39. Piper
Piper
Liam
En la puerta dentro de cinco minutos
Vale! Ya estoy abajo!
Liam
Sal a la acera
He alquilado un coche
Vaya. El Papi Portero viaja a lo grande
Liam
Antes me repateaba ese apodo
Ya no estoy tan seguro
Es porque me toleras
—¿Por qué no vamos a la terminal de salidas?
—pregunto mientras miro por la ventana y veo que dejamos atrás a toda velocidad el aeropuerto Ronald Reagan de Washington D.
C.—. ¡Ay, no! El chófer es el secuestrador del día aquel, ¿a que sí?
Sabía que nuestra amistad era demasiado bonita para ser verdad.
—Vamos en avión privado —contesta Liam, que ni se molesta en levantar la mirada del teléfono. Hace unos minutos estaba mirando la clasificación de la liga y aunque se está tomando un breve descanso, su atención sigue puesta en el hockey—. ¿Para qué vamos a ir a la terminal de salidas?
—Espera. —Lo miro fijamente y toco su pantalla. Me mira—. ¿Un avión privado? Me mandaste tarjetas de embarque para asientos de primera clase en un vuelo de American Airlines.
—Eso fue antes de que me dijeras que no te gusta volar. Se me ocurrió que te tranquilizaría viajar en un avión con una cama donde puedas dormir unas horas.
—¿Te has gastado un montón de pasta en un avión privado para que crucemos el Atlántico porque dije que no me gusta volar? Eso… Eso es obsceno, ¿no?
—Ah, ¿sí? Supuse que estarías más cómoda si había más espacio.
—Apaga el teléfono y se lo guarda en el bolsillo de los vaqueros mientras el chófer se detiene delante de una puerta con alambre de púas—.
He viajado en aviones privados antes. Es mucho más divertido que cualquier asiento en primera clase.
—¿De verdad? ¿Y se puede saber adónde has ido, trotamundos?
—A casa, a Chicago. Me llevo a Pico conmigo. Se pone como loco en un transportín.
—No me sorprende en absoluto. —El coche gira a la izquierda en la pista y veo un avión a lo lejos. No es tan grande como el jet comercial que alquilamos para los partidos fuera de casa, pero sigue siendo grande. Me quedo boquiabierta y pego la nariz a la ventana—. Qué pasada.
Nos paramos y bajo del coche. Liam coge mis maletas y sube los pocos escalones con ellas como si no hubiera metido toda mi ropa dentro. Inclina la cabeza al subir a bordo, y lo sigo.
El interior es todo cuero lujoso y luces frías. Hay unos sillones enormes a ambos lados del amplio pasillo y un sofá ocupa casi todo el lado izquierdo. También hay una mesa y un minibar en un rincón.
Es lo más ostentoso que he visto en la vida, y eso que cuando estaba casada vivía en uno de los áticos más bonitos de Washington D. C.
Es elegante y moderno, y todo parece nuevo y de primera calidad. Paso la mano por el respaldo de uno de los asientos y se me escapa una carcajada.
Sé lo que ganan los jugadores de la NHL.
Veo sus coches. Las joyas que compran y las cosas extravagantes que adquieren porque pueden permitírselo.
Sin embargo, Liam no vive de esa manera, y es la primera vez que veo lo rico que es.
Un multimillonario con un contrato estratosférico. Acuerdos de publicidad con marcas y un contrato con Bauer con el que gana anualmente una cantidad con seis ceros.
Seguro que esto no le hará ni cosquillas a su cuenta corriente, pero saber que se gasta dinero en mí me gusta. Me provoca un hormigueo en la piel. Una sensación efervescente y agradable se apodera de mi estómago, y no puedo contener la sonrisa.
—Gracias por hacer esto. De verdad —le digo.
—¿Crees que aquí estarás menos estresada?
—Eso espero, vamos.
—Bien. —Me acaricia la parte posterior del cuello y me da un apretón—. Voy a coger mi equipaje.
Me acomodo en uno de los sillones y me relajo. La tensión por lo que pueda suceder durante los próximos días se desvanece mientras respiro hondo y miro por la ventanilla. Veo a Liam estrecharle la mano al chófer que nos ha traído y darle dinero.
Vuelve unos minutos más tarde, se asoma a la cabina para saludar a los pilotos y luego se sienta en el sillón que tengo enfrente.
—Parece que estemos a punto de celebrar una reunión de la junta directiva. —Cruzo las manos sobre la mesa que nos separa y lo miro fijamente—. ¿Qué temas quieres tratar hoy, Sullivan?
—Las opciones para comer. Te gustó el pollo a la parmesana que comimos en mi casa, así que lo he pedido con antelación para el almuerzo de hoy. Ah, y galletas con pepitas de chocolate. Si quieres algo más, tienen otros platos.
—¿Has pedido uno de mis platos favoritos?
—¿Sí? —Me mira parpadeando y frunce el ceño—. ¿Te parece bien?
—Más que bien. Se me olvida lo observador que eres. No estoy acostumbrada.
—Es mi trabajo, ¿recuerdas? —Se echa hacia atrás sin apartar los ojos de los míos—. Y es divertido observarte.
—Ahora tendré que hacer cosas y ver si me estás observando. ¿Me verás hacerte una peineta durante los partidos?
—Si llevas puesta la chaqueta rosa esa, será imposible que te escondas.
Me echo a reír y saco un libro del bolso.
—No insultes mi chaqueta. Me hace sentir como Superwoman.
—No la he insultado.
—Te voy a comprar una del mismo color para que te la pongas cuando vayas al estadio. Podemos ir vestidos igual.
—Hazlo, Mitchell. No me la quitaré hasta que se caiga a trozos. —Levanta la barbilla hacia mí—. ¿Qué vas a leer hoy?
—Los chicos nos han invitado a unirnos al club de lectura este mes, y Riley eligió uno con un jugador de hockey. Me parece demasiado parecido a la realidad, pero de momento va bien.
—¿De verdad te gusta tanto leer?
—Sí. Me encanta mi trabajo, pero es agradable desconectar el cerebro y sumergirme en un mundo que no es este, ¿me entiendes?
—La verdad es que no. —Se inclina hacia delante y me quita el libro de las manos. Se da unas palmaditas en los muslos y sonríe—. Ven aquí, rayo de sol.
—¿Qué haces? —Intento recuperar el libro, pero él lo sostiene por encima de la cabeza, fuera de mi alcance—. No te interesa mi libro.
—Ahora sí. —Guarda silencio un momento—. ¿Me lo lees?
Se me suaviza la expresión mientras él lanza una mirada esperanzada. Sin pensarlo dos veces, me levanto de mi asiento, rodeo la mesa y me subo a su regazo. Él me rodea la cintura con los brazos y me apoya la barbilla en un hombro.
—¿Quieres ver la página? —le pregunto con delicadeza—. ¿O solo escuchar las palabras?
—Escuchar las palabras, por favor. Soy lento leyendo y no quiero retrasarte.
—No me retrasarías, Liam. —Levanto una mano y le toco la barbilla—. ¿Qué te resulta más cómodo?
—Escucharte. Y usa tu voz de reportera cuando leas. Me pone.
—¿Mi voz de reportera? —Me echo a reír de nuevo—. ¿Tengo una voz distinta?
—Claro que sí. Tu tono se vuelve autoritario. Es muy atractivo.
—Para no gustarte las entrevistas, sabes mucho sobre cómo son las mías.
—Ya te lo dije. —Murmura algo y cierra los ojos—. Soy observador.
Liam entrelaza sus dedos con los míos cuando entramos en el hotel horas más tarde.
Sé que la muestra de afecto es solo para aparentar.
El colofón de este plan que hemos puesto en marcha, pero me gusta cuando me toca fuera del dormitorio.
Un roce de su hombro en el túnel. El roce de su guante cuando sale de la pista de hielo y se dirige al vestuario.
Su meñique enganchado al mío al final de la noche, cuando me despido.
Siempre he ansiado el contacto físico, y una caricia suya me ancla. Me calma de una manera que las palabras no lo consiguen. Me frota la cara interna de la muñeca con el pulgar en mitad del vestíbulo, y eso me hace pensar que tenemos una oportunidad real de lograrlo.
—¡Liam! —grita alguien.
Una mujer corre hacia nosotros y cuanto más se acerca, más me doy cuenta de que es la viva imagen del hombre que tengo al lado.
La misma nariz. El mismo pelo y la misma forma de la cara.
Sin embargo, sonríe más que él, y tiene un brillo travieso en los ojos y un entusiasmo en su forma de moverse que es raro ver en Liam.
—Allá vamos —me dice en voz baja, y le doy un apretón en la mano en señal de solidaridad.
—Me alegro mucho de que hayas venido. —Alana le echa los brazos al cuello, de modo que Liam y yo dejamos de tocarnos, y retrocedo un paso para darles espacio un momento—. No vuelvas a pasar seis meses sin que nos veamos, capullo.
—Lo siento, Lani. —Le acaricia los brazos y le besa la frente—. He estado un poco ocupado.
—Vale, crac que está haciendo una temporada de hockey fantástica —bromea Alana.
Le da un codazo en el estómago antes de apartarse y poner distancia entre ellos para que Liam no pueda vengarse.
Luego desvía la mirada hacia mí y su sonrisa se ensancha—.
Tú debes de ser la mujer misteriosa de la que no me ha hablado nada.
Pues le ha salido mal la jugada. Porque sé muy bien quién eres.
—Hola. —Sonrío y le tiendo la mano, pero me llevo una sorpresa cuando me estruja con un abrazo—. ¡Uf! Soy Piper.
—La entrevista que le hiciste a Maverick Miller fue fantástica.
—Muchísimas gracias. Y gracias también por dejarme venir para celebrar tu gran día.
Nos apartamos, y Alana me mira de arriba abajo.
—Me alegro de que estés aquí y de que mi hermano haya sentado cabeza. Durante un tiempo no paraba de hablar de…
—¿Dónde están mamá y papá? —pregunta Liam, interrumpiéndola—. El día ha sido muy largo. Estaría bien subir a nuestra habitación, ducharnos y dormir hasta mañana para poder disfrutar de todas vuestras celebraciones. Ahora mismo estoy en plan zombi.
—Vale. —Alana pone los ojos en blanco, pero sonríe—. Eso sí, en algún momento te voy a robar a Piper. Quiero asegurarme de que la tratas bien.
—En realidad, es de lo peor —le digo en lenguaje de signos, y Alana se queda boquiabierta por la sorpresa—. Pero él no sabe que estoy diciendo eso.
—¿Sabes signar? ¡Ay, me muero por ponerlo a parir! ¿Cuándo aprendiste?
—Mi primo es sordo. Llevo años signando. ¿Y tú?
—Me especialicé en lengua de signos y comunicaciones. He hecho algunos trabajos de interpretación en grandes eventos.
—Estoy acostumbrada a que ella hable y signe a la vez. Esto es nuevo. —Liam mueve la cabeza para mirarnos a la una y a la otra—. Sois muy rápidas las dos.