Bajo control (D. C. Stars 2) 25. Liam
44%

25. Liam

Liam

Alana

Sigo esperando el nombre de tu acompañante!

Para ponerte a buscar cosas sobre ella?

Alana

Soy mala persona por querer asegurarme de que mi hermano mayor reciba un buen trato?

Y si te rompe el corazón?

No tienes que preocuparte por eso.

Me meto en un túnel, pierdo la cobertura

Alana

Te estoy viendo en la tele antes del partido ahora mismo, gilipollas!!!!

Piper

Oye, estaba pensando…

Qué?

Piper

Sé que los encuentros sexuales en habitaciones de hotel no forman parte de nuestras clases, y respeto que quieras tu espacio cuando jugamos fuera

Pero te apetece salir esta noche?

Como amigos!! No es una cita!!

No me apetece nada meterme en la locura que va a ser Nochevieja en el Strip de Las Vegas y se me ha ocurrido que podríamos comernos una hamburguesa después del partido

Me apunto a la hamburguesa

Piper

Bien! A lo mejor te convenzo de que te tomes otro batido

Has dicho muy pronto que no es una cita, pequeñaja

Piper

No quiero que pienses que te estoy usando en otros términos a los que acordamos ni nada parecido. A puerta cerrada, recuerdas?

No lo he pensado

Piper

Vale, bien!

Voy a echarme una siesta. Hablamos después del partido

Piper

Vas a jugar genial, Sully! Nos vemos ahí fuera!

El público de Las Vegas es implacable.

Siempre lo es, pero con el alboroto añadido de las fiestas navideñas y los preparativos del partido, que seguramente han durado todo el día, están como una moto.

Llevan toda la noche gritando sin parar. Golpean la mampara e intentan distraerme con abucheos y burlas.

Por desgracia para ellos, estoy jugando a tope y no me distraen sus mierdas. He parado todos los tiros en dos periodos y medio, y voy camino de batir el récord de más paradas en un partido de la NHL.

—Estás que te sales esta noche —dice Maverick durante una pausa publicitaria—. ¿Crees que puedes batirlo?

—Ya te he dicho que no me importa el récord. —Aprieto mi botella de agua y me seco el sudor de la frente. Nunca he tenido un ritmo cardiaco tan alto y si no fuera por la adrenalina que me late en los oídos, estaría preocupado—. Solo quiero ganar.

Y una ducha caliente.

Y a Piper en mi cama.

Ha estado en mi casa en varias ocasiones desde la gala benéfica. A veces solo se pasa unos minutos, mientras hace recados, y es tiempo suficiente para que la pegue a la pared y le meta tres dedos.

De vez en cuando se queda más tiempo y acaba con las rodillas enrojecidas por arrodillarse en el suelo y chupármela sin parar hasta que me corro en su boca y se traga lo que le doy con una sonrisa de oreja a oreja.

Se quedó a dormir a principios de esta semana.

Fue algo que pasó sin más. Nos quedamos dormidos viendo una película y la desperté en mitad de la noche para llevarla a la cama. No iba a ponerme en plan capullo y echarla.

—Le faltan doce —anuncia Riley, que me saca del ensimismamiento mientras echa un vistazo al cuaderno de estadísticas que hay abierto en el banquillo. El entrenador es de la vieja escuela y prefiere llevar las estadísticas a mano en vez de digitalmente—. Con trece harás historia.

—Ya vale —dice el entrenador—. Dejadlo hacer su trabajo y vosotros haced el vuestro.

Vamos ganando de uno, pero ya sabemos lo rápido que pueden cambiar estos partidos.

Alguien puede tener una racha de suerte y se acabó.

Necesito que estéis atentos. Centraos en vuestro hombre.

Richardson, has llegado tarde al último cara a cara.

Tienes que mover el palo más deprisa. Reacciona. No anticipes.

—Sí, señor —dice Ethan, demostrándole al entrenador el respeto que se merece.

—Hayes. El número treinta y ocho casi consigue escaparse. Vigila tu lado izquierdo.

Hudson asiente, y sé que su mente está trabajando a toda velocidad.

—Miller —añade el entrenador—, ¿se puede saber dónde está tu agresividad esta noche? Es como si tuvieras la cabeza en otra parte, y no es propio de ti.

—Lo siento, entrenador. —Maverick se seca la cara con una toalla—. Estoy distraído.

—Más te vale tener una buena razón. Ese tiro de muñeca durante nuestra última posesión ha sido muy flojo.

—Tienes razón. Emmy está entre el público esta noche y siempre juego un poco ido cuando la tengo cerca.

No puedo dejar de mirarla. —Nos mira a todos una sonrisa avergonzada—.

Y, además, hemos decidido mandarlo todo a la mierda y casarnos esta noche, y no quiero salir con la nariz ensangrentada en las fotos. Me mataría.

—No me jodas. —Grant se pone de pie de un salto—. ¿Es en serio?

—Sí. —Maverick se mete una mano en el patín y saca una bolsita con dos anillos dentro—. Los he llevado encima durante todo el partido. Quería tenerla cerca antes de ponerle el anillo en el dedo más tarde.

Los chicos enloquecen. Alguien le echa una botella de agua en la cara a Maverick y otro le salta encima. En un abrir y cerrar de ojos, el tiempo muerto pasa de ser un momento para organizar las jugadas a una celebración, pero a ninguno de mis compañeros parece importarle.

—Madre mía. —El entrenador pone los ojos en blanco, pero sonríe y tira de Maverick para abrazarlo—. Qué listo eres, cabrón.

—Voy a estar centrado los próximos diez minutos, entrenador. Lo prometo. Vamos a ganar para que pueda casarme con mi chica.

Me quito el guante para estrecharle la mano.

—Enhorabuena, tío.

—Gracias, colega. Por cierto, tú también te vienes. No quiero oír ninguna excusa sobre que estás cansado o que quieres pasar el resto de la noche en tu habitación. Eres mi amigo y quiero que estés.

—No me lo perdería por nada del mundo —le aseguro—. No oirás ni media protesta.

—Claro que no. —Maverick sonríe y me da un beso en la mejilla—. Ahora ve a por ese puto récord.

La ofensiva de los Lightning es más agresiva después del tiempo muerto, como si supieran que es ahora o nunca y lucharan por mantenerse con vida.

Empiezan a lanzar a puerta sin ton ni son, cada tiro más torpe que el anterior.

La fatiga va haciendo mella en todos (lo veo también en nuestros chicos), y sé que si puedo aguantar un poquito más, si soy capaz de mantener la concentración unos minutos más, lo tengo en el bote.

Aprovecho un parón en el juego para beber un poco de agua.

Estiro la espalda y veo a Piper detrás de mí.

Está pegada a la mampara en el sitio de costumbre, con un cuaderno en la mano en el que escribe a toda prisa.

Pasan unos segundos mientras la miro fijamente y luego ella levanta la cabeza y me ve.

Me saluda con una mano y levanta el pulgar. Le devuelvo el saludo con un gesto de la cabeza, porque no quiero caer en el pozo que puede abrirse si la miro durante demasiado rato, sobre todo cuando está en su salsa.

Piper cobra vida en la pista, es la viva estampa de la determinación y de la emoción por el deporte. Me doy cuenta de que le encanta su trabajo de verdad, de que irradia confianza con un micrófono en la mano, una confianza que sigue buscando en otras partes de su vida.

Suena el silbato y vuelvo a la realidad. Destierro de mi mente las imágenes de su cuerpo desnudo entre mis sábanas. Me olvido de su perfume y de las marcas de sus uñas en mi espalda para concentrarme en el trabajo que tengo que hacer.

Ahora que el récord está cerca (a cuatro paradas), lo quiero con desesperación.

He conseguido convertirme en uno de los mejores porteros de la liga a base de sangre y sudor después de que me eligieran en la sexta ronda de los novatos hace ocho años. Me he deslomado trabajando, no me he metido en líos y nunca he alardeado de mis logros como jugador.

Sin embargo, poder decir que soy yo quien sale en los libros de historia sería una puta pasada.

Los siguientes cinco minutos pasan volando. Me duelen los músculos. Me escuecen los ojos por el sudor, pero no me atrevo a desviar la atención del disco ni un solo segundo.

Paro un tiro de revés. Un lanzamiento rápido que casi se me cuela por debajo de la rodilla izquierda.

Un increíble tiro con efecto que hace que junte las piernas haciendo la mariposa mientras echo todo el cuerpo hacia delante y agarro el disco de mi área antes de que otro jugador de los Lightning tenga oportunidad de lanzar a puerta.

El comentarista le dice a los espectadores que solo falta un minuto, y empiezo a repetir el abecedario por lo bajo, como hago siempre, pronunciando las letras y contando cada segundo a medida que nos acercamos al final del tiempo reglamentario.

Hago otra parada (la setenta y uno) justo cuando suena la bocina, suelto el palo y me dejo caer en el hielo. Lo siento frío contra mi cuerpo acalorado y, antes de que pueda recuperar el aliento, mis compañeros se me echan encima.

—¡Vamos que nos vamos! —grita Riley.

—Qué pasada de partido, Sully —dice Hudson desde algún lugar cerca de mi oreja.

—Creo que Richardson acaba de romperme las costillas. —Me echo a reír, sintiéndome superorgulloso.

—Eres el mejor portero de la liga. —Maverick me da un empujón en el hombro y se aparta un poco—. No querría a nadie más protegiendo a nuestro equipo.

—Gracias, chicos. —Gimo cuando por fin me pongo de pie.

Casi me fallan de nuevo las piernas, pero Grant me rodea con un brazo por la izquierda.

Hudson hace lo mismo por la derecha, ayudándome a mantener el tipo de la misma manera que yo los he ayudado a aguantar durante la agotadora última hora—.

Voy a necesitar veinte minutos en la ducha como poco.

Puede que alguien tenga que limpiarme el culo. Tengo las piernas destrozadas.

—Te quiero con locura, portero, pero a limpiar culos no llego. —Grant hace un mohín con la nariz—. Puede que dentro de setenta años.

—Dios, espero estar muerto para entonces.

Patinamos despacio hacia el banquillo donde me recibe el resto de mis compañeros.

Les estrecho la mano a todos y saludo con gesto tímido a los aficionados después de que el comentarista anuncie a la multitud que acabo de superar el récord global de paradas.

El árbitro me da el disco que lo ha hecho oficial y me asalta una oleada de emoción que pocas veces he experimentado.

Salgo de la pista tan deprisa como me lo permiten mis agotadas piernas, porque no quiero que nadie me vea así de vulnerable, exhausto y al borde del llanto porque llevo un montón de años jugando al hockey sobre hielo y es la primera vez que algo lleva mi nombre.

Agacho la cabeza y enfilo el túnel hacia los vestuarios del equipo visitante, con la esperanza de escapar antes de que la prensa empiece a atosigarme.

Sé que el entrenador va a pedirme que hable con los periodistas, y voy a rellenar otro cheque y a pagar la puta multa, porque quiero mantener este momento libre de lo que sea que intenten preguntarme.

Antes de que pueda llegar muy lejos, Piper se coloca a mi lado.

—No voy a darte la brasa para que me concedas una entrevista —dice mientras avanza casi a la carrera para mantenerse a mi altura con sus cortas piernas—. Maverick se encarga.

—Estupendo.

—Oye. —Me toca el codo, y me detengo—. ¿Estás bien?

—Estoy bien. —Me quito el casco y me paso una mano por la cara—. Es que… —Hago un gesto vago para abarcar lo que nos rodea mientras intento dar con las palabras adecuadas—. No sé…

—Ay, Liam. Estoy orgullosísima de ti. —Se abalanza sobre mí para darme un fuerte abrazo.

Le apoyo el mentón en la coronilla y suelto el aire mientras le coloco con torpeza una mano en la nuca con el guante puesto.

Es maravilloso tenerla entre mis brazos—.

Es normal que estés emocionado. Has hecho algo increíble.

—Gracias. —Carraspeo—. Yo también me siento orgulloso.

—No le debes a nadie una conversación —replica mientras se aparta y me toca una mejilla.

No parece molestarle en absoluto que le haya manchado la ropa con mi sudor y mi olor, y eso también me deja al borde del colapso emocional—.

Pasa de la prensa. Pasa de los periodistas.

Vive este momento como te dé la gana. Es tuyo y de nadie más.

Pero el día que decidas hablar de él, será mejor que la primera entrevista me la concedas a mí.

—Te prometo que serás la primera, pequeñaja.

—Suelto una risilla—. Sé que dijimos que íbamos a pasar una noche tranquila, pero creo que las cosas han cambiado.

Los chicos no van a dejar que me esconda.

Y si le añades todo el tema de Maverick y Emmy, me sorprendería que me dejaran volver a mi habitación antes del amanecer.

—¿Qué quieres decir con lo de todo el tema de Maverick y Emmy?

—¿No te has enterado? Van a casarse esta noche.

—¿Que se van a qué? —pregunta, casi a voz en grito—. ¿En serio?

—Maverick ha estado jugando toda la noche con las alianzas en un patín.

—Pues claro que sí. Es un romántico. —Resopla y pone los brazos en jarras—. Mi amiga tiene muchas unas cositas que explicar. —Se da media vuelta hacia la pista, pero se detiene a mitad del túnel—. Nos vemos esta noche de todas formas, ¿no?

—¿Por qué? ¿Necesitas algo de mí, Piper?

Me recorre la camiseta y las protecciones con la mirada. Se ruboriza, y me pregunto qué está pensando.

—Un par de cosas. ¿Crees que podrás echarme una mano? —me pregunta.

—Siempre estoy dispuesto a ayudar. —Los chicos empiezan a entrar en el túnel y el ruido aumenta. Alguien tiene una botella de champán, y no tengo ni idea de dónde la han conseguido—. Te veo pronto, pequeñaja.

—Estoy muy orgullosa de ti, Liam —dice.

Viniendo de ella, eso significa mucho más para mí que el dichoso récord.