Bajo control (D. C. Stars 2) 19. Piper #2
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19. Piper #2

—¿Estás seguro? En cuanto a mis amigas, las obligué a jurar que guardarían el secreto. Y ninguna violaría jamás el código de las chicas.

—¿El código de las chicas? —Liam frunce el ceño—. ¿Qué coño es eso?

—Reglas tácitas entre chicas, como no salir con el ex de una amiga, sujetarle el pelo si vomita, convencerla de que no se corte el flequillo cuando está borracha y cree que le quedaría bien un nuevo peinado o no contarle el secreto de tu amiga a tu novio porque ella te ha pedido que no lo hagas.

—Contengo una carcajada al ver su expresión de desconcierto—. Ese tipo de cosas.

—Mujeres… —murmura entre dientes—. Joder, mira que sois complicadas.

—Mira quién fue a hablar, don Ceño Fruncido.

—Mira quién se está inventando ahora apodos ingeniosos.

—¿Por eso no quedas con nadie durante la temporada? ¿Porque somos complicadas?

—No salgo con nadie porque me distrae y necesito estar concentrado. Por eso no te he dicho que vengas a mi habitación cuando jugamos fuera de casa. Esta parte de mi vida es lo primero durante la temporada. No necesito un orgasmo para sobrevivir.

—Ah. —Me toco una mejilla. Es cierto que no me ha pedido que vaya a su habitación cuando estamos fuera. Supuse que era porque se encontraba cansado por los entrenamientos o por el desfase horario, pero su razonamiento tiene sentido—. Qué interesante.

—¿Alguna otra pregunta sobre mi vida personal antes de hincarle el diente a las batatas, pequeñaja?

—Un millón. No podré hacértelas todas, qué pena.

—Contestaré una gratis cuando estemos comiendo las judías verdes gratinadas —dice mientras echa a andar hacia la cocina—. Pero porque odio las putas judías verdes.

Me acomodo en la silla, con el estómago lleno después de una comida deliciosa. La mitad de los platos procede de los restaurantes más populares de la ciudad, y creo que no me entra ni un bocado más.

—Estaba buenísimo. —Lexi deja la servilleta sobre el plato y gime—. Creo que voy a salir rodando.

—Dame diez minutos y estaré listo para la segunda ronda —dice Ethan.

—Mañana tenemos partido —le recuerda Hudson—. Si vomitas, no me hará ninguna gracia.

—Vale, papá. —Ethan pone los ojos en blanco—. Algunos somos jóvenes y tenemos un metabolismo más rápido que el tuyo.

—Como tengamos que dar más vueltas por tu culpa, te estampo contra la mampara —le advierte Riley, que lo mira desde el otro lado de la mesa—. ¿Es que no eres capaz de callarte?

—Tranquilos, niños. —Maverick le da unos golpecitos a su copa de vino con un cuchillo y se levanta. Se ha quitado el disfraz de pavo hinchable a mitad de la comida y parece muy mosqueado por haber tenido que ponerse la ropa normal—. Me gustaría decir unas palabras.

—Uy, cuando el capi quiere hablar, lo llevamos crudo —susurra Grant, y todos se echan a reír—. Vamos a estar aquí una hora.

—Con ese comentario te has ganado diez vueltas más antes del partido de mañana, Everett.

Todos sabéis que no soy serio, pero quiero serlo durante unos minutos.

En primer lugar, gracias por haber venido.

Cuando pienso en motivos por los que estar «agradecido» me vienen a la mente unas cuantas cosas.

La primera es mi chica, Emmy. La vida que compartimos y la carrera profesional que podemos desarrollar juntos.

Cariño, me encanta que me des una paliza durante los partidos, nadie lo hace como tú.

—La mira con una sonrisa de oreja a oreja—.

Luego estáis todos vosotros. No podría elegir un grupo de jugadores mejor con los que compartir el duro entrenamiento y los partidos.

Estáis ahí, día tras día, animándome. Poniéndome en mi sitio cuando digo tonterías.

Ayudándome a mejorar como capitán y como jugador.

Sé que todavía no hemos ganado la copa, pero estamos cerca.

Lo presiento, y no me gustaría ganarla con otra gente.

—Joder, tío. —Grant coge la servilleta y se suena la nariz—. No habías dicho antes que hoy íbamos a hablar de cosas profundas.

—Se suponía que veníamos a comer pavo y a jugar a videojuegos, no a que nos dejes hechos polvo. Cabrón. —Ethan se seca las lágrimas—. Esto no mola, Miller.

—Lo superarás. —Maverick vuelve a mirar a Emmy.

No estoy segura de haber visto nunca a nadie tan feliz—.

Sé que nos divertimos y lo pasamos bien, pero quiero que nos pongamos serios un momento.

Quiero que todos compartamos algo por lo que estamos agradecidos.

No hace falta que sea importante, pero, Ethan, te juro por Dios que como nombres las tetas de alguien, te estrangulo.

—Nos estás poniendo en un aprieto, capi. Así que tú vas primero —dice Riley, y todos murmuran en señal de acuerdo.

—Es fácil. Estoy agradecido por el amor de mi vida. Por la familia que pronto intentaremos formar y por la oportunidad de ser padre. Es algo que no tuve durante mi infancia y poder ser padre con mi persona preferida hace que me sienta como un cabrón con suerte.

Acto seguido, empiezan a decir uno por uno una razón por la que están agradecidos.

Hudson hace una reflexión personal y profunda.

Ethan no menciona las tetas de nadie, pero sí da las gracias por sus tres motos.

Grant me sorprende cuando habla de la organización benéfica con la que colabora para ayudar a las chicas a entrar en el mundo del deporte.

Cuando llega mi turno, titubeo.

—Me han pasado muchas cosas estos últimos años por las que estoy agradecida, pero si tengo que reducir la lista, elegiría las nuevas oportunidades, el crecimiento personal y la confianza.

Me queda mucho camino por recorrer, pero después de haber sufrido la inseguridad de no saber qué me deparaba el futuro con un divorcio que puso mi vida patas arriba, estoy orgullosa de lo lejos que he llegado.

—Me río y me froto las manos en la falda—.

Vaya, creo que me he ido al terreno personal y siento haber compartido demasiado.

Ethan, por favor, sálvame con las tetas de alguien.

—¡Ay, Pip! Por fin hablas mi id…

—Déjalo ya. —Maverick pone los ojos en blanco—. Te voy a decir lo mismo que le dijimos a Emmy. Formas parte del equipo, Piper. Si alguien te hace daño, se las verá con nosotros. Y creo que no saldrá bien parado.

—Eres el último, Papi Portero —dice Riley—. ¿Vas a decirnos una razón por la que estás agradecido?

—Por tener paciencia —contesta Liam.

—Vaya, menuda reflexión. —Ethan esboza una sonrisa burlona—. Seguramente sea lo más profundo que he oído en la vida. ¿Te importaría explicarte, Sullivan?

—No.

—Déjalo, sabes que nuestro portero es un hombre de pocas palabras.

A mi alrededor se anima la conversación sobre el partido del día siguiente, pero no les presto atención.

Estoy demasiado ocupada mirando a Liam e intentando comprender en qué ámbito de la vida pone en práctica la paciencia exactamente.