Bajo control (D. C. Stars 2) 30. Liam
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30. Liam

Liam

M e he esforzado mucho para llegar a mi posición de portero titular, pero está bien tener una noche libre de vez en cuando.

Está bien tomarse un respiro entre tantos partidos seguidos, sentarse en el banquillo y ver jugar a mis compañeros en vez de seguir el disco durante sesenta minutos.

Son mucho más divertidos que el caucho vulcanizado.

Y tener la noche libre mientras jugamos contra el peor equipo de la liga es un lujo.

Estoy agotado por la última semana y media: Las Vegas, Piper, casarme, tres partidos, dos victorias y una derrota.

Piper .

Dormimos juntos por accidente una vez, y luego otra hace dos noches.

Nos quedamos hasta tarde hablando de todo y de nada en particular.

Tonterías. Cosas profundas. Cosas graciosas.

Le conté mis primeros días como jugador universitario.

Ella compartió historias sobre su primer contacto con el hockey y lo rápido que se enamoró de este deporte.

Cuando viene a verme y nos sentamos juntos, Pico se acurruca entre los dos. Ella lo acaricia mientras a mí me pasa un pie por la pantorrilla, con una sonrisa en los labios, y entretanto yo le cuento las dificultades que tuve que superar para traerme a este gato terco a Estados Unidos.

Todo me resulta facilísimo , pero así son las cosas con Piper.

Suena la bocina al final del segundo tiempo y me levanto con el resto de los chicos. Me tomo mi tiempo para patinar hasta el túnel, agradecido por no tener que pasar el descanso en la camilla de fisio por sentir las piernas doloridas.

—Cabrón —refunfuña Maverick al pasar a mi lado—. Ojalá pudiera tener la noche libre.

—Con lo mal que estás jugando, es como si la tuvieras —tercia Hudson, y sonrío.

—Que te den, Hayes —replica Maverick, pero sin rencor.

Esos dos son amigos de verdad y pincharse el uno al otro es prácticamente su forma que expresar cariño—.

Quizá podrías intentar hacer una asistencia en el tercer tiempo en vez de quedarte atrás repeinándote mientras el resto estamos en la zona de ataque.

—Y me lo dice el tío que más se mira en el espejo de todas las personas que conozco —digo, y Hudson me sonríe.

—Sabía que estabas de mi parte, Sully.

Salgo de la pista y echo un vistazo por el túnel en busca de Piper. No la he visto durante el primer descanso y he supuesto que estaría entrevistando al entrenador, pero sigo sin dar con ella.

Ahora tampoco la encuentro. Frunzo el ceño y vuelvo a mirar a mi alrededor.

—¿Has visto a Piper? —le pregunto a Hudson, que niega con la cabeza.

—No, desde el partido de anteayer no.

—Disculpa. —Alguien me pone un micrófono en la cara y vuelvo la cabeza hacia la izquierda.

Un chico que no puede tener más de veinte años me mira parpadeando.

El polo que lleva tiene una mancha en el cuello y no veo chapa identificativa, solo una pegatina con el nombre «Dusty»—. ¿Puedo hacerte unas preguntas?

—Uy, no —suspira Hudson—. Qué error, chaval. Nunca le preguntes a Liam Sullivan si puedes hacerle unas preguntas. No te va a gustar la respuesta.

—¿Quién coño eres? —le pregunto de mala manera.

—Pues… soy el… reportero suplente para el partido de esta noche.

—¿Qué cojones es un reportero suplente?

—Quizá debería hablar con otra persona —balbucea Dusty.

—No, vas a hablar conmigo. ¿Dónde está Piper?

—No… No lo sé. Normalmente soy el técnico de sonido, pero hace una hora recibí un mensaje de mi jefe diciendo que tenía que cubrir el puesto de reportero a pie de pista esta noche.

Lo rodeo y me voy al vestuario a toda prisa.

Ignoro a mis compañeros de equipo, abro la puerta de un empujón y me dirijo a mi taquilla.

Me quito los guantes con ayuda de los dientes y cojo el teléfono.

No hay notificaciones de llamadas perdidas, ningún mensaje ni ninguna comunicación de ella, y eso me preocupa muchísimo.

Anoche me pasé a verla para dejarle la cena de camino a casa después de mi entrenamiento de fuerza. Parecía estar bien cuando me fui, bromeó conmigo y me llamó «calientabanquillos» por el partido de esta noche.

Busco su información de contacto, me llevo el teléfono a la oreja y espero a que responda.

—Contesta —murmuro—. Vamos, rayo de sol. Contesta. —Como no lo hace, me dan ganas de partir el teléfono por la mitad. Echo a andar furioso hacia la sala de fisioterapia y entro.

—¿Liam? —Lexi levanta la vista de la pizarra que tiene en el regazo—. ¿Algún problema con los isquiotibiales?

—¿Dónde está Piper? —le pregunto.

—Dijo que tenía migraña y que no podría venir esta noche. Eso fue hace un par de horas, pero no he sabido nada de ella desde entonces.

Suelto una retahíla de tacos entre dientes y vuelvo al vestuario. Me siento en el banco frente a mi taquilla y miro al suelo mientras me pregunto qué cojones se supone que debo hacer.

—Oye —Hudson me da una palmada en el hombro, y lo miro—, ¿qué pasa?

—Piper no ha venido. Lexi dice que tiene migraña. Nunca falta al trabajo, así que si está enferma, debe de estar muy mal.

—Vale. —Se sienta a mi lado—. ¿Has probado a llamarla por teléfono?

—Sí. No contesta.

—Inténtalo otra vez. Tenemos unos minutos antes de volver a la pista. Si tampoco responde, mándale un mensaje.

Sé que es un buen consejo, así que le hago caso. Tampoco contesta la segunda vez, y me cuesta no ceder al pánico.

—¿Qué le digo? —pregunto.

—Pregúntale dónde está y si necesita algo. Con suerte, tendrás una respuesta al final del partido.

Mis pulgares vuelan por la pantalla mientras escribo el mensaje.

Hola. No te veo en el estadio

Lexi me ha dicho que tienes migraña

Necesitas algo? Puedo pasarme después

Bloqueo el móvil y lo guardo debajo de una camiseta. Si el entrenador me pilla con él, me hará dar vueltas por la pista hasta caer rendido.

—Hecho.

—Solo te queda esperar, tío.

—¿Por qué se te da tan bien todo esto?

—¿El qué, comunicarme con la gente? —bromea Hudson—.

Dale las gracias a mis padres. Tenían una relación estupenda.

Hablaban de todo. Crecí aprendiendo a compartir lo que sentía en vez de dejar que se convirtiera en algo tóxico e irreparable porque dos personas no quieren sincerarse la una con la otra.

—Parece horrible —digo.

—En cierto modo lo es. La verdad duele a veces.

No he faltado ni un solo día a los entrenamientos. No he faltado por enfermedad ni por cansancio. No he abandonado un partido antes de tiempo en la vida, pero esta noche me lo estoy pensando.

Este deporte es toda mi puta vida , pero ¿de qué sirve esa vida si alguien a quien quiero me necesita y no puedo estar a su lado?

Echo la cabeza hacia atrás y gruño.

Le dije a Piper que es mi mejor amiga, y no mentía. Soy más feliz cuando la tengo cerca. Todo es más llevadero, y su ausencia se nota.

Al igual que mi atracción por ella.

He intentado resistirme. Ahora más todavía porque estamos casados , pero cada vez es más difícil negarlo y ocultarlo.

La cabeza me está pidiendo a gritos que vaya a ver cómo está. Que mande a la mierda el hockey y me asegure de que se encuentra bien, porque de repente esperar veinte minutos más me parece demasiado tiempo para averiguarlo.

—¿Y si me voy antes? —digo en voz baja—. ¿Y si me pierdo el tercer tiempo?

—Te sancionarían —me recuerda Hudson.

—Me importa una mierda.

—¿Quieres irte?

Lo único que quiero es saber que está bien.

Estoy seguro de que lo está. Lo más probable es que haya apagado el teléfono y se haya quedado dormida. Seguro que no quiere que la moleste.

—No. —Me levanto y cojo los guantes—. Todavía tenemos trabajo que hacer en la pista.

Me mira con una lenta sonrisa.

—Te gusta.

—A todo el mundo le gusta Piper.

—Pero a ti te gusta de verdad . Te preocupas por ella. También te preocupas por tu trabajo y no sabes cómo equilibrar ambas cosas.

Aprieto los dientes.

—Eres un cabrón muy observador. Da igual si me gusta. Nunca seremos otra cosa más que amigos.

—Claro. —Él también se levanta y sonríe con gesto burlón—. Seguro.

El tercer tiempo se me hace eterno. No dejo de mirar el reloj, y cada vez que lo hago veo que solo han pasado unos segundos. Doy golpecitos con un patín, deseando estar en la portería en vez de en el banquillo, dándole vueltas y vueltas a la cabeza.

Cuando suena el pitido final, soy el primero en levantarme. Patino hacia el vestuario como un loco. Me quito la equipación y me quedo plantado con el torso desnudo y la mirada clavada en el teléfono, pero no veo respuesta de Piper.

Me froto la cara con una mano y suspiro.

«Está bien», me digo.

Está perfectamente.

Sin embargo, cuando me cruzo con la mirada de Hudson que está al otro lado del vestuario y lo veo ladear la cabeza al tiempo que articula «Vete» con los labios, sé dónde tengo que estar.

Dónde quiero estar.

Ya me inventaré después una excusa por haberme ido tan pronto.

Me quito el resto de la equipación y me pongo el traje a regañadientes para salir al aparcamiento.

El trayecto hasta su casa se me hace eterno. Cuando por fin aparco y llego a su planta, llamo con suavidad a la puerta.

—¿Piper? —digo, aunque intento no levantar demasiado la voz—. Soy yo. ¿Estás ahí?

¿Y si ha perdido el conocimiento y se ha dado un golpe en la cabeza? ¿Y si se ha vomitado encima? ¿Y si le duele tanto que no puede ni andar?

Se oye el clic de la cerradura y se abre la puerta. Piper aparece delante de mí envuelta en una manta desde la cabeza a los pies, y el corazón casi se me para al verla.

Parece agotada. Físicamente exhausta y falta de sueño.

—Lexi me ha dicho que no te encontrabas bien. Me he pasado para ver cómo te va.

—Estoy bien. —Hace una mueca y retrocede un paso al tiempo que con un pequeño gesto me invita a pasar al recibidor en penumbra—. El dolor de cabeza se convirtió en una migraña y sabía que no podría aguantar el partido con las luces brillantes.

—¿Te has tomado la medicación?

Bosteza y se envuelve más con la manta.

—Todavía no la he comprado este mes. Se me ha olvidado.

—¿De qué sirve este matrimonio si no vas a usarlo para conseguir lo que necesitas?

Se sonroja y se encoge de hombros.

—Iba a hacerlo esta semana. Llevo tanto tiempo sin que me dé una que me he confiado.

—¿Irás mañana y darás mi nombre para que te la den más deprisa?

—Sí. Iré mañana. ¿Has venido directo desde el estadio? ¿Hemos ganado?

—Cuatro a uno. Petersen ha estado bien en la portería.

—¿Mejor que tú?

—Ya sabes la respuesta. —Entro y cierro la puerta a mi espalda sin hacer ruido. Le tomo la cara entre las manos y le acaricio las mejillas con los pulgares. Está ardiendo, siento su piel caliente al tacto—. Me tenías preocupado. ¿Cómo puedo ayudarte?

—No tienes por qué ayudarme. Sé cómo lidiar con esto yo sola. Llevo años haciéndolo.

—Que sepas hacer las cosas tú misma no significa que tengas que hacerlas. ¿Dónde estabas antes de que llegara?

—En mi habitación.

Echa a andar por el pasillo y la sigo. Noto una energía nerviosa en mi interior. Quiero asegurarme de que tiene agua. Quiero asegurarme de que tiene mantas suficientes. Quiero hacer lo que pueda para librarla del dolor, porque no me gusta verla tan pequeña, sufriendo.

Se mete debajo del edredón. Cierra los ojos y arruga la nariz, frunciendo el ceño, y está monísima.

—¿Me has mandado un mensaje? —me pregunta.

—Sí. Como no me has contestado, he venido a ver cómo andabas.

—La luz de la pantalla me hace daño, así que he apagado el móvil.

—Eso suponía, pero también pensé que podrías haberte caído y haberte abierto la cabeza.

—Esta vez no. —Tantea los objetos que tiene en la mesita de noche y suelta un gemido entrecortado—. Mierda.

—¿Qué pasa?

—Me he dejado la cinta para el dolor de cabeza en el congelador. Me ayuda con…

Echo a andar hacia la cocina antes de que pueda terminar la frase. Abro el congelador y en el primer cajón veo una bolsa cerrada con algo negro con velcro dentro. La cojo y suelto un taco por lo fría que está antes de regresar a su dormitorio.

—Esta cosa está helada —digo, y ella suelta una carcajada por lo bajo—. ¿Te lo pones en la cabeza?

—Ayuda con el dolor. El entumecimiento es agradable. —Se pone un paño en la frente y extiende un brazo. Abro la bolsa y le dejo la cinta en la mano, y luego la veo ponérsela en la cabeza hasta que le cubre los ojos—. Ah, mejor así.

—¿Necesitas algo más?

—Dormir. Estoy muerta. Voy a cerrar los ojos un ratito.

—Estaré aquí cuando despiertes.

—Vale —replica con una sonrisa cálida que me deja nervioso, desconcertado y contento a la vez—. Eso me hace muy feliz.