Bajo control (D. C. Stars 2) 35. Liam
63%

35. Liam

Liam

Ven a mi casa

Piper

Puedo pasar el rato con Pico?

Me ofende que quieras ver a mi gato más que a mí

Piper

Puedes culparme? Es mono y cariñoso

Y yo qué soy?

Piper

Tú eres tolerable

Bien jugado, Mitchell

—¡Hola! —Piper se quita el abrigo y lo cuelga en el perchero de la entrada—. Siento haber tardado tanto en llegar. Estaba cenando con las chicas. El tráfico era mortal y el conductor de Uber no ha parado de hablar del mercado de valores.

—¿Estás pensando en invertir? —Me apoyo contra la pared y la miro mientras se sacude los copos de nieve del pelo—. No sabía que te interesaran las finanzas, pequeñaja.

—Solo es mi pasatiempo preferido. —Se quita las botas y las deja junto a la pared, al lado de mis zapatillas deportivas.

Tiene una deslumbrante sonrisa de oreja a oreja y las mejillas un poco sonrosadas, ya sea por el viento de principios de febrero o por el vino que ha bebido durante la cena—. Te veo bien.

—¿Te gustan mis pantalones de chándal y mi camiseta?

—Ya sabes lo que se dice de los pantalones de chándal. —Pasa junto a mí con sus medias y su falda, de camino al salón. Sus suaves pasos resuenan sobre el suelo de madera, y Pico asoma la cabeza por la puerta de mi dormitorio—. Sobre todo de los grises.

—No sé lo que dicen. —Me siento a su lado en el sofá y veo que Pico da un salto y se acurruca entre sus brazos—. ¿Te importaría ilustrarme?

—Pollas grandes y todo eso —responde, y me echo a reír. En cuanto empieza a acariciar al gato, su sonrisa se suaviza más y se relaja contra los cojines—. ¿Te lo estás pasando bien esta noche?

—Me preparé una infusión después de cenar. Me di una larga ducha. Y ahora estás aquí. Diría que vamos bien hacia una noche normalita.

—¿Has oído eso, Pico? —susurra ella en voz lo bastante alta como para que yo la oiga—. Tu padre cree que soy normalita. Qué encanto, ¿verdad?

—¿Qué tal la cena con las chicas?

—Una pasada. Salir con ellas es lo mejor de mi semana, la verdad. Intentar coordinar cuatro agendas es casi imposible, pero sacrifico tiempo y energía en otras partes de mi vida para poder verlas.

—Me alegro. —Le apoyo una mano en una pantorrilla y bostezo—. ¿Cuánto has bebido?

—Solo una copa de vino. —Se le oscurecen un poco los ojos y se muerde el labio inferior—. Hace una semana que no me follas y me estoy volviendo loca.

—Una vez y ya es adicta —murmuro al tiempo que le rodeo el tobillo con los dedos y tiro con suavidad de su pierna—. Te veo un poco necesitada…

—Solo he venido por Pico. Y para hablar de nuestro viaje de la semana que viene. No por ti, vamos.

—Mmm. Lo que tú digas.

—¿Estás nervioso por ver a tu familia? —Me apoya la cabeza en el hombro y se lleva las piernas al pecho. Pico cierra los ojos y se acomoda entre sus brazos—. No me puedo creer que no hayan venido a ningún partido esta temporada.

—Normalmente lo hacen, pero la empresa de mi padre anda escasa de personal, así que le cuesta conseguir tiempo libre para venir de visita.

Iba a ir a verlos por Navidad, pero el entrenador nos hizo pasar un infierno con los entrenamientos durante las vacaciones, y les dije a mis padres que ya se lo compensaría más tarde.

—Por favor, no te sientas obligado a entretenerme mientras estemos en España. Puedo pasar un par de tardes sola mientras tú estás con ellos. Lo último que quiero es estorbar.

—Nunca serías un estorbo. Les vas a encantar.

—¿Les voy a encantar yo o les va a encantar que sea la persona con la que creen que sales?

—Te querrán, pero también sentirán lástima por ti por tener que aguantar a este gruñón.

—La verdad es que estás muy alto en el ranking de gruñones. ¿Alguna vez les has presentado a una novia?

—Una vez. Una chica con la que salí en la universidad. La llevé a casa durante las vacaciones de Navidad.

—¿En serio? —Hay un brillo travieso en los ojos de Piper—. ¿Y por qué cortasteis?

—No le gustaba lo exigente que era mi calendario de hockey. Decía que necesitaba más atención, cosa que entiendo, pero esta es mi vida. Al final lo dejamos cuando estaba en tercero de carrera.

—Y no has vuelto a salir con nadie desde entonces.

—Con una modelo durante mi temporada de novato. Coincidimos en un avión de camino al evento de selección de la NHL y mi representante hizo las presentaciones. Salimos tres meses y no funcionó. Ahora es la imagen de Calvin Klein, así que no creo que me eche mucho de menos.

—Uf, ¡guau! Vale. Tus padres creerán que la cosa va en serio. —Suelta una carcajada nerviosa y abraza a Pico con fuerza—. Ahí, sin presión ni nada.

—Todo va a ir bien. Dudo que mi madre te pregunte en qué me gradué.

—¿En qué te graduaste?

—Español y Matemáticas.

—Espera. —Piper se incorpora y me mira fijamente—. ¿Te especializaste en Matemáticas?

—Por tu tono, veo que te sorprende, y eso me ofende.

—No lo decía por eso. Me imagino que Matemáticas es una carrera difícil de por sí, pero si le sumas la presión y el tiempo que requiere ser un deportista de la División 1 en la universidad, la carga de trabajo es enorme.

Sabes que creo que eres inteligente, claro, pero no sabía que tenías un doble grado.

—Sí. Quería algo a lo que recurrir si lo del hockey no funcionaba, pero no tuve tiempo libre durante el último año.

—¿Me cuentas cosas de Alana? Siempre se te ilumina la cara cuando hablas de ella, así que supongo que es muy especial.

—Lo es —replico—. Nunca quise tener hermanos.

Me enfadé cuando mis padres la trajeron a casa del hospital, y mi padre dice que estuve meses sin hacerle ni caso.

Un día mientras aprendía a andar, se cayó.

Se raspó la rodilla con la moqueta del salón y parece ser que corrí por toda la casa en busca del botiquín de primeros auxilios para curarla.

Supongo que me importaba más de lo que pensaba.

—Qué alma tan sensible. —Piper tamborilea con los dedos sobre mi corazón—. ¿Estabais muy unidos de pequeños?

—Éramos inseparables. Me seguía a todas partes: a la pista de hockey, al parque de patinaje el verano que pensé que me gustaba el skate. Sabes que no me caen bien muchas personas, pero quiero a Alana.

—¿Te cae bien el hombre con el que se va a casar?

—No está mal. La trata bien y la hace feliz. Además, lo amenacé con arruinarle la vida si le hacía daño.

Se echa a reír.

—Siempre he querido tener un hermano que me cuidara. Supongo que ahora tengo algo parecido con el equipo. A veces me da la impresión de que le darían una paliza a cualquiera que me hiciera daño.

Quiero contarle lo que hizo Maverick. Que le dio un puñetazo a Charlie en la cara y luego sonrió.

Pero no sé si me apetece que Piper sepa que sé lo que le dijo ese imbécil.

Ha pasado página ya, y lo último que necesita es que salgan a relucir mierdas del pasado cuando está teniendo tanto éxito en su puesto durante esta temporada.

—Son buenos chicos, ¿verdad? A ver, la obsesión de Ethan con los perritos calientes no tiene nombre.

—Son los mejores. Salvo por el aquí presente, claro —bromea Piper.

Sonrío con aire burlón.

—Que te den, rayo de sol.

—¿Podemos hablar de las muestras públicas de afecto?

—¿En general? No soy muy fan.

—Me refiero a delante de tu familia. Nuestra relación física se limita al dormitorio, no va más allá. ¿Vamos a ir de la mano en la boda? ¿Nos vamos a besar? Quiero estar preparada para que en el caso de intentar abrazarte, no me mires como si fuera un alienígena con cinco cabezas.

Le doy un golpecito en un brazo con un cojín. Pico me mira con cara de pocos amigos, irritado por haberlo molestado, y pongo los ojos en blanco.

Cabroncete.

—No te miraría como si tuvieras cinco cabezas. Solo tres. En cuanto a las muestras públicas de afecto, podrían ayudarnos a vender esta relación. No me metas la lengua hasta la campanilla delante de mi abuela de ochenta años, pero puedes cogerme de la mano.

—Vale. Cogernos de la mano va en la lista. Morrearnos, no. Entendido. ¿Y qué hay de los besos?

—Si tú quieres.

—¿Quieres tú? Es tu familia, Liam.

Me parece una especie de prueba, y no estoy seguro de saber la respuesta correcta.

Joder, sí, quiero que me bese.

¿Por qué no iba a quererlo?

Es suave y cálida, y una auténtica delicia, hostia. A lo mejor quiero presumir de ella. A lo mejor quiero que mi familia crea que soy un cabrón con suerte que ha conseguido a una mujer espectacular, aunque todo esto vaya a terminar cuando volvamos a Washington.

—Claro —respondo con voz ronca—. Puedes besarme.

—Entendido. Creo que debo decirte que no me gusta mucho volar. Detesto los aviones. Prometo no montar un numerito, pero seguro que voy a apretarte el brazo durante el despegue y el aterrizaje.

La miro con el ceño fruncido.

—Viajamos en avión todo el tiempo. Nunca te he visto ceder al pánico.

—¿Me observas, Sully?

—Mido metro noventa, pequeñaja. Puedo ver por encima de los asientos y darme cuenta si se te está yendo la pinza.

—Intento concentrarme en lo que pasa delante de mí, no en lo que pasa a mi alrededor. Distraerme me ayuda.

—¿Cómo podrías distraerte?

Se le oscurece la mirada y se inclina hacia delante. Me desliza un dedo por el pecho y sonríe.

—Se me ocurren algunas cosas.

—Cuéntamelas.

—No estoy segura de que unirme al club de los que lo han hecho en un avión con doscientos pasajeros como espectadores sea lo mío, pero quizá podríamos practicar esta noche. —Deja a Pico en el suelo y se concentra por completo en mí—. Se me ha ocurrido una idea y quería comentártela.

Le acaricio una mejilla y recorro su mentón con el pulgar.

—Soy todo oídos.

—Se me ha ocurrido que quizá la mejor manera de aprender en la cama es criticándome a mí misma. Y para eso he pensado que podríamos grabarnos mientras lo hacemos.

—¿Quieres grabarme mientras te follo, Piper? —Me pongo de rodillas y la tumbo de espaldas. Pico sale corriendo, pero ahora mismo no estoy pensando en mi gato. Le pongo las manos en los muslos y le separo las piernas—. ¿Quieres ver cómo te la meto cuando estés sola en casa y eches de menos mi polla?

—Sí —susurra, y me agarra de la camiseta para tirar de mí hasta que nuestras bocas quedan a pocos centímetros de distancia—. Pero no finjas que tú no vas a verlo también.

Lo voy a ver.

Una y otra vez, hasta que se me quede grabado en la memoria.

Lo usaré cuando juguemos fuera y esté en mi habitación del hotel y no pueda disfrutar del momento real, porque ni de coña podría correrme con otra persona.

No he podido en cuatro años.

No desde que la conocí.

Un vídeo que puedo reproducir cada vez que me apetezca ver cómo le rebotan las tetas cuando la inclino y me la follo contra el colchón me parece el mejor regalo del mundo.

—Si lo hacemos, podría acabar en cualquier sitio. —Le pellizco un pezón a través del jersey de lana, y arquea la espalda en el sofá—. Si te robaran el móvil, un vídeo en el que estoy metiendo la polla hasta el fondo podría acabar en internet. ¿No te preocupa eso?

—No. —Cierra los ojos y me rodea las caderas con las piernas.

La falda que lleva se le sube hasta la cintura y deja al descubierto las medias hasta los muslos con unos lacitos negros que se le ciñen a la piel.

Muevo las caderas hacia delante y le rozo el tanga con la punta de la polla dura.

Gime y separa todavía más las piernas—. Que lo vean. Así sabrán que soy tuya.

El afán posesivo me consume.

Experimento una necesidad anhelante de sentirla.

De enterrarme en ella.

De poseerla por completo para que no le quede ni una puta duda de que es mía de verdad.

—Probaremos tu idea —susurro al tiempo que le pego la boca a una oreja.

Le recorro el cuello con los dientes, y la siento estremecerse—.

Pero solo si me dejas grabarlo todo. Quiero que te veas estallar.

Quiero que veas cómo te meto los dedos antes de metértela.

Quiero que oigas cómo suplicas y pronuncias mi nombre antes de correrte.

Quiero que sepas lo mucho que me gusta estar dentro de ese coño prieto que tienes.

Y cuando terminemos, quiero que mires a la cámara y digas «gracias».