36. Piper
Piper
G racias? —repito, y Liam asiente—. ¿Por qué tengo que darte las gracias?
—Por el mejor polvo de tu vida. —Me mete las manos por debajo del jersey y sus cálidas palmas van subiendo por el abdomen hasta mis pechos.
Me baja las copas del sujetador y me pellizca los pezones, retorciéndolos como sabe que me gusta.
Me mira con una sonrisa que me deja los ojos vueltos—.
Quiero que todo el mundo sepa con quién disfrutas.
Con quién disfrutas como nunca disfrutaste con él.
Sé exactamente a quién se refiere.
No se molesta en ocultar su desdén, y ese tono cruel tiene algo que me pone. Tal vez sea el trasfondo posesivo de sus palabras o el pellizco que me da en el pezón, más fuerte esta vez, como si intentara atarse a mí.
—No te enfadarías si él viera un vídeo sexual nuestro, ¿verdad?
—Por supuesto que no. Sería un puto orgullo. —Me sube el jersey hasta la barbilla, dejándome los pechos al aire, y siento el frescor en la piel—. Joder, Piper. Me están entrando más ganas de hacerlo.
Dios, me encanta que me hable así.
Me ayuda a sentirme más deseada que nunca. No me importa si lo hace por venganza o si es una competición para ver quién la tiene más larga. Liam quiere grabarse conmigo.
—¿Dónde lo hacemos? ¿Aquí? —Las palabras se me atascan en la garganta cuando él inclina la cabeza y se mete un pezón en la boca. Lo rodea con la lengua y no me molesto en contener el gemido que se me escapa—. ¿En tu dormitorio?
—En mi dormitorio. Hay mejor iluminación.
—Vaya, esto empieza a parecer muy profesional. Luces. Cámara. Acción.
—Pero nada va a ser falso —me asegura, después de apartar la boca del pecho.
Me retuerzo, frustrada. Llevo toda la noche nerviosa, medio distraída durante la cena porque no hacía más que pensar en verlo.
La expectación por volver a acostarme con él me ha acompañado durante toda la semana y aunque me he masturbado muchas veces, no es lo mismo que estar con él.
—Nunca he fingido nada contigo —le aseguro.
—Lo sé. Eres fácil de interpretar, preciosa. —Se le marca la polla contra los pantalones de chándal cuando se pone en pie, y se me hace la boca agua al ver esa dura longitud—. Cuando haya terminado contigo esta noche, podrás ver lo bonita que estás cuando te corres.
Lo dudo.
Seguro que parezco ridícula. Desesperada y capaz de cualquier cosa con tal de que me satisfagan.
Estoy nerviosa por la idea de oírme. De ver las expresiones de mi cara, de ver mi cuerpo delante de la cámara.
No sé cómo posar, ni cuáles son los mejores ángulos, ni la forma correcta de estirar las piernas. Como mucho, pareceré torpe.
Sin embargo, sé que con Liam me lo pasaré bien y quiero inmortalizar el momento para poder verlo cuando nuestro acuerdo termine.
Para poder recordar lo que se siente cuando te llevan a las estrellas, aunque me resulta imposible imaginar que el siguiente hombre pueda ser mejor que el que tengo delante.
—Tengo el móvil en el abrigo —digo, sonrojada, y señalo hacia la entrada—. ¿Quieres que vaya a buscarlo?
—Voy yo, tú vete al dormitorio. Ve quitándote la ropa por el camino.
Quiero que estés desnuda en mi cama antes de que yo llegue —me dice con una voz grave y ronca que me reverbera por todo el cuerpo.
Suelto un suspiro tembloroso mientras me preparo para lo que está por venir—. ¿Seguro que esto te parece bien, Piper?
—Sí —susurro, y no puedo decirlo más en serio—. ¿Y a ti?
—Si quieres un vídeo follando para recordarlo, yo también lo quiero. —Me agarra la barbilla y me besa—. Mi chica siempre consigue lo que quiere.
«Mi chica», repito en mi mente.
Me derrito por la expresión cariñosa y le devuelvo el beso. Le rozo la lengua con la mía antes de que me aparte la mano del pelo, con la polla más dura que hace un minuto. En cuanto sale del salón, echo a andar hacia su dormitorio tan rápido como puedo.
Me quito la ropa por el camino. Las medias acaban en el pasillo. Dejo el jersey en el pomo de la puerta. La falda cae sobre la cómoda y derriba una figurita de Maverick que hicimos para regalársela a los fans hace dos temporadas.
Me quito el sujetador y las bragas más despacio. Me tomo mi tiempo para dejarlos a un lado y luego me acerco a la cama, me tumbo y me relajo contra las almohadas. La tela estampada huele a mí, y sonrío mientras separo las rodillas, esperando a que aparezca Liam.
No tarda mucho en aparecer.
Lo veo en el vano de la puerta al cabo de unos segundos.
Esos hombros anchos y ese pelo alborotado alrededor de las orejas.
Sus ojos se encuentran con los míos antes de que me recorran el cuerpo con una mirada lenta y decidida que me hace agarrar las sábanas.
Curvo los dedos de los pies y respiro hondo porque creo que voy a sufrir una combustión espontánea.
—¿Lo has encontrado? —le pregunto sin aliento, y él levanta mi móvil—. La contraseña es 9367.
—¿Tiene algún significado? —Se la toca por encima de los pantalones de chándal—. ¿O son solo números aleatorios?
—Números aleatorios. —Ladeo la cabeza y lo miro—. ¿Tu contraseña tiene algún significado?
—Sí. —Se acerca a mí y se quita la desgastada camiseta de algodón, que acaba sobre mi ropa interior. En cuanto se queda con el torso desnudo, me deleito con sus pectorales y sus abdominales—. 0807.
—No sé qué significa.
—A lo mejor lo descubres algún día.
Engancha los dedos en la cintura de los pantalones, sosteniendo mi teléfono con la otra mano. Sin perder tiempo, se los baja por los muslos hasta quedarse con unos calzoncillos negros, dejando a la vista su glorioso cuerpo.
Liam es muy guapo. Muy masculino, muy rudo, con su barba, sus moratones y las cicatrices de su profesión, sí. Pero lo que más me atrae son sus partes más suaves y secretas.
Como, por ejemplo, que levanta más el lado derecho de los labios cuando se ríe. O la pequeña cicatriz de su operación de apendicitis. O que le tiemblan los hombros cuando se ríe. Quiero recordarlo todo.
Después de volver de España, ya no tendré excusa para quedarme embobada mirándolo.
No podré enterrarle los dedos en el pelo y agarrárselo con fuerza cuando me acerque al orgasmo.
No podré admirar su culo cuando camine de la cama al cuarto de baño para lavarse.
Él volverá a ser Liam y yo volveré a ser Piper, dos personas cuyos caminos nunca se cruzarán de nuevo de esta manera.
Me encantaría imaginar una realidad donde estuviéramos juntos.
Donde fuéramos novios, una pareja de verdad. Pero queremos cosas diferentes.
Cada vez estoy más segura de mí misma. Tengo una confianza de la que carecía hace seis meses. Sé que quiero encontrar pareja y sé que quiero que me amen por completo. Totalmente. Hasta el punto de la obsesión.
Liam no quiere distracciones. Hasta que se retire, lo único que ama por completo es el hockey sobre hielo, y es una pena.
Creo que podría irnos bien. Somos estupendos amigos. Somos estupendos en la cama. Nos compenetramos en el ámbito doméstico, como preparar la cena y ver la tele, pero no es nuestro destino.
Y, ¡joder!, eso hace que lo desee todavía más esta noche.
—Ven aquí —le digo al tiempo que estiro los brazos hacia él.
Liam acorta la distancia que nos separa con dos largas zancadas. Se sube a la cama, coge el teléfono y se coloca a horcajadas sobre mí, apoyándose en las manos y las rodillas. Lo beso, saboreando la ligera nota a menta que le ha dejado en la lengua la infusión que se prepara todas las noches.
—Voy a grabar —dice contra mi boca, y asiento para darle mi consentimiento.
Se aleja de mis labios antes de que pueda sumergirme en su sabor y baja por mi cuerpo besándome y lamiéndome las curvas de los pechos y la extensión del torso y del abdomen.
Sigue bajando, hasta que se queda boca abajo sobre el colchón, con la cabeza entre mis piernas y los ojos rebosantes de deseo.
—Joder —susurro, y todas las demás palabras de mi vocabulario acaban hechas cenizas cuando se acerca el teléfono a una mejilla. Siento que me recorre con uno de sus gruesos dedos y al oír su murmullo sé que ya estoy mojada—. ¡Liam!
—Mírala, diciendo mi nombre para la cámara. —Me mete el dedo índice sin previo aviso y siseo. El dolorcillo inicial se convierte en un placer exquisito—. Lo haces muy bien, Piper.
Tengo que echar mano de toda mi fuerza de voluntad para incorporarme sobre los codos y mirarlo mientras me graba.
La cámara está tan cerca de mi coño que resulta escandaloso, y es la experiencia más íntima que he tenido con un hombre.
Sin embargo, no estoy nerviosa. Ni dudo ni me preocupo por la posibilidad de no ser lo bastante sexy.
Me dejo llevar por las increíbles oleadas de sensaciones que empiezan en la base de la columna vertebral cuando añade un segundo dedo y, luego, un tercero mientras susurra «Tú puedes, cariño» seguido de «Así, muy bien». Separo más las piernas y levanto las caderas para hacerle más espacio.
Siempre me han motivado los elogios.
Siempre rindo mejor cuando sé que estoy haciendo un buen trabajo, pero la admiración de Liam me eleva a la estratosfera. Me hace sonreír de oreja a oreja. Le clavo las uñas en un hombro y le araño la piel, desesperada por tocarlo, porque se lo pase tan bien como me lo estoy pasando yo con él.
—Siempre he creído que era incapaz de correrme con un hombre.
Nunca lo conseguía por más que lo intentara.
—Jadeo cuando él curva los dedos y me besa la cara interna de un muslo, tras lo cual me clava los dientes con suavidad en la zona más blanda—.
No tengo palabras para expresar lo feliz que estoy de saber que no era yo, que era él.
Al igual que antes, no necesitamos más aclaración porque ambos sabemos muy bien de quién estoy hablando.
—Siempre has sido capaz, Piper. —Me da un lametón en la entrada de la vagina y luego se centra en el clítoris, que acaricia en círculos mientras me mete y me saca los dedos, arrancándome un gemido—. Solo necesitabas a alguien que te ayudara a descubrirlo.
Cierro los ojos con fuerza, porque siento el primer orgasmo ahí mismo.
—¿Cómo estoy? ¿Bien?
—Estás perfecta. Córrete para la cámara y así podrás ver luego lo bien que te entran mis dedos, rayo de sol.
Al cabo de un par de minutos, llego al orgasmo. Grito, arrastrada por el intenso placer. Caigo hacia atrás y mi cabeza aterriza en la nube de almohadas mientras me agarro a las sábanas y disfruto todo el tiempo que puedo.
Levanto las caderas, ávida y desesperada, porque ansío más de él. Su risa me consuela, brillante, audaz y orgullosa, mientras me besa una rodilla y luego una cadera, disminuyendo el ritmo de sus dedos hasta que el placer acaba.
—Joder, eres preciosa —murmura, sentándose y extendiendo el brazo hacia mí—. Abre la boca y chupa, Piper.
Separo los labios, y él me planta dos dedos en la punta de la lengua. Cierro la boca y chupo, identificando mi sabor en ellos, y me doy cuenta de que sigue sosteniendo la cámara, de que sigue grabando, lo que me arranca un suave gemido.
Le rodeo la muñeca con los dedos y aparto su mano de golpe. Me mira con los ojos entrecerrados y nublados por el deseo y la pasión, y me pregunto cómo es posible no estar ardiendo a estas alturas.
—Y ahora ¿qué? —le pregunto, tocándole una mejilla y sonriendo cuando vuelve la cabeza para darme un beso en el centro de la palma de la mano.
—Ya sabes qué. —Se baja de la cama y se acerca a la mesita de noche. Se le tensan los músculos mientras desenchufa la lámpara y aleja la mesita de su sitio original. Coloca el teléfono con la cámara enfocando hacia la cama, y respiro hondo.
—¿Cómo quieres hacerlo esta noche? —le pregunto.
—Esto es para ti, Piper. —Se quita los calzoncillos, dejando su polla a la vista—. ¿Qué quieres?
—Quiero probar a ponerme encima. —Me muerdo el labio inferior y me toco entre las piernas. Estoy mojada y toco la humedad para extenderla—. Creo que va a gustarme.
—Me parece bien. —Liam se la toca y luego se sienta en el borde de la cama. Una vez que se tumba, tira de mí y me atrae hacia él—. Dios. Me parece increíble poder hacer esto contigo.
—Ya te digo. —Le acaricio el torso con las manos y le beso la barba—. No sé cómo he conseguido ligarme a un portero tan buenorro de la NHL, pero no pienso quejarme.
Liam coge un condón de la caja que hay en la otra mesita de noche y rasga el envoltorio.
—¿Crees que estoy buenorro?
—No. Me he expresado mal. Me refería a otro.
—Me lo imaginaba.
Una vez que se coloca el preservativo sobre la polla dura, tira el envoltorio. Se tumba boca arriba y extiende un brazo hacia mí. Entrelazo nuestros dedos mientras me siento a horcajadas sobre sus caderas.
—Hola —susurro.
—Hola —responde al tiempo que me pone la palma de la mano en la nuca—. ¿Estás bien?
—Sí. —Asiento—. Estoy preparada.
—Iremos despacio. Si quieres parar, dímelo.
—Liam, no voy a parar. —Bajo sobre él hasta que noto la punta. Lo veo echar la cabeza hacia atrás y gemir. Me invade la confianza. No tengo miedo. Estoy decidida. Segura de lo que quiero—. No hasta que la tenga entera dentro.