29. Piper
Piper
E stoy contentísima de haber vuelto a casa.
El vuelo desde Las Vegas fue horrible. Cuando Lexi y Maven me preguntaron qué me pasaba, me puse los auriculares, les dije que no me encontraba bien y fingí echar una siesta.
Les mentí a mis amigas mientras escondía la alianza debajo de la camiseta, en la cadena de mi colgante.
No sé por qué la he guardado. No soy tan ilusa como para pensar que hubo algún sentimiento detrás de que decidiéramos casarnos borrachos. Fue cosa del alcohol, no del corazón, y no es el comienzo de una historia de amor épica.
Sin embargo, a pesar de que es un error, estoy considerando la propuesta de Liam de seguir casados.
Lo que me dijo del seguro médico es cierto. Cuando le pregunté a Emmy por la cobertura que tenía, me dijo que la NHL es generosa con lo que incluye en la póliza de los jugadores.
Podría ver a todos los especialistas que necesitara. Podría conseguir medicamentos con receta para las migrañas. Podría darme el lujo de una serie de tratamientos que nunca me permito por lo caros que son.
Y, pese al arrebato de la otra mañana, Liam Sullivan no es el peor hombre con el que podría haberme casado por accidente.
Me he pasado toda la tarde en el sofá escribiendo los pros y los contras. La lista es larga y, después de horas sopesándolo, he llegado a la conclusión de que sería una tontería no aprovechar la situación en la que nos encontramos.
Llaman a la puerta y me sacan del debate interno que mantengo. Frunzo el ceño y miro la hora.
Es demasiado tarde para que las chicas vengan de visita. Maven se acostó hace horas. Emmy está en Calgary porque juegan un partido fuera de casa y Lexi ha quedado para tomarse una copa con un jugador de béisbol de las ligas menores.
Durante medio segundo temo que sea Steven, pero experimento un gran alivio cuando a través de la mirilla veo a Liam, de pie con las manos a la espalda.
No cruzamos palabra durante el vuelo de regreso. Cuando aterrizamos en Washington D. C., me vine a casa en un Uber antes de que pudiera sacar el tema de lo que había pasado.
Sigo muy enfadada con él. Por lo que dijo. Por su reacción.
Y porque no puedo odiarlo, aunque lo intente.
Respiro hondo mientras abro la puerta y miro fijamente a mi marido.
—Hola —me saluda mientras levanta la cabeza y me recorre con la mirada. Se detiene en los pantalones cortos que me he puesto después de una ducha de veinte minutos, y lo veo apretar los dientes—, ¿puedo pasar?
—¿Vas a volver a acusarme de haberte obligado a sacarte conmigo?
Suelta un hondo suspiro y niega con la cabeza.
—No.
Aferro con fuerza el marco de la puerta y lo miro de arriba abajo, como él ha hecho antes conmigo.
Tiene los hombros encorvados y la camisa arrugada. Estoy bastante segura de que lleva el abrigo del revés y el gorro se le está cayendo.
Tiene un aspecto horrible y casi se me parte el corazón.
—Entonces puedes pasar.
Asiente y pasa al recibidor, donde ocupa demasiado espacio. Cierro la puerta detrás de él y me entrega un ramo de flores.
—Te he traído tulipanes. No sé qué opinión tienes de las rosas, así que he optado por algo un poco más neutro.
—Las rosas están al final de mi lista. Las peonías son mis preferidas. Pero me gustan los tulipanes. ¿Por qué me traes un ramo?
—Para pedirte perdón.
Se me corta la respiración.
—Nadie me ha regalado flores nunca.
—Siento mucho que la primera vez sea en estas circunstancias. Lo pagué contigo en Las Vegas. Mi reacción estuvo fuera de lugar.
—Estuvo muy fuera de lugar.
—No voy a mentir: cuando descubrí que nos habíamos casado, me cabreé mucho. Sabes cuáles son mis prioridades. Sabes dónde pongo mi atención y en qué me centro.
—Liam, me has dejado muy claro que la única relación que te interesa es con el hockey.
¿Que si me hiciste pensar que haberte casado conmigo era lo peor que te había pasado?
Efectivamente. Pero elijo creer que estabas molesto por la idea del matrimonio en general, y no por haberte casado conmigo en concreto.
—Piper, sabes que no me gusta la gente en general, pero tú eres la excepción.
—Levanta la cabeza y me mira con una expresión ardiente que me provoca cierta opresión a la altura de las costillas—.
Creo que te has convertido en una de mis mejores amigas, y no debí tratarte así.
No soporto haberlo hecho. Lo que hay entre nosotros dejará de tener sentido cuando encuentres al hombre con el que quieras sentar cabeza, pero, hasta entonces, no quiero que creas que para mí has sido un error. Porque no lo eres.
—Hace cuarenta y ocho horas estabas furioso por haberte casado conmigo. ¿Qué ha cambiado? —lo desafío.
—¿De verdad quieres saberlo?
—Sí.
—Esta mañana no teníamos entrenamiento, así que salí a correr para despejarme.
Me despisté y acabé delante del Banco de Alimentos de Capital Area.
Había un enorme cartel en la ventana que decía «Se necesitan voluntarios».
Entré; no sé muy bien por qué. Pasé unas horas clasificando donaciones de alimentos para personas que no pueden permitírselo o estudiantes de secundaria que trabajan a tiempo parcial mientras van a clase.
Y me di cuenta de que me estaba comportando como un puto egoísta.
—Encoge los hombros y baja la cabeza—. Tengo millones de dólares.
Aunque mañana me rompiera una pierna y no pudiera volver a jugar en la vida, no tendría que preocuparme nunca por el dinero.
Me sienta mal la presión que me supondrá el haberme casado borracho, pero a cuatro manzanas de aquí hay alguien que se acostará con hambre y sin saber qué le pondrá de desayuno a sus hijos por la mañana.
Eso sí que es presión. La reacción que tuve con todo este lío entre nosotros es inexcusable.
No sé qué decir. No sé qué parte de su historia me llama más la atención: que me considere una de sus mejores amigas, su generosidad o su capacidad para admitir que se ha equivocado.
Quizá sea todo.
—Bueno, veo que ha sido un día lleno de emociones —susurro al cabo de un momento, y él se frota la nuca—. Ha sido un detalle muy bonito que te pasaras la mañana allí.
—Falta me hacía. Me ayudó a aclararme las ideas.
Me acerco el ramo a la nariz y se me escapa una sonrisa.
—Deja el abrigo en la percha y pasa al salón. Voy a poner las flores en agua.
Echo a andar hacia la cocina mientras los pasos de Liam se alejan hacia el salón. Me entretengo desenvolviendo las flores, cortando los tallos y colocándolas en un jarrón. Seguramente sea un poco mezquino por mi parte alargar esto, pero quiero hacerlo sudar un poco.
Satisfecha con el resultado, coloco el jarrón en la isla y me voy al salón. Liam está en el sofá, mirando la foto enmarcada que tengo en la mesa de centro.
—¿Son tus padres? —me pregunta, señalando la imagen, que es de cuando yo era pequeña.
—Sí. —Me siento a su lado en el sofá y cruzo las piernas. Me pongo una manta sobre las rodillas y me acomodo—. Judy y Elijah Mitchell.
—¿Dónde viven?
—En Florida. Se jubilaron hace un par de años y se mudaron al sur en busca de un clima más cálido. ¿Tus padres siguen viviendo en Chicago?
—Sí, en la casa en la que crecí. He intentado que se muden a alguna propiedad con mucho terreno fuera de la ciudad, pero no quieren. Son muy testarudos.
—Eso me suena. —Apoyo el codo en un cojín y lo miro—. Gracias por las flores. Son preciosas.
—Sé que no solucionan el problema —refunfuña. La conversación pasa de ser trivial a centrarse en la situación en la que nos encontramos—. No pretendo quitarle importancia.
—Precisamente he estado pensando en el problema. —Busco el cuaderno en el que he estado escribiendo todo el día y lo levanto para que pueda verlo—. He hecho un par de listas muy extensas de pros y contras.
—Has estado muy ocupada. ¿Cuál es el número uno en la lista de contras?
Hago una mueca.
—Lo gruñón que eres. Seguido muy de cerca por las patadas que das mientras duermes.
—Lo acepto.
—Antes de decirte lo que yo opino, quiero saber qué crees tú que debemos hacer.
—Le he dado muchas vueltas. La anulación lo borraría todo.
Nadie se enteraría, excepto el cabrón de Hudson, y podremos fingir que nunca ha ocurrido.
Seguir casados significa que acabaremos divorciándonos cuando estemos listos para seguir adelante, y eso es mucho más difícil de ocultar.
Sin embargo, la otra cara de la moneda es que tendrás acceso a mi cuenta bancaria, a mi seguro médico y, por mucho que me duela decirlo, a mi apellido.
—¿Qué quieres decir?
—En esta ciudad todo el mundo sabe quién soy. Si dices que eres la mujer de Liam Sullivan, conseguirás cosas a las que antes no tenías acceso. Es un privilegio asqueroso, porque soy como cualquier otra persona que hace su trabajo, pero ahí está.
Siento un cosquilleo en el pecho cuando pronuncia esa palabra.
«La mujer de Liam Sullivan».
—¿Qué significaría eso para nuestra vida personal? No vamos a vivir juntos, ¿verdad? Solo es un acuerdo estrictamente legal para obtener beneficios médicos.
—Exacto. Tú vives tu vida y yo la mía. Si quieres que sigamos con las clases de sexo, seguimos, pero no sé si eso complicaría más las cosas.
Por mi parte no espero nada de ti…, bueno, salvo el viaje a España para la boda —añade, como si se le acabara de ocurrir—.
Pero si quieres echarte atrás, lo entenderé.
Ahora soy yo quien va a pecar de egoísta, porque no me imagino dejando las clases a estas alturas. Casi hemos llegado a la línea de meta, y fantaseo todos los días con cómo sería el sexo con Liam.
Hasta ahora todo ha sido alucinante. Ha puesto el listón muy alto para otras futuras relaciones porque es meticuloso, persistente y generoso; no está contento hasta que me ve satisfecha. Me desarma por completo que se ocupe física y emocionalmente de mí.
También está el detalle de los orgasmos que han puesto mi mundo patas arriba.
Y otros detalles más pequeños, pero más importantes: su forma de abrazarme después de que nos aseemos, los besos que suele darme en la frente y cómo me rodea con esos brazos fuertes y firmes hasta que vuelvo a la tierra.
Sé que la gente mira a Liam Sullivan y ve a un deportista profesional, pero para mí es mucho más.
Es un hombre amable y considerado. Cariñoso y tierno. Una persona con un corazón tan grande que no tengo que preocuparme por la imagen que tiene de mí.
También es mi mejor amigo. Y, en lo más profundo de mi alma, estoy segura de que sin importar cómo acabe todo esto, al final no habrá rencores ni enfados. No será como mi primer matrimonio. No desearé poder recuperar los días, las semanas o los meses.
Me hará tan feliz como lo soy ahora y eso es un gran regalo.
Le echo un vistazo al papel, a sabiendas de que no importa lo que haya escrito en la columna de los contras. Ya he tomado una decisión.
—No quiero la anulación —digo despacio. Él levanta la cabeza y me mira—. Vamos a seguir acostándonos. Vamos a fingir que salimos juntos. Un matrimonio de conveniencia parece pan comido.
La sonrisa que esboza Liam es lenta y bonita. Se inclina sobre los cojines y me rodea la muñeca con los dedos, tirando de mí un poco. Me inclino hacia él y casi me choco con su pecho, con la boca a pocos centímetros de la suya.
—Quiero que estés segura —murmura—. No me digas que sí solo porque creas que es lo que quiero oír.
No me digas que sí porque temas que esto vaya a traerte mala suerte en el futuro.
No me digas que sí porque creas que a los hombres les importará el número de divorcios que lleves a la espalda.
Dime que sí solo porque de verdad quieres estar legalmente unida a mí, Piper, porque quieres ser mi mujer y aprovechar todo lo que puedo darte por ahora.
—Liam, sé que tienes acceso a cosas que yo no, pero esa no es la única razón por la que quiero que seas mi marido.
—Me humedezco los labios y veo que sigue el recorrido de mi lengua con la mirada—.
Nunca me he divertido tanto como desde que estoy contigo.
Me siento libre, como si ya no fuera a tener miedo cuando vuelva a salir con otros.
No queda mucho para que cumplamos todos los términos de nuestro acuerdo ni para ir a la boda de tu hermana, y me apetece ser egoísta. Quiero divertirme un poco más.
—Esto quedará entre nosotros. —Me roza la nariz con la suya, y cierro los ojos—. No se lo diremos a nadie más. Ni a tus amigas. Ni al equipo.
—Me parece que se supone que tenemos que besarnos para hacerlo oficial. —Le clavo las uñas en el muslo—. Marido y mujer, y tal.
—Parece que eres tú la que controla esta lección. ¿Qué más puedes enseñarme, Piper?
Antes de que pueda responder, Liam se apodera de mis labios.
Es un beso lánguido, lento y sensual, hasta que tiro de la manta del sofá y me siento a horcajadas sobre su regazo.
Me pone una mano en la espalda y la baja hasta agarrarme el cuello.
Lo siento duro debajo de mí y la presión de esa polla tan grande me resulta una tortura.
Y entonces noto el roce frío del metal en mi piel.
Joder.
Sigue llevando la alianza.
—¿Qué te parece, mujer? —me pregunta mientras me desliza los labios hacia el mentón—. ¿Te parece lo bastante oficial?
Las palabras se me atascan en la garganta. No puedo hablar, porque estoy demasiado cautivada por el recorrido de sus manos y cuál será el próximo destino de sus labios.
Solo atino a asentir mientras me sumerjo en el placer de saber que quizá he tomado la mejor decisión de mi vida.
Casarme por segunda vez es mucho más divertido.