41. Piper
Piper
M e siento mal porque estás conmigo en vez de acompañar a tu familia, que ha viajado al extranjero para asistir a tu boda —le digo a Alana mientras paseamos por la avenida Fuerzas Armadas—. Soy la persona más aburrida del mundo.
—Eso no es verdad. —Bebe un sorbo de batido y se ajusta el chal alrededor del cuerpo.
El sol brilla, pero la temperatura ronda los quince grados.
El aire fresco del mar hace que la sensación térmica sea más baja, y estoy tiritando—.
Además, necesitaba salir del hotel. Quiero mucho a mi familia, pero tenerlos a todos juntos en el mismo espacio durante un periodo prolongado de tiempo no ha sido mi mejor idea.
Esta mañana me he visto envuelta en una conversación de veinte minutos con mi tía Ethel sobre la menopausia.
La quiero mucho, pero no necesito que me cuente lo que me espera dentro de treinta años.
Me echo a reír.
—Así que ¿yo soy la segunda opción después de la menopausia? Entendido.
—¡Qué va, me caes muy bien! Soy una cotilla, Piper, y como sales con mi hermano, eso te convierte en la persona más interesante del mundo.
—¿Qué quieres saber?
—Vale, antes de nada, soy una cotilla, pero sin maldad. Si no quieres compartir algo, no tienes por qué hacerlo. Obviamente siento curiosidad por ti, pero no me debes ninguna explicación sobre tu vida.
—Creo que mi amiga Lexi te caería bien. Sois muy parecidas. —La cojo del brazo y le sonrío—. Te contaré todo lo que quieras saber, pero, en serio, no te hagas ilusiones. No tengo historias increíbles que confesar.
—Ya lo veremos. —Alana se detiene delante de una panadería y mira una bandeja de crujientes cruasanes—. Liam me dijo que estás divorciada. Lo siento.
—Sí. —Me toco el colgante, un gesto reflejo cada vez que oigo su nombre.
Un recordatorio de lo distintas que son las cosas esta vez, aunque no se base en el amor—.
Nos conocimos en la universidad y nos casamos jóvenes.
Desde el principio hubo muchas señales que dejaban claro que no era el hombre adecuado para mí, pero pasé de ellas porque lo quería, ¿sabes?
Firmamos el divorcio hace un par de años y estoy muy contenta de haberlo superado.
—¿Es deportista?
—Dios, no. Steven trabaja en el sector tecnológico.
Fundó una startup que ganó mucho dinero, trabajaba muchas horas, nunca me prestaba la atención que yo necesitaba y luego se tiró a su secretaria.
Parece muy chungo todo así de golpe, pero estoy bien.
Un poco menos confiada que cuando era más joven, pero bien.
—Me alegro. Me encantan las mujeres que superan una experiencia horrible en su vida y se vuelven más fuertes.
—Alana me abraza, y sonrío—. Yo también he pasado por eso.
Pensaba que el chico con el que salía en la universidad era el hombre de mi vida.
Era mayor que yo y me creía capaz de mantener su atención.
Cuando cumplí veintiún años, me dejó y empezó a salir con una chica de dieciocho.
—Ay, lo siento mucho. Hay momentos duros, ¿verdad? Te culpas a ti misma. Te preguntas qué podrías haber hecho de otra manera. Y, sin embargo, la culpa nunca fue tuya.
—Exacto. En fin, se acabó hablar de las mierdas del pasado. ¿Qué tal te va trabajando para los Stars? Me pasé tanto tiempo en los partidos de Liam cuando era pequeña que el hockey perdió todo su atractivo.
—No me extraña, la verdad. A mí también me agota la temporada.
Pero me encanta trabajar para los Stars.
Es divertido formar parte de un club que se preocupa por la diversidad.
Sé que es un deporte dominado por los hombres, pero fue el primer equipo en incluir a una mujer en su plantilla para jugar como titular durante la temporada regular.
Soy una de las pocas reporteras femeninas de la liga, y Lexi, la amiga que te he mencionado, es la mejor preparadora deportiva de la NHL.
El trabajo en sí es increíble, y a veces tengo que pellizcarme para recordar que esta es mi vida.
—Pues me alegra oír eso, me parece estupendo.
Necesitamos más mujeres en puestos en los que los hombres piensan que no encajamos.
He creado una app de citas que deja el poder en manos de las mujeres.
Son ellas las que envían el primer «me gusta».
Son ellas las que inician la conversación.
Los hombres no pueden hacer nada a menos que la mujer dé el primer paso, y si no le interesa, se fastidia.
—¿Qué haces con las parejas del mismo sexo o con las personas que se identifican como no binarias?
—Veo que te está saliendo el lado de periodista —bromea Alana—.
Para las personas que no estén interesadas en un hombre heterosexual, hay un generador aleatorio que determina quién iniciará la conversación.
Tenemos un equipo que supervisa los resultados para asegurarse de que los usuarios no sientan que nunca son los primeros en entablar conversación.
—¡Vaya, qué innovador! Después del divorcio me pasé una semana usando varias apps de citas y tuve que borrarlas porque no dejaba de recibir fotopollas.
A ver, ¿qué necesidad tengo de ver una foto de tu polla un jueves a mediodía?
Tu aplicación me parece mucho más divertida.
¿Cómo se llama? Cuando esté lista para volver al mundo de las citas, me la descargaré.
—¿Planeas cortar con mi hermano? —bromea, y me pongo roja—. ¿Te dijo que sé que estáis fingiendo?
—Sí, y me siento muy mal. El objetivo de nuestro trato era precisamente ese y no hemos tardado ni doce horas en estropearlo todo.
—No has estropeado nada. Conozco a mi hermano y sabía que ocultaba algo.
—Si tú supieras… —digo en voz baja, y ella me mira con timidez—. Lo siento. Voy a respetar su petición y no hablaré del tema.
—Mmm —murmura Alana—. Cuanto más tiempo paso contigo, mejor me caes, Piper. No sé qué os traéis entre manos exactamente mi hermano y tú, pero es la primera vez desde hace años que lo veo tan feliz.
El corazón me late con fuerza en el pecho. Intento no parecer demasiado ansiosa por obtener más información, así que espero un momento antes de preguntar:
—¿De verdad? ¿En qué lo notas?
—Si lo conoces, ya sabes lo importante que es el hockey en su vida.
Siempre ha sido así. En el instituto y en la universidad era bueno, pero tenía que esforzarse el doble que sus compañeros.
Para ellos era algo innato, y Liam debía intentar ponerse a su nivel.
Creo que eso le infundió miedo. No podía relajarse ni un segundo porque eso significaría que no le estaba dando prioridad al deporte.
Ahora lo miro y lo veo sonriendo. Se ríe y está más relajado que nunca.
Está presente en el momento. No digo que tú seas la causa directa, pero es posible.
—Lo conozco porque pasamos mucho tiempo juntos.
—Me encojo de hombros y me ajusto la correa del bolso—.
Formo parte de su rutina y él de la mía.
No estoy segura de que fuéramos conscientes de que eso era lo que estaba pasando, pero Liam ha sido una constante en mi vida durante los últimos meses.
Un pilar que he necesitado para volver a encontrarme a mí misma.
Me da miedo lo que puede llegar a pasar entre nosotros porque me importa como persona.
Porque es mi amigo y la idea de perderlo me aterroriza.
—Siempre me ha parecido una tontería lo de ponerles etiquetas a las relaciones.
¿Por qué dos personas no pueden estar juntas sin categorizarlo?
Eso no desmerece lo que sientes por la otra persona.
¿Voy a querer más a Harry cuando sea mi marido?
No. Si Liam y tú disfrutáis de vuestra mutua compañía, seguid disfrutando.
La idea de alejarme de Liam me entristece.
Él ha curado todas mis heridas. Me ha reparado y sanado de una manera con la que antes solo podía soñar. Estoy segura de que otro hombre me tratará bien, pero me cuesta imaginarme deseando a otro hombre cuando solo lo deseo a él.
A mi marido.
Menuda ironía sentirme atraída por el hombre al que estoy unida legalmente cuando la última vez que llevé una alianza en el dedo, él no quería saber nada de mí.
Se me escapa una carcajada y meneo la cabeza por lo absurdo de la situación. Por el rumbo que ha tomado mi vida este año y que me ha traído aquí, a España, con el portero que le frunce el ceño a todo el mundo menos a mí y más feliz de lo que jamás podría imaginar.
—Lo siento —le digo a Alana con expresión avergonzada y agachando la cabeza—. No me estoy riendo de ti. Por cierto, me encanta tu forma de pensar. Es que estoy emocionada.
—¿En el buen sentido?
—Sí. Estoy muy contenta de estar aquí. Gracias por casarte.
—¡Ah, pues de nada! ¿Te ha dicho Liam qué nos va a regalar?
—Un momento. ¿Se supone que teníamos que traer regalos? ¡Mierda! Se me había olvidado por completo. Espero que mi falso novio millonario se haya acordado.
Alana apoya la cabeza en mi hombro.
—Sí. No, te vayas muy lejos, Piper Mitchell.
—Eres muy amable, Alana Sullivan. Un momento. ¿Vas a cambiarte el apellido por el de Harry?
Ella gime.
—Ojalá no tuviera que hacerlo, pero quiero seguir la tradición. ¿Sabes cuál es?
—No, y ahora me da miedo saberlo.
—Clutterbuck. Voy a ser Alana Clutterbuck, ¡no me jodas!
Intento contener la risa, pero es imposible. Me río hasta que me duelen los costados y se me saltan las lágrimas. Cuando consigo controlarme, miro su rostro impasible y vuelvo a partirme de la risa.
—Qué fuerte, de verdad —digo entre jadeos—. Debes de quererlo mucho.
—Sí. Estoy deseando ir a Tráfico y que me llamen Clusterfuck o Flutterfuck.
—¿No te gusta Buttercuck? Es muy mono.
—Me gusta tu optimismo. —Me da una palmadita en la mano y señala hacia la carretera—. ¿Quieres volver? No creo que tarden mucho en echarme de menos.
—Supongo que deberíamos volver. Es tu fiesta y tal —respondo, y empezamos a andar de vuelta al hotel—. ¿Vas mucho a Washington D. C.? La próxima vez que visites la ciudad, tendrás que cenar con mis amigas y conmigo.
—Vamos a abrir una oficina en la costa este a finales de año, así que tenía pensado pasarme por allí para ver a Liam. Pero prefiero salir contigo.
—¡Sí, por favor! Me encantaría. Te daré mi número para que me mandes un mensaje y podamos quedar.
—Hace mucho tiempo que aprendí a no entrometerme en la vida personal de mi hermano, y de verdad que no quiero cabrearlo, pero voy a decirte una cosa. Eres buena para él, Piper. Como amiga. Como novia falsa. Como… lo que sea que estéis haciendo. Porque sé que hay algo más. No renuncies a él, ¿vale?
—Ni loca. —Sonrío al sentir el sol en la cara y el calor en mi corazón—. Él también es bueno para mí.