33. Liam
Liam
R esulta que el paraíso existe, y está dentro de Piper Mitchell.
Joder.
Qué estrecho. Qué caliente. Es tan perfecto que no quiero salir nunca.
Abre los ojos de par en par. Separa los labios y respira hondo, lo que hace que el pecho le suba y le baje.
—Ponme la otra pierna en la cintura —le digo, aunque no sé si mis palabras resultan coherentes. Tengo el cerebro hecho un lío, todo me resulta confuso y me distraigo mientras ella levanta la pierna y yo le meto otro poco más.
—Ah, joder —dice con los ojos clavados en los míos, abiertos de par en par, al tiempo que arquea la espalda—. Eso…
—¿Mejor?
—Mucho. Liam, necesito que…, que me… que te muevas. Por favor.
—Dame un segundo. Si me muevo, me voy a correr.
—Pues córrete.
—Todavía no —le digo entre dientes—. Antes tengo que disfrutar de este coño tan perfecto que tienes.
—Le agarro una pierna con tanta fuerza que estoy seguro de que le voy a dejar la marca.
Me cuesta mucho no metérsela hasta el fondo para verla con toda mi polla dentro, para ver cómo se corre a mi alrededor.
Me la sujeto por la base y se la meto más, avanzando muy despacio.
Es la única forma de mantenerme bajo control, la única forma de salir de esta con un poco de dignidad, porque me falta poco para suplicarle que se venga a vivir conmigo, para poder cuidarla cada noche y cada puta mañana, porque no puedo pensar en otra cosa que no sea ella.
Le daré de comer. Le daré sexo. Le daré todos los cuidados que necesite. Le daré todo lo que quiera para que le quede claro que no encontrará a nadie mejor que yo.
—Liam —gime, y me encanta cómo dice mi nombre. Cómo sale de su boca como si fuese una puta plegaria—, dame más.
Hostia.
Seguramente eso sea lo peor que podría haberme dicho, porque no me apetece ser cuidadoso. No quiero ir despacio.
Quiero ver mi polla enterrada en ella. Quiero ver hasta dónde puedo llegar. Lo rápido que puedo hacer que se corra, cuánto puede tensarse en torno a mí.
Le permitiría que me asfixiara y se lo agradecería desde el más allá.
—Espera. —Le llevo las rodillas al pecho, utilizándolas como apoyo. Ya casi le he metido la mitad y, joder, es una puta maravilla—. ¿Estás bien?
—Sí. —Me clava las uñas en la espalda. Me araña y luego las baja hasta mis caderas y tira de mí, animándome a moverme—. ¿Ya está entera?
Suelto una carcajada.
—Nos queda bastante, cariño. Respira hondo. Voy a añadir un poco más de presión.
Piper asiente y empujo hacia adelante con tanta delicadeza como puedo. Gimo, porque los años de celibato me están pasando factura. Sé que solo voy a aguantar unos minutos antes de caer de cabeza por el precipicio, porque su coño es demasiado perfecto como para durar más.
Llevo pensando en este momento desde mucho antes de que ella me pidiera que folláramos.
Cuando todavía estaba casada y su alianza me torturaba.
Cuando la alianza desapareció y me enteré de que se había divorciado.
Cuando empecé a hacer todo lo posible por verla en el estadio, por asegurarme de que estaba bien y de que me sonriera, porque eso me alegraba todo el puto día.
Cuando la noche en Canadá.
Cada vez que ha estado en mi cama durante los últimos meses y se ha apoderado de mí el afán posesivo al verla con mi camiseta y un chupetón en el cuello.
Llevo años necesitando a Piper, y ahora que la tengo, me estoy volviendo loco.
—Creo que voy a correrme solo con esto —gime—. Y nunca he…
—Soy un cabrón egoísta, Piper. Sabes que me gusta tener todas tus primeras veces —digo moviendo las caderas al ritmo de sus gemidos—. Ya casi estoy. Dios, no sabes las ganas que tengo de ver a mi mujer con toda mi polla dentro.
Embisto por última vez y se la meto entera, hasta el fondo, lo que me deja sin capacidad mental. Es una sensación vertiginosa, que sé que no experimentaría si se tratara de cualquier otra mujer.
La siento porque es ella.
Pipar apoya la barbilla en el pecho y mira hacia abajo, hacia el lugar donde nuestros cuerpos están unidos.
—Joder.
—Hora de una miniclase. ¿Quieres disfrutar todavía más?
—¿Cómo va a ser posible disfrutar más de esto?
—Tócate. Las tetas. El coño. Donde quieras. Eso te ayudará a correrte. Yo podré mirarte, y sabes que me encanta hacerlo.
Extiende un brazo, se planta los dedos en el clítoris y gime cuando su mano choca con mi polla.
—Pero… Tu… Estoy llena.
Me inclino hacia delante y muevo las caderas. Pongo los ojos en blanco cuando se tensa a mi alrededor, cuando susurra mi nombre y me agarra la mano, entrelazando los dedos con los míos antes de llevárselos al pecho, sobre el corazón.
—Joder, eres perfecta, tu coño, tu boca… Dios, eres increíble.
—¿Te vas a correr? —me pregunta, parpadeando y mirándome con las mejillas sonrosadas y una sonrisilla en esos preciosos labios—. ¿Te vas a correr dentro de mí, Liam?
Nunca he odiado tanto un condón.
Sé que usarlo es lo más inteligente. Sé que me arrepentiría si no lo hiciera, no quiero nada más que llenarla. Quiero ver cómo le gotea por los muslos y luego volver a metérselo para que sepa quién la ha hecho disfrutar tanto.
—¿Dónde me voy a correr si no? Voy a hacerte mía, Piper.
«Mía de momento», me desafía el cerebro, y destierro ese pensamiento.
—¿Puedes…? ¿Un poco más hacia…? Oh. Justo ahí, Liam. En…
Le pellizco un pezón al mismo tiempo que la penetro con fuerza, con decisión, para dejarle claro que le daré todo lo que quiera, y noto el momento en el que empieza a correrse.
Grita fuerte y claro, pronunciando mi nombre una y otra vez hasta que se queda ronca, hasta que cierra los ojos y una lágrima le resbala por la sien.
No aguanto ni un segundo más. Se la meto otra vez hasta el fondo, ansioso por reunirme con ella al otro lado y me derrumbo hacia delante. Jadeo, con la respiración entrecortada, y empiezan a temblarme las piernas hasta que derramo todo lo que tengo en el condón, casi muriéndome en el proceso.
—Dios —gimo—. Hostia.
—¿Estás bien? —Piper me toca la frente, y asiento, sin saber cómo me llamo ni dónde estoy, solo que este puto momento es mágico.
—Más que bien —jadeo mientras ella me desliza una mano hacia las caderas para tocarme la base de la polla, arrancándome otro gemido—. Mierda, Piper… Me… Yo…
—Quiero verlo —susurra.
Asiento, controlando de alguna manera mis extremidades lo suficiente como para salir de ella. Tuerzo el gesto por la pérdida del contacto, y ella gime. Levanta las caderas como si quisiera más. Hay sangre en el condón. El látex está manchado de rojo y, al verlo, le froto el abdomen con el pulgar.
—¿Te he hecho daño?
—No. —Niega con la cabeza y se incorpora sobre los codos. Al ver la sangre, mira la cama y ve una manchita en la sábana azul marino que hace que arrugue la nariz—. Lo siento. No creía que pudiera pasar. Te ayudaré a cambiar las sábanas. Me…
—Ni de coña, vamos. —La beso, porque necesito saborearla, porque necesito dejarle claro que no pasa nada—. ¿Crees que me importa un poco de sangre en las sábanas? Llevas varios años sin follar, y los dos sabemos que la tengo más grande que tu ex.
Piper resopla.
—Eso no ha sido muy sutil.
—No pretendía serlo. Era inevitable que sangraras, y no es para tanto.
Si no estuvieras tan agotada, te volvería a follar, ver si te mojo todavía más.
A lo mejor con la mano… Piper, escúchame, a los hombres no nos molestan estas cosas.
Si algún tío se queja por un poco de sangre, mándalo a la mierda. ¿Sabes por qué?
—¿Por qué? —pregunta ella, mirándome con los ojos entrecerrados.
—Porque lo has hecho muy bien, corazón. Mira lo que me has hecho a mí. —Me quito el condón con cuidado y lo ato. Se lo enseño para que vea que está lleno de semen, y la veo abrir los ojos de par en par—. Estoy muy orgulloso de ti.
Sé que lo nuestro no es serio, pero no me extrañaría que se emocionara, porque es una mujer a la que nunca le han demostrado ningún tipo de afecto íntimo, cuyo placer nunca ha sido prioritario.
Así que me anticipo. Antes de que pueda reaccionar, antes de que pueda pensar y analizar en exceso lo que ha pasado, tiro el condón a la basura. La abrazo y le desenredo el pelo con los dedos.
—Ha sido muy liberador —susurra—. Ha sido increíble. Dios, cómo me ha gustado verte perder el control. —Me acaricia una clavícula con un dedo—. Y saber que he sido yo quien te ha hecho perderlo hace que me sienta muy orgullosa.
Me ha dejado hecho polvo. Ha puesto mi mundo al revés y creo que no soy el mismo de antes.
—Me alegro de que estés orgullosa de ti misma. —Le paso una mano por un brazo y apoyo la barbilla en su hombro—. Deberías estarlo.
—Necesito unos minutos, pero pronto estaré lista para la segunda ronda. —Se despereza y bosteza—. Y quizá una ducha.
—Vamos a posponer la segunda ronda. Estarás dolorida y, después de la ducha sé que te vas a quedar dormida. Me apuesto el sueldo del partido del sábado.
—¿Y si me apetece más? —Piper se mueve en mi regazo, se sienta a horcajadas sobre mí y empieza a mecer las caderas, frotándose contra la cara interna de mi muslo.
—He dicho que vamos a posponer la segunda ronda —replico, agarrándola por la cintura—, no que no vaya a ocuparme de ti. Pero empezamos por la ducha.
La levanto y me deslizo hasta los pies de la cama. Me pongo en pie, la llevo al cuarto de baño y enciendo la luz. Pico sale disparado de la cama que se ha hecho debajo del lavabo doble, y Piper se ríe cuando pasa junto a ella.
—¿Eso son toallas?
—Sí. Se niega a dormir en la cama cara que le traje y está contentísimo con las toallas que compré por internet. Es peor que un dolor de muelas —digo mientras la dejo en el suelo—. ¿Baño o ducha?
—Oh, me encanta la idea de un baño, pero solo si me acompañas.
—No estoy seguro de que quepamos los dos. Entra tú. Yo me baño después. —Abro el grifo—. ¿Cómo te gusta el agua?
—Muy caliente, por favor. —Se sienta en el borde de la bañera y me sonríe—. ¿Puedo hacerte una pregunta personal?
—Piper —digo mientras meto la mano en el agua antes de subir unos grados la temperatura—, acabo de meterte la polla. Puedes preguntarme lo que te dé la gana.
—¿Qué significan tus tatuajes? Son todos muy bonitos.
—Ojalá hubiera una buena historia detrás de ellos, pero no la hay.
Los gorriones son iguales que los de Alana.
—Toco los pájaros que tengo en el torso—.
Nos los hicimos cuando cumplió dieciocho años porque siempre ha sido un espíritu libre, ansiosa por echar a volar.
Las hojas de helecho representan el crecimiento y la resistencia.
Me pasé mi primera temporada como novato en el banquillo, cuando estaba en Minnesota.
No jugué ni un solo partido. Sabía que era lo bastante bueno para ser titular, pero todavía no me había llegado el momento.
Luego aterricé en Washington D. C. y acabé en un desastre de equipo que consiguió el récord de más derrotas en una sola temporada.
Necesitaba algo que me mantuviera en marcha.
Es una tontería, pero al mirar los tatuajes recuerdo que lo hago porque me encanta el hockey sobre hielo y porque sé que las cosas siempre van a mejorar.
—Vaya. Eres don optimista. —Me empuja un pie con uno de los suyos—. Y menos mal que no había una historia buena detrás… Me ha resultado muy revelador. Ahora tengo la sensación de que te conozco bien.
—¿Y qué opinas? —le pregunto sin pensar, mientras cierro el grifo y la miro.
No sé por qué estoy tan desesperado por escuchar su respuesta. Es como si mi vida pendiera de un hilo hasta saber lo que piensa de mí.
—Me gusta lo que veo. —Se apoya en mi hombro y se mete en la bañera de porcelana. El agua rebosa por los lados y cae al suelo, pero no me importa. Una vez dentro, apoya la barbilla en las rodillas y me sonríe—. ¿A ti te gusta lo que ves?
—Sí. —Me agacho y le acaricio la mejilla con el pulgar—. Rebosas confianza después de haber echado un buen polvo, y te sienta muy bien. Creo que deberíamos seguir así. Ahora túmbate. Déjame lavarte el pelo.
—Liam, no hace falta que…
—¿Y si quiero hacerlo?
Saca una mano del agua para agarrar una de las mías. Me da un apretón y luego se relaja en el agua humeante mientras su pelo rubio flota en la superficie.
—En ese caso, adelante.
—Gracias.
Le lavo el pelo con mucha tranquilidad y luego le echo acondicionador. Cuando termino, la seco y la llevo de vuelta a la cama.
He estado con algunas mujeres antes. Aunque no soy un mujeriego que se ha acostado con media ciudad, tampoco soy inexperto.
Sin embargo, nunca había sentido esto.
Como si quisiera que el tiempo volara para poder volver a verla y, a la vez, que se ralentizara para así poder saborear cada segundo con ella, alargándolo al máximo.
Mientras se acurruca contra mi pecho vestida con una de mis camisetas, con la cabeza en mi hombro y el corazón latiendo al ritmo del mío, intento averiguar por qué coño es tan distinto esta vez.