17. Liam
Liam
P iper es tan suave como recuerdo.
Disfruto de ella mientras voy subiendo la mano hasta metérsela por debajo de los pantalones cortos y llegar a la parte superior de la cadera. Le rozo la cinturilla de las bragas, desesperado por saber si son también de encaje, como las que llevaba el otro día.
Azules, tal vez. O rosa fuerte.
Tiro del elástico y lo suelto, y se me escapa un murmullo cuando ella sisea por la sensación. Le acaricio la marca que he dejado con el pulgar, casi tentado de romperle de un tirón los putos pantalones cortos de seda para poder ver lo perfecta que es sin ropa.
—¿Te ha dolido? —le pregunto, porque quiero averiguar más cosas sobre ella, y porque quiero que ella averigüe más cosas sobre sí misma—. ¿Me he pasado?
—No. —Sacude la cabeza y el pelo rubio se le alborota. Me acaricia la espalda y se pega a mi piel con manos cálidas—. No te has pasado.
—Vale. —Le separo las piernas y ella me rodea la cintura—. Porque esta noche vamos a hacer las cosas un pelín diferentes.
—¿Vamos a usar los dedos? —Se le ilumina la cara de emoción—. ¿O piensas hacerme esperar y torturarme otra vez?
—Si te hago esperar es porque esto va de averiguar lo que te gusta. Lo que te lleva al límite y lo que te hace sentir bien. ¿Dónde estaría la gracia si nos saltáramos las partes que pueden ser tan buenas como el plato principal?
Le aparto la mano de los pantalones cortos y se la pongo en el abdomen. Suelta el aire, un suspiro entrecortado que hace que la energía vibre en mi interior.
Joder, la de cosas que quiero hacerle.
Hace unas semanas quise follármela contra la pared del bar, ponerla de rodillas y atarle las manos a la espalda, arrastrarla al baño y sentarla en el lavabo para poder comerle el coño, saborearla a placer, porque estoy seguro de que es dulce como el caramelo, hasta que gritara mi nombre para que todos lo oyeran.
Y cuando la vi con los patines puestos, con los ojos como platos y una expresión confiada mientras seguía todas mis instrucciones…
Eso fue lo que más me gustó.
Se me está agotando el control.
Estoy intentando hacerlo bien. Estoy intentando ir despacio para que no se ponga nerviosa ni se cohíba cuando conozca al próximo tío con el que quiera acostarse, pero verla así no me ayuda en absoluto.
—No tienes que ir con cuidado conmigo. No voy a romperme, Liam. ¿Por qué estás siendo tan cuidadoso?
—Ya sabes lo que dicen: los chicos buenos siempre terminan los últimos. Y es verdad. —Subo por su cuerpo hasta llegar al pecho. Le pellizco un pezón, encantado de descubrir que no lleva sujetador—. Estoy demasiado ocupado viendo cómo te corres como para preocuparme por ganar.
Se le escapa lo que me parece una carcajada. Pego la boca a la suya y ella levanta la barbilla para salir a mi encuentro.
—¿Vas a correrte esta noche? —susurra, y la pregunta es una puta perversión—. Y si lo haces, ¿puedo mirar?
—¿Quieres mirar?
—Sí. —Me toca una mejilla. Me acaricia la barba con el pulgar y me tira del labio inferior hacia abajo—.
Quiero verte la cara. Quiero ver lo grande que la tienes y lo dura que se te puede poner.
Quiero ver cómo te gusta que te toquen para poder hacerlo yo así también. Quiero ver si lo pones todo perdido.
La cojo de la barbilla y le cambia la respiración. Esboza una sonrisa muy parecida a la mía, como si me estuviera retando a jugar con ella, pero no sabe que no tiene ninguna oportunidad contra mí.
—Los únicos sitios que voy a poner perdidos son tu garganta o tus tetas —replico.
Abre los ojos todavía más, y me preocupa la posibilidad de haberme pasado.
Aunque en la vida real odio hablar con la gente, siempre me ha encantado hablar en la cama y ser el tío que explica, paso a paso, lo que va a hacer y que dice exactamente lo que ve, lo que saborea y lo que oye.
Para alguien que, según me ha contado, seguramente esté acostumbrada a estar callada, a lo mejor resulto demasiado vulgar. Demasiado atrevido. Cuando digo «coño», se ruboriza.
Sin embargo, se incorpora sobre los codos y me besa como si fuéramos a morir mañana, así que sé que no es tan inocente como se cree.
Tiene fantasías. Deseos. Cosas que quiere intentar, pero que le da miedo expresar en voz alta, y voy a averiguarlas por mis cojones.
—Al dormitorio —me dice contra la boca, y asiento.
Me levanto sin ponerle fin al beso y la cojo en brazos. La llevo por el pasillo, evitando por poco que se golpee la cabeza con un marco de fotos.
—¿Qué habitación?
—La de la izquierda. No… —Baja la barbilla y me besa en el cuello. Me acaricia la garganta con la lengua y casi pierdo el equilibrio—. A mi izquierda.
—¿Esta?
—No. La siguiente.
—Hay tres puertas más, Piper. ¿Es la del medio o la del final?
—¿Qué más da? Elige una habitación, Liam. Cualquiera. Nos las apañamos con lo que encontremos. Como si acabamos en la ducha, a mí me da igual.
—¿Crees que no te voy a follar en todas las habitaciones y contra todas las paredes?
—¿Contra la pared? ¿Y eso cómo se hace?
—Ya me encargo yo de la logística. Tú solo tienes que aguantar.
Piper suspira contra mi cuello, su aliento cálido y su risa dulce.
—No me gusta que tú hagas todo el trabajo. Sé que soy la alumna, pero me da la sensación de que la balanza no está muy equilibrada. Comparte la carga, Sullivan.
—¿Quieres hacer parte del trabajo? —Por fin doy con el que creo que es su dormitorio y casi rompo la puerta para abrirla. Me acerco a la cama y la siento en el colchón antes de retroceder un paso—. Enséñame cómo te tocas.
—¿Qué? —pregunta, parpadeando—. ¿De qué manera me ayuda eso a aprender lo que tengo que hacer con un hombre?
—Porque voy a observarte y decirte las cosas que te gustan. Es posible que no te des cuenta de que te gustan porque todavía no las has experimentado. Voy a ayudarte a leer tu cuerpo.
—Estoy empezando a creer que eres una especie de encantador de mujeres —murmura mirando a cualquier parte menos a mí. Espero, dejándola que decida si es algo que quiere hacer—. Vale. Pero no te puedes reír de mí.
—Nunca me reiría de ti.
Se le suaviza la expresión y asiente.
—¿Esta noche nos quedamos con la ropa puesta o nos la quitamos?
Me palpita la polla al imaginármela desnuda y abierta para mí. Me tienta la idea de ceder y mandarlo todo a la mierda, ser imprudente y despreocupado, pero quiero hacerlo bien.
Ella se lo merece.
—Puesta. —Hablo con voz ronca. Estoy tan excitado que tengo que colocármela bien debajo del pantalón de chándal. Su sonrisa burlona es una provocación, y haría cualquier cosa por verla ahogarse con mi polla—. La próxima vez nos la quitamos.
Piper se tumba boca arriba y levanta los brazos por encima de la cabeza. Se le sube la camiseta y le veo la parte inferior de las tetas.
—¿Cómo lo…? ¿Qué debería…? ¿Dónde…?
—Tócate como lo haces cuando estás sola.
Como si yo no estuviera aquí. —Hago una pausa y me quito la camiseta, que tiro al suelo.
Ella gime cuando me ve el torso desnudo, y me recorre el cuerpo con la mirada sin ningún pudor.
Me importa una mierda que me esté comiendo con los ojos; flexiono los músculos, alardeando—.
Pero voy a darte un poco de inspiración.
—También me estás inspirando para que vaya al gimnasio mañana. —Vuelve a reírse y se relaja contra el montón de almohadas que tiene detrás. Dobla las rodillas y separa los muslos, dejándome ver su entrepierna—. ¿Vas a acercarte a mí mientras lo hago?
Me muevo antes de que pueda terminar la pregunta.
Lo último que quiero es que se sienta rechazada. Como si lo estuviera haciendo por mí en vez de por sí misma. Me arrastro sobre el colchón y vuelvo a ocupar el espacio entre sus muslos.
—¿Qué quieres, Piper?
—A ti.
Joder, qué peligro tienen esas palabras…
—¿A mí?
—Sí. Bésame, Liam.
Aunque sea duro en la pista de hielo, cuando la tengo debajo, pronunciando mi nombre como si fuera importante, como si fuera mucho más que un jugador de hockey que detiene un par de goles cada noche, soy un puto blandengue.
Le daría cualquier cosa que me pidiera, sin importar lo que sea.
Así que la beso.
Con más delicadeza en esta ocasión, hasta que ella empieza a gemir de forma entrecortada desde lo más profundo de su garganta. Hasta que me clava los dedos de una mano en los músculos del cuello, animándome para que me acerque más, y se mete los dedos de la otra por debajo de los pantalones.
—Hace tiempo que no hago esto —susurra. Me aparto y la miro. Tiene los ojos cerrados y la boca un poco entreabierta—. He visto vídeos para averiguar qué me podría gustar, pero todavía no lo sé.
—¿Has probado con juguetes? —Le acaricio una rodilla con el pulgar—. A veces hacen maravillas.
—No. Quizá debería. —Arquea la espalda, con los pezones duros contra la camiseta. No puedo verlo, pero puedo oírlo: el húmedo movimiento de su dedo. El ritmo que adopta y su gemido silencioso—. Nunca he llegado al orgasmo en pareja.
—Porque necesitas más estimulación. Te gusta que te toquen en algún lugar más sensible.
—Le rodeo la muñeca con los dedos y le saco la mano del pantalón corto mientras ella aparta la que me había puesto en el pelo y la deja sobre el abdomen.
Pongo el pulgar sobre el suyo, guiándola hacia el clítoris, y hago presión sobre el punto que le gustó la otra noche.
El gemido que se le escapa es más fuerte en esta ocasión.
Cierra las piernas con fuerza contra mis caderas, y sonrío—.
Ahí está, Piper. Eso está mejor, ¿verdad?
—Joder, no es que esté mejor, es que es perfecto. ¿Cómo…? —Cierra los ojos con fuerza y jadea. Echa la cabeza hacia atrás y se muerde el labio inferior—. ¡Liam! ¿Puedes…? Necesito… —Se aferra a las sábanas—. Quiero tus dedos dentro de mí otra vez, pero no consigo un buen ángulo.
—Espera. —Aparto el pulgar y gime mientras levanta las caderas al perder el contacto. Le doy un tirón de los pantalones y se los bajo por las piernas hasta que se le quedan en los tobillos. Se los quito y los tiro al suelo con mi camiseta—. Dios.
—¿Qué pasa? —Abre los ojos de golpe y me mira—. ¿Qué he hecho mal?
Meneo la cabeza mientras echo mano de todo el autocontrol del que dispongo para no tocarme, para dejar las manos sobre ella y no agarrármela, porque esto no es para mí.
Sin embargo, verla con el tanga blanco hace que me cueste un huevo portarme bien.
Cuando veo la mancha húmeda en la parte delantera del tanga, su excitación clara y evidente, me invade un ansia que no he sentido antes.
Quiero envolvérmelo en un puño. Quiero guardármelo en el bolsillo y averiguar a qué sabe. Quiero frotármelo contra la polla hasta mancharlo con mi semen.
—No has hecho nada malo. Eres perfecta, Piper.
Se derrite al oír el elogio y separa más las piernas.
Se mete los dedos por dentro del tanga, y empiezo a pensar que no debería haberle quitado los pantalones cortos, porque ahora veo demasiado.
Oigo demasiado. Imagino que es mi polla la que se la está follando, no su dedo índice, y la observo con asombro mientras dobla la muñeca para llegar más profundo.
—¿Puedes…? —Piper hace una pausa para tomar aire—. ¿Podrías acariciarme el clítoris mientras yo…?
—¿Mientras te metes los dedos? —termino por ella, y se pone roja como un tomate.
—Creo que eso me ayudará.
Me acerco y me quedo suspendido sobre ella. Me inclino hacia delante, con una mano apoyada en el colchón junto a su cabeza y acariciándole el muslo con la otra, tras lo cual le rozo la cadera y bajo por el abdomen.
—¿Recuerdas lo que hablamos la última vez? —le pregunto al oído en voz baja—. No pienses en eso. Yo no estoy aquí. Tú disfruta sin más, ¿vale?
Asiente mientras sigue explorando. Se coloca la mano libre en el pecho y la veo tocarse las tetas. La veo pellizcarse un pezón a través de la camiseta y acaba gimiendo de gusto.
—Uf —susurra—. Eso me gusta mucho.
Mantengo la boca cerrada para que se deje llevar sin ninguna distracción. Me fascina verla cambiar la velocidad y el ritmo, más rápido durante unos segundos, luego más lento.
Se toma su tiempo, demorando el placer. La oigo jadear y vuelvo a presionarle el clítoris con el pulgar.
—Oh. —Piper se retuerce en la cama—. Me gustan las dos cosas a la vez.
—¿Sí? —Gruño mientras trazo círculos sobre su tanga. Grita mi nombre, y el sonido se me clava en la polla, una descarga de adrenalina que me la pone durísima—. ¿Estás a punto, Piper?
—Creo que sí —susurra al tiempo que asiente—. Es como la última vez.
—Lo estás haciendo de maravilla, cariño, me muero por verte estallar.
Eso la catapulta hacia el abismo.
Le tiemblan las piernas y todo el cuerpo. Una gota de sudor le cae por la mejilla. Levanta las caderas y, una vez terminado el orgasmo, se queda sin fuerzas.
Sigo tocándola y solo paro el pulgar cuando ella me lo suplica. Suspira cuando recupera el aliento, tras lo cual abre un ojo y me mira.
—¿Cómo estás? —le pregunto al tiempo que me meto el pulgar en la boca, y gimo al detectar un rastro de su sabor.
—Muy contenta. —Se echa a reír y se saca la mano del tanga. Tiene los dedos húmedos y los miro como si fueran mi última comida—. ¿Se puede saber por qué nunca es así cuando lo hago sola?
Me aparto de ella y me pongo de pie para estirar las piernas, que se me han acalambrado.
—Te gusta la penetración, pero lo que de verdad te gusta es que te toquen el clítoris. ¿Mi sugerencia? Consigue un vibrador pequeño que puedas usar mientras echas un polvo. Así podrás tener a un tío dentro y seguir disfrutando.
Me mira parpadeando, con una expresión aturdida.
—¿A los hombres les gusta que las mujeres usen juguetes? ¿No se considera una infidelidad ni nada por el estilo?
Me encojo de hombros.
—A ver, hace tiempo de la última vez, sí, pero a mí me gusta cuando lo hacen. ¿Por qué no? Quiero que te corras. ¿Qué más da que lo hagas con mis dedos o con un chisme que vibre?
—Qué pena que tu polla no vibre.
—La única característica especial que tiene es que brilla en la oscuridad.
Piper estalla en carcajadas y se pone de costado, sonriéndome.
—¿Todos los orgasmos son así de estupendos?
—Aunque no te lo creas, creo que no he tenido un orgasmo así, de modo que no puedo darte una respuesta definitiva, pero imagino que pueden serlo. Si lo haces bien.
—No hay duda de que tú lo estás haciendo bien, listillo. —Estira las piernas. Tiene un brillo en la mirada que antes no estaba—. Bueno, Liam, ya me has visto. ¿Puedo verte yo a ti?