28. Liam
Liam
LOS REYES DEL DISCO
Hudson
Buenos días a todos! El autobús para el aeropuerto sale al mediodía!
Maverick
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Hudson
Eso qué es?
Grant-ioso
dise k ezta muerdo
Hudson
Sigo sin entenderlo
Don Facilón
Joder, t veo muy alegre x la mañana. Q cojones t pasa?
Hudson
Tú lo llamas alegría, yo lo llamo estar sobrio y sentirme genial. Salí a correr al amanecer y la verdad es que me ha encantado
Grant-ioso
estás mal d la cabeza
Voy a matar a quien haya dejado las cortinas de mi habitación abiertas.
Gimo e intento incorporarme, pero me duele la cabeza como si me hubieran dado con un bate de béisbol. Varias veces.
Tengo la garganta más seca que un desierto y cuando intento abrir los ojos y orientarme, me duele todo el cuerpo.
—Dios. —Me presiono la frente con los dedos para aliviar el dolor del cráneo—. Esto es un nuevo círculo del infierno.
—Me estoy muriendo —gimotea alguien a mi lado, y me incorporo de golpe.
Ruedo hacia la derecha y me caigo de la cama, aterrizando de cara en una moqueta que huele a mierda directamente. Se oye otro ruido, y me incorporo despacio para mirar por el borde del colchón, momento en el que descubro a Piper acurrucada en la cama.
Tiene el pelo revuelto; las mejillas y los brazos, relucientes por el iluminador y una marquita rosa debajo de la oreja. Solo lleva un calcetín, el otro pie lo tiene desnudo, y está abrazando una almohada contra el pecho.
Tiene pinta de sentirse exactamente como yo: como si le hubiera pasado por encima un camión.
—Estás en mi cama —digo.
—No. —Se da media vuelta y se tapa la cara con un brazo—. Tú estás en mi cama.
Echo un vistazo por la habitación.
Hay una maleta rosa contra la pared. Un par de zapatos de tacón debajo de una silla. Un sujetador colgado de una lámpara y cuatro cuadernos sobre el escritorio.
No hay equipación de hockey. No hay patines. No hay palos.
Definitivamente no es mi habitación.
—¿Por qué he dormido aquí?
—No lo sé —gime ella—. No recuerdo nada después de la boda de Maverick y Emmy.
Es como si me echaran un cubo de agua fría por la cabeza.
—¿Maverick y Emmy se han casado?
Piper busca algo a tientas en la mesita de noche. Coge su móvil y toca la pantalla antes de girarlo hacia mí.
Veo una foto de Maverick y Emmy besándose debajo de un arco. Otra del equipo aplaudiendo y vitoreando. Una mía, con un brazo alrededor de Piper y su cabeza sobre mi pecho. Y la última es de Emmy a caballito sobre Maverick, sujetando entre los dientes un cartel de «Recién casados».
—Hostia.
—¿Tan borracho estabas? —me pregunta.
Como una puta cuba.
Solo recuerdo fragmentos: música alta y luces intermitentes, el interior de una limusina con asientos de cuero. Nos reíamos y bailábamos… Creo.
Después de eso todo está borroso, son recuerdos inconexos que no consigo encajar.
—Según parece, mucho. —Me rasco el mentón y me detengo al sentir algo frío en la mejilla. Me aparto la mano izquierda para mirármela. Tengo un anillo plateado en el dedo anular. Se me hiela la sangre—. ¿Qué cojones tengo en la mano?
—Dedos, seguramente.
—¿Qué cojones tengo en el dedo?
—No lo sé. ¿Piel? ¿Una uña? ¿De verdad necesitas una clase de anatomía cuando tengo la sensación de que me estoy muriendo? —Piper se incorpora, y entonces lo veo.
También lleva un anillo de plata en el dedo anular, y casi dejo de respirar.
—Piper —digo despacio—, has dicho que Maverick y Emmy se casaron.
—Acabas de ver las fotos, Liam. Grant cantó una canción de Adele. Ethan nos invitó a todos a perritos calientes. Fue precioso, en serio. Bueno, tan precioso como puede serlo una boda en Las Vegas.
—Entonces ¿se puede saber por qué llevas una alianza en el dedo? ¿Y por qué llevo yo una también?
Levanta la mano y se queda mirando el anillo con el ceño fruncido y la boca entreabierta. En cuanto asimila lo que ve, se le escapa un grito ahogado.
—¿Nos…? Es imposible que… ¿Te…? —Niega con la cabeza—. Oh, no. No, no, no, no, no. ¿No nos habremos…? ¿Cómo hemos…? ¿Qué cojones? Se suponía que no iba a casarme otra vez. Esto significa que volveré a divorciarme y… Mierda. Soy el puto Ross Geller.
Me pellizco el puente de la nariz. Necesito agua, diez aspirinas y dormir durante días. Es imposible que esto esté pasando.
—¿Qué es lo último que recuerdas de anoche?
—Los perritos calientes que Ethan repartió cuando salimos de la capilla con Maverick y Emmy.
No sé si dijo algo sobre un tal Dave. Después de eso, ni idea.
¿Qué coño ha…? No me puedo creer que permitan que la gente se case borracha.
No es ético, y seguramente ilegal. Voy a ponerles una demanda que se van a cagar.
—Es su puto modelo de negocio. ¿Quién estaba más sobrio anoche? Yo desde luego que no.
—Pues… no estoy segura. Lexi desapareció en algún momento.
Dios mío, espero que no la hayan asesinado y esté tirada por ahí en un callejón.
—Guarda silencio un momento para hacer memoria—.
Vale. Espera. ¡Espera! Intentamos hacer una pirámide humana, pero fuimos incapaces de mantener el equilibrio porque estábamos demasiado borrachos.
—¿Y de qué manera nos ayuda eso a averiguar quién estaba sobrio?
—Así sabemos quién no lo estaba.
Suelto un taco entre dientes y cojo mi teléfono, con la esperanza de que algo me ayude a recordar lo que pasó anoche.
Veo que mi pantalla de bloqueo ha cambiado y que en vez de la foto del equipo del comienzo de la temporada, ahora hay una de Piper en cuclillas en la acera, con los brazos alrededor de mis pantorrillas mientras intenta levantarme.
Yo tengo los brazos extendidos en cruz, el pelo alborotado, los dos botones superiores de la camisa desabrochados y los zapatos desatados.
Y entonces lo veo: la sonrisa que tengo en la cara.
Casi no me reconozco.
Joder.
Parezco un idiota, pero feliz, y no sé cuándo fue la última vez que sonreí así.
—¿Estás bien? —me pregunta Piper, y la miro parpadeando.
—¿Eh?
—Parece que hayas visto un fantasma.
—Estoy bien. —Me paso la mano por el pelo y abro el chat del equipo para leer los mensajes de las últimas doce horas—. Hudson está sobrio. El cabrón ha salido a correr esta mañana.
—Ah, es verdad, se pasó la noche repartiendo agua. Cuando intenté tirársela por la cabeza, me levantó como si fuera un saco de patatas y me dejó en una silla muy cómoda.
No me gusta la idea de que mi compañero de equipo le haya puesto las manos encima. Sé que lo hizo para cuidarla, pero me da igual.
Despierta en mi interior algo que me disgusta, y aprieto los dientes para librarme de la sensación.
—¿En qué habitación estamos? —pregunto.
—Pues… —Se da media vuelta y mira el teléfono del hotel—. En la seiscientos treinta y seis.
Busco el nombre de Hudson en mi móvil, lo llamo y espero a que conteste.
—¿Qué pasa, tío? —responde después de dos tonos.
—Habitación seiscientos treinta y seis. Ahora mismo —le digo entre dientes y luego arrojo el móvil a la cama. La realidad de la situación comienza a extenderse delante de mí, y me pongo en pie—. Joder. Joder.
—¿Qué pasa?
—¿Cómo que qué pasa? No puedo estar casado.
No salgo con nadie, no me lío con nadie, y desde luego que no me caso.
¡Joder! Debía de estar completamente borracho.
¿Y sin acuerdo prematrimonial? ¿Sin comunicado de prensa?
Mi representante me va a matar. —Camino de un lado para otro de la habitación, de la ventana al otro extremo—.
A saber las pintas de idiota que tenía anoche y los vídeos que habrá en redes.
No tengo tiempo para gilipolleces inmaduras como esta.
Faltan menos de cuatro meses para los playoffs y ahora estoy casado.
No me lo puedo creer. ¿Sabías lo que estaba pasando antes de que supuestamente intercambiáramos los votos?
—Me paso una mano por la boca, y tuerzo el gesto al sentir el frío del metal—.
¿Esto es una especie de broma? ¿Formaba parte de tu plan cuando me propusiste que folláramos?
—¿Estás diciendo que he planeado esto?
—No sé lo que estoy diciendo, Piper. Solo intento entender cómo pasamos de besarnos en un puto club a ser marido y mujer. No fue idea mía, así que debió ser de alguien.
Piper parece hecha polvo. Le tiembla el labio inferior y, en cuanto las palabras salen de mi boca, sé que me he pasado. He sido demasiado cruel, demasiado agresivo, me he parecido demasiado a su ex, que es una mierda de tío, y me encantaría poder borrar los últimos dos minutos.
Quiero meterme en un agujero y esconderme, porque ella no se merece mi actitud. Y mucho menos, que la culpe por algo que sé que también es una sorpresa para ella.
Joder.
—Si crees que te propuse que me ayudaras en la cama porque mi objetivo a largo plazo era casarme contigo, eres el hombre más engreído del mundo. Te lo propuse porque confiaba en ti. Porque somos amigos, aunque ya no estoy tan segura.
—Piper…
—Voy a ducharme. —Se quita la sábana de encima y baja las piernas por el borde de la cama.
Cuando se levanta y echa a andar hacia el cuarto de baño dándome la espalda, me doy cuenta de que lleva mi camiseta, la de repuesto que siempre meto en el equipaje de mano por si me pierden la maleta en algún aeropuerto.
Me quedo mirando las letras bordadas en su espalda, mi número debajo de sus omóplatos, el borde que le tapa los muslos y le realza el resto de las piernas.
Está perfecta.
Es peligroso que ande así por ahí.
Porque es posible que me convenza de que este asunto del matrimonio es una idea de la hostia.
—Lo siento. No quería…
—Empezaba a pensar que podía estar lista para volver a salir con alguien, pero después de oír lo que acabas de decir, prefiero seguir soltera. Sé quién soy y no consiento que me llamen manipuladora.
Cuando cierra la puerta del baño con suavidad en vez de dar un portazo, me dan ganas de enterrar la cara en una almohada y gritar. Quiero arrodillarme y pedirle perdón por lo que le he dicho.
Durante los últimos años solo he estado seguro de dos cosas: el hockey y ella.
Y ahora, como el patético gilipollas que soy, he perdido una.