16. Piper
Piper
Hola! Tienes planes para esta noche?
Liam
Depende de quién lo pregunte
Yo! Cambia eso tu respuesta?
Liam
Es posible. Si hay otras personas involucradas, tengo planes
Y si no hay nadie más involucrado?
Liam
Soy todo oídos
He pensado que deberíamos conocernos antes de la boda de tu hermana, así que te invito a mi casa
No en plan cita ni nada de eso!
Es en plan dos amigos hablando tranquilamente de las cosas que les gustan y las que no
Liam
Ya estás garabateando mi nombre por todo tu diario, verdad?
Me has pillado
Bebes café? Cuál es tu comida favorita? Qué prefieres, el desayuno o la cena?
Liam
Sí. Bocata de albóndigas. El desayuno
Genial! Ya lo sé todo sobre ti!
Seguro que es fácil convencer a la gente de que estamos saliendo cuando no tengo ni idea de cómo te gusta el café
Seguro que con ocho terrones de azúcar y extra de vainilla
Liam
Solo
Mecachis, casi
Liam
Entendido. Pásame tu dirección. Iré después del entrenamiento de fuerza
Podríamos apRovechar para otra clase? Que no implique patinaje sobre hielo, sino a ti de rodillas?
Liam
Un orgasmo y ya has aprendido a decir lo que piensas?
Me alegro de que mis dedos te hayan ayudado a recuperar cierta confianza
Voy a esconderme
Hasta luego!
LAS CHICAS SOLO QUIEREN (DERECHOS FUNDAMENTALES) PASARLO BIEN Y SEXO DEL BUENO
Maven
Cena esta noche? June está en casa de una amiga y Dallas juega fuera. Me aburro
Emmy
Estoy en Pittsburgh con un plato de pasta del servicio de habitaciones
Lexi
Te acompaño en el sentimiento
Emmy
No te gusta Pittsburgh?
Lexi
No me gusta la pasta del servicio de habitaciones. Te ahorraré los detalles
Emmy
Qué agradable
Esta noche estoy ocupada. Lo siento!
Lexi
Vale, y lo sueltas así, sin más? Con qué estás ocupada?
Maven
O con QUIÉN estás ocupada?
32
Emmy
O es el número de Liam o son treinta y dos hombres
Lexi
Espero que sean treinta y dos hombres. Sería un buen giro de guion
Siento decepcionaros, chicas. Solo es un hombre
Lexi
Y te está decepcionando?
... sin comentarios
Pero os aseguro que NO me está decepcionando
Lexi
Coño. El Papi Portero está que se sale
He descubierto que Liam siempre llega temprano.
Miro por la mirilla y lo veo en la puerta de mi piso a las siete en punto, de pie en el pasillo con las manos metidas en los bolsillos de los pantalones de chándal, como si llevara una hora esperando.
—Hola —lo saludo al abrir la puerta. Lo miro de arriba abajo y frunzo el ceño al ver que tiene el pelo húmedo y ondulado. Un mechón rebelde se le riza en la frente, y me dan ganas de apartárselo—. ¿No tienes frío?
—Peso casi cien kilos. Si llevara abrigo, estaría sudando.
—Pues te pido perdón por la temperatura que estás a punto de sufrir aquí dentro. Va a parecerte una sauna. —Retrocedo un paso para que pueda entrar—. Puedes dejar los zapatos donde quieras.
—Dios, Mitchell. Esto parece un puto terrario. ¿Eres un lagarto o qué? —Frunce el ceño y se lleva las manos a la sudadera que tiene puesta. Se levanta el bajo y se la quita por la cabeza, tras lo cual la tira al suelo—. Me voy a derretir.
—Abre una ventana y saca la cabeza. Se te pasará. —Sonrío cuando vuelve a fruncir el ceño—. ¿Qué tal en el gimnasio?
—Un infierno. Muy parecido a la temperatura que hace aquí.
—¿Y cómo tienes el culo después de la caída del miércoles?
—Con un puto cardenal. Anoche me dolió mucho durante el partido. ¿Y tu rodilla?
—Bien. Tengo peor el ego. Lexi lo grabó todo, y es humillante. —Cierro la puerta y echo el pestillo—. ¿Has cenado?
—He comprado un bocata después de salir del gimnasio. No puedo estar mucho tiempo después de entrenar sin repostar.
—¿Quieres que te enseñe el piso?
—Claro. Si podemos hacer una parada en la Antártida por el camino, te lo agradecería mucho.
Le doy un codazo y lo llevo por el pasillo hasta el salón.
—Aquí es donde paso casi todo el tiempo. No tengo despacho en casa, así que hago gran parte de mi trabajo en el sofá.
—Es colorido, algo que no me extraña teniendo en cuenta tu vestuario.
—Mira la estantería de la esquina y a la planta cuyas hojas cuelgan por dos estantes.
Toca la pila de posavasos que compré en un viaje en solitario a Italia nada más firmar los papeles del divorcio y luego le echa un vistazo a las mantas dobladas sobre la otomana—. Muy tú.
Es la primera vez que invito un hombre a mi piso, y me pregunto cómo será a través de sus ojos.
Me mudé aquí después del divorcio y usé el dinero del acuerdo prematrimonial para crear un hogar que fuera totalmente mío, donde no hubiera ningún fantasma del pasado.
Hay pintura nueva en las paredes: amarillo, azul, fucsia y verde. Los armaritos y los cajones de la cocina tienen nuevos acabados. Alicaté la ducha y puse una lámpara moderna en mi mesita de noche.
Es mi refugio. Un lugar repleto del amor del que no disfruté durante tantos años y que cobra vida con fotografías mías y de mis amigas, con las postales que tengo en la puerta de la nevera y que he ido comprando en los sitios a los que he viajado, con marcapáginas en los libros que señalan las escenas que espero vivir algún día.
Al igual que yo, mi piso es un proyecto en proceso. Irá mejorando con el paso del tiempo, pero es mío.
—Mi última casa era de estilo moderno. Monocromática y llena de líneas rectas. Me parecía muy estéril. La detestaba —digo.
Liam se fija en la estantería.
—¿Te gusta leer?
—Sí. —Sonrío y paso el dedo por uno de los lomos—. Me encanta evadirme con un buen libro. Hace que tenga esperanza en el mundo, ¿sabes? Es una pena que no formes parte del club de lectura de los chicos. Me encantaría escuchar tus opiniones sobre el romance oscuro.
—Soy disléxico. —Encoge los hombros al decirlo, y parece que su estatura casi se reduce a la mitad—. Tardo mucho en leer, y me cuesta imaginar cosas de forma creativa. Nunca sobreviviría en un club de lectura.
—No tenía ni idea.
—Me gusta pensar que lo disimulo bien.
—¿Y los audiolibros? Podrías probar el contenido en un formato diferente.
—¿Eso cuenta como leer? Los chicos seguramente dirían que estoy haciendo trampa.
—No dirían eso en absoluto. Liam, los audiolibros son lectura, y es una manera de conseguir que las historias sean accesibles para todo el mundo.
—Ah. Pues entonces a lo mejor pruebo con uno.
—¿La dislexia es el motivo por el que no te gusta hablar con la prensa? —Me siento en el sofá y le hago un gesto, invitándolo a ponerse cómodo donde le apetezca—. Nunca concedes entrevistas.
Elige el sillón más cercano a la chimenea y se sienta en el borde.
—No me gusta hablar con la prensa porque tuve una mala experiencia durante mi primer año en Minnesota.
—¿Qué pasó?
—Un periodista imbécil empezó a meterse con mi familia.
Me preguntó si el cáncer de mama de mi madre había dado señales de reaparecer.
Sacó a relucir a mi hermana y su antigua costumbre de salir de marcha.
Luego mencionó a mi padre y su trabajo como cartero como si fuera algo indigno.
Tuve la sensación de haberme convertido en un saco de boxeo.
Desde entonces no he vuelto a confiar en nadie con un micrófono.
Casi se me parte el corazón.
Sabía que debía haber una razón para su desdén.
Liam no es un gilipollas. Es un hombre sincero y reservado.
No es sociable, cierto, pero tampoco es mezquino.
Saber que alguien se mostró condescendiente con él en nombre del periodismo hace que me hierva la sangre.
Me dan ganas de averiguar el nombre de ese capullo y de asegurarme de que nunca vuelva a trabajar en la liga profesional.
—Siento mucho lo que te pasó, Liam. No estoy excusando su comportamiento, porque lo que te hicieron fue asqueroso, pero no todos somos así. Yo nunca te haría preguntas tan invasivas.
—Eso no cambia lo que sucedió. —Aprieta los dientes y me dan ganas de abrazarlo.
Quiero decirle que no pasa nada. Quiero prometerle que, mientras esté en el equipo, no revelaré jamás ningún detalle personal que quiera mantener en secreto—.
Así que ahí lo tienes. La razón por la que nunca volveré a ponerme delante de un micrófono.
—¿Tu madre está bien? —le pregunto con delicadeza.
—Sí. Lleva seis años en remisión.
Me inunda el alivio.
—Me alegro de oírlo, y siento mucho haber sacado un tema tan personal.
—No es culpa tuya. —Levanta la barbilla y me mira a los ojos—. Dijiste que querías pasar la noche conociéndonos mejor, ¿no?
—No tenemos por qué. Ya lo iré averiguando sobre la marcha, y…
—Es una buena idea. Estar cuatro días con mi familia va a ser difícil si no sé cómo te gusta a ti el café. A ver si lo adivino: con leche, seis terrones de azúcar y un toque de avellana.
—No bebo café. La cafeína puede provocarme migrañas, así que solo tomo infusiones de manzanilla e hibisco.
—¿Con qué frecuencia tienes migrañas?
—Depende. A veces me paso dos o tres meses sin tener ninguna. Otras veces tengo una a la semana. No hay una regla fija.
—¿Tomas medicación para tratarlas? —me pregunta.
—Medicamentos sin receta. Los que la necesitan son demasiado caros como para tomarlos regularmente, incluso con el seguro de salud que tengo. Voy a sesiones de acupuntura y también al quiropráctico, pero tengo que vigilar los gastos.
Frunce los labios y me mira fijamente, evaluándome de tal modo que me siento expuesta.
—Tengo una pregunta delicada.
Acerco las rodillas al pecho y me abrazo las piernas.
—Dime.
—Tienes dinero, ¿verdad? Tu ex es millonario.
—¿Cómo sabes que es millonario?
—Esa información la encuentra cualquiera en internet si quiere. —Hace una pausa y una expresión airada le nubla los ojos—. Tiene la nariz torcida.
—¿Verdad? Eso lo acompleja mucho.
—Sería una pena que alguien se la enderezara de un puñetazo.
Echo la cabeza hacia atrás y suelto una carcajada.
—Por favor, deja la violencia física para la pista de hielo.
En cuanto al dinero, firmamos un acuerdo prematrimonial.
Yo era joven e ingenua y creía que estaríamos juntos para siempre.
No me molesté en buscar una forma de protegerme en caso de divorcio.
Acabé con lo justo para permitirme una casa propia, pagar algunas deudas, ahorrar un poco y nada más.
Mi sueldo casi no me da para seguir pagando la asistencia sanitaria que tengo, pero me niego a pedirle que aumente la manutención estipulada.
Encontraría la manera de usarlo en mi contra.
Liam se levanta. Se acerca al sofá y se sienta a mi lado. Siento el roce suave de su mano en el codo y lo miro cuando me da un delicado apretón.
—Hazme un favor, Mitchell. Asegúrate de que el próximo hombre del que te enamores no sea un idiota con cara de necesitar un puñetazo.
—Me gusta que eso sea lo mínimo que se le exige a los hombres en la actualidad. Trato hecho, Sullivan. —Le sonrío—. ¿Alana es tu única hermana?
—Sí. No habría sobrevivido a dos como ella. Tiene mucho carácter. Creo que te caerá bien.
—Estoy deseando conocerla, aunque sea con mentiras de por medio.
—¿Y tú? ¿Tienes hermanos? ¿Mascotas?
—No. Soy hija única. Uf, ¿esto es lo que hace la gente durante una primera cita? Qué aburrido.
Se encoge de hombros.
—No lo sé. Hace años que no salgo con nadie.
—Nunca imaginé que lo de la cama sería la parte fácil. Esto es insoportable. ¿Tienes mascotas?
—Tengo un gato.
—¿Cómo? ¿Dónde estaba cuando fui a tu casa?
—Escondido. Odia a la gente. En eso se parece a mí. —Liam sonríe y se rasca la barba—. Se llama Pico de Gato y lo encontré cuando fui de viaje de estudios a Costa Rica. No dejaba de seguirme, así que volví más tarde y me lo traje a casa. Solo entiende español, pero nos las apañamos.
—¿Hablas español?
—Con fluidez, sí.
—Vaya, he aprendido más sobre ti en cinco minutos que en todo el tiempo que llevo con los Stars.
—Soy un aburrido. Voy a entrenar. Vuelvo a casa. Como y duermo, y repito el ciclo una y otra vez. No hay casi nada que valga la pena saber. ¿Hablas algún otro idioma?
—Sé lengua de signos. Tengo un primo sordo, así que aprendí cuando era joven.
—Alana también sabe lengua de signos. Podéis hablar mal de mí sin que yo lo sepa.
Se hace el silencio entre nosotros y suspiro. Alargo un brazo y jugueteo con los flecos del borde de la manta.
—No sé qué otras preguntas hacerte —admito—. Supongo que habrá alguna página web con una lista, pero me da miedo mirarla. Seguro que me agobio.
—Tienes mi número. Puedes escribirme si de repente sientes curiosidad por algo.
—Supongo que te importa mucho la opinión de tu familia sobre tu vida personal, por eso aceptaste lo de la relación falsa. Que estemos cómodos el uno con el otro y nos conozcamos bien seguro que facilita las cosas.
Liam emite un murmullo, y creo que he dado en el clavo.
—No me avergüenza no tener pareja. Es que estoy harto de tantas preguntas.
¿Cuándo voy a tener hijos? ¿Por qué no he sentado cabeza?
¿Con quién estoy saliendo? —Entonces es él quien suspira, pero no me parece que lo haga por frustración—.
Tengo veintinueve años. El hockey es el amor de mi vida ahora mismo.
No siempre va a ser así, pero quiero disfrutar de esto mientras pueda.
—No hay nada malo en querer vivir el momento. Tienes mucho tiempo para descubrir lo que quieres en el futuro.
—Gracias por la charla motivacional. —Se inclina y me agarra el tobillo con los dedos. Me acaricia la pantorrilla con el pulgar y me arranca un suspiro—. ¿Quieres seguir hablando, Piper? ¿O prefieres hacer otra cosa?
—Otra cosa —le contesto, reuniendo el valor para decirle lo que quiero y preguntándome cómo va a reaccionar.
Liam me recorre el cuerpo con mirada ávida.
—¿Lista para otra clase?
—¿Qué tienes en mente?
—Vamos a repetir lo que hicimos la última vez. El sexo, aunque solo sea por placer, puede ser emocional, y no quiero ir demasiado rápido. Vamos a tomárnoslo con calma para asegurarnos de que te sientes cómoda.
—Podemos ir despacio —me oigo decir, aunque creo que estoy teniendo una experiencia extracorporal. Me muero por sentir su boca sobre la piel y ya estoy fantaseando con cómo hará que me corra esta noche—. La paciencia es una virtud, ¿no?
Me tira de la pierna con la fuerza suficiente como para moverme y cojo aire de forma entrecortada. Acabo con la espalda pegada al sofá mientras él me recorre el muslo con la mano y juega con las costuras de mis pantalones cortos.
—Estos son una puta distracción —murmura con voz ronca y áspera.
—Pues quítamelos. No me gustaría que te desconcentraras, profe.