Bajo control (D. C. Stars 2) 18. Piper
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18. Piper

Piper

E l cuerpo de Liam es un estudio artístico sobre belleza masculina, y me tiene tan distraída que mi audacia postorgásmica empieza a tambalearse.

Esas facciones marcadas, el vello oscuro en el pecho, los músculos cincelados desde los hombros hasta el abdomen: todo en él es asombroso, y podría pasarme horas y horas mirándolo.

—Ven aquí —dice con sequedad. Me falta poco para abalanzarme hacia él sobre la cama—. ¿Quieres verme?

—No, ya he tenido suficiente —bromeo, pero pierde toda la gracia cuando se baja los calzoncillos por los muslos.

Su polla queda a la vista y a mí casi se me sale la lengua de la boca.

La tiene larga y gruesa, varios centímetros más grande que la de Steven y que la de cualquier otro hombre que haya visto en la pantalla de mi portátil. Le brilla la punta con líquido preseminal, y me asalta una nueva oleada de confianza mientras lo examino, porque no quiero perderme nada.

«Eso lo he provocado yo», me digo.

Está excitado por mí.

De todas las mujeres del mundo, soy yo la que se la ha puesto dura como una piedra.

A lo mejor no soy tan mala en la cama como creo.

Me siento sobre los talones. Así de cerca, veo la tensión en su mandíbula, percibo el calor de su mirada y el suave aliento que exhala cuando se la coge con una mano. Pasa el pulgar por el líquido preseminal y usa la humedad para cubrir toda su longitud, acariciándosela de arriba abajo.

—Tienes cara de querer preguntarme algo —dice con voz tensa—. ¿En qué estás pensando?

En un montón de cosas.

No bromeaba cuando le dije que Steven me la metía sin más. Nunca he visto a un hombre tocarse y me pregunto si hay un ritmo determinado. Si prefieren un tempo o hay algo que les guste más.

—¿Cuánto tardas en correrte? —le pregunto.

—Depende de si estoy haciendo cálculos mentales para evitar correrme. —Traga saliva—. Observarte mientras te masturbabas me ha dejado tocadísimo, y no me avergüenza decir que me ha puesto muy cachondo. No voy a aguantar demasiado.

—¿Te gusta mirar?

—Sí. A veces más que tocar. —Liam me atraviesa con la mirada mientras se masturba, y yo no sé dónde mirar.

Quiero averiguar lo pesada que se nota en la mano y cuántas veces tendría que acariciarlo para que se corriera.

¿Le gustaría que usara la boca?—. Aunque creo que a lo mejor solo me gusta mirarte a ti.

Esa admisión en voz baja, sea verdad o no, me infunde valor. Me agarro el borde de la camiseta para quitármela y tirarla al suelo con el resto de la ropa, que está amontonada en un rincón. Liam gime cuando me ve los pechos.

—Piper… —Pronuncia mi nombre como si fuera un gemido, una súplica con apenas un hilo de voz. Se le mueve la nuez mientras echa la cabeza hacia atrás y gruñe—. No hace falta que hagas eso.

—Mírame, Liam —le digo, y él baja la cabeza y abre los ojos de golpe. Clava la mirada en mis tetas mientras yo me las junto, masajeándomelas—. Lo hago porque quiero.

—Joder.

—¿Te gusta lo que ves? —le pregunto.

—Pensé en ti en la ducha la otra noche —confiesa con voz ronca, arrastrando las palabras, como si estuviera un poco achispado y ebrio por verme—. La realidad es mucho mejor.

Yo también he pensado en él. Seguramente más de lo que debería, porque somos amigos, pero no puedo evitarlo.

He pensado en unas manos grandes que se deslizan por debajo de mis muslos y me arrastran hasta el borde de la cama. En unos dedos que me penetran, dilatándome, seguidos de su gruesa polla. He pensado en los dos alcanzando el éxtasis a la vez, disfrutando del placer y con la respiración acelerada.

—¿Qué puedo hacer para ayudarte? ¿Quieres que te hable mientras te tocas? ¿Que me quede callada? ¿Que me toque en otra parte?

Sacude la cabeza. Se le marca la vena del antebrazo por debajo del tatuaje de una hoja de helecho. El sudor le resbala por el cuello y le cae en el hueco de la garganta. Tengo ganas de lamerlo.

—Esto es suficiente.

—¿De verdad?

—Sí. Esto es perfecto. En serio, no voy a durar mucho.

Nunca he sido perfecta ni me he sentido suficiente. Sonrío, mareada por su atención y la intimidad del momento.

—Es el cumplido más grande que me han hecho en la vida. Casi tan grande como tú de hecho. Madre mía, mírate. ¿Vas a follarme con eso? Voy a salir disparada hacia las estrellas.

Empieza a reírse, pero acaba gimiendo. Se acaricia con más brusquedad a medida que va perdiendo el control.

Me mira fijamente todo el tiempo, con una expresión rebosante de deseo y de anhelo, y estoy aprendiendo que así es como deben mirarme en la cama.

No como si estuviera pidiendo demasiado o molestando.

—Estoy a punto —masculla, y le observo la mano.

—¿Te gusta apretar fuerte? —le pregunto, y asiente—. Bajas hasta el fondo y giras en la parte superior. ¿Qué me dices de la punta?

—Me gusta todo, joder. —Cierra los ojos con fuerza. Se le tensan los hombros y mueve la mano cada vez más rápido, desesperado por alcanzar el placer—. ¡Joder, Piper! Me voy a correr.

—En mis tetas —le digo—. Puedes usarme.

—Siéntate derecha.

Me apresuro a ponerme en posición, porque no quiero perderme absolutamente nada.

Segundos después siento su cálido semen en el pecho. Oigo su gemido, ronco y alto. Sus movimientos van cesando poco a poco hasta que no le queda nada dentro. Cuando termina, respira hondo y casi se cae.

—Vaya. —Toco su semen con los dedos. Obviamente sé lo que es y ya lo he tocado antes, pero nunca de esta manera. Nunca en un lugar tan visible, como si me estuvieran marcando—. Eso ha sido lo más excitante que he visto en la vida.

—¿De verdad? —Liam usa el pulgar para seguir extendiéndomelo por el pecho. Me rodea los pezones y me pinta la piel de un tono que nunca había tenido—. Joder. Te he puesto perdida. Así estás perfecta.

—¿En serio?

—Sí. Ahora te imagino con mi semen en la cara, en la garganta y en el culo.

Se me acelera el corazón al imaginarme también todo eso.

—¿Dónde sueles correrte?

—Donde cae mientras estoy tumbado en la cama, con una toalla al lado.

—No parece muy erótico.

—No lo es, no.

—¿Y cuando estás con una mujer?

—Vamos, pequeñaja, que no tengo tan buena memoria. —Hace una mueca mientras se la acaricia una vez más—. Supongo que en un preservativo. Correrte en las tetas de una mujer exige una conversación previa. Imagínate que no te aviso de lo que va a pasar.

—Seguramente te habría dado una buena patada.

—Y me la habría ganado.

—Límpiate tu primero. —Señalo la puerta que tiene a la derecha—. El cuarto de baño está por ahí.

Lo veo alejarse, andando con torpeza, con los pantalones bajados hasta las rodillas y ese culo esculpido en todo su glorioso esplendor. Cuando se cierra la puerta, me tumbo boca arriba y miro al techo. Se me acelera el corazón y sonrío al pensar en cómo ha ido la noche.

Me invade una oleada de calor mientras me toco el pecho, todavía con esa parte de él como recordatorio.

Nunca había imaginado que el orgasmo masculino pudiera ser atractivo. Steven se quedaba tumbado. Hacía un ruidito o dos, se la meneaba un par de veces y terminaba.

Pero Liam…

Liam es una obra de arte.

He memorizado los movimientos de sus manos para probarlos yo misma la próxima vez que estemos juntos. Intento recordar sus gruñidos para saber si lo que le estoy haciendo funciona.

Cuando se abre la puerta del cuarto de baño, salgo del trance. Liam se ha vuelto a poner los pantalones y parece más recompuesto que hace unos minutos.

—El grifo gotea —dice.

—Ya. Llevo un tiempo diciéndome que tengo que llamar a los de mantenimiento, pero siempre se me olvida.

—La próxima vez que venga me traigo una caja de herramientas.

—¿Sabes arreglar un grifo?

—No, pero YouTube sí.

Me echo a reír.

—Me da que podría acabar con el cuarto de baño inundado.

Liam levanta una toalla.

—Te he traído esto para que te limpies.

—Gracias. —Extiendo el brazo para coger la toalla humedecida, pero no me la da—. Puedo…

El colchón se hunde bajo su peso. Estruja la toalla y una gota me cae sobre los pechos.

—Me gusta esta parte. La de cuidar.

—¿De verdad?

—Sí. Siempre me ha gustado asegurarme de que la gente está bien.

—Odias a la gente.

—No a toda. —Me mira—. Tolero a algunas personas.

—¡Ah! —Me echo a reír cuando se acerca a las axilas—. Supongo que soy una de las afortunadas.

—¿Tienes cosquillas?

—Sí. En los pies también. Si me los tocas, grito.

—Tomo nota. —Aparta la toalla y se inclina para coger mi camiseta—. Creo que ya está.

—Gracias. —Me pongo la prenda—. ¿Te vas ya?

—¿Quieres que me vaya?

Miro mi cama con anhelo.

Me muero de ganas de que me abracen. De que me muestren afecto físico que no sea sexual después de hacer cosas tan íntimas.

Suena tonto y cursi y, Dios no lo quiera, romántico, pero siempre he sido más feliz cuando voy cogida de la mano de alguien. Cuando sus brazos me rodean. Las caricias me tranquilizan. Calman la preocupación que me provoca la idea de pedir demasiado.

—Claro. Lo que tú quieras.

—Piper. ¿En qué hemos quedado sobre la comunicación?

—Que tengo que ponerla en práctica. —Suspiro—. ¿Crees que podrías quedarte unos minutos? ¿A lo mejor tumbarte conmigo?

—No ha sido difícil, ¿verdad?

—No sé qué decirte. Me sudan las palmas de las manos.

Liam me las levanta y me las limpia con la esquina limpia de la toalla.

—Así está mejor.

Las emociones me invaden de golpe y siento ganas de llorar.

Entre los orgasmos alucinantes, la sensación de saciedad que nunca había experimentado, la adrenalina que me ha provocado ver a Liam y la anticipación de lo que sucederá la próxima vez que estemos juntos…

Todo me da vueltas en la cabeza y necesito un momento.

Me seco los ojos.

—Lo siento. No quiero que esto acabe siendo incómodo.

—Ya te dije que el sexo es emocional. —Señala las almohadas con la barbilla—. Túmbate.

Me pongo de costado y clavo la mirada en la pared. El edredón cruje a mi espalda, y luego Liam me rodea la cintura con un brazo. Me pega a su torso, y siento su cálido aliento en el cuello.

—¿Es normal pedirle a alguien que se quede después de un polvo?

—Depende de lo que cada uno prefiera. Algunas personas están deseando marcharse. Otras necesitan un poco más de tiempo. No hay una respuesta correcta o incorrecta.

—Es bueno saberlo. —Suspiro y me relajo entre sus brazos—. ¿Vas a hacer algo divertido este fin de semana?

—No. Tenemos cuatro partidos en los próximos siete días, así que voy a aprovechar cualquier oportunidad que tenga para quedarme tranquilo y relajarme.

—¿Tienes planes para Acción de Gracias?

—Espero que los Titans mantengan la racha de victorias de la temporada, y mi equipo de la fantasy league también. Voy a ver el partido. Nada más.

Me doy media vuelta entre sus brazos, porque quiero mirarlo mientras hablamos.

—¿Todos los deportistas profesionales son amigos? ¿Hay algún club guay al que pertenezcas y al que tengas que entrar con una contraseña? ¿Algo como «capullo»? ¿O «muchimillonario»?

Sus carcajadas hacen que me tiemble el pecho.

—Por sorprendente que parezca, no. Algunos compartimos al mismo representante. Muchos nos movemos en los mismos círculos. Intento ser cordial con todas las personas a las que conozco, pero no somos colegas. Sí fui a la universidad con Colton Clark, que juega al baloncesto en Orlando.

—Ese tío es un fenómeno.

—Tú lo has dicho. Es más joven que yo, pero hemos hecho algunas cosas de publicidad para la uni.

—¿Quién es la persona más famosa que tienes en tus contactos?

—Tienes muy buena opinión de mí. Ya te he dicho que soy aburrido.

—Venga ya. Seguro que hay alguien impresionante.

—Puede que tenga el teléfono de Ella Wright. O por lo menos el de su publicista. Quizá lo haya borrado.

—¿Has hablado con la artista pop más conocida del mundo? ¿Cómo?

—En una gala benéfica hace un par de años. Es muy simpática. Y hace música pegadiza también.

—Y yo que me creía guay porque tú y yo hemos cruzado algunos mensajes. Ahora vas y me superas con lo insuperable. —Resoplo—. Deja que vuelva a mi agujero de donnadie.

—Eres muy guay, rubia. Y desde luego que eres alguien.

—Anda, me has cambiado el apodo. —Le toco el torso y trazo el contorno de sus músculos—. ¿Qué ha pasado con «pequeñaja»?

—No sé. —Se encoge de hombros y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja—. No quiero que creas que te estoy insultando por tu altura ni llamándote insignificante. Se me ha ocurrido cambiar.

—Si midieras metro setenta y la tuvieras pequeña, seguramente me ofendería. Teniendo en cuenta que eres un gigante con un pollón, te lo voy a permitir.

Estalla en carcajadas, y es el sonido más bonito que he oído en la vida. Quiero embotellarlo para poder oírlo de nuevo. Quiero contarle todos los chistes habidos y por haber para verlo esbozar una sonrisa de oreja a oreja.

—Mira, me has alegrado el día.

—¿Más que el orgasmo?

—Pues casi, casi.

—No sabía que alabar tu polla lo cambiaría todo, pero me alegro de haberte ayudado.

—No es porque hayas alabado mi polla, aunque lo agradezco, por cierto. —Se aparta un poco y me coge la barbilla con los dedos—. Es que estás ganando confianza. Hace dos semanas no me habrías dicho algo así. Ahora mírate: ya tocas las pollas.

—Ojalá. Cierta persona no me deja tocar nada todavía.

—¿No dijiste que la paciencia es una virtud?

—Que sí, que sí. ¿Te estoy quitando demasiado tiempo? Pico seguro que te echa de menos.

—Lo dudo. Apuesto a que está dando gracias por haberse librado de mí.

—De eso nada. Seguramente seas el mejor padre gatuno que existe.

—Es el mayor elogio que podría recibir, de verdad. Que le den a la Stanley Cup.

Se me escapa un bostezo.

—Voy a cerrar los ojos. Me has dejado agotada.

Liam me pone una mano en la cadera y me da un apretón.

—Que duermas bien, Piper.

Se me relajan los músculos y noto pesadas las extremidades. Me voy quedando dormida poco a poco y justo cuando estoy sumiéndome en la inconsciencia, sueño que Liam me besa en la frente.