Bajo control (D. C. Stars 2) 22. Liam
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22. Liam

Liam

LOS REYES DEL DISCO

Maverick

Papi Porteroooooooooooooooo

Dónde te has metido?

Grant-ioso

Liammmmmmm. Vuelveeeeeee

Don Facilón

Nos vamos a un karaoke jajaja

Hudson

Quédate donde estás. Aquí no estás a salvo

Don Facilón

A todo el mundo le encanta el caraoque!

Riley

Mira, el campeón de ortografía!!!!!!

Don Facilón

Q t falle un pez

Grant-ioso

Seguro que Liam nos echa tanto de menos como nosotros a él

*Has abandonado el chat*

*Don Facilón te ha añadido al chat*

Don Facilón:

Pds correr, xo no pds scondrt, hijo d puta

Hudson

Un diez por el esfuerzo, Richardson

—¿Qué tipo de música te gusta? —Piper apoya la cabeza en el asiento y me mira mientras nos dirigimos a mi casa—. ¿Heavy metal? ¿Gongs? ¿Cánticos de monjes?

—¿Gongs? Eso no se lleva, ¿verdad?

—No lo sé. —Se encoge de hombros—. Puede.

—Los gongs no están en la lista, te lo creas o no. No escucho mucha música. Cuando voy al estadio, me gusta poner música clásica a todo volumen. Me relaja. El resto del tiempo escucho cualquier cosa menos country. No soporto el puto country.

—Pues el otro día parecía que te lo estabas pasando muy bien en el bar country.

—Te lo habrás imaginado. Fue el infierno en la tierra.

—Es de muy mala educación por tu parte insultar así a Dolly Parton, pero bueno.

Tamborileo con los dedos sobre el volante. Las calles están tranquilas para ser viernes por la noche y sé que no tardaremos mucho en llegar a mi casa.

—¿Cuánto has bebido? —le pregunto.

—Lo suficiente como para tener el valor de pujar más de treinta mil dólares por ti a sabiendas de que ibas a ser tú quien pagara. —Suelta una carcajada y cierra los ojos—. Lo suficiente como para ser consciente de dónde estoy. Como mucho, estoy un pelín achispada. ¿Por qué?

—Esta noche vamos a dar un paso más, y quiero asegurarme de que quieres hacerlo de verdad.

—Soy mayorcita, Liam. Estoy en pleno uso de mis facultades mentales y puedo tomar mis propias decisiones, y te necesito.

Enfilo mi garaje y aparco el Range Rover. La miro y le pongo la mano en la rodilla para darle un apretón.

—¿Lista? —le pregunto, dándole una última oportunidad para echarse atrás.

Los dos sabemos que en cuanto entremos en mi casa, voy a hacer lo que me dé la gana con ella.

—Lista —contesta. Salgo del coche para rodearlo a toda prisa y abrirle la puerta. Le tiendo la mano, saca las piernas y se baja de un salto—. Qué caballeroso.

—Seguramente sea lo último caballeroso que haga por ti esta noche.

—Eso no es verdad. Algunos dirían que no hay nada más caballeroso que tu cruzada por mis orgasmos. —Me sonríe, y resoplo—. ¿Qué has querido decir con eso de un paso más?

—La última vez te tocaste tú, pero esta noche voy a hacerlo yo. Te voy a tocar en todos los sitios en los que no te he tocado aún, y tú me la vas a chupar.

Casi tropieza mientras entramos en el ascensor.

—A veces se me olvida lo directo que eres. Vale. Sí. Qui-quiero todas esas cosas. Pero ¿me irás guiando? ¿Y te asegurarás de que lo entiendo? Tendrás que darme instrucciones.

—Por eso soy tu entrenador, Piper, para que podamos hacerlo juntos.

Llegamos a la última planta y recorremos el pasillo antes de detenernos delante de mi puerta.

—Qué corona más bonita. —Señala la decoración que colgué a principios de semana. Las ramas de hojas perennes están adornadas con luces led y bastones de caramelo, y se puede ver a un kilómetro de distancia—. Yo creía que eras más Grinch que esto, pero me alegro de haberme equivocado.

—Las vendía la nieta del dueño porque su colegio estaba haciendo una colecta y no pude negarme. Parece como si la Navidad hubiera vomitado sobre ella, ¿no?

—Por decirlo suavemente.

—A mí me gusta.

—Vaya, pues resulta que tienes corazón.

—Soy una caja de sorpresas.

Acerco mi llavero de proximidad a la puerta y la abro. Piper pasa a mi lado y entra, y yo respiro hondo para mantener la cordura antes de cerrar.

Piper empieza a andar de espaldas. Sus zapatos de tacón resuenan contra el suelo y no aparta la mirada de mí. Se quita el abrigo y lo tira a un lado, sin molestarse en ver dónde cae. El tirante izquierdo del vestido se le cae por el hombro y no se lo vuelve a colocar.

—Estás lejísimos —dice con voz un poco ronca, pero dulce a la vez. Como si le diera miedo que fuera a irme, cuando lo único que quiero es estar aquí con ella.

Me acerco, porque no necesito que me lo repita.

La levanto del suelo con un solo movimiento y la pego a la pared.

Se le entrecorta la respiración y se aferra a mi pelo, dándome un suave tirón que me hace soñar con la sensación de esa mano alrededor de mi polla, acariciándome despacio hasta que me corra en su palma.

—Llevo toda la noche preguntándome si llevas bragas. —Le subo el vestido por las piernas hasta que la tela plateada se le arruga en la cintura. Le subo la mano por la pantorrilla y la rodilla, y no me detengo hasta que llego a la curva de su muslo y sigo subiendo—. Dios. No llevas, ¿verdad?

—Me estropearían el efecto del vestido. —Echa la cabeza hacia atrás, y el pelo le cae sobre los hombros.

El otro tirante también se le cae y se le queda a la altura del codo, de modo que se le ve la curva de las tetas.

Tiene la piel sonrojada y le cuesta respirar.

Casi no la he tocado, pero ya está excitada—. ¿Vamos a hacerlo aquí?

—No. —La aparto de la pared, y me rodea la cintura con las piernas—. En mi cama. Quiero extenderte sobre ella para verte entera.

Me pone la mano en la mejilla y me acaricia la barba que no me he molestado en afeitarme.

Es patético que me derrita contra ella con tanta facilidad, como si estuviera hambriento de contacto humano.

Años sin que nadie me toque me tienen a punto de suplicar.

Tiemblo cuando me roza la nariz con la suya antes de besarme, despacio y con suavidad.

La forma en la que me acaricia la boca con la lengua para provocarme y sus gemidos cuando le bajo el vestido y le acaricio el pecho me resulta embriagadora.

Cuando empieza a moverse con más seguridad y me muerde el labio mientras me araña la espalda, pierdo el equilibrio y casi tropiezo con la alfombra del pasillo antes de recuperarme en el último momento.

Suelta una carcajada traviesa y siento que el sonido despierta algo salvaje en mí que ansía tratarla como nadie lo ha hecho antes, que ansía asegurarse de que acaba exhausta y sin sentido, y que es todo por mí.

Abro la puerta del dormitorio de un empujón.

Me acerco a la cama, la dejo caer sobre el colchón y me inclino para encender la lámpara.

Ella me mira y, con la luz de la luna que se cuela por la ventana, parece que en sus ojos brillan estrellas que rivalizan con las del cielo.

Su mirada reluce con motas plateadas y grises, y alarga los brazos hacia mí sin decir nada.

Me quito los zapatos y la chaqueta del esmoquin, apartándolo todo de una patada. Mientras me desato el nudo de la corbata, se me pasa la idea por la cabeza de pedirle que me deje atarle las manos, para torturarla hasta que esté a punto de gritar mi nombre y solo entonces dejar que se corra.

Piper me observa sin perder detalle y me recorre con la mirada de los pies a la garganta, y luego las manos cuando hago una bola con la corbata y la tiro al montón cada vez mayor de ropa.

Su atención se detiene en mi torso cuando me desabrocho la camisa, y al quitármela, murmura en señal de aprobación.

—Siéntate en el borde de la cama —susurro, y se apresura a obedecerme, a moverse, a poner los pies en la moqueta y a esperar la siguiente orden—. Qué bien se te da escuchar.

Esboza una sonrisa, pero luego aprieta los labios y levanta la barbilla.

—¿Y tú llevas ropa interior?

—Alguien me dijo hace poco que tengo un pollón. —Me desabrocho los pantalones y me bajo la cremallera—. Me pareció arriesgado llevarlo suelto a un evento tan elegante.

Su risa reverbera en el dormitorio, disolviendo el último resquicio de duda entre nosotros y provocándome una descarga en la espalda.

Joder, quiero hacer que se corra.

No he querido nunca nada en la vida como quiero eso.

Pero ahora también quiero oírla reír otra vez. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que escuché un sonido tan bonito, tan despreocupado, tan alegre, y quiero un trocito de su felicidad.

—Le hubieras podido sacar un ojo a alguien… —Esboza una sonrisa de oreja a oreja, orgullosa de su comentario—. Bueno, ¿entonces qué, hay calzoncillos o no hay calzoncillos?

Me quito los pantalones y los aparto con los pies, quedándome en calzoncillos negros. Le relampaguean los ojos de anticipación al darse cuenta de lo dura que la tengo.

—Hay. Siento decepcionarte.

—Vaya. —Se pasa la lengua por los labios y quiero sentirla sobre la polla, la quiero trazando círculos sobre la punta y lamiéndomela desde abajo—. Parece que estoy demasiado vestida para la ocasión. ¿Debería…? ¿Quieres que me…?

—Quítate la ropa y túmbate en la cama. —Abro el cajón de la mesita de noche de un tirón, en busca de un rotulador—. Ponte cómoda.

Se levanta y empieza a quitarse el vestido. Se lo baja hasta la cintura y luego por los muslos, moviendo las caderas hasta que lo deja caer a sus pies y se queda totalmente desnuda.

Menos mal que la he obligado a quedarse con la ropa puesta hasta ahora. No sé si habría aguantado las primeras veces que estuvimos juntos si la hubiera visto entera.

Todo en ella es cautivador, desde sus turgentes tetas hasta el ombligo; es toda piel suave y caderas que me muero por agarrar cuando me la folle por detrás.

—Me da vergüenza. —Se cubre el pecho y el abdomen con las manos—.

Bueno, es que supongo que últimamente todo me da vergüenza.

Sé que no debería esconderme de un hombre, pero nunca me ha gustado mi aspecto sin ropa; seguramente porque tampoco le ha gustado nunca a nadie.

Creo que podría tener las tetas más grandes, que podría tener menos barriga, y sé que mis muslos se tocan.

—Oye —Le coloco un dedo bajo la barbilla y le echo la cabeza hacia atrás para que me mire—, voy a darte una miniclase. ¿Te interesa?

Traga saliva y asiente.

—Sí.

—Si te quitas la ropa delante de un hombre y no se arrodilla ante ti, sal de ahí de inmediato. No me importa si estás desnuda. Tú sal corriendo.

—¿Y arriesgarme a que me acusen de exhibicionismo? —susurra, y me echo a reír—. Esta miniclase tiene pinta de ser seria.

—A lo mejor es la más importante que te doy. Más vale que el tío acabe con la boca abierta hasta el suelo cuando te vea desnuda. Si ves que no, es que no merece la pena. Eres demasiado buena como para perder el tiempo con más imbéciles —digo, convencido de cada sílaba de lo que le estoy diciendo.

Se sienta en el borde de la cama y va retrocediendo por el colchón hasta que puede estirarse, doblar las rodillas y separar las piernas, ofreciéndome un primer plano de su coño. Lo tiene húmedo y rosado, y es una puta preciosidad.

—¿Te has quedado ya con la boca abierta?

Pues sí, y también tengo la sensación de que el corazón se me ha salido del pecho. Que lo tengo en algún sitio cerca de los pies, y que no voy a ser capaz de recogerlo en la vida.

—Ahora mismo no sé ni cómo me llamo —consigo decir. Me siento en la cama a su lado y la beso en la frente—. Se me está yendo la cabeza.

—¿Por eso tienes un rotulador?

—No. Voy a averiguar los puntos que más te gusta que te toquen.

Voy a marcarlos para que no se me olviden y para que a ti tampoco se te olviden si quieres tocarte cuando yo no esté contigo.

—Le rodeo con un círculo el pecho izquierdo y aprovecho para pellizcarle el pezón—.

Voy a descubrir todo lo que te gusta, Piper.

Y en cuanto lo haga, voy a follarte como él no te folló nunca.