Bajo control (D. C. Stars 2) 28. Liam #2
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28. Liam #2

Me sorprendo al oír que llaman a la puerta, y corro para abrirla de un tirón.

—¿Café? —Hudson sonríe y me ofrece una bandeja con vasos de poliestireno—. He pensado que a lo mejor necesitas un poco de cafeína para reanimarte.

—Entra. —Le quito la bandeja y echo a andar furioso hacia la zona de estar de la habitación—. Y siéntate.

—No sé cómo le gusta el café a Piper, así que…

—No bebe café —mascullo y lo miró enfadado—. Le da dolor de cabeza.

Hudson levanta una ceja.

—Es interesante que sepas eso de ella.

—Cierra la boca. ¿Cómo sabes que Piper está aquí?

—Os traje de vuelta.

—¿En serio?

—Sí. —Hudson se sienta en el sofá y desenvuelve un cruasán. Le da un mordisco y gime mientras traga—. ¡Dios, qué rico!

—¡Hayes! —le suelto—. Necesito que te concentres en mí, no en el puto bollo.

—Lo siento, ya sabes que la comida es mi kriptonita. Vale, sí: no encontrabais el ascensor, así que os traje hasta la puerta.

—¿Bebiste?

—Una cerveza.

—Necesito que me cuentes exactamente lo que pasó anoche —le digo, aunque no quiero oírlo.

—¿Toda la historia?

—Con pelos y señales.

—Estuvimos en el primer club hasta la una más o menos.

Luego nos fuimos a la capilla donde se casaron Maverick y Emmy.

Una ceremonia muy bonita. —Arranca otro trozo de dulce y lo agita en el aire—.

Luego… A ver… Estuvimos por ahí un rato antes de entrar en otro sitio.

Serían casi las tres de la madrugada. Nos quedamos allí hasta las cinco más o menos y luego volvimos al hotel.

—He dicho con pelos y señales. ¿Dónde está mi boda? —Levanto la mano y Hudson no se sorprende al ver la alianza en mi dedo—. Porque te aseguro que no me acuerdo de ella.

—¿No te acuerdas? —me pregunta con el ceño fruncido.

—Si lo recordara, no estaría a ocho segundos de sufrir un ataque de pánico, ¿no te parece?

—Tú eres el único culpable, tío.

—¿Cómo dices?

—Después de que Maverick y Emmy se casaran, Piper y tú decidisteis jugar a ver quién podía beber más.

No recuerdo las reglas, pero el ganador decidía el castigo del perdedor.

Bueno, tú ganaste, y cuando ella dijo que eligieras algo ridículo, tú le soltaste: «Vamos a casarnos también.

Estamos rodeados de mucho amor». Me dejaste pasmado, tío, porque estabas muy contento.

No parabas de acercarte y de felicitar a las parejas que iban a la capilla para casarse.

Les dabas abrazos y les decías que el amor es lo mejor.

Aunque seas un antipático cuando estás sobrio, resulta que borracho eres muy cariñoso, Sully. ¿Quién iba a decirlo?

Entierro la cabeza en las manos.

No soy impulsivo. No soy espontáneo. Me gusta trazar planes con mucha antelación y no desviarme de ellos en lo más mínimo.

Esto no es propio de mí, y me prometo a mí mismo que no voy a volver a beber en la puta vida.

Sobre todo porque he culpado a Piper de algo que solo es culpa mía.

—¿Alguna posibilidad de que no sea legal? —pregunto—. ¿De verdad hubo una ceremonia o me rajé después de proponerlo?

—Pues yo fui testigo. Hubo un oficiante. Se firmaron los papeles. A mí me pareció bastante real.

—¿Por qué nos dejaste hacer algo tan ridículo? Sabes que no salgo con nadie. Sabes que no me interesa tener una relación, sobre todo durante la temporada. Y por el amor de Dios, sabes que Piper pasó un infierno con el imbécil de su exmarido.

—Eres un adulto capaz de tomar tus propias decisiones.

Te pregunté varias veces si de verdad querías hacerlo y dijiste que sí.

Repetidamente. Cambié la pregunta para ver si estabas limitándote a asentir con la cabeza sin oír las palabras porque estabas demasiado borracho, y otra vez respondiste que sí. Esto no es culpa mía.

—Podrías haber intervenido y haber hecho algo —protesto—. Habernos traído al hotel. Habernos alejado de la capilla. Cualquier cosa.

—No es mi responsabilidad mantenerte a raya, Liam.

Suelto el aire y me presiono los ojos con las palmas de las manos.

—¿Cuánta gente lo sabe?

—¿Del equipo? Solo yo. Los demás estaban borrachos. Es imposible que lo recuerden.

—Vale, vale. ¿Cómo lo arreglo?

—Esa es una pregunta complicada —contesta y cuando levanto la cabeza, veo que me mira con expresión titubeante—. ¿Seguro que quieres la respuesta?

—Por supuesto.

—Pues o sigues casado, o buscas un abogado y empiezas el proceso de anulación.

Su respuesta me arranca una carcajada.

—¿Por qué coño iba a seguir casado?

—No lo sé. ¿Porque en el fondo a lo mejor querías casarte? ¿Cómo es el refrán ese? ¿«Los borrachos y los niños siempre dicen la verdad»?

Levanto la barbilla y lo miro enfadado.

—Estoy haciendo la mejor temporada de mi carrera. No tengo tiempo para jugar a las casitas con nadie.

—Con Piper —me recuerda—. No es cualquiera.

—Hola, Hudson —dice ella en voz baja, apareciendo en el momento menos oportuno.

Me digo que no debo mirarla, pero tengo que verla. Tengo que saber que no me odia por lo que le he dicho, porque yo me odio a mí mismo.

Miro por encima del hombro y ahí está, con el pelo mojado. Lleva unos vaqueros y una camiseta de los D. C. Stars que no le queda tan bien como la mía.

Está mirando a Hudson con una sonrisa y me ignora por completo.

Eso me revuelve más que la resaca.

—Hola, Pip. —Hudson se levanta y la abraza, y me cabrea que ella le devuelva el gesto, que respire hondo y le apoye una mejilla en el torso—. ¿Cómo estás?

—Como si me hubiera atropellado un camión. Me duele mucho la cabeza y no sé si es migraña o el alcohol.

—Las dos cosas, seguramente. —Él se ríe y la estrecha de nuevo, soltándola al cabo de un momento—. No sabía que no bebías café. Podría haberte traído otra cosa.

—¿Cómo sabes que no bebo café?

—Liam me lo acaba de decir.

—Ah, pues sí. No bebo café. —Se sienta en el sofá—. Anoche fue una pesadilla, ¿verdad?

—Pesadilla es decir poco. Cuidar de un equipo de jugadores de hockey entero, en Las Vegas, sin que nadie se pierda, le roben o se pelee no es tarea para débiles. —Se sienta a su lado y sonríe—. Hablando de anoche, Liam y yo hemos estado comentando vuestra situación.

Ella se pone tensa y apoya las manos en los muslos.

—Sé que Liam está ansioso por librarse de esto, y yo también.

Llamaré a mi abogada cuando aterricemos en D.

C. para que lo ponga todo en marcha. Ya no seré una mujer de treinta y dos años con un divorcio a cuestas, sino una mujer de treinta y dos años con dos divorcios a cuestas.

Será gracioso ponerlo en las felicitaciones de Navidad de este año.

Está siendo sarcástica para hacerse la dura y la valiente, pero hay tristeza en sus ojos y un deje de derrota en su sonrisa. Irradia el miedo del que me habló, el de quedarse sola, y para colmo ahora soy otra persona que está intentando abandonarla.

—Hayes me ha sugerido una alternativa —digo de repente, y sus ojos por fin se clavan en mí—. Ha dicho que podríamos seguir casados.