24. Liam
Liam
M e despierto en una cama vacía.
A juzgar por la luna que entra por la ventana, todavía es de noche. Me acerco al lado donde Piper se quedó dormida hace unas horas. Estaba acurrucada junto a mí, con la mano sobre mi torso y una pierna encima de mí, roncando con suavidad.
Mientras tanto, yo… la miraba sin más. Como un auténtico bicho raro.
Es un comportamiento preocupante de cojones, y preferiría morirme antes que decirle que sé cuántas pecas tiene en la nariz.
Veintitrés.
Tenía el pelo mojado y estaba desmaquillada después de la ducha. Su piel estaba caliente, suave. Era tan agradable tenerla en mis brazos que…, joder, no sé.
Hace años que no tenía a una mujer en mi cama. Hace años que no abrazaba a una y ha estado genial no estar solo, no quedarme dormido pensando en el trabajo o en los partidos que tenemos esta semana o en si he alcanzado el objetivo de proteínas del día.
Quería disfrutar de la simplicidad del momento, porque nunca puedo disfrutar de cosas como esta.
Las sábanas todavía están calientes y me pregunto si se ha escapado porque le daba miedo que las cosas se pusieran incómodas.
No la culpo.
Pasar de no tener relaciones con hombres a hacerle una mamada a uno y quedarse a dormir con él es un salto enorme.
Me siento y echo un vistazo por el dormitorio en busca de algún rastro suyo.
Clavo los ojos en su vestido, hecho una bola en el suelo, y eso me da esperanzas de que todavía siga aquí.
Aparto el edredón de una patada, me levanto y cojo a tientas unos calzoncillos de la cómoda antes de salir al pasillo para buscarla.
—¿Piper? —digo.
La cocina está vacía, al igual que la habitación de invitados. El salón también está desierto, pero me fijo en un destello de color al otro lado de los cristales. Miro la puerta corredera de la terraza y me doy cuenta de que está entreabierta.
Me acerco y la veo. Está apoyada en la barandilla, envuelta en una manta, mirando al cielo nocturno. Tiene el pelo revuelto y enredado, y los calcetines que lleva puestos le quedan enormes.
Empujo la puerta y salgo. El aire de diciembre me muerde la piel y me hace desear haberme puesto una sudadera antes de salir del dormitorio.
—Hola —digo.
—¿Te he despertado? —Se vuelve para mirarme, apoyando la barbilla en el hombro y con una sonrisa en los labios—. Pensaba que no había hecho ruido.
—No. Me he despertado y he visto que no estabas. No sabía si te habías ido corriendo.
—¿Por todas las patadas que das mientras duermes?
—Yo no doy patadas.
—El moratón que tengo en la espinilla dice lo contrario —replica ella, de manera que pongo los ojos en blanco y su sonrisa se ensancha—. ¿Vienes conmigo?
Cruzo la terraza y apoyo los brazos en la barandilla.
—¿Llevas algo debajo de esa manta tan grande?
—Una camiseta tuya. Me ha parecido más apropiado que el vestido de fiesta o ir desnuda.
—El administrador del edificio podría haberse quejado de tu desnudez. —Le hago un gesto con la barbilla—. ¿Qué camiseta?
—No lo sé. Una que he cogido de un montón que olía a limpio, no como la camiseta sudada con la que te veo casi siempre.
—Se separa la manta del cuerpo y me enseña la que ha elegido.
Es una camiseta vieja de la universidad que le llega hasta las rodillas.
Tiene mi apellido en la espalda, y estoy seguro de que me gustaría mucho ver «Sullivan» escrito debajo de sus hombros—. Es cómoda.
—Es una de mis camisetas de la suerte.
—Bueno, pues espero que te ayude a ganar mañana. U hoy, supongo. Madre mía, te estoy desajustando el horario de sueño, ¿verdad?
—El partido no es hasta las ocho. No tengo que estar en el estadio hasta las cuatro. Puedo dormir por la mañana. —Bostezo y le doy un golpecito en la muñeca—. Hazme sitio, rayo de sol. Me estoy congelando.
—¿Rayo de sol? —Ella abre la manta y me coloco a su lado. Nuestros cuerpos se rozan y empieza a hacer calor—. ¿Me has puesto otro apodo?
—Es que te pega. Eres radiante. Cálida. Haces feliz a la gente.
—¿Espanto a los nubarrones? ¿Te hago feliz, Liam?
—Sí, me haces feliz. Y no hay mucha gente que me haga feliz.
—Creo que debería hacerme una placa o algo. «Hago feliz a Liam Sullivan». Y debajo añadiré: «Me he tragado su semen. A lo mejor esa es la clave de la felicidad».
Se me escapa una carcajada sin querer. No puedo evitarlo cuando ella me sonríe con una expresión traviesa en los ojos. No puedo evitarlo cuando la veo ganar confianza cada vez que estamos juntos.
Me lo paso en grande cuando estoy en la pista de hielo. Participar en un intenso partido de hockey es emocionante por la adrenalina, por lo mucho que nos jugamos y por la velocidad del juego.
Esta es una emoción distinta.
Y podría convertirme en un adicto como no me ande con ojo.
Sin embargo, y por primera vez en la vida, lo último que quiero es andarme con ojo.
—Mírala, qué graciosa. Dos orgasmos…, perdón, tres, que el de la ducha se me ha olvidado, y ¿ya te crees humorista, Mitchell?
—Te he hecho reír, ¿no?
—Me he tragado un bicho y me he atragantado. Algo parecido a lo que hiciste tú antes con mi polla.
Los dos nos reímos y me da un codazo en las costillas.
—Ojo por ojo, ¿eh?
—Para ojos los tuyos, que son bien bonitos.
—Qué cursi. ¿Quieres sentarte? Estaba encantada mirando las estrellas antes de que alguien saliera y me interrumpiera. Esa tumbona que tienes en el rincón me está llamando.
—A veces salgo aquí, pero no cuando estamos a tres grados y se me están congelando las pelotas.
—La llevo hasta la tumbona y me siento, tras lo cual separo las piernas para dejarle sitio y que se acomode entre ellas.
Lo hace y se apoya en mi torso. Acto seguido, le quito la manta y me la echo por la espalda para que nos tape a los dos—.
Me gusta mirar el cielo nocturno. Me ayuda a calmar la mente.
—¿Qué te parece la temporada hasta ahora?
—¿Esto es oficial o extraoficial?
Piper me pellizca una rodilla.
—Solo estoy en modo entrevista en el estadio. Esto es curiosidad personal.
—Creo que tenemos muchas posibilidades de llegar lejos en los playoffs. Somos lo bastante buenos como para ganar el puto campeonato, solo tenemos que mantenernos concentrados durante los próximos meses.
—Opino igual. Boston va a ser un rival difícil, pero creo que podéis con ellos. ¿Tienes algún ritual antes de los partidos? Solo os veo en el túnel. ¿Qué pasa a puerta cerrada en el vestuario?
—Me como una barrita energética y escucho música clásica antes de cada partido.
—¿Una barrita? ¿De qué tipo?
—Mientras lleve chocolate, me da igual.
—Vaya. No voy a mentirte, me sorprende. Pensaba que comerías naranjas o algo así.
—También como naranjas, pero no forman parte del ritual.
Piper guarda silencio un momento y luego dice:
—Por cierto, gracias por enseñarme la mejor forma de dormir acurrucados. Ya sé dónde tengo que poner las manos cuando un hombre me rodee con los brazos.
—No hacía falta que me lo pidieras.
—La verdad es que no. ¿Seguimos conociéndonos un poco más? ¿De qué otra manera se puede aprovechar el tiempo de madrugada?
—Suéltalo. Sé que tienes preguntas dándote vueltas en la cabeza.
—¿Por qué no publicas casi nunca en redes?
—Ah, así que has estado fisgando.
—No te hagas ilusiones.
—Paso mucho de las redes y no creo que los fans deban tener acceso a mi vida fuera de la pista de hielo.
Ya me tienen durante ochenta y dos partidos por temporada, y con eso basta.
Si un fan quiere hacerse una foto conmigo cuando estoy en público, lo haré.
Pero pensar que les debo actualizaciones constantes sobre mi día a día porque animan a mi equipo me pone los pelos de punta.
—Tienes toda la razón. Yo dejé de publicar con frecuencia después del divorcio, porque no quería que la gente supiera lo que hacía y me criticara. Sé que Steven me vigila, y me da la impresión de que está esperando a que haga algo malo para aprovecharse y hacer una montaña de un grano de arena.
—¿Se puede saber por qué te casaste con ese tío?
—No siempre fue así. Antes era mucho más amable, pero el dinero lo cambió.
En la empresa se vio obligado a comportarse como un capullo para ascender, y al final esa personalidad se trasladó a su vida personal.
Con el paso del tiempo me di cuenta de que ya no éramos compatibles.
Lo habría dejado de todas formas si no me hubiera puesto los cuernos, y algunos días me cabreo por no haber dado el primer paso antes de llegar a ese punto.
—Es un gilipollas —murmuro entre dientes, y ella asiente con un murmullo.
—¿Qué quieres hacer cuando te retires?
—Ser entrenador, creo. Aunque no estoy seguro de que se me dé bien. Mi estilo seguramente consista en gritarle a la gente cuando haga algo mal, pero me gustaría participar en la formación de la próxima generación de jugadores.
—Me lo imagino. Te visualizo soplando el silbato con mucha agresividad.
—¿Hay otra forma de hacerlo? —Hago una pausa y me pregunto qué debería preguntarle—. ¿Cuál es tu mayor miedo?
—Vaya. —Deja de reír y echa la cabeza hacia atrás hasta que nuestras miradas se cruzan—. Qué pregunta más difícil, Sullivan.
Me encojo de hombros.
—Mucho más interesante que preguntarte por las patatas que más te gustan.
—Pues nunca me lo he planteado… Mmm. Supongo que las bolitas fritas, seguidas de las alargadas.
En cuanto a mi mayor miedo… —Guarda silencio y suelta el aire.
Su aliento se condensa por el frío y la abrazo más fuerte—.
Estar sola. Lo único que quiero es que me quieran.
Me refiero en plan romántico. Tengo amigas que me quieren, padres que me quieren, compañeros de trabajo que me quieren.
Pero me refiero a… esa obsesión que te consume por esa persona que es tu salvavidas.
El tipo de amor que te dejaría con el corazón destrozado si tu pareja muriese.
Postrada en la cama durante semanas porque no sabrías de qué forma seguir adelante.
Es curioso que pensara que tenía eso con mi ex. Porque no era así en absoluto.
—¿Te volverías a casar? —le pregunto, y asiente.
—No querría un bodorrio como el de la última vez.
Dios, qué horror. La ceremonia fue en una iglesia en pleno verano, a treinta y seis grados y sin aire acondicionado.
Con trescientos invitados, de los que conocía a unos treinta.
No me gustó nada. Pero sí, me volvería a casar. Si conociera al hombre adecuado.
—No creo que vayas a acabar sola.
—Podría pasar. Nunca he sido la persona preferida de nadie. Nunca he sido la prioridad de nadie. Estuve casada con un hombre durante años y siempre ocupé el segundo lugar. A lo mejor ese es mi destino: ser casi perfecta, pero nunca lo bastante buena —dice en voz baja.
—Eres mi persona preferida.
—Tú no tienes preferidos. De hecho, casi todo el mundo te cae mal.
—Tolero a algunos, ¿recuerdas? Ahora tengo una persona preferida que está muy encima de todas las demás.
—¿En serio?
—Ganas por goleada.
—Bueno… —Inclina la barbilla y empieza a tiritar debajo de la manta—. Tú también eres una de mis personas preferidas.
—¿Una de ellas? Supongo que tengo que esforzarme más.
—Lo estás haciendo… —Se interrumpe con un grito—. ¿Qué cojones es eso?
Miro hacia el lugar que está señalando y resoplo al ver a Pico acechándonos.
—Es Pico.
—¡Pues en la oscuridad parece un puto león!
—Le encantará saber que piensas tan bien de él. —Pico salta a la tumbona y nos mira fijamente—. Te di de comer. No puedes seguir teniendo hambre. —Mueve el rabo y yo pongo los ojos en blanco—. Está bien. ¡Una porción más y ya! Tus ojos suplicantes no siempre van a funcionar.
—Vaya —susurra Piper—. Eso me ha puesto muchísimo.
—¿El qué? ¿El español?
—Sí. ¿Qué le has dicho?
—Que aunque ya le he dado de comer, voy a ponerle un poco más. Y, luego, que no siempre va a engañarme con esos ojitos. Míralo: como si se estuviera muriendo de hambre. Imbécil.
Pico nos mira con desdén, tras lo cual regresa a la puerta de la terraza para volver a la calidez del piso.
—Es monísimo.
—Genial. Solo me faltaba que os compinchéis contra mí…
—La próxima vez que venga le traeré una cesta con chuches. Me va a adorar. —Bosteza y cierra los ojos—. Creo que voy a volver a la cama. Hace frío y estoy cansada. Supongo que hablar contigo es tan aburrido que me duermo.
—Ya era hora. No siento la nalga izquierda. —Salgo de detrás de ella y me levanto. Una vez en pie, me agacho para cogerla en brazos—. Aunque me pase la vida en la pista de hielo, eso no significa que me guste pasar frío.
—Puedo andar, ¿sabes? —protesta Piper, que esconde la cara en mi pecho y vuelve a bostezar—. He salido a la terraza yo sola.
—Sí, pero yo no estaba. Ahora sí estoy, y así es como vas a volver al interior.
—Qué mandón. Oye, ¿yo te cuento mis cosas y tú no me dices cuál es tu mayor miedo? No me parece justo.
—No me gustan las alturas —digo cuando entro en el salón.
—¡Pero si te has apoyado en la barandilla!
—Porque estoy familiarizado con las vistas.
—Hemos estado en la terraza de Maverick y Emmy.
—No miro hacia abajo. Solo hacia fuera.
—Ah, vale. Engañas a tu mente para que piense que no estás tan alto. —Me da unas palmaditas en la cabeza y sonríe—. Qué listo, Sully.
Me gusta que me llame así, aunque sea el mismo nombre que usan la mitad de los chicos. Me lleva a pensar que se siente lo bastante cómoda conmigo como para usar un apodo absurdo, y eso me parece importante.
La dejo en mi cama y me siento a su lado. Ella se tumba de costado y me tira del brazo, pidiéndome que la abrace. La beso en la cabeza y apoyo la barbilla en el hueco de su cuello, aterrorizado por la idea de confesarle mi mayor miedo, que no tiene nada que ver con las alturas.
Mi mayor miedo es lo mucho que me divierto con ella. Lo relajado que me siento cuando está cerca y lo mucho que deseo que lo que tenemos, que va creciendo conforme vamos pasando más tiempo juntos, no termine nunca.