse de todos los pensamientos que se le han ocurrido. Mira las estrellas y luego me mira de nuevo, con los dientes apretados, y dice con voz ronca—: Increíble.
—Ah, ¿sí?
Se acerca a mí y me acaricia las mejillas con sus cálidas manos.
—El día que te vi por primera vez pensé que eras la mujer más preciosa de la sala.
De cualquier sala —me dice, y el mundo deja de girar—.
Te he visto darlo todo en la pista de hielo.
Te he visto desnuda. Te he visto con chaquetas que me hacían daño a la vista, pantalones de chándal y jerséis del equipo.
Te he visto con cientos de conjuntos diferentes, y te quedaban bien todos.
Pero esto… Esto… —Suelta un suspiro tembloroso—.
Verte vestida así es peligroso, Piper. Me hace desear cosas que creo que no puedo tener.
Siento un nudo en la garganta que me impide tragar. Soy muy consciente del olor de su colonia. De la delicadeza con la que me abraza, como si temiera romperme si me suelta, y de lo tranquilo y silencioso que está todo a nuestro alrededor.
—¿Qué tipo de cosas? —susurro, y la pregunta se la lleva el aire nocturno.
Liam inclina la cabeza para que nuestras frentes se toquen y suelta un suspiro. Se está librando una guerra en su interior. La noto. Una batalla entre el autocontrol y el deseo de compartir conmigo todos los secretos del universo, y me pregunto qué bando ganará.
—Ya sabes qué tipo de cosas —murmura.
Y entonces me doy cuenta, con tanta intensidad, de forma tan abrumadora, que casi me caigo al suelo.
Aquí, bajo las estrellas, entre sus brazos, con un contacto tan firme, tan seguro, nada de esto parece falso.
Me parece real, profundo y muy prometedor.
Hay un futuro, una vida en la que envejeceremos juntos y en la que nunca, jamás de los jamases, dudaré de lo que valgo.
Y la mirada de Liam, que no pestañea y me observa con delicadeza, como si yo fuera lo más importante del mundo, me dice que él también se ha dado cuenta.
Quiero saber todas las cosas que esconde.
Quiero saber por qué sonríe y qué haría falta para que lo hiciera cada minuto de cada día.
Quiero ser yo quien lo haga feliz.
Dios, me gusta muchísimo.
En este momento se cierra el círculo. He pasado de preguntarme si volvería a sentir algo por otro hombre después de que Steven me rompiera el corazón, a enamorarme perdidamente de uno que no podría ser más opuesto a él.
Steven me quitó la confianza y Liam me la ha devuelto.
Steven me empequeñecía y con Liam me siento su igual.
Steven me hacía sentir que ocupaba demasiado espacio, y Liam no deja de hacerme sitio.
Me tiemblan las manos cuando las apoyo en su torso. Le agarro la camisa, temerosa de dejarlo ir, pero necesito un minuto a solas para procesar todo esto. Para procesar las posibilidades que se han abierto de repente.
—¿Te importa si me quedo aquí un momento sola? —le pregunto. Me tiembla la voz cuando le hago la pregunta y sorbo por la nariz—. ¿Antes de bajar?
—Claro que no. —Liam me toca la mejilla y me mira con una expresión intensa y penetrante—. ¿Te traigo algo?
—No. Estoy bien. Solo necesito un minuto.
—Quédate todo el tiempo que necesites. —Sus labios son cálidos cuando me besan en la frente—. ¿Puedo contarte un secreto?
—¿Que parezco un mapache porque se me ha corrido el rímel?
—No. No es eso.
—¿Qué es?
—Esta noche habrá unas cien personas en la cena, pero ninguna es tan afortunada como yo. —Hace una pausa y se aleja hacia las cortinas que se agitan con el viento de febrero, sin apartar los ojos de los míos—. Porque estoy contigo.
El corazón me late con fuerza detrás de las costillas mientras él vuelve a la habitación. Este momento es electrizante y me encantaría poder detener el tiempo.
¿Las cosas pueden ser siempre así con él?
¿O solo es este momento en concreto?
¿Es real?
¿Estoy pensando demasiado y viendo lo que quiero ver porque me trata con un mínimo de decencia?
¿Dentro de cuatro semanas sentiré por Liam lo mismo que siento ahora?
Contemplo el mar, pero las olas que rompen en la orilla no me ofrecen respuestas.
Me acomodo en el respaldo de la silla y coloco la servilleta sobre mi plato vacío.
Tengo el estómago lleno y estoy colorada por el vino español y por haberme reído tanto. No puedo dejar de sonreírles a los Sullivan que me rodean.
—¿Quién ha elegido el menú? —pregunto—. Estaba riquísimo.
—Yo —contesta Alana con orgullo—. En una época quise ser chef, pero nunca llegó a cuajar.
—Pues en tu próxima vida deberías ir a la escuela de cocina. Las tapas eran una fusión muy interesante.
—Quizá lo haga —replica con una sonrisa—, pero por ahora me conformo con preparar un sándwich de queso fundido los miércoles por la noche.
—¿Cómo os conocisteis? —pregunto al tiempo que apoyo un codo en el mantel y aparto mi copa de vino vacía—. Por favor, dime que fue un encuentro bonito.
—Más o menos. —Alana mira a Harry y le da una palmadita en el muslo—. Cuéntaselo tú, cariño.
—Sabes que creó una app de citas, ¿no? —me pregunta Harry, y asiento—. Pues hace años yo trabajaba para una empresa que tiene una aplicación rival y usaba la suya para analizar a la competencia y ver qué características tenía Steady que la nuestra no tenía.
—¿Y qué descubriste? —le pregunta Alana con tono desafiante, y Harry sonríe.
—Menos genitales.
—Eso le quita un poco la diversión a la vida, ¿no? —replica Liam—. ¿A quién no le gusta ver el pene de un tío que no conoces cuando estás en medio de un Starbucks? Si necesitas un café con crema, solo tienes que frotarlo un poco y ya.
—Liam… —lo reprende Linda, y yo me echo a reír—. Que estamos en un resort de cinco estrellas.
—Es una epidemia, mamá. Te lo digo porque lo sufro. Estoy en un equipo con tíos que mandan esas fotos.
Me tapo los oídos y gimo.
—Por favor, para. No necesito saber quién les está mandando fotos de sus partes íntimas a las pobres mujeres de Washington D. C. —Espero un momento y lo miro—. Es Ethan, ¿verdad?
—Obviamente. ¿Sabes cuál debería ser tu próxima actualización, Lani? Poder dejar valoraciones con estrellas después de un cierto número de conversaciones —sigue Liam—. Así te aseguras de que todo el mundo se comporta bien.
—Es un portero estrella y un cerebrito. —Alana le lanza un beso a su hermano y luego mira a su futuro marido—.
En fin… Harry y yo coincidimos justo antes de que me fuera a un viaje de dos semanas a Japón.
Pensé que ya no estaría interesado a mi vuelta, pero cuando se ofreció para recogerme en el aeropuerto y apareció con un ramo de rosas, supe que lo había conquistado.
—Vale, así que sois almas gemelas. Entendido —digo.
Alana levanta la barbilla. Cuando se besan, la mesa aplaude su demostración de afecto.
—Sé que algunas personas pasan años buscando el amor. Que algunas lo encuentran y lo pierden. Que otras nunca lo encuentran. Así que me considero muy afortunada porque yo no tendré que seguir buscándolo. Ya lo he encontrado.
Me pongo tensa. Se supone que este es un momento alegre. Un motivo de celebración, pero de repente siento el siseo del rencor oculto en las sombras.
Se apodera de mí el desdén por mi pasado y mi futuro. El miedo a estar sola, a no volver a encontrar el amor, asoma su fea cabeza.
¿Agoté todo el amor nada más firmar los papeles del divorcio?
¿O me concederá el universo otra oportunidad?
—¿Estás bien? —me pregunta Liam en voz baja.
—Sí.
—¿Seguro? Se nota que estás preocupada.
—Estoy de luto por mi vida amorosa —respondo en voz baja mientras la conversación se anima a nuestro alrededor. Alguien golpea su copa con un tenedor y los novios se besan de nuevo—. Por lo que tuve. Por lo que quizá nunca vuelva a tener. Estoy bien. De verdad.
—No pasa nada si no estás bien, dada la situación y los recuerdos que te puede traer.
—Ver lo mucho que Harry quiere a tu hermana hace que me preocupe por la posibilidad de no encontrar a alguien que pueda soportarme.
A alguien capaz de entender mi pasado y mis dudas a la hora de comenzar una nueva relación.
Nadie entenderá lo mucho que valoro mi carrera profesional, ni de dónde viene el deseo desgarrador de trabajar hasta que mi cuerpo esté a punto de caer rendido: porque siento la necesidad de demostrar constantemente mi valía.
Recuerdo cuando estuve sentada en una cena muy parecida a esta, pensando que había encontrado mi media naranja antes de que todo se esfumara. ¿Quién dice que no volverá a pasar?
Liam no me responde, y eso reafirma mis miedos.
Me pone nerviosa, como si lo que pasó en la terraza fuera una fantasía. Algo que he soñado y que nunca podrá hacerse realidad.
Aunque quizá eso sea lo mejor.
Ambos tenemos claro lo que piensa Liam sobre las relaciones y las distracciones.
Admitir lo que siento por él motivada por la emoción de estos días de la boda es una distracción en el camino.
Liam se queda callado mientras levanta su copa de champán para brindar por los novios, y el silencio es abrumador. Esbozo una sonrisa y aplaudo mientras la feliz pareja demuestra su amor sin cortarse.
Estoy rodeada de amor, pero nunca me he sentido tan sola.