23. Piper
Piper
Causa de la muerte: Liam diciéndome «voy a follarte como él no te folló nunca».
Me hace sentir tan deseada, tan necesaria, que podría explotar por la pasión de sus palabras.
Sus caricias son una tortura, una provocación, mientras mueve el rotulador hacia el otro lado. Dibuja un círculo alrededor de mi pecho derecho y arqueo la espalda. Su risa es pecaminosa, un sonido excitante que me deja claro que solo está empezando.
En cuanto cierra la boca alrededor del pezón, no puedo evitar retorcerme.
—Eres la mujer más guapa que he visto en la vida.
—Me coge el pezón entre los dientes y juro que veo borroso.
Y que dejo de ver del todo cuando me lo chupa—.
Y pensar que llevabas todo esto escondido debajo de la ropa en el trabajo…
Unas tetas fantásticas. Un coño precioso.
Estoy deseando memorizar cada puto centímetro de tu cuerpo.
Agarro las sábanas con fuerza, como si fuera cuestión de vida o muerte, porque necesito estabilizarme. Es demasiado, pero al mismo tiempo no es suficiente.
—Eso me gusta —susurro, en un intento por expresar abiertamente las cosas con las que disfruto, para que un hombre las vuelva a hacer. Para ir acostumbrándome a decirlas porque es lo que me gusta—. Cuando me tocas con la boca.
—¿Sí? —Liam hace lo mismo en el pecho izquierdo. Me muerde y me chupa el pezón con más fuerza, hasta que logra arrancarme un gemido.
—¿Puedes bajar más? ¿Por mi estómago?
—Mírala, que ya hasta pide lo que quiere. —Empieza a bajar la boca por la parte inferior de mi pecho y sigue por el tórax—. Eso es un sobresaliente por mi parte.
—Más abajo. —Le entierro los dedos en el pelo y le empujo la cabeza con suavidad. Una insinuación para decirle dónde quiero que me toque—. Por favor.
Me besa el ombligo y me lame la piel por encima del hueso de la cadera.
—Estoy muy orgulloso de ti, Piper.
Yo también estoy muy orgullosa de mí misma.
Separo las rodillas y Liam me pasa el rotulador por la pierna izquierda. Me marca la parte interna del muslo y se aleja, colocándose entre mis piernas mientras se tumba boca abajo.
—Quiero correrme, Liam, y quiero que sea contigo.
—Cariño, solo va a ser conmigo. —Tira el rotulador, me acaricia la pantorrilla y va subiendo hasta que me separa con los pulgares y empieza a explorarme meticulosamente para hacerme estallar—. Asegúrate de decir mi nombre bien alto cuando te corras.
Es la primera vez que estoy así de expuesta delante de otra persona. Me siento vulnerable bajo su escrutinio, con las partes más íntimas de mi cuerpo al descubierto como si nada, y no tardo en descubrir que me encanta.
Mi timidez se desvanece cuando lo oigo murmurar «perfecta» e «increíble».
El placer me nubla la mirada al sentir que baja el pulgar derecho hacia mi clítoris y que empieza a trazar círculos alrededor.
Se me encogen los dedos de los pies y se me corta la respiración.
Me agarra la parte interior del muslo con la mano izquierda, pero luego la sube hasta el abdomen para ejercer presión.
—Dios —susurro.
—Aquí no hay ningún dios, Piper. Estoy solo yo, y no voy a salvarte. Voy a devorarte.
Levanto las caderas, pidiendo más sin cortarme, ansiosa por que cumpla su amenaza.
—Sigue. Un poco más fuerte.
—¿Así? —pregunta al tiempo que añade más presión.
—Perfecto. Así es perfecto.
—¿Quieres correrte así primero? ¿O quieres que te meta los dedos hasta que te corras en mi mano?
—¿Las dos cosas? —balbuceo ante esa pregunta tan directa. No sé qué opción me parece mejor—. ¿Pueden ser las dos cosas?
—Qué codiciosa eres. —Me besa la rodilla y aumenta la velocidad de sus caricias. No me ha penetrado todavía, y solo pienso en lo mucho que va a gustarme cuando por fin lo haga—. Pero sabes que te daré todo lo que me pidas.
Sí, lo sé.
Si le dijera que parase, lo haría. Si le dijera que quiero tocarlo, me dejaría.
Aunque sea más fuerte y más grande, aquí mando yo.
Me pellizca un pezón con la mano libre al tiempo que me da una ligera palmada en el culo.
Se me escapa un jadeo y siento una descarga eléctrica en las venas.
El orgasmo me atraviesa, un placer delirante que me catapulta al cielo.
Es el más intenso que he tenido en la vida, una experiencia que me recorre todo el cuerpo, que hace que se me salten las lágrimas y que me deja las piernas temblorosas.
Tardo un minuto en recuperarme. El éxtasis se calma cuando detiene los dedos. Se inclina hacia delante, con el cuerpo sobre el mío, y me besa. Gimo, deseándolo, y él me chupa el labio inferior antes de apartarse.
—¿Adónde vas? —le pregunto.
—No pensarás que he acabado, ¿verdad? —Tira de mi brazo con delicadeza hasta dejarme sentada sobre las sábanas. Acto seguido se coloca detrás de mí y apoya la espalda en las almohadas, tras lo cual me pega la espalda a su torso—. Quiero que estés cómoda para la siguiente parte.
—¿Va a dolerme?
—A lo mejor al principio, pero iremos despacio.
—Vale. —Trago saliva y me relajo contra él. Me pesan las piernas, y él me las separa con delicadeza—. Confío en ti.
Me rodea la barbilla con una mano y me vuelve la cabeza para besarme. Me dejo llevar, y él aprovecha para mover un dedo y metérmelo, muy despacio. Cierro los ojos con fuerza.
—Respira, Piper —me dice contra la boca—. Así.
El malestar solo dura unos segundos antes de dar paso a otra cosa, otra sensación que me llena y me resulta nueva. Es muy distinto de cuando me toqué delante de él, y me molesta mucho menos de lo que pensaba. Es exquisito.
—Joder —susurro, casi abrumada por la plenitud de su invasión—. ¿Y esto es solo un dedo?
Me roza la nariz con la suya y luego siento que la sensación crece, una invasión profunda que llega a un lugar que nadie había tocado nunca. No mientras practicaba el sexo. Él es el primero.
—Solo uno.
—Dios —jadeo—. Pero ¿cómo se me ocurre pedirte que me folles? Voy a morir. Espero que el cielo sea bonito, porque mi tiempo en la tierra casi ha terminado.
Liam entierra la cara en mi cuello y se ríe mientras me deja un reguero de besos por la clavícula y la garganta.
—No voy a follarte esta noche, corazón. Pero cuando lo haga, estarás lista. Vas a metértela entera y vas a estar preciosa mientras tanto.
Yo no lo tengo tan claro, pero ese es un problema para la Piper del futuro, algo de lo que preocuparme más adelante, cuando llegue el momento, porque ahora mismo quiero disfrutar de esto: de la sensación de su dedo al entrar y salir de mí, de las intensas caricias de su otra mano sobre mi clítoris.
Entre la penetración y los lentos círculos, el deseo despierta de nuevo en mis entrañas y sé que voy a correrme otra vez.
Se me escapa un grito y le rodeo el cuello con un brazo para girarle la cabeza y que pueda besarme de nuevo.
—Dijiste dos dedos —jadeo—. ¿Podemos intentarlo?
—¿Estás segura?
—Por favor —le suplico.
—Si quieres parar, si te duele, ¿me lo dirás?
—Como pares, voy a ser yo la que te haga daño a ti.
Él vuelve a reírse, se aparta de mí y me besa en la mejilla.
—No voy a parar, pero solo si abres los ojos y miras.
Abro los ojos de par en par y clavo la mirada entre mis piernas. Su mano es grande; sus dedos, gruesos; y me está agarrando por la cara interna del muslo. Me tortura durante unos segundos, haciendo el amago de acariciarme antes de acercarse siquiera, y descubro que es lo más maravilloso del mundo.
Tiene el dedo índice mojado y me pregunto qué sentiría al ver su polla de la misma manera. O sus labios y su lengua. Dios. Quiero que me haga de todo.
Presiona con dos dedos y gimo mientras me penetra con suavidad, pero con firmeza hasta el primer nudillo y luego hasta el segundo. No tardan en desaparecer en mi interior por completo, momento en el que me besa en la oreja.
—Qué apretada estás, joder, Piper. Haces fuerza contra mí —susurra—. Hostia. Es como si fuera el único que te ha tocado así.
Es que es el único que me ha tocado así.
Coloco una mano sobre el muslo me la roza con la muñeca cada vez que se mueve. La cambio al abdomen y de forma instintiva bajo los dedos hasta el clítoris.
Quiero ayudarlo a llevarme al límite. Quiero participar, y cuando me toco al mismo tiempo que él curva los dedos en mi interior, siento un placer que empieza en la base de la columna vertebral y que no había experimentado en la vida.
—Liam. Liam. Me corro —digo con frenesí, y él me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Pues córrete —dice con voz suave y grave—. Estoy deseando verlo.
Intento aguantar, pero soy incapaz. Mi segundo orgasmo se acerca. Me invade, como una ola que rompe, y gimo su nombre mientras me desintegro en mil pedazos.
Liam me sorprende al apartarse de mí y dejarme apoyada contra las almohadas. Estoy sin aliento y creo que soy incapaz de moverme cuando el colchón se hunde y sus manos vuelven a mis piernas, pero esta vez se coloca entre ellas.
—¿Qué haces? —susurro, desorientada.
—Todavía no te he probado. —Me presiona el clítoris con el pulgar, y mis caderas se levantan por voluntad propia—. Y lo necesito.
Noto el repentino lametón de su lengua y, joder…, esto me gusta más que los dedos. Tengo el cuerpo sensible, estimulado por el placer, pero ni de coña puedo correrme por tercera vez.
—No sé si…
—Me da igual. Quiero comértelo aunque no te corras. Eres mi nueva comida preferida.
Intento llegar de nuevo, intento buscarlo, pero todo es en vano. Me siento frustrada y decepcionada, enfadada porque esto me gusta muchísimo, pero no puedo hacer nada al respecto.
—Lo siento, de verdad. —Le toco la mejilla y él me mira, con los labios húmedos y los ojos entrecerrados—. No voy a poder. No es por ti, es…
Me besa la rodilla.
—No es necesario que te disculpes.
—No quiero que tú hagas todo el trabajo y…
—Piper, esto no es un trabajo. Lo hago porque me gusta, no porque esté obligado. Si quieres tomarte un descanso, nos tomamos un descanso. Por fin te he saboreado, así que estoy satisfecho para el resto de la noche.
—Quiero hacerte lo mismo, pero sé que no se me dará bien.