Bajo control (D. C. Stars 2) 15. Piper #2
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15. Piper #2

La primera vuelta es horrible. Tardamos casi diez minutos en completarla. Los niños nos adelantan y uno incluso me señala y se ríe. La mirada severa de Liam lo ahuyenta, y no puedo contener la sonrisa pese a lo mal que está yendo todo.

—El perro de Hudson se mueve más rápido que yo. —Miro hacia el golden retriever que se está deslizando sobre la barriga y me echo a reír—. Y tiene más gracia, la verdad.

—Tener cuatro patas es una ventaja injusta.

—¿Podrías ponerte unos patines en las manos y equilibrar la balanza, por favor?

—Compárate con la hija de Seymour. Es incapaz de mantenerse erguida.

—Liam, es una niña de un año que no puede ni limpiarse el culo sola. Ser mejor que ella es una crueldad.

Se ríe y empezamos otra vuelta.

—Alguien sugirió un día que hiciéramos una carrera a gatas durante el intermedio. ¿Te imaginas el caos?

—Creo que sería lo más peligroso y lo más entretenido que podría pasar en este estadio. —Saludo a Maven, y ella me hace un gesto de aprobación con el pulgar, sin levantar la cabeza, que tiene apoyada en el hombro de Dallas—. ¿Cuántos años tenías cuando aprendiste a patinar?

—Cuatro. Crecí en Chicago. Mi padre me apuntó a un campamento infantil de los Blackhawks un verano y ya no hubo vuelta atrás.

—Naciste para triunfar. Yo, sin embargo, estoy aquí haciendo el ridículo mientras me humillan unos niños que tienen veinte años menos que yo.

—No estás haciendo el ridículo. Estás aprendiendo, que no es lo mismo. —Me levanta por debajo de los brazos cuando ve que pierdo el equilibrio de nuevo. Chillo al hacer un giro brusco y ver que casi nos chocamos con la mampara—. Todos damos pena la primera vez que hacemos algo.

—Se me daría mucho mejor si la primera experiencia que tuve sobre el hielo hubiera sido así. Habría salido con ganas de ir a clase de patinaje, no de esconderme de la pista de hielo.

Lo veo apretar los dientes.

—¿Tuviste un mal profesor?

—Fue malo en muchas cosas. Gracias por ser paciente conmigo.

—No hace falta que le des las gracias a alguien por hacer lo correcto.

—Supongo que lo hago por costumbre. —Veo que empieza a alejarse y cedo al pánico—. ¡Eh, para! Vuelve. ¿Adónde vas?

—Quiero que lo intentes sola. Voy a patinar delante y tú vas a intentar alcanzarme.

—¿No te has dado cuenta de que los niños me están adelantando? ¿Y si me caigo?

—¿Qué más da si te caes? —Se detiene veinte metros por delante de mí—. Puedes hacerlo, Piper.

Hay magia en sus palabras de ánimo. No las había oído antes y, durante medio segundo, en este mundo de engaño y fantasía, en una realidad en la que me levantan en vez de derribarme, sé que puedo hacerlo.

Así que me muevo.

Avanzo arrastrando los pies, con más confianza en cada paso cuanto más tiempo logro mantener el equilibrio. Maverick y Emmy pasan a mi lado, sonriendo y animándome. Grant saca el móvil y empieza a grabarme, coreando mi nombre y levantando el puño a modo de celebración.

Hasta Liam tiene una sonrisa en la cara.

O más bien un asomo de una sonrisa, y nunca lo he visto tan guapo, con esta serena alegría mientras retrocede con disimulo poco a poco para obligarme a seguir patinando, para demostrarme a mí misma que soy capaz de hacerlo, que soy fuerte.

—¿Cómo se frena? —le pregunto, lanzándome hacia él.

—Dobla las rodillas y gira los patines hacia un lado —contesta.

Intento seguir sus instrucciones, pero pierdo el centro de gravedad. Me inclino hacia delante, consciente de que estoy a un tris de estrellarme, y juro que veo mi vida pasar por delante de los ojos.

Antes de poder hacer algo remotamente parecido a frenar, choco con Liam, lanzándolo al hielo mientras yo caigo con él.

—¡Mierda! Joder. ¡Ay, no! —Se me doblan las piernas y caigo sobre su abdomen—. ¿Estás bien? ¿Estás vivo? ¿Estoy viva? ¿Me he cortado una mano?

—Estás bien —me asegura Liam, y abro los ojos. Está tendido en el hielo como una estrella de mar, con los brazos estirados y las piernas abiertas—. Al contrario que mi culo.

—¿Te sentirás mejor si finjo que el choque ha sido una venganza por burlarte de mi americana y no porque he sido incapaz de entender tus instrucciones cuando me las has gritado?

—En ese caso, te lo mereces. No estaba preparado para que te abalanzaras sobre mí al estilo Hulk, Mitchell. —Gime y se impulsa con los codos—. Podrías tener futuro en la NHL con esos movimientos defensivos.

—¿Te has golpeado la cabeza? ¿Por qué no llevas casco? Esto es una demanda en potencia.

—Estoy bien. Solo me he hecho daño en la nalga izquierda, nada más. Menos mal que mañana estaré de rodillas durante el partido, y no sentado.

No puedo evitarlo: me echo a reír por lo absurdo de la situación.

Por nuestras posiciones. Por el gesto que hace cuando se levanta y se toca el culo, como si estuviera comprobando que sigue igual.

Por mis patéticas habilidades para patinar y por la seguridad de que nunca, nunca jamás, volveré a hacer esto.

—Qué fracaso. —Lo miro parpadeando. Liam me devuelve la mirada, todavía con el asomo de sonrisa y sin ninguna prisa por apartarme de él—. ¿Qué hacemos ahora?

—Nos levantamos y lo intentamos de nuevo.

—Ese es un punto de vista muy positivo viniendo de un tío que se pasa la vida frunciendo el ceño.

—A lo mejor es que estoy pasando página. Tu valentía y tu incapacidad para detenerte me han inspirado.

—Qué gracioso, si hasta sabe ser sarcástico. —Apoyo las manos en su torso y me pongo de rodillas—. Mi sitio está junto a la pista. Es el lugar más seguro.

—Una vuelta más y luego nos tomamos algo. —Liam me acaricia el borde del jersey con el pulgar y me roza la piel desnuda, dejando una cálida estela a su paso—. Considéralo parte de tus clases.

—Vale —susurro, incapaz de añadir nada más. No sé a qué clases se refiere exactamente, pero estoy dispuesta a ser la alumna más aplicada del mundo—. Pero solo si invitas tú.

Aparta la mano, y ya echo de menos su caricia.

—Aunque tu primer profesor fuera una mierda, ahora me tienes a mí, Piper. Sé cómo cuidar de una mujer.

Una vuelta más se convierte en dos y luego en tres. Con cada vuelta que damos, cada vez me resulta más obvio y doloroso lo diferente que es de mi ex.

Y, a juzgar por la sonrisa arrogante con la que me mira, él también lo sabe.