31. Piper
Piper
N o sé cuánto tiempo paso dormida, pero es el descanso más reparador de mi vida.
Me sumerjo en sueños profundos en los que floto sobre las nubes. Me sepulto debajo del edredón y saboreo el silencio de mi dormitorio. De vez en cuando me despierto, inquieta durante un par de segundos como mucho, antes de volver a quedarme frita.
La presión en las sienes comienza a desaparecer. El dolor retrocede despacio hasta que abro los ojos parpadeando, me siento cálida y descansada, y a punto de volver a ser yo misma. Estiro los brazos por encima de la cabeza y me quito la cinta de frío de la cara.
Parpadeo en la oscuridad para orientarme. Una suave luz se filtra por debajo de la puerta y saco las piernas de la cama. Toco la pantalla del móvil y veo que son poco más de las tres de la madrugada. El resto del mundo duerme mientras yo estoy completamente despierta.
Me levanto, me envuelvo los hombros con una manta, abro la puerta y echo un vistazo al pasillo. El zumbido de la caldera es el único ruido en mi silencioso piso, y me dirijo a la cocina para beber un vaso de agua.
La figura que descubro en el sofá del salón casi me arranca un grito, pero luego me doy cuenta de que es Liam, con la corbata aflojada y la camisa remangada hasta los codos.
Tiene el cuello doblado en un ángulo extraño y se ha quitado un zapato, dejando al descubierto el calcetín de lunares del pie izquierdo.
Está guapísimo bajo la tenue luz de la lámpara. Tiene un aspecto muy distinto al de hombre dominante y posesivo que presenta cuando está en la portería o cuando tiene la cabeza entre mis piernas. Este es Liam sin escudos, el que es tierno e increíblemente amable.
Se me atasca el aire en el pecho, formándome un nudo mientras lo miro fijamente.
Se ha quedado aquí todo este tiempo. Se ha tumbado como ha podido en el sofá, vestido con una ropa que no parece nada cómoda, para ver si me recupero.
Sé que le dije que me alegraría si estuviera aquí cuando despertara, pero no estaba preparada para que cumpliera su promesa.
Me acerco hasta que lo tengo al alcance de la mano. Le toco un hombro con suavidad, porque no quiero sobresaltarlo, pero se despierta de un susto de todas formas. Se incorpora de golpe y vuelve la cabeza a izquierda y derecha hasta que por fin posa la mirada en mí.
—¿Qué pasa? —Me pone las manos en los hombros, y me tocacomo si creyera que formo parte de sus sueños—. ¿Estás bien?
—Sí. —Le acaricio con los dedos el mentón y la barba que lleva meses sin afeitarse—. Es que ya no puedo dormir más.
—¿Qué necesitas? ¿Agua? ¿Comida? ¿Una ducha?
—Iba de camino a por agua cuando me he topado con un ogro gigante tumbado en mi salón.
—Ven aquí, anda. —Suelta un hondo suspiro mientras me rodea la cintura con sus fuertes brazos y tira de mí hasta que caigo sobre su regazo. Me acurruco contra su pecho y capto el olor de su colonia, de su detergente y un leve rastro de sudor que le impregna la camisa—. ¿Cómo has dormido?
—Muy bien. No me había dado cuenta de lo agotada que estaba.
—¿Qué tal la cabeza?
—¿Solo te gusta jugar a las veinte preguntas cuando se trata de otra persona?
—Cuando se trata de tu salud, sí.
—Ya estoy mejor. Todavía me molesta un poco la luz, y también los ruidos, pero…
Liam apaga la lámpara que tenemos al lado en la mesita y deja la estancia sumida en la oscuridad sin pensárselo siquiera.
—¿Mejor?
—Perfecto —contesto, porque es verdad.
—Tengo agua para ti. Y también tu medicina, que, según la enfermera que me ha atendido en el número de emergencias, necesitas tomar para evitar futuras migrañas.
Solo tiene una eficacia del cincuenta y seis por ciento, pero es muchísimo mejor que no tomar nada, te lo creas o no.
Doris me ha echado un sermón increíble por no estar más encima de ti con las pastillas.
—¿Has llamado al número de atención urgente?
—Sí. He preguntado qué se suponía que tenía que hacer y cómo podía cuidarte.
He tomado muchas notas. Te las enseñaré cuando la luz no te moleste.
Tengo una letra espantosa, pero te harás una idea.
También he pedido que te preparen las recetas y te entreguen la medicación para que estés cubierta durante los próximos meses.
No me gustaba la idea de que la necesites y no la tengas a mano.
Tengo la sensación de que alguien me rodea el corazón con una mano y me lo aprieta con muchísima fuerza, negándose a soltarlo.
Me alegro de que la luz esté apagada, porque de lo contrario Liam vería las lágrimas que tengo en los ojos y creería que me duele algo cuando en realidad solo estoy contenta.
Nunca me han cuidado de esta manera cuando me he encontrado mal.
Siempre ha sido un inconveniente, como si estuviera enferma aposta.
He tenido que apañármelas sola, y quedarme tumbada en la cama entre veinticuatro y cuarenta y ocho horas, no por cabezota o por no tener recursos, sino por estar demasiado agotada como para prepararme algo para comer, sin la energía necesaria para ser una persona funcional.
Sin embargo, Liam está aquí, abrazándome después de venir desde el estadio, y tengo la sensación de que eso significa algo, de que tiene peso e importancia, y voy a analizar lo que significa cuando se vaya.
—Supongo que debería hacerle caso a Doris —digo con voz ronca.
—Mejor. No estaba muy contenta conmigo.
—No me gustaría que volviera a regañarte. ¿Qué te ha dicho que hagas para cuidarme?
—A ver, me ha dado una buena chapa sobre fotofobia. Luego me ha echado la bronca por no estar pendiente de tu medicación, pero cuando le conté que tenías una cinta de frío para el dolor de cabeza, me dijo que eso estaba genial. Me hizo sentir como un superhéroe.
—¿Quién iba a decir que te gustaban tanto los elogios?
—Solo cuando me los hacen las enfermeras de setenta y cinco años y tú, por lo visto. Todos los demás pueden irse a la mierda.
Me echo a reír y entierro la cara en su camisa.
—Creo que necesito una ducha. No me he lavado desde ayer por la mañana y me siento asquerosa.
—¿Y comida? ¿Cuándo fue la última vez que comiste?
—¿Ayer a la hora del desayuno…? Creo. No tengo hambre, pero debería intentar comer algo.
—Muy bien, pequeñaja. —Se levanta y me coge en brazos—. Vamos a ponernos en marcha.
—Liam…, es muy tarde. Mañana tienes entrenamiento y necesitas dormir.
—No hay entrenamiento. El entrenador lo ha cancelado. No tengo que ir a ningún sitio hasta por la tarde al gimnasio.
—Vale, pues olvida el entrenamiento, pero sigue siendo tardísimo y puedo valerme por mí misma. De verdad. No tienes que hacer todo esto.
Veo que le relampaguean los ojos de enfado mientras recorre el pasillo. Ha apretado los dientes y tiene el ceño fruncido, lo que hace que se me encoja el estómago.
—Estás volviéndolo a hacer —murmura, y levanto la cabeza para mirarlo.
—¿El qué?
—Fingir que tus problemas no son tan importantes como los míos.
Lo son, Piper, y me cabrea mucho que creas que estoy haciendo esto por cualquier otra razón que no sea porque quiero.
Sé que crees que estás siendo una pesada y que me estás pidiendo demasiado, porque es lo que te han hecho creer en el pasado, por favor, acepta la ayuda de alguien que está aquí solo porque quiere.
Si lo haces, te darás cuenta de que hay mucha gente que lo dejaría todo por ti. Incluido yo.
Sus palabras me consumen. Me inundan, como un tsunami al que no sé cómo responder. Ni siquiera estoy segura de poder hablar.
Lo que siento es demasiado descarnado, demasiado real.
Está muy lejos de las etiquetas que nos hemos puesto, y pensar en él como algo más que el portero gruñón que es mi amigo y que me ayuda en la cama me asusta muchísimo, porque soy consciente de lo que puedo perder.
Sé qué tipo de hombre es Liam y que supera a Steven en todas y cada una de las categorías.
Quiere estar a mi lado. Quiere ayudarme, y todo esto es muy nuevo.
Porque yo también quiero que esté a mi lado.
—Vale —susurro, sintiendo el miedo al rechazo pero desterrándolo porque confío en Liam. Confío tanto en él que me duele—. ¿Te quedas y me ayudas?
—No querría estar en ninguna otra parte. —Sigue andando hasta el cuarto de baño y solo me suelta cuando el agua está corriendo y el vapor sale de la ducha—. Quítate la ropa.
—Quítate tú la tuya primero.
Se deshace con habilidad el nudo de la corbata y la deja caer al suelo de mármol. A continuación se desabrocha los botones de la camisa uno a uno, hasta que tiene el torso desnudo y me está mirando fijamente.
Me tiemblan las manos cuando me quito la sudadera por la cabeza. A estas alturas ya he estado desnuda delante de él un sinfín de veces. He tenido sus dedos en mi interior y su polla en la boca, pero este momento tiene algo sorprendente que lo hace distinto, casi trascendental.
Me acaba de ver en mi momento más vulnerable y ha elegido quedarse conmigo mientras sufro y me siento débil y pequeña.
Aunque solo estoy quitándome la ropa, siento que también estoy bajando mis barreras, superando el miedo y apoyándome en Liam porque es sólido, fuerte e inquebrantable.
No aparta la mirada de la mía mientras me quito los pantalones de chándal.
Me deja los ojos clavados en la cara, con la expresión tierna que me he acostumbrado a ver detrás de ese marrón oscuro cada vez que me mira.
Me meto en la ducha, y el agua me corre por el cuerpo.
Liam se reúne conmigo un segundo después y lo agradezco.
—Siéntate —murmura, y señala el saliente de la pared.
Casi no quepo, mi culo ocupa demasiado espacio, pero le hago caso, me acomodo sobre la baldosa fría y lo miro maravillada—.
Quiero lavarte el pelo. —Coge la alcachofa de la ducha y me lo moja.
Suspiro por su forma de masajearme el cuero cabelludo, por la presión que añade allí donde queda un poco de dolor residual—.
Doris también me dijo que un masaje podría ayudar.
—Suelta la alcachofa de la ducha y usa las dos manos para presionarme las sienes.
Se me escapa un gemido y se me aflojan y relajan las extremidades—. Si es demasiado, dímelo.
—Perfecto —susurro, y no sé si hablo del majase, de él o de todo—. Es perfecto.
Creo que me quedo dormida mientras me extiende el champú por el pelo. Creo que mi cerebro se vuelve de algodón cuando se arrodilla y me lava los pies y las piernas. Sigue subiendo por el abdomen y el torso hasta los hombros, dejándome cubierta de espuma. Cuando me besa, se me enciende la bombilla.
Y la revelación, intensa y deslumbrante, es lo único que puedo ver.
Mierda.
Estoy colada por mi marido, y eso no formaba parte del plan.