40. Liam #2
—Supongo que tendrás que conformarte con que tu hermana sea feliz. Qué pena. —Bebe un sorbo de infusión y se le escapa un gemido silencioso—. Esto me ha espabilado. Sé que he dormido durante horas, pero no creo que haya sido suficiente.
—Y que lo digas. Voy a estar arrastrándome todo el día. Supongo que eso me da una excusa para mostrarme gruñón con alguien.
—A ver, creo que vas a tener que fingir, colega.
—No quiero. Quiero meterme de nuevo en la cama. —Me siento a su lado y le pongo una mano en la cadera—. Estás muy calentita.
—Eso es lo que pasa cuando te quedas en la cama en vez de levantarte antes de que salga el sol. —Mantiene el vaso en posición vertical mientras se acurruca contra mí—. Cinco minutos y nos levantamos.
—Vale. Si no queda más remedio…
—No queda más remedio. No te duermas, Liam.
—No puedo evitarlo. Das mucho gustito —susurro al tiempo que cierro los ojos—. ¡Ah! Que sepas que Alana sabe que no estamos saliendo de verdad.
—¿Le has dicho que estamos fingiendo? Llevamos doce horas aquí.
—Lo ha descubierto ella sola. Nunca he sido capaz de ocultarle nada y cedí enseguida.
—Ahora ya sé cuál es tu debilidad. —Piper me toca una mejilla—. ¿Pasa algo si lo sabe?
—No pasa nada. Esto es más para mis padres, y creo que va a funcionar.
—Me encanta cuando sale tu vena optimista. A ver, Liam, ¿con qué otra cosa te sientes optimista?
—Con quitarte la ropa. Quítate la camiseta, Mitchell.
—Tenemos que estar abajo dentro de veinte minutos.
Entreabro un ojo y le quito la infusión de las manos. La dejo en la mesita que tengo a la derecha, me coloco sobre ella y le dejo la boca justo encima de la suya.
—La clase de hoy va sobre cómo correrse deprisa, porque si no terminas antes de que tengamos que estar abajo, no podrás correrte durante el resto del día.
Piper me sonríe, y siento su sonrisa en todas partes. Detrás de las costillas. En el fondo del corazón. Los otros puntos que nadie ha tocado. De repente recuerdo el comentario de Alana, y también me siento muy optimista con eso, joder.
—Acepto el reto, Sullivan.
Le doy un apretón a Piper en la mano mientras bajamos en el ascensor.
—¿Lista?
—El orgasmo me ha ayudado mucho a relajarme. —Juega con el colgante, con el anillo que cuelga de la fina cadena que lleva escondido debajo del vestido—. No sabía que tus dedos pudieran moverse tan rápido.
—Es un arte. Cuando volvamos a la habitación, te enseñaré cómo hacerlo.
Las puertas se abren y salimos al vestíbulo. Nos dirigimos al restaurante, a la zona privada reservada para la boda.
—Por fin —dice mi madre, que nos saluda con una mimosa en la mano—. ¡Os estábamos esperando!
—Lo siento, mamá. Ha sido culpa mía. —La beso en la mejilla—. No culpes a Piper.
—Yo estaba lista hace diez minutos —añade Piper—. La culpa es de Liam.
—¿Dónde está Lani? —Recorro la estancia con la mirada en busca de mi hermana. La veo al final de la mesa del bufet, con el brazo alrededor de su novio y una deslumbrante sonrisa en la cara—. ¡Vaya! Lleva un vestido muy discretito…
—Espera a ver su vestido de novia. Es precioso. —Mi madre desvía la mirada hacia Piper—. ¿Tú quieres casarte, cariño?
Gimo.
—Por Dios, mamá. Déjala que se coma primero una tortita.
—No pasa nada. —Piper sonríe y acepta una copa de champán de un camarero que pasa por allí—. Sí que quiero casarme. Quizá no a seis mil kilómetros de casa, pero me encantaría celebrar una boda.
—Todo es precioso, ¿verdad? Ven a sentarte, Piper. Liam no nos ha contado nada sobre ti y tengo la esperanza de que puedas remediarlo. —Mi madre me fulmina con la mirada mientras se sienta, y pongo los ojos en blanco—. ¿Cómo os conocisteis?
—Formo parte del equipo que retransmite los partidos de los Stars y nos conocimos en el pasillo del estadio.
—Piper se sienta también a la mesa y cruza las piernas—.
Seguramente él no se acuerde, pero el primer día yo no iba mirando por dónde iba.
Llevaba como ocho cuadernos en las manos y casi me choco con él.
Cuando le di las gracias por evitar que me cayera, gruñó y siguió su camino.
Es la historia real de cómo nos conocimos, y me dan ganas de echarme a reír por todos los detalles que ha clavado.
Llevaba como ocho cuadernos y casi se chocó conmigo.
La agarré en el último momento para evitar que se cayera y me dio las gracias como diez veces antes de que yo me alejara avergonzado, presa de los nervios por culpa de esa chica guapa que me sonreía.
—No tengo claro que gruñera —protesto—. Que sepáis que soy capaz de hablar.
—¿De verdad? —preguntan Piper y mi madre a la vez. Las dos se ríen, y meneo la cabeza.
—Esto me huele a ataque.
—Bueno… pues llevábamos siendo amigos ya un tiempo y un día decidí invitarlo a salir. Era un gran riesgo porque lo último que quería era arruinar nuestra amistad, pero creo que al final ha valido la pena —sigue Piper.
—Ay, qué bonito. Siempre hemos insistido en que Liam sentara cabeza.
Dedica mucho tiempo y energía al hockey, seguro que ya lo has notado.
Su padre y yo nunca le pediríamos que renunciara a algo que le gusta, pero no queremos que se pierda otras partes de su vida por estar demasiado ocupado en la pista de hielo.
—Lo entiendo. Aunque a veces creo que hay cosas por las que merece la pena esperar. Estoy divorciada —admite Piper, y admiro la facilidad con la que ofrece esa información.
No parece avergonzada, sino orgullosa, como si hubiera completado con éxito una parte de su viaje y hubiera pasado a la siguiente.
—Pobrecilla. —Mi madre le dedica una sonrisa triste y le toca la mano—. ¿Cuánto tiempo hace?
—Un par de años. Fue difícil. Lo peor por lo que he pasado, pero ya lo he superado.
Sé que me hizo daño, pero si no me hubiera lanzado a una relación con el primer chico que me prestó atención, estaría en otro lugar en mi vida.
Puede que no hubiera acabado en Washington D.
C. y puede que no hubiera conocido a Liam.
No habríamos terminado juntos, y me entristece pensar en una vida sin él.
—Piper me mira mientras lo dice, y no parece que esas palabras formen parte de una actuación.
Parece que las siente de verdad, y a mí también me entristece pensar en una vida sin ella.
—Siempre te habría encontrado —le aseguro con voz ronca—. Y si no hubiera podido encontrarte, te habría esperado. Dos años. Tres años o cuatro. Da igual.
Ella me vuelve a sonreír de esa manera.
La que me hace sentir vivo.
Como si hubiera estado durmiendo durante miles de años y ahora que por fin estoy despertando, solo soy capaz de verla a ella.
—Vais a hacerme llorar y es demasiado pronto para las lágrimas. Eres muy fuerte por haber superado eso, Piper. —Mi madre coge una servilleta y se seca los ojos—. Espero que Liam sea atento contigo.
Piper asiente.
—No hay nadie más atento que él. ¿Quién iba a decir que el portero grandote era un cacho de pan? Entre Pico y yo, sé que le gusta fingir que es duro. Pero lo tengo caladísimo.
—Cuidado, rayo de sol. No vayas a revelar demasiados secretos.
—¡Uy! Demasiado tarde.
Mi madre nos mira a los dos y sonríe.
—Liam, sabes que no me importa lo que hagas en tu vida personal. Que no vivas en pareja, que te cases o que salgas quince años con la misma persona. Me da igual. Solo quiero que seáis felices, y parece que ambos lo sois, y mucho.
Señalo a Piper con la barbilla.
—¿Eres feliz?
Ella me sostiene la mirada, y asiente despacio.
—En la vida lo había sido tanto. ¿Tú eres feliz, Sully?
—Soy muy feliz —contesto, porque es la puta verdad.