Bajo control (D. C. Stars 2) 23. Piper #2
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23. Piper #2

—Vamos a colocarnos donde haya más espacio. ¿Puedes ponerte en el suelo?

—Sí. —Trago saliva y me deslizo hasta el borde de la cama. Me tiemblan las piernas al levantarme y me tambaleo hasta el centro de su dormitorio—. ¿Quieres que me siente?

—De rodillas estaría genial —contesta detrás de mí, y me dejo caer al suelo—. ¿Has hecho alguna vez una paja?

—No creo que puedas llamarlo así. Fueron unos cuantos movimientos rápidos y ya está.

Liam engancha los dedos en el elástico de los calzoncillos y se los baja por las piernas para quitárselos. Me relamo los labios al verle la polla desnuda.

—Empezaremos por ahí.

Asiento y avanzo despacio de rodillas sobre la moqueta para acercarme a él. Le apoyo las manos en los muslos, le miro la polla y luego enfrento su mirada.

—¿Qué hago?

—Escúpete en la mano y luego rodéamela con los dedos.

Dudo medio segundo antes de escupirme en la palma de la mano y agarrarle la polla. Veo unas gotas de líquido seminal en la punta y se las extiendo con el pulgar.

—¿Así?

—Perfecto —contesta con voz ronca—. Así es perfecto. Acaríciala de arriba abajo. Puedes… Joder, Piper.

Al principio voy despacio porque quiero acostumbrarme a la sensación de tenerlo en la mano. Su peso, su calidez y la vena que va desde la punta hasta la base. La saliva proporciona lubricación y me ayuda a realizar mejor los movimientos mientras me familiarizo con la mecánica del asunto.

Cuando encuentro el ritmo, añado un giro con la mano, como lo vi hacer la última vez, y lo oigo sisear.

—¿Me he pasado? —pregunto, y me pone los dedos en la nuca.

—No, es increíble —responde, y sonrío por el elogio—. Aprieta un poco más.

Lo aprieto más fuerte, y él echa las caderas hacia adelante al tiempo que se le tensan los muslos. Levanto la mirada y me maravillo al verlo con los labios entreabiertos. Me está acariciando el pelo con el ceño fruncido.

Se la beso en un lateral y lo recorro con la lengua hasta el glande.

—Yo también quiero saborearte, Liam.

—Dios. Vale. Métetela en la boca, pero nada de dientes. Es como chupar un polo o una piruleta. Como si estuvieras sorbiendo, más o menos. Coño, es una comparación pésima, pero… hagas lo hagas, será estupendo.

Agradezco la descripción visual y abro la boca para meterme la punta y apoyármela en la lengua.

Tiene un sabor salado con una nota dulce.

No estoy segura de que me guste, pero la sensación me encanta.

Respiro hondo y la aprieto con los labios para empezar a chupar como si tuviera un polo en la boca, no una polla monstruosa de veintitrés centímetros.

Me dan arcadas, se me llenan los ojos de lágrimas, y él acaba sacándomela de la boca, llevándose un hilo de saliva.

—Bien. Muy bien, Piper. —Me limpia con un pulgar las lágrimas de las mejillas—. Vamos a intentarlo otra vez, pero ahora respira por la nariz. Relaja la mandíbula.

Me inclino hacia delante y me la vuelvo a meter en la boca. Se la chupo y se la lamo, con cuidado de no usar los dientes. Le doy un lametón en el glande y siento que me agarra la nuca con más fuerza.

—Uf, joder —gime—. Mierda. Usa más la lengua y… me cago en la puta. Lo estás haciendo muy bien. Intenta usar también la mano.

Se la aferro por la base y me sorprendo a mí misma al metérmela un poco más en la garganta al tiempo que giro la mano.

—¿A los hombres les gusta así? —Me la saco de la boca y se la lamo hasta arriba—. ¿A ti te gusta?

—Me importa una mierda lo que les guste a los demás. Esto es lo que me gusta a mí, Piper: es mi polla la que tienes en la boca, ¿lo entiendes? No le vas a hacer una mamada a nadie más. Por lo menos no hasta que yo haya terminado contigo.

Oh.

Me gusta esta faceta de Liam. Esta parte de él a la que no le da miedo ser agresivo, posesivo, brusco; la parte que no se corta antes de decir lo que piensa.

Sé que hasta ahora ha sido muy cuidadoso conmigo, y le agradezco que esté dispuesto a enseñarme, a asegurarse de que me sienta cómoda en todo momento, pero también tengo mis necesidades.

—Pues entonces no te cortes conmigo —lo reto—. Fóllame la boca como quieras, Liam. Demuéstrame cómo te gusta, porque sé que no es tan despacio.

Mis palabras desbloquean algo en él, un rincón de sí mismo que ha mantenido oculto y, nada más decirlo, veo que se produce un cambio. En cuanto cedo el control, aprovecha la oportunidad para hacerse con las riendas.

—Quédate quieta. —Se enrolla mi pelo en la muñeca y me mira a los ojos, tras lo cual le hago un gesto con la cabeza para dejarle claro que estoy bien.

Que quiero hacer esto. Que no quiero que me traten como a una niña buena, sino como a una mujer capaz de mancharse un poco—.

Ahora no pares hasta que me corra en tu garganta.

Esta vez me muevo entusiasmada, lamiéndolo y chupándolo con vigor mientras dejo que las lágrimas me caigan por las mejillas, casi sin aire.

Sus gemidos roncos y los envites de sus caderas me animan. En un momento dado me la meto hasta el fondo de la garganta, y él me inmoviliza la cabeza.

—Me voy a correr —gruñe, y eso es lo que hace.

Siento la calidez de su semen y espero hasta oír su gemido final, hasta que deja de moverse y me suelta el pelo.

Me la saco de la boca, asegurándome de no desaprovechar ni una sola gota.

Trago y lo miro, sintiendo una calidez en el pecho al comprobar que él me está mirando.

—¿Cómo lo he hecho? —le pregunto en voz baja—. ¿Ha estado bien?

—Ha sido perfecto. Increíble. —Liam me acaricia una mejilla—. ¿Se puede saber cómo cojones has acabado en mi cama?

—Técnicamente estoy en el suelo. Y supongo que fue por desesperación —bromeo—. Fue por una propuesta patética que te solté de repente, ¿recuerdas?

—Verte aceptar tu sexualidad no es patético en absoluto.

—¿Volverías a acostarte conmigo después de lo de hoy?

—Sin dudarlo —contesta—. Ha estado genial para ser tu primera vez. Y, oye, puntos extra por no haberme mordido.

—Ahora me da miedo volver a hacerte una mamada. —Me río y me limpio la boca con el dorso de una mano—. ¿Te importa si me aseo un poco antes de irme?

—¿Quieres quedarte a dormir? —Me rodea la cintura con un brazo y me ayuda a levantarme—. Es tarde.

—¿No sería una invasión de tu espacio?

—No.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Por qué tenías un rotulador en la mesita de noche?

—Porque hago el crucigrama del domingo en la cama.

—¿Y usas un rotulador? ¿Eres un asesino en serie?

—Que yo sepa, no.

—No oigo mucho entusiasmo en tus respuestas.

—¿Quieres que las grite?

—No me disgustaría.

Liam se echa a reír y tira de mí hacia el cuarto de baño. Me mira por encima del hombro y en ese momento siento un vuelco en el universo. Como si algo estuviera cambiando, aunque de momento no consigo averiguar qué es.

Y cuando me sonríe, también lo siento en el corazón.