37. Liam
Liam
P iper está brutal encima de mí, pero ver cómo crece su confianza me excita muchísimo más.
Hace unas semanas no me habría dicho algo así. Ahora me mira con una expresión salvaje en los ojos. Con el pelo alborotado, los labios hinchados y segurísima de lo que quiere.
Es un honor haber contribuido a este cambio.
—¿Vas a follarme, cariño? —le pregunto y le pongo las manos en la espalda.
Le recorro la columna vertebral con las palmas y las detengo en las caderas, que agarro mientras ella se adapta a la invasión—.
Asegúrate de ir despacio para que pueda disfrutar de verdad de tu coño antes de morir, por favor.
Suelta una carcajada y luego se le escapa un suspiro cuando se mete otro centímetro más. Se agarra a mí para mantener el equilibrio y me clava las uñas en los bíceps mientras yo la sujeto con la misma fuerza.
—A lo mejor la que se muere soy yo —replica y jadea cuando le toco el coño al tiempo que ella se mueve hacia delante. La mitad de mi polla desaparece en su interior, y desearía tener otro teléfono para poder grabarla desde este ángulo—. Vas a empalarme.
—Qué cosas más bonitas me dices. —Le acaricio el clítoris y casi pierdo el sentido cuando mueve las caderas de una manera nueva—. Y qué buena estás.
Tengo que calmarme como sea, porque como siga moviéndose así y gimiendo mientras se toca las tetas, es imposible que pueda aguantar mucho más.
—¿Te gusta, Liam? —me pregunta, pellizcándose los pezones—. ¿Lo estoy haciendo bien?
—Me gusta mucho. Lo estás haciendo genial.
No recuerdo casi ni cómo me llamo porque estoy perdido en el placer del momento. Ya casi está sentada por completo sobre mí, con toda mi polla dentro mientras sube y baja, torturándome como nadie lo había hecho nunca.
Se me ha nublado la vista y tengo la frente cubierta de sudor. Estoy haciendo todo lo posible por mantener este ritmo lento, por no tumbarla de espaldas y metérsela hasta el fondo mientras se corre a mi alrededor.
—Joder —susurra—. La tienes enorme.
Sé que debería sentirme orgulloso por el cumplido, pero en cambio me incorporo para comprobar que está bien y casi me corro cuando veo que ya se la ha metido entera.
Hasta el fondo.
La noto en torno a mí, estrecha, caliente y perfecta.
Nunca he estado con una mujer que se le acerque. Dudo que exista.
—¿Te gusta así? —le pregunto, acariciándola con el pulgar. Está tan mojada que me está volviendo loco—. ¿Quieres probar otra postura?
—¿Qué otra?
—Espera.
La levanto de encima de mí y ella gime. La beso y luego la pongo boca arriba. Le doblo las piernas hacia el pecho, la agarro con cuidado de un muslo y le acerco la punta.
—¡Sí! —susurra cuando la siente. Le rozo el clítoris con el glande, siguiendo el mismo patrón que antes trazaron mis dedos, y ella asiente—. Me gustaba estar encima, pero esto es mucho mejor. Me follas muy bien, Liam.
—¿Cómo quieres que lo hagamos, Piper? ¿Fuerte? ¿Despacio? Dímelo y haré lo que quieras.
—Quiero probarlo fuerte. Quiero que te dejes llevar. Puedo soportarlo. Quiero hacerlo.
—De acuerdo, mujer. Pues te daré fuerte. —Subo la mano que tenía en el muslo hasta su cuello. Le acaricio la tráquea con el pulgar y se la presiono con suavidad, arrancándole un jadeo—. Agárrate al cabecero y no te sueltes.
Le brillan los ojos por la emoción y la expectación. No me molesto en ir despacio, se la meto directamente porque ya está bien mojada para mí. Le paso el brazo por debajo del muslo izquierdo, colocándola en posición, y sonrío cuando la veo abrir la boca en un gemido silencioso.
—Más —suplica—. Dame más.
—Ya casi —le digo entre dientes, cuando por fin llego al fondo—. Dios, joder.
Empiezo a mover las caderas con fuerza a toda velocidad. Quiero que esto sea perfecto para ella. Quiero que se vaya esta noche dolorida, satisfecha y feliz. Quiero ser yo quien se lo dé, y haré lo que sea necesario para conseguirlo.
—No estoy segura de poder correrme otra vez si no… Oh. —Arquea la espalda cuando le pellizco un pezón—. Dios, no puedo más.
—¿No puedes más?
—Sí, no. Sigue tocándome, Liam.
—¿Dónde? ¿Aquí? —le pregunto al tiempo que me inclino hacia delante para poder llegar entre sus piernas y tocarla de nuevo—. ¿Te gusta eso?
—Sí. —Cierra los ojos con fuerza y me agarra por los costados, jadeando—. Necesito más.
Le doy todo lo que tengo, metiéndosela como si no hubiera un mañana. Alterno entre tocarle las tetas y el coño, moviendo las caderas hasta que su piel se ruboriza y empieza a respirar de forma entrecortada.
Siento que estoy a punto de correrme, y hago todo lo posible por no hacerlo antes que ella. Es casi imposible pensar con claridad porque me tiene completamente ido.
Noto que se tensa a mi alrededor cuando se acerca al orgasmo. Abre los ojos y me mira a la cara. Me hipnotiza. Me resulta impresionante cuando me agarra el culo y tira de mí hacia delante para que se la meta más hondo, más rápido.
—¿Vas a correrte para mí, rayo de sol?
—Sí. —Gira la cabeza hacia un lado y se le escapa un gemido intenso cuando le doy una suave palmada en el trasero—. Ya casi. Joder. ¿Por qué se te da tan bien esto?
—Tus cumplidos significan mucho para mí. —Le levanto más las piernas, y sigo follándomela hasta que se me empieza a nublar la vista—. Necesito sentirte, Piper.
En ese momento llega al orgasmo, y cualquier cosa que quisiera decir se le queda en la punta de la lengua, porque empieza a estremecerse y casi ni puede respirar mientras la sigo penetrando, al borde del abismo ya.
—Sé que dijiste que teníamos que usar condón, y nunca iría en contra de tus reglas —susurra entre jadeos—. Pero, joder, ojalá pudieras correrte dentro de mí, Liam. Nunca lo he hecho y estoy segura de que me llenarías.
—Dios.
No necesito más para explotar y estallo en mil pedazos, corriéndome en el condón y casi aplastándola al echarme hacia delante. Imagino que me estoy derramando en su coño y casi vuelvo a perder el control y a gritar su nombre mientras ella se corre por segunda vez.
Suelto un suspiro profundo y apoyo una mano en la pared del cabecero de la cama para no caerme. Echo la cabeza hacia atrás y dejo que mi cerebro y mi cuerpo vuelvan a conectar y a sincronizarse.
Unas manos suaves y cálidas me recorren la espalda. Siento la delicadeza de unos dedos acariciándome la punta del pelo y, cuando abro un ojo y miro hacia abajo, veo a Piper sonriéndome.
—Gracias —susurra, moviendo una mano hacia mi abdomen y trazando el contorno de mis músculos—. Vamos a hacerlo otra vez.
—Necesito un minuto. —Le doy un apretón en una rodilla y le estiro las piernas mientras salgo de ella haciendo una mueca. Me dejo caer a su lado en la cama y gimo—. O a lo mejor veinte. Tu coño me ha matado, Mitchell.
Suelta una risilla monísima y me vuelvo para mirarla.
—Creo que eso es lo que pasa cuando llevas tanto tiempo fuera de juego, Sullivan. —Se tumba de costado y se apoya en el codo—. Te vuelves susceptible a los daños. Por eso tenemos que volver a hacerlo. Para que no se te caiga la polla.
Me río y estiro un brazo hacia la polla en cuestión para quitarme el condón y hacerle un nudo.
—¿Ahora eres médico?
—A lo mejor debería serlo.
La acerco a mi pecho y le entierro la cara en el pelo. Ella se relaja entre mis brazos y la estrecho por la cintura, agotado y feliz.
Supongo que el mejor polvo de tu vida hace que te sientas así.
—Quédate a pasar la noche —le pido con voz pastosa, y tengo la impresión de que estoy borracho o drogado, o una combinación de las dos cosa—. Te prepararé el desayuno por la mañana. Y una infusión. —Con ella siento el impulso de querer saltarme todas mis reglas.
—Vaya. Creo que no puedo negarme a eso. —Sonríe, y siento el gesto de sus labios sobre mi piel. Me hace sonreír también—. ¿Dejamos de grabar ya?
—Se me había olvidado. —Bostezo y me incorporo, estirándome por encima de ella para coger su móvil. Pulso el botón para parar la grabación y se lo devuelvo—. Ya está.
—¿Te apetece que lo veamos? —Se ruboriza y se tapa la cara con los dedos—. ¿O sería raro?
—No me parece que sea raro verlo.
—¿No?
—No.
—Ah. —Me mira de reojo y suelta una carcajada, un poco nerviosa—. En ese caso, ¿hacemos palomitas?
—¿Quieres que lo veamos en la tele grande del salón? —replico con un resoplido burlón—. A lo mejor así te gusta más.
—No. Voy a parecer una idiota. No necesitamos vernos en 4-D.
—No vas a parecer una idiota. Ven aquí. —Me acomodo contra las almohadas y abro los brazos, invitándola a acercarse. Ella intenta no reírse mientras se coloca a mi lado, con el cuerpo húmedo por el sudor—. Lo sufriremos juntos.
—Vale. Pero me reservo el derecho a pararlo en cualquier momento.
—Por supuesto. —Pulso el botón para reproducir el vídeo.
Siento que la ansiedad se apodera de ella, así que le froto los brazos de arriba abajo. Le beso la coronilla y la abrazo con fuerza.
—Oh —susurra cuando ve un primer plano de su coño—. Nunca había… Es la primera vez… —Ladea la cabeza—. No sabía que era así.
—Bonito, ¿verdad? Mira qué húmedo, rosa y perfecto es.
—Es posible que verlo sea más excitante que hacerlo. —Se mete una mano entre los muslos y los separa—. Me apetece volver a tocarme.
—Cariño, puedes hacerlo tantas veces como quieras. —Le apoyo una mano en una rodilla y le doy un apretón con el pulgar—. Pero ahora no sé dónde mirar.
Piper gime y se mete un dedo. Es el mismo sonido del vídeo y a estas alturas ya estoy otra vez empalmado, con el cerebro licuado por los gemidos.
Mis ojos pasan de la pantalla a sus dedos, porque no quiero perderme ni un solo segundo de sus dos versiones. Cuando cambiamos de posición en el vídeo y ella se coloca encima de mí, la oigo contener la respiración a mi lado.
—Oh.
—Sé que te has metido dos dedos en el coño y no voy a impedir que disfrutes, pero mira la pantalla. ¿Ves lo bien que estamos juntos?
—Estamos perfectos. —Me apoya la cabeza en el hombro y me mira mientras yo rememoro los últimos diez minutos—. Me gustó lo hondo que te sentí al ponerme encima.
—¿Sí? —Siento un ramalazo de deseo en la polla. Habla del tema con facilidad y, aunque me gusta escuchar lo que piensa, quiero esa boca a mi alrededor. Quiero esos labios chupándomela—. ¿Qué te parece si en la segunda ronda vemos lo hondo que te la puedo meter en la boca?
Abre los ojos de par en par y asiente. El tono rosado de su piel se intensifica hasta el carmesí. Está caliente al tacto, y coloco mi mano sobre la suya, deseando ser parte de su próximo orgasmo.
—Quiero… —jadea al tiempo que levanta las caderas y frunce el ceño—. ¿Puedes…?
—Dime lo que necesitas y te lo daré.
—Baja un poco la pantalla. Quiero correrme al mismo tiempo que lo haces tú en el vídeo.
—Qué guarra —le susurro al oído, y su gemido se me clava directamente en la polla—. Y yo pensando que tenía que ser delicado contigo… Ya veo que no, ¿verdad? Quieres ser mala.
—Solo contigo.
Arrastro el cursor por la pantalla, y avanzo rápido hasta el momento de nuestros orgasmos. Subo el volumen para que pueda oír los envites de mis caderas. El sonido de mi polla penetrándola. Cada uno de sus gemidos.
—Muy bien, Piper. Acaríciate hasta correrte mientras te ves follando. Quiero verlo.
No espero que lo haga tan rápido, pero eso es lo que pasa. Llega al orgasmo susurrando mi nombre una y otra vez. La ayudo a recuperarse y, cuando está completamente saciada, lacia por el agotamiento y con los ojos cerrados, la levanto en brazos como si fuera lo más preciado del mundo.
Puede que lo sea.
La llevo al cuarto de baño y la siento en la bañera, dejando que corra el agua hasta que sale vapor. Le beso la frente y sonrío cuando ella tira de mí para meterme dentro con ella.
Me doy cuenta de que esto ya no son clases de sexo, es practicar el sexo con una persona que me importa de verdad.
Ya no le estoy enseñando nada. Piper no está aprendiendo nada que no supiera ya, pero no podemos dejar de follar.
No puedo quitarle las manos de encima y no me ha dado ningún indicio de que quiera parar, aunque mañana podría acostarse con otro.
Quizá por eso el sexo con Piper es tan satisfactorio; porque ella también se preocupa por mí.