40. Liam
Liam
Estoy completamente despierto a las cuatro de la madrugada.
Y después de un vuelo de nueve horas que ha cruzado demasiados husos horarios como para contarlos, es una puta paliza.
Contengo un gemido y estiro los brazos por encima de la cabeza, consciente de que será imposible volverme a dormir. Bajo la mirada y veo a Piper dormida como un tronco a mi lado, ajena al mundo, y sonrío.
Me ha rodeado la cintura con los brazos. Su cabeza descansa sobre mi pecho y murmura algo sobre mariposas. Se me escapa una risilla y me levanto con mucho cuidado de la cama para no despertarla.
Cojo mi ropa de entrenamiento porque sé que ir al gimnasio es lo único que me calmará. Mis compañeros siguen entrenando mientras yo estoy fuera y no quiero quedarme atrás. No quiero quedarme en el olvido, y me recorre una extraña energía nerviosa.
Cuando me cambio y llego a la planta baja, me dirijo a toda prisa a la cafetería, porque necesito una buena dosis de cafeína para mantener los ojos abiertos. Me vibra el teléfono en el bolsillo antes de que pueda pedir, y sé quién es sin siquiera mirar la pantalla.
Alana
Qué te parece dar un paseo por la playa?
Con cualquier otra persona, lo odiaría.
Contigo, creo que me apunto
Alana
Nos vemos abajo en cinco minutos?
Ya estoy aquí
Añado una bebida extra a mi pedido, cojo los vasos y me voy al vestíbulo. Me apoyo en una columna para esperar a que llegue mi hermana y sonrío cuando la veo salir del ascensor con un vestido blanco de verano y un sombrero en el que se lee N OVIA en letras grandes.
—Por Dios, Lani. ¿Todavía no ha salido el sol y ya andas por ahí con eso en la cabeza? —le digo, y Alana me hace una peineta—. No creo que nadie dude sobre quién es la novia.
—Lo siento, no hablo el idioma listillo. —Sonríe cuando le ofrezco el vaso y bebe un buen sorbo—. ¿No puedes dormir?
—No. Mi cuerpo cree que son las diez de la noche.
—Normalmente a las diez ya estás durmiendo.
—Lo sé, y estoy que no doy pie con bola.
—Te echamos de menos anoche en el cóctel.
—Mejor que no fuese. Habría irritado a todo el mundo.
—Pues sí. Pero te echamos de menos de todas maneras.
—Me da que intentas engatusarme. ¿Quieres preguntarme algo?
—No. —Pone los ojos en blanco—. ¿Es que no puedo ser amable con mi hermano?
—Claro que sí. —Le paso un brazo por los hombros—. Es que ocurre tan de tarde en tarde que no sé cómo reaccionar.
—Joder, te he echado de menos, Li. —Se abalanza sobre mí, y me echo a reír mientras la abrazo con fuerza—. Ojalá pudieras quedarte más tiempo.
—A mí también me gustaría. Pero la NHL no cree en las vacaciones largas, así que tengo que volver al frío antes de lo que me gustaría. Pero a la mierda con eso. Ya nos preocuparemos del tema dentro de unos días. ¿Lista para tomar el aire?
—¿Por qué crees que elegí una boda en el extranjero?
—Me coge del brazo y echamos a andar hacia las puertas dobles que dan a un paseo marítimo.
La brisa matutina me da en la cara al salir y tomo una honda bocanada de aire salado—.
Aquí fuera hace fresco, ¿verdad? Debería haberme traído una chaqueta.
—¿Quieres volver a por una?
—No. Entraré en calor mientras caminamos. Y si no, te obligaré a llevarme de vuelta al hotel. Necesitas ejercitar esos músculos.
Sonrío y la atraigo hacia mí.
—¿Cómo te sientes por tu gran día? ¿Necesitas escapar antes del desayuno familiar? Puedo tener un avión aquí en una hora.
—Shhh. —Me da un golpe en el brazo y pisamos la arena—.
No voy a huir de mi boda. Harry y yo somos muy felices juntos.
Es un hombre agradable al que no le intimida mi éxito, me quiere incluso en mis peores días y me hace reír.
Con la cantidad de tíos horribles que hay por ahí, ¿de verdad quieres que renuncie a eso?
—Nunca. No puedo decir que sea lo bastante bueno para ti, pero me alegro de que seas feliz. Parece que fue ayer cuando eras una niña que hacía ballet y llevaba lazos en el pelo. Mírate ahora.
—Es raro, ¿verdad? Agradezco mucho la vida que tengo, pero me asusta lo deprisa que cambia todo a mi alrededor. Mamá y papá se están haciendo mayores. Mis amigos están teniendo hijos. Tú te acercas a los cuarenta.
—Todavía no he cumplido los treinta, Lani. Vamos a relajarnos un poco.
—Hablando de envejecer y tener hijos, ¿cómo van las cosas con Piper? ¿Ya le has dicho que estás enamorado de ella?
—¿Qué? —Vuelvo la cabeza con brusquedad para mirarla—. ¿Qué dices?
—Ah. —Sonríe—. ¿Fingimos que no sientes nada por la rubia de metro y medio que has traído contigo?
—¿Qué sabes?
—¿Qué crees que sé?
Entrecierro los ojos.
Alana es lista, y nunca he sido capaz de ocultarle nada. Gimo y me paso una mano por la cara, consciente de que no va a ser hoy cuando eso cambie.
—Vale. Estoy colado por Piper. No es nada del otro mundo.
Y la cosa no va a ir a ninguna parte, ¿vale?
Tampoco es una relación real. Es algo que planeamos para que mamá y papá me dejen tranquilo con lo de sentar cabeza porque me tienen hasta los mismísimos con las chapas que me dan.
Los quiero, pero me cago en la puta. ¿Es que no tienen otra cosa de la que preocuparse además de mi vida personal?
—¡Lo sabía! —Casi se le cae el café cuando se pone a dar palmas—.
Sabía que no estabais saliendo de verdad y que estabas colado por Piper.
Has hablado de ella un montón a lo largo de los años.
Viniendo de cualquier otra persona, ni me inmutaría al oír hablar de una mujer con la que trabaja. Pero ¿viniendo de ti? Por favor.
—Nunca la he mencionado —replico.
—Una mierda que no. Me contaste que trabaja para los Stars.
Me contaste que la ascendieron. Me contaste que no sabe patinar, una información que no necesitaba, pero que ahora sí me hace falta.
¡Ah! Me contaste lo de su chaqueta rosa y que es rubia.
Llevas años contándome cosas. Desde el día que apareció en el estadio por primera vez.
Aprieto los labios y clavo la mirada en el mar.
—Es una estupidez. Estaba casada cuando la conocí. Sabía que estaba fuera de mi alcance, pero otra parte de mí sabía que no se quedaría con ese mojón de tío para siempre. Siempre he albergado la esperanza de que… No sé. ¿De que también le gustase yo? Por eso no he… —Meneo la cabeza—. Da igual.
—Venga ya. ¡No puedes dejarme con la miel en los labios!
—No importa.
—Nunca te habías desahogado hablando de una mujer. Eso significa que es importante.
—Piper es importante, sí, por eso no he dicho nada.
Las pasó putas con su exmarido, y no sé si yo soy capaz de darle la atención que se merece.
No quiero que se sienta en segundo plano porque estoy muy ocupado dedicándole todo mi tiempo al trabajo, pero así son las cosas.
No puedo dejarlo todo para estar con ella.
—¿Quién te pide que lo hagas? Hay montones de jugadores de la liga que están casados. Son padres y tutores y son capaces de dividirse para llegar al trabajo y a sus relaciones personales. ¿Por qué no puedes hacer tú lo mismo?
—Porque… no tengo ni puta idea. ¿Porque soy así? ¿Porque así es como me limito? ¿Porque estoy… obsesionado? No sé explicarlo. Ojalá fuera capaz de mandarlo todo a la mierda de vez en cuando, pero es que no puedo.
—A lo mejor encuentras el equilibrio. Una vida en la que puedas tener a Piper y también tu trabajo. Necesitarás tiempo, pero estoy segura de que es posible.
—Puede. —Suspiro—. Aunque ahora ya da igual. Ella no siente lo mismo por mí. Dentro de unas semanas empezará a salir con otro.
—Yo no lo tendría tan claro.
—¿En serio? ¿Y quién te ha convertido en una sabelotodo?
—Vi cómo te miraba anoche. —Su sonrisa se suaviza y su expresión se torna reverente mientras me apoya la cabeza en un hombro—. Tal y como tú la miras a ella. Como si fuera la única mujer del mundo.
Alana no vuelve a mencionar a Piper mientras contemplamos el amanecer sobre el agua, y yo tampoco.
Damos un rodeo para regresar a la cafetería y comprarle una infusión a Piper.
Dejo a Lani en el ascensor y me bajo en la décima planta en vez de subir con ella a la suite nupcial.
Todo está en silencio cuando vuelvo sigilosamente a nuestra habitación.
Entro con cuidado en el dormitorio y me encuentro a Piper justo donde la dejé.
Tiene las sábanas arrugadas a la altura de la cintura y el pelo extendido por las almohadas.
Su brazo izquierdo está estirado en mi lado de la cama, y sonrío cuando se da media vuelta y pasa la mano por las sábanas.
Me siento en el borde del colchón y la observo durante un segundo, permitiéndome imaginar una realidad en la que hacemos esto todos los putos días.
Le prepararía el desayuno. La llevaría al estadio y la besaría antes de ponerme la equipación. Volveríamos a casa juntos y la escucharía mientras me cuenta su día, asintiendo cuando menciona palabras relativas a su trabajo como reportera que no conozco, pero que quiero aprender.
No es muy distinto de lo que hacemos ahora.
Ella se queda a dormir. Nos sentamos en el sofá y hablamos. A veces lo hacemos. A veces no. Ella lee y yo veo vídeos de partidos, echándole un vistazo de vez en cuando, solo para descubrir que también me está mirando a escondidas.
Es que es muy fácil todo, joder.
¿Podría ser así si saliéramos de verdad?
¿Podría darle lo que quiere? ¿Lo que se merece?
Le pongo una mano en la espalda y le froto los omóplatos con suavidad.
—Buenos días —le digo en voz baja.
Piper se mueve. Hace un mohín con la nariz y abre los ojos. Parpadea y mira a su alrededor mientras intenta ubicarse.
—¿Liam? ¿Qué hora es?
—Hora de prepararse para el desayuno. Te he dejado dormir todo lo que he podido.
—¿Cuánto tiempo llevas despierto? —Bosteza y se incorpora—. Estás vestido y bebiendo café, así que supongo que bastante.
—Te he traído una infusión. He elegido una de hibisco. —Le tiendo el vaso, y ella lo coge con entusiasmo—. Alana y yo hemos dado un paseo por la playa. He intentado convencerla de que se salte todo esto de la boda, pero está empecinada en casarse con ese tío.