Bajo control (D. C. Stars 2) 21. Liam
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21. Liam

Liam

S iempre he odiado la gala benéfica navideña que organizan los Stars.

Todos los años sucede lo mismo: dos semanas antes de Navidad, me veo en el bar de un hotel de lujo, pasándolo fatal mientras bebo un refresco con lima porque al día siguiente tengo un partido.

Hay demasiada gente, demasiados apretones de manos y demasiadas conversaciones sobre lo que podría haber hecho mejor en el último partido, como si Joe Robertson, el abonado con barriga cervecera que nunca ha pisado la pista de hielo, fuera alguien de quien debiera aceptar consejos.

Además, aquí hay muchísimo ruido.

—Oye —Hudson me da un codazo en el costado, y lo miro parpadeando—, ¿estás listo para la subasta?

—No.

—Yo tampoco. Odio esta parte de la noche.

—Ya somos dos —refunfuño entre dientes—. ¿Por qué no puedo extender un cheque y ya está? No necesito que se peleen por mí un montón de mujeres que tienen críos pequeños.

—Por lo menos lo han cambiado un poco. ¿Te acuerdas de cuando el premio era ir a donde quisiera el mejor postor? Ahora es una noche en el estadio con todos los jugadores, una buena cena y nada más.

—Todavía no me puedo creer que el tío aquel estampara a Riley contra la pared, le lamiera la oreja, le preguntara si podía mearse encima y luego se sacara la polla antes de que Riley pudiera contestar.

Que no voy a criticar a nadie por sus gustos, pero esa clase de cosas son repugnantes sin consentimiento.

—Es casi peor que los clubs de fans en los partidos fuera de casa. —Hudson se echa a reír—. ¿Has venido con alguien esta noche?

—Ya sabes la respuesta.

—Ajá. Sullivan, el solitario. Tal y como te gusta.

—¿Y tú?

—Sí. Se llama Alyssa. Empecé a salir con ella hace un par de meses y las cosas van bien. Me gusta mucho, tío.

Hudson no se parece a ningún otro deportista que haya conocido. Pocas veces se muestra agresivo en la pista, y el buen corazón que se aprecia cuando hablas con él es genuino.

Es muy buen tío. Es empático al máximo y quiere con locura a sus perros, a sus amigos y a su familia, que vive en Georgia.

También es un romántico empedernido, y ha sido así desde que lo conocí.

Cree en los cuentos de hadas y en los finales felices, en el amor a primera vista y en todas esas tonterías.

Es un hombre serio en lo que respecta a las relaciones; sale con mujeres con el propósito de tener un futuro con ellas y nunca ha tenido un rollo de una noche.

Creo que se desmayaría si una mujer se acostara con él y se marchara sin volver a ponerse en contacto.

—Me alegro por ti, Hud.

—Gracias. —Señala entre la multitud—. Ahí está.

Miro en la dirección que me indica. Antes de que pueda averiguar si se refiere a la morena o a la pelirroja, me fijo en un destello rubio. Giro la cabeza medio grado hacia la derecha y allí, justo al otro lado del salón de baile, está Piper, mirándome directamente.

Es la primera vez que la veo esta noche y es como un puñetazo en el estómago.

El vestido plateado le marca todas las curvas y el pelo le cae por la espalda como cintas de sol. Cuando se inclina para dejar su copa en la bandeja de un camarero, casi se me para el corazón.

La parte trasera del vestido es incluso mejor que la delantera, con un escote pronunciado que deja ver mucha piel.

Es preciosa.

Es espectacular, y yo casi tengo la mandíbula desencajada.

Se me seca la garganta. Me sonríe, una sonrisa de oreja a oreja, alegre y que me noquea al instante, así que me meto la pajita en la boca y bebo un buen trago, deseando haber elegido algo más fuerte.

No la estoy mirando como si fuese una amiga.

No la estoy mirando como un hombre que tiene claras sus prioridades y al que no le interesa nada serio.

La estoy mirando como si mi corazón estuviera a punto de dejar de latir. Como si mi final se acercase, y es la primera vez en la vida que me arrepiento de ser un deportista profesional.

Si fuera médico o profesor o cualquier otra cosa menos un portero estrella al que le pagan millones de dólares por ser muy bueno en su trabajo, le pediría salir. La cortejaría y le demostraría cómo debe tratarla un hombre dentro y fuera del dormitorio.

Pero no lo soy.

Así que levanto la mano en un patético saludo. Ella desvía la mirada al espacio vacío que tengo a la izquierda, y asiento, invitándola a acercarse.

—Oye —Hudson me da un codazo en el costado. Parpadeo y salgo del trance—, ¿estás bien?

—Genial… —gruño—. Estoy genial.

—Voy a por mi acompañante. ¿Nos vemos luego?

—Sí. Me parece bien.

No sé a qué se refiere ni a qué le he dicho que sí. El contoneo de las caderas de Piper me distrae demasiado, como también lo hacen el escote de su vestido, el colgante que descansa entre sus pechos, los tacones que le dan altura y el pintalabios rojo brillante que lleva.

Quiero emborronárselo con el pulgar. Quiero que me pinte la polla, un recuerdo de haberme corrido en su boca y de haberla obligado a tragar.

Aprieto el vaso con tanta fuerza que no sé cómo no se rompe.

El modelito que lleva es de infarto.

También es indecente a rabiar, la verdad, y saber lo que hay debajo de esos finos tirantes y esa tela sedosa es un peligro para mi salud.

Todos los hombres de la sala la miran mientras se acerca a mí como una especie de diosa. Incluso mis compañeros de equipo se vuelven para observarla. Quiero partirle el cuello a Grant porque la mira más de la cuenta, aunque yo estoy pecando de lo mismo.

—Hola —dice cuando se acerca, y ojalá se hubiera quedado lejos.

Ojalá no estuviera aquí, porque ahora que lo está, huelo su perfume. Veo la sombra de ojos azul oscuro que lleva en los párpados. Percibo el calor que irradia, y no sé por qué coño quiero acurrucarme a su lado en mi cama y mantenerla allí.

Después de haber oído sus gemidos cuando se corre, esos sonidos que se le escapan cuando la toco y su forma de encoger los dedos de los pies cuando le pellizco los pezones con fuerza, me gusta todavía más.

Piper Mitchell me tiene obsesionado, y la próxima vez que la toque, no seré tan cuidadoso.

—Pequeñaja —la saludo, en busca de normalidad.

—¿Cómo va la noche?

—¿Tú qué crees?

Ladea la cabeza y me mira fijamente.

—Espantosa, según veo. ¿Podrías…? —Me toca una de las comisuras de los labios con los dedos, levantándola en una sonrisa falsa, y sonríe—. Así. Mucho mejor.

—No me hagas parecer demasiado simpático. No soportaría otra conversación de media hora con un tío que jugó en una liga de aficionados hace veinte años y que se cree cualificado para darme consejos que no le he pedido sobre mi técnica.

—Vamos, Liam. Hasta tú sabes que unos años jugando pachangas los domingos superan con creces tu experiencia en la NHL. Deberías hacerle caso, está clarísimo.

Resoplo.

—Antes le hago caso a Grant. Por lo menos él conoce las reglas sobre levantar el palo.

—Casi me da pena la persona que puje por Grant en la subasta y gane. Tendrá que aguantar su energía nerviosa durante horas.

—No me recuerdes lo de la subasta.

—¡Ay, no! ¿Has tenido una mala experiencia? Si te digo la verdad, me parece que la idea en sí es ridícula. Si hiciéramos esto con mujeres, la gente se indignaría, pero con chicos guapos que juegan al hockey, no pasa nada, ¿no? Es un doble rasero.

—Vaya… —Me tiemblan los labios por la risa—. ¿Crees que soy guapo?

—¿Me explicas por qué te has quedado solo con eso de todo lo que he dicho? —Pone los brazos en jarras, y me pregunto si lleva ropa interior. Es imposible que la lleve con lo ajustado que le queda el vestido—. ¿Me estás escuchando?

—Claro que sí. Estás hablando de hockey, ¿verdad?

—No tienes gracia.

—Y ¿por qué sonríes?

Piper resopla y se apoya en la barra a mi lado.

—No estoy sonriendo.

—Pues parece que sí.

—Supongo que mi chaqueta rosa te ha dañado la vista más de lo que pensaba. ¿Por qué no pujáis entre vosotros? Parece la forma más lógica de estar completamente seguros de que nadie acaba con un imbécil.

—La directiva del equipo no lo permite. Las pujas tienen que venir de otra parte: de los abonados de temporada, de algún crío con la tarjeta de crédito de sus padres… He pensado que el año que viene puedo pillar un virus gástrico y evitarme todo esto.

—Es un buen plan. —Suelta una carcajada suave y saluda a alguien que está al otro lado del salón de baile—. Debería socializar. ¿Nos vemos después de la subasta?

—Si antes no me saco los ojos.

—Vale. —Echa a andar hacia un grupo de personas que está junto a la barra, en el lado izquierdo del salón de baile—. Ánimo, Liam.

Hago todo lo que está en mi mano para no mirarle el culo mientras se aleja y fracaso estrepitosamente.

Me sudan las manos.

Las luces son tan intensas que desearía haberme quitado la chaqueta antes de subir al escenario.

—El siguiente es Liam Sullivan —anuncia el maestro de ceremonias.

Mi nombre resuena hacia la multitud y todos aplauden.

Los miro con una mueca y los saludo con la mano.

Mi actitud dista mucho del exuberante carisma que han demostrado mis compañeros de equipo, pero lo hago lo mejor que puedo.

Tienen suerte de que no me haya largado cuando Emmy pagó cuarenta mil dólares para ganar la puja por Ethan y cabrear a Maverick—.

La puja inicial comenzará en cinco mil dólares.

—¡Cinco mil! —grita un hombre entre el público, y empiezo a juguetear con mis gemelos.

—¿Seis mil?

—¡Seis! —dice otra voz grave.

—¿Siete mil?

—¡Siete! —dice una mujer, y me protejo los ojos con la mano mientras intento localizarla.

Está en la primera fila con un grupo de chicas. La veo levantar su copa de champán y no puedo contener una mueca de desagrado.

—Siete —repite el maestro de ceremonias—. Es hora de ponerle emoción. ¿Diez mil dólares?

—¡Diez! —dice el primer hombre.

—¡Once! —añade la mujer, y me limpio las manos en los pantalones.

—¡Doce! —añade una nueva voz.

Es una voz que reconozco, y giro la cabeza hacia la derecha, sorprendido al ver que Piper sostiene una paleta con los brazos cruzados por delante del pecho.

Esbozo una lenta sonrisa. Veo una expresión decidida en sus ojos, una postura afilada como una navaja y una firmeza en la voz que nunca le había oído.

Tienes que ser asertivo para trabajar en su campo. Piper demuestra su agresividad cuando intenta convencer a alguien para que entre en la sala de prensa, cuando le cambia la voz al hablar con un hombre que se considera superior a ella solo porque es mujer.

Sin embargo, nunca la he visto así: despiadada. Como si estuviera esperando para atacar, y eso me encanta.

—¡Trece! —dice la primera mujer, que se echa el pelo hacia atrás como si fuera un juego de niños.

Piper frunce el ceño.

—¡Veinte mil!

El público empieza a chillar y a vitorear, emocionado. Empieza un toma y daca entre ambas, y es como ver un partido de tenis. Cuando la puja alcanza los treinta y cinco mil, no sé quién va a tirar la toalla antes.

—¿Treinta y seis? —pregunta el maestro de ceremonias a la mujer de la primera fila.

Ella consulta con sus amigas en voz baja antes de negar con la cabeza.

—Vendido a la rubia fogosa que está a la izquierda del escenario —anuncia el maestro de ceremonias, y me invade una sensación de alivio.

Prácticamente me bajo corriendo del escenario, ansioso por alejarme de los focos. Avanzo entre la multitud y paso de algunos de los chicos que intentan llamar mi atención. Cuando por fin llego hasta Piper, estoy casi sin aliento.

—¿A qué ha venido eso, si se puede saber? —le pregunto.

—He oído a esa mujer hablando con sus amigas en el aseo y no me ha gustado lo que ha dicho sobre ti.

—Piper remueve su bebida y frunce el ceño—.

Que yo a tope con la idea de que las mujeres nos apoyemos las unas a las otras, pero cuando se comportan como unas cabronas y describen cómo pretenden aprovecharse de ti esta noche, ni de coña.

—¿Me estás defendiendo, Mitchell?

—Pues sí, fíjate. —Levanta la cabeza con gesto desafiante—. Eres mi amigo, y no voy a permitir que se aprovechen de ti.

—No le habría prestado la menor atención de haber ganado.

—¿Por qué no?

—No creo que a mi novia falsa le hubiera hecho mucha gracia y no me parece bien sonreírle a otra mujer cuando estoy demasiado ocupado pensando en los gemidos que se escapan cuando te corres.

Piper toma aire de golpe.

—Pero si ya los has oído.

—Es que se me han quedado grabados.

—Sí bueno, pues yo te tengo grabado mientras te la meneas.

—A la mierda con esperar hasta fin de mes. Ven a mi casa esta noche. Te debo una clase.

—¿Estás seguro? Mañana tienes partido. —La tensión entre nosotros aumenta cuando da un paso hacia mí. A ojos de cualquiera que pase cerca, somos dos personas charlando, pero ambos sabemos que lo último que vamos a hacer cuando nos vayamos es hablar—. No quiero fastidiarte la rutina.

—Resulta que he estado jugando de maravilla desde que te besé la primera vez.

—En ese caso supongo que no deberíamos luchar contra el destino, ¿no? Así que tendré que irme a tu casa y correrme de nuevo en tu sofá.

Se me escapa una carcajada.

—Perdón por el inconveniente. ¿Estás lista para irte?

—Joder, estoy lista desde que me mandaste el mensaje aquel hace una semana. ¿Tú estás listo? No me gustaría que te perdieras toda la emoción de la gala.

La miro con seriedad.

—Me muero de ganas de inclinarte sobre el lavabo desde que te vi por primera vez esta noche. La única emoción que quiero sentir ahora mismo es tu coño. Vámonos. —Echo a andar hacia la salida, pero me paro para mirarla por encima del hombro—. ¿Tienes treinta y cinco mil dólares?

—No. —Piper sonríe y se acerca a mí contoneándose. Es la viva imagen del sexo y pone a prueba mi puta paciencia—. Pero tú sí.

—¿Me estás utilizando por mi dinero, Mitchell?

—Te estoy protegiendo, Sullivan. Son cosas distintas. Y mira, ahora vas a verme desnuda. Diría que al final te sale rentable.

Sonrío de la misma forma que lo hace ella.

—Sigue protegiéndome, pequeñaja. Me gusta cuando defiendes mi honor, pero me va a gustar todavía más cuando grites mi nombre al correrte.