Bajo control (D. C. Stars 2) 15. Piper
26%

15. Piper

Piper

Cuál es tu color preferido?

Liam

La verdad es que nunca lo he pensado. Por qué?

Porque alguien con una mente curiosa que interpretará el papel de tu novia falsa quiere saberlo

Seguro que es algo aburrido, como el gris

Liam

Me atrevo a decir que el tuyo es el rosa

Qué me ha delatado?

Liam

La chaqueta que te pusiste anoche otra vez Creo tengo el color grabado en las retinas, Mitchell

Si lo necesitas, te puedo recomendar algún oftalmólogo

Liam

*imagen*

Los condones que brillan en la oscuridad EXISTEN!!!!

Liam

Fui a comprar leche, pero me desvié para comprar preservativos. Ya puedes decir que lo has visto todo

Esto me ha alegrado el día!

Liam

Tan poco hace falta?

No. Es que me fascina todo este fenómeno y el razonamiento que hay detrás

Vas a ir a la Noche Familiar?

Liam

Qué remedio…

Vas a llevar a alguien?

Liam

Veo que hemos vuelto al juego de las veinte preguntas

Voy solo

Oh! Qué pena. Nadie debería ir solo

Liam

Si lo piensas bien, todos estamos solos

Veo que has vuelto al existencialismo

Bueno, pues yo voy a ir y como soy tu amiga, no estarás totalmente solo

Por lo menos físicamente. A nivel metafísico ya no sé

Liam

Nunca me había imaginado leer un hilo de mensajes hablando de condones que brillan en la oscuridad y de metafísica

Eres portero, Sullivan. Tengo que ayudarte a no bajar nunca la guardia

Liam

Tan considerada como siempre, pequeñaja

La Noche Familiar es una de las cosas que más me gustan de trabajar para los D. C. Stars.

El club abre el estadio para que los jugadores traigan a sus seres queridos durante un par de horas. Es una noche relajada, con juegos y premios, durante la que se puede ver a los chicos comportándose con normalidad, lejos de los gritos de los aficionados.

La tradición lleva años en marcha, desde que Brody Saunders la implantó en su primera temporada como entrenador.

Le gusta decir que la camaradería no se construye durante los entrenamientos, sino fuera de ellos.

Eventos como este le dan al equipo la oportunidad de relajarse en su día libre y de disfrutar del tiempo con sus familias durante una racha de partidos en casa.

—¿Por qué no estás en la pista? —Maven se inclina sobre la mampara y me mira fijamente—. Pareces muy triste aquí sentada sola.

—Si por triste te refieres a contenta, pues sí. Estoy tristísima. —Me río y apoyo los codos en las rodillas—. ¿Es que no se puede ver la pista de hielo tranquilamente desde las gradas sin que te molesten?

—Sí se puede, pero tú siempre haces cosas con el equipo. La temporada pasada participaste en el concurso de comer perritos calientes y casi te ahogas. Por favor, no me digas que prefieres la carne procesada al patinaje sobre hielo.

—No sé patinar. Nunca he aprendido.

—¿Qué? Llevas años trabajando para equipos de hockey. Te pasas casi todos los días pegada a la pista de hielo.

—La palabra clave aquí es «pegada» no «en». Mi trabajo me mantiene bien plantada en tierra firme, y no tengo ninguna queja.

—¿Cómo es posible que nunca hayas aprendido a patinar?

Titubeo un momento antes de contestar.

Podría contarle aquella vez que Steven intentó enseñarme. Lo frustrado que acabó al ver que yo no entendía la física que sustenta los movimientos. Los gritos cuando dijo que no podía estar con alguien incapaz de darlo todo y la decepción en su cara cuando me caí y no fui capaz de levantarme.

Aunque hayan pasado diez años, no he vuelto a pisar el hielo desde entonces.

En vez de contárselo, sonrío y me encojo de hombros, fingiendo indiferencia.

—Siempre entrevisto a los chicos en el túnel. Ser experta en patinaje no forma parte de los requisitos de este trabajo —replico.

—¡Déjame enseñarte! Es muy fácil cuando le coges el truco y…

—No hace falta, Mae. No quiero acabar tirándote. Me divierto mirándoos a vosotros.

—¿Estás segura? Puedes sujetarme por la cintura. Podemos hacer un tren. Ya sabes que el equipo se unirá.

—Estoy segura. Date un par de vueltas más y luego cuando necesites un descanso, nos tomamos algo en la sala.

Me lanza un beso, y miro hacia la pista, sonriéndoles a todos los que se están divirtiendo.

Grant y su hermana, que es patinadora artística, están dando vueltas alrededor de todos los demás.

Ethan no para de hablar con una mujer que no parece muy interesada en lo que le está diciendo.

Hudson se ríe con sus perros mientras se deslizan por el hielo; y Maverick y Emmy están entretenidos con una especie de juego del pilla-pilla.

No consigo entender las reglas, pero creo que Emmy le está dando una paliza.

Sin embargo, y a juzgar por su sonrisa, él parece contentísimo de perder.

—¿Alérgica al hielo? —pregunta una voz grave, y sonrío al ver a Liam delante de mí.

—Algo así —respondo—. ¿Te estás tomando un descanso?

—Sí. Jugar al pilla-pilla con las sobrinas de Riley me está matando. Esas chicas son implacables.

—Deberían conocer a Emmy.

—Voy a darle un toque a ver si juega unas cuantas rondas con ellas. —Apoya el palo en la mampara y se levanta la camiseta que lleva su número, el 32, para secarse el sudor de la frente—. Seguramente sea más rápida que yo.

—Ya te digo yo que es más rápida que tú.

Su sonrisa burlona me deja entrever que sabe que tengo razón.

—¿Por qué no estás socializando con los demás? Este parece el ambiente que te va. Gente. Conversaciones. Mucho ruido.

Creía que nuestra primera conversación a solas después de que me besara hasta dejarme sin sentido la otra noche sería incómoda, pero esto es muy natural. Como si fuéramos dos amigos charlando, y no me siento incómoda en absoluto.

No ha cambiado nada, y me alegra mucho que no vaya a tratarme de forma distinta después de haber tenido un orgasmo en su sofá.

—Te lo estás pasando fenomenal, ¿verdad? —me burlo.

—¿Qué me ha delatado?

—Tu ceño fruncido deja claro que para ti esto es una pasada. No estoy socializando con todo el mundo porque no sé patinar.

—¿No sabes patinar? ¿Has pisado alguna vez una pista de hielo?

—Una vez. No acabó bien.

Liam murmura algo, pero no me pide detalles.

—¿Quieres aprender?

—No hace falta. Estoy muy bien aquí arriba.

—Daré un par de vueltas contigo. Será un buen respiro después de que esas crías de siete años me hayan dado una paliza.

—Eso no es el cumplido que crees, Sullivan.

—No pretendía ser un cumplido, Mitchell. —En sus labios aparece una sonrisilla—. Vamos, pequeñaja.

—Podría ser peligroso. Podrías caerte. ¿Y si acabas con un hombro dislocado y no puedes jugar? Me sentiría muy culpable.

—Piper, cuando entreno levanto el doble de tu peso con las piernas. A menos que planees convertirte en Hulk, tendrás que esforzarte mucho para tirarme al suelo.

Los periodistas de los equipos rivales lo llaman «el muro» por una buena razón. Sus anchos hombros, sus marcados bíceps y sus piernas de acero me indican que sería casi imposible desequilibrarlo.

Mi cerebro me muestra una imagen suya levantándome del suelo. Echándome sobre un hombro y llevándome por un pasillo interminable sin hacer el más mínimo esfuerzo, mientras la mano que tiene en mi muslo se cuela debajo de la ropa. Tiene la otra en mi culo, dándome un apretón.

La fantasía es increíble, y lo bastante subida de tono como para que apriete los muslos y trague saliva en un intento por sacarme ese pensamiento de la cabeza.

—¿Me prometes que no te reirás de mí? —le pregunto.

—No. Pero no me reiré tan fuerte como para que lo oigas.

—Qué cabrón —digo, pero me levanto y me acerco a él—. No tengo patines.

—¿Qué número calzas?

—Un treinta y siete.

Liam levanta un dedo y atraviesa la pista. Siempre estoy muy concentrada en el juego y él siempre está en la portería, inmóvil a menos que el disco se acerque a él, así que se me olvida lo guapo que está cuando patina.

Lo hace con facilidad. Como si se deslizara por el aire o caminara sobre el agua.

Podría pasarme horas viéndolo moverse.

Vuelve al cabo de un minuto y levanta un par de patines blancos que están rayados en la punta.

—Ya no tienes excusas.

—¿Eres mago? ¿De dónde los has sacado?

—Le decimos a la gente que traiga un par extra para poder donarlos a la organización benéfica con la que ayudamos a la comunidad. A ver si te quedan bien.

Me quito las zapatillas deportivas a regañadientes y me pongo los patines. Me los ato y me levanto. Pierdo el equilibrio y estoy a punto de caerme.

—Por desgracia, me quedan bien. ¿Debería ponerme un casco? ¿Y unas protecciones? La última vez que intenté moverme por el hielo me caí unas dieciocho veces.

—¿Nada más? Deberías haber llegado a veinte.

—Creo que veinte habrían arruinado mi amor por este deporte.

Me tiende la mano y, en esa fracción de segundo, decido pasar de todo y probarlo, porque ¿de qué sirve mi vida si me paso el tiempo mirando desde la barrera? ¿Si me pierdo todas las cosas buenas que suceden a mi alrededor por miedo a fracasar?

Sé que estoy en un lugar seguro. Que es una oportunidad para aprender sin repercusiones, así que acepto su mano.

Tiene callos en la base de los dedos. Su palma es cálida incluso con la baja temperatura de la pista, y su agarre es firme y suave, como si pudiera atraparme sin dificultad y levantarme antes de que toque el hielo si me cayera de bruces.

Me rodea la cintura con un brazo por delante y me coloca la otra mano en la parte baja de la espalda para guiarme. Puedo sentir su calor a través del jersey de lana, y su cercanía me da una seguridad que no tenía la primera vez que me puse los patines.

—Estupendo —murmura mientras avanzamos en línea recta. Tropiezo en la primera curva, pero su agarre no flaquea—. Lo estás haciendo muy bien.

—Parezco un cervatillo, ¿verdad?

—Más bien una cría de jirafa. Estás cargando todo el peso en la parte superior del cuerpo hacia delante, y eso te hace perder el equilibrio. Distribúyelo uniformemente. Relájate y deslízate con cada paso, como si estuvieras empujando el hielo.

Escucho sus pacientes instrucciones. Decido concentrarme menos en los nervios y más en usar el suelo como punto de apoyo, y eso me ayuda. El cambio hace que todo resulte un poco más fácil.