39. Piper #2
—Pues ya sabes lo que siento cuando empiezas a divagar en español. —Alana le hace una peineta y luego se centra de nuevo en mí—. ¿Hablamos más mañana?
—Sí, por favor. Quiero que me cuentes todo sobre Liam cuando era un niño gruñón. Estoy segura de que era insufrible.
Alana se ríe y mira a su hermano con una sonrisa.
—Me cae bien, Li.
Liam me rodea los hombros con un brazo y me mira.
—A mí también. Te prometo que seguiremos poniéndonos al día mañana, Lani.
Atravesamos el vestíbulo y yo sonrío.
—Me encanta tu hermana.
—No me sorprende. Le cae bien a la mayoría de la gente. Tiene un algo especial, ¿sabes? —Señala a una pareja en el bar—. Son mis padres. Los saludamos y luego nos escabullimos para subir. ¿Cómo te encuentras?
—No estoy mal. El desfase horario está empezando a pasarme factura después del trayecto desde el aeropuerto, pero voy bien.
Echamos a andar hacia una zona poco iluminada, situada junto al vestíbulo. Liam saluda con la mano, y la pareja que nos observa se levanta con una sonrisa en los labios.
Veo rasgos de Liam en los dos, y se me ablanda el corazón al pensar en él dentro de treinta o cuarenta años. En su aspecto con el pelo canoso y las manos arrugadas. Para entonces habrá disfrutado de una vida plena, y espero que siga encontrando la manera de ser feliz.
—¡Por fin! —Su madre se levanta de un salto y lo abraza con fuerza—. Nos preguntábamos cuándo ibais a llegar. ¿Qué tal el vuelo?
—Más largo de lo esperado debido al mal tiempo, pero no ha ido mal. —Liam le da un beso en la mejilla y luego le estrecha la mano a su padre—. Os presento a mi novia, Piper. Piper, te presento a mis padres, Cliff y Linda.
—¡Ay, pero si eres preciosa! —Linda me abraza de la misma manera que lo ha hecho Alana—. Es un placer conocerte, Piper.
—Encantada de conocerte, Linda. Gracias por dejar que me una a tu familia durante estos días.
—Es un honor tenerte aquí. Liam no nos ha contado mucho, solo que trabajas para los Stars, y estoy deseando conocerte.
—Soy un libro abierto. Te contaré todo lo que quieras saber —le aseguro.
—Qué diferente eres de Li. —Linda menea la cabeza, pero luego sonríe—. Siempre tan reservado.
—Os invitaríamos a tomar una copa con nosotros, pero sabemos que habéis tenido un día largo. Mañana por la mañana a las ocho y media hay un desayuno familiar abajo. Ya nos pondremos al día entonces —dice Cliff.
—Me parece bien. —Liam me coge la mano de nuevo y se despide de sus padres con un gesto—. Hasta mañana temprano.
Tardamos unos minutos más en escaparnos, ya que Liam y su padre se enzarzan en una conversación sobre la Copa de las Cuatro Naciones de Hockey que se celebrará a finales de esta semana y luego hay otra ronda de despedidas.
Media hora más tarde ya estamos en nuestra habitación, y bostezo.
—No recuerdo haber estado nunca tan cansada. —Abro la cremallera de mi maleta y saco el pijama—. Creo que me voy a quedar dormida de pie.
—Por eso no he dejado que Alana nos invitara a salir. Le gusta hacer las cosas a lo grande, y una noche con ella casi siempre se prolonga hasta la mañana siguiente.
—A lo mejor mañana. —Sonrío y echo a andar hacia el cuarto de baño, demasiado cansada incluso para admirar la lujosa habitación y lo que estoy segura de que son vistas al mar—. Creo que ha ido bien con tus padres. Estoy bastante segura de que se lo creen.
—Tienen que creérselo unos días más. —Liam se quita la camiseta y la dobla con cuidado antes de colocarla encima de la maleta—. Por cierto, Alana te quiere.
—¿De verdad? —Nuestras miradas se cruzan en el espejo y poso los ojos en sus músculos. Admiro las marcadas líneas de su cuerpo y el vello que le cubre el pecho y el abdomen—. ¿Cómo lo sabes?
—Por el mensaje que he recibido cuando estábamos en el ascensor. —Resopla y se desabrocha los vaqueros—. Me ha preguntado cuánto te pago por estar aquí.
—Tendré que decirle que lo hago gratis. Se va a llevar una decepción.
—¿Ya has terminado de cosificarme, Mitchell? Te estoy viendo ponerte colorada.
—No te estoy cosificando. Estoy admirando las vistas. Hay una gran diferencia, Sullivan.
Liam echa a andar hacia mí. Cuando llega a mi lado, me gira para que quede de espaldas al lavabo. Me levanta por la parte posterior de los muslos y me sienta en la encimera de mármol.
—No imaginaba que algún día vería a Piper Mitchell contestar a una pulla.
—¿Qué quieres que te diga? Cada día tengo más confianza en mí misma. Muy pronto pensarás que soy una niñata malcriada.
—Esto es nuevo. Me gusta. ¿Puedo dormir sin camiseta? ¿O te va a costar mantener las manos quietecitas?
Le doy unos golpecitos con los dedos en la cinturilla de los calzoncillos.
—Por mí como si duermes desnudo, Sully. Sé comportarme.
Me apoya las palmas en los muslos y empieza a subirlas.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo?
No estoy segura.
Sobre todo cuando invade mi espacio. Cuando me mira con expresión apasionada y me hace sentir importante, incluso en el cuarto de baño de un hotel.
—No —susurro, y en sus labios aparece una sonrisa—. No estoy segura.
—Primero una ducha. Luego veremos si eres capaz de resistirte a mí.
—Agarra el borde de mi camiseta y luego se detiene, retrasando el momento de desnudarme.
Carraspea antes de añadir en voz baja—: Me gusta cuando me llamas Sully.
Me gusta cuando me lees en el avión. Me gusta que seas paciente. Me gusta que estés aquí conmigo.
—Mucha gente te llama Sully.
—Sí. Pero cuando tú lo dices, es especial.
Le recorro los bíceps con los dedos. Se le tensan los músculos por la caricia, y dejo de mover la mano.
—A mí también me gusta estar aquí contigo y te leeré cuando quieras.
Me quita la camiseta por la cabeza y se queda paralizado al ver el colgante.
—¿Llevas puesta la alianza?
Me detengo al recordar la cadena de plata e intento ocultarla.
—Sí.
—¿Por qué?
—Es una tontería.
—Dímelo de todos modos.
—No me parecía bien tirarla. Tengo la sensación de que… representa esta nueva etapa de mi vida. Una etapa que no sería posible sin ti. Por eso la llevo siempre encima.
Me da vergüenza admitirlo delante de él y su silencio me deja al borde del pánico por la posibilidad de haberme pasado de la raya. Se aleja y se inclina para buscar algo en su maleta, pero no sé lo que está haciendo.
Un minuto después vuelve con su cartera y me la entrega. Al abrirla veo su alianza guardada a buen recaudo detrás de una fotografía antigua y me quedo sin respiración.
El corazón se me sube a la garganta. Casi se me sale del pecho cuando dice:
—Yo también.
No sé qué significa que los dos hayamos conservado nuestras alianzas. Seguramente algo importante.
Sin embargo, no tengo tiempo para darle vueltas, porque Liam empieza a quitarme el resto de la ropa. Me besa y me lleva a la ducha, donde el agua caliente me moja el pelo y me recorre el cuerpo.
Más tarde, cuando estamos en la cama bajo las estrellas, siento que me rodea el colgante con una mano y la deja ahí, como si tuviera miedo de soltarlo.
Mientras escucho su respiración regular y él se deja llevar por el sueño, la idea de que me estoy enamorando locamente de él empieza a ganar terreno.