14. Piper
Piper
N o es ninguna sorpresa que Liam bese como hace todo lo demás en la vida: de forma meticulosa, deliberada y casi obsesiva, hasta el punto de que me pregunto si me mintió cuando me dijo que llevaba cuatro años sin mantener relaciones sexuales, porque esto se le da de vicio.
Nunca me imaginé que el mejor beso de mi vida me lo daría Liam Sullivan, pero aquí estamos.
Me consume por completo. Me toca, me anima, me arranca sonidos que no sabía que podía hacer y lo único que quiero es más.
Lo empujo hacia atrás para cambiar de posición, de modo que acaba sentado en el sofá.
Sigo mi instinto, me pongo de rodillas y me coloco a horcajadas sobre su regazo.
Él me sube una mano por el muslo y la detiene en mi cintura.
Cuando me acaricia la piel desnuda con el pulgar, me recorre una descarga eléctrica.
¿Se supone que tiene que ser así?
Solo me está tocando con la mano, pero nunca me había excitado tanto. Es como si fuera consciente de cada centímetro de mi cuerpo y estuviera hipersensible a la presión de sus dedos y a los dibujos que traza sobre mi piel.
Me pregunto es una sensación a la que me acostumbraré con el tiempo. Si, cuando pasemos a la décima o duodécima lección, dejaré de sentir el aleteo de las miles de mariposas en el estómago.
Me pregunto si es cosa suya o cosa mía que esta lenta y sensual demostración de afecto sea lo mejor que he sentido en años.
—Ve más despacio —murmura Liam contra mi boca cuando intento mover las caderas sobre él.
Traslada la boca a mi cuello y me da un chupetón que hace que ponga los ojos en blanco de placer y me deja sin respiración mientras le clavo los dedos en los músculos, porque tengo la sensación de que estoy a punto de salir flotando.
Me lame la clavícula, y no sé si lo odio o si lo quiero—. Esta noche solo nos vamos a besar.
—¿No quieres? —le pregunto.
A una mujer más fuerte ni se le pasaría por la cabeza hacer semejante pregunta en este momento, pero esa no soy yo.
Todavía no.
Soy la chica que se compra lencería nueva y posa en la cama, suplicando que la toquen, solo para que la rechacen.
No quiero que esto vaya más allá si es algo unilateral.
Se supone que debe ser algo casual, para pasarlo bien. No busco nada romántico, ni velas, ni pétalos de rosa en la cama, pero eso no significa que quiera aprender con alguien que se limita a seguirme la corriente. Con alguien que lo hace por lástima, porque le doy pena.
Mi ego no lo soportaría.
Liam no contesta. Me levanta de su regazo como si pesara lo mismo que un saco de plumas y vuelve a tumbarme en el sofá con cuidado. Se coloca entre mis piernas y me mira.
Hay fuego en su mirada. Tiene las mejillas sonrosadas. Me toca el cuello con una delicadeza que contrasta con la hinchazón de sus labios, que hace unos segundos me besaban con dureza y voracidad.
—La tengo como una piedra, Piper. —Me rodea una muñeca con los dedos y me baja la mano por su abdomen para que pueda sentir su polla tensa contra los pantalones cortos. Me quedo sin aire—. Ni se te ocurra creer que no quiero. O que no estoy disfrutando con esto.
Me aparta la mano, y lo miro parpadeando, dejando que se me note en la cara la pregunta que tengo en la mente. Él asiente una sola vez, animándome, y lo acaricio por encima de la ropa.
—Vaya —susurro. Se la acaricio de arriba abajo, y solo aparto la mano cuando él echa las caderas hacia delante—. ¿Esto es por mí? ¿Solo por besarnos?
Sé cómo funcionan las pollas, pero no tenía ni idea de que algo tan inocente como un beso pudiera provocar semejante respuesta en un hombre.
Cuando besaba a Steve, era algo mediocre, un contacto rápido y silencioso en la boca, que la mitad de las veces ni siquiera atinaba a encontrar.
Y nunca se le ponía dura.
—Sí. —A Liam le sale la voz ronca y descarnada. Está cargada de deseo, y me imagino cómo sonarían sus palabras contra mi cuello o la curva de mi rodilla. Entre mis pechos o mis mulos—. Cuando un tío está metido en el momento, cualquier cosa se la puede poner dura.
—Entonces ¿por qué no vamos a hacer nada más?
—Porque mereces que te folle en condiciones, Piper, y eso significa que tenemos que tomarnos nuestro tiempo para ir preparándote poco a poco.
Si lo intentara ahora, seguramente te haría daño y eso es lo último que quiero, ¿vale?
—me dice. Asiento y me muerdo el labio para no sonreír mientras añade—: Para que disfrutes de esto, vas a tener que hacerme caso, y yo digo que esta noche no vamos a hacer nada más. ¿De acuerdo?
Hostia.
Me encanta el Liam mandón.
Ya lo he oído gritar y dar instrucciones en la pista o señalar los fallos de sus compañeros de equipo en un partido, pero que me dé órdenes a mí acaba de desbloquear una nueva faceta de mi persona.
Quiero hacerle caso a todo lo que dice. Y también saber qué pasaría si le desobedeciera. Me estremezco cuando una imagen distante de su mano a punto de azotarme el culo me invade la mente, y creo que a lo mejor ya no tengo remedio.
—Vale —susurro con dificultad.
Me roza un pezón con el pulgar y tengo que contener un gemido. Es demasiado. No es suficiente.
—Bien.
—¿Y yo puedo tocarte? Quiero ver cómo eres.
—Hoy no. Aquí lo importante eres tú, ¿recuerdas? —Liam baja la boca hasta mi pecho. Sopla y me derrama aire caliente sobre el vestido, arrancándome un jadeo—. Me pregunto si podría conseguir que te corrieras así, provocándote cada vez más. ¿Crees que acabarías suplicándome?
Sí.
Me pondría de rodillas y prometería darle todo lo que tengo si eso significara encontrar el placer que tanto necesito.
Una sensación cálida y anhelante se extiende por mis entrañas. Es un incendio que empieza con moderación, pero que acaba convirtiéndose en un infierno mientras Liam me acaricia, mientras mantiene la boca a pocos centímetros de mi pezón y siento su aliento caliente sobre mí.
He sentido esto antes, sola en mi cama, levantando las caderas para encontrar la fricción adecuada.
Pero nunca lo he sentido como lo siento ahora. Tan potente. Tan adictivo.
Una experiencia que involucra todo el cuerpo.
—Él nunca lo consiguió —admito—. Siempre me costaba mucho correrme. A veces ni siquiera lo consigo sola.
—No deberías decirme eso, Piper. —Me baja los tirantes del vestido. Siento el azote del aire frío de la casa sobre la piel desnuda, pero Liam no aparta la mirada de la mía en ningún momento—. Siempre me han gustado los desafíos.
—¿Siempre tienes tanta confianza en ti mismo?
—Cuando sé que voy a ganar, sí.
—Pues a lo mejor deberías darte prisa.
Levanta una ceja y esboza una sonrisa, y me preocupa haber dicho algo inapropiado. ¿Ha sido un comentario provocativo? ¿Absurdo? ¿Demasiado atrevido? ¿O me he quedado corta?
Estoy acostumbrada a mantener la boca cerrada. A sonreír en vez de hablar. A asentir en vez de gemir, y no tengo ni idea de si lo estoy haciendo bien.
—Noto que estás dándole vueltas a algo —dice.
—Es que como tú me estás hablando, se me ha ocurrido que debería contestarte, pero ni siquiera sé si te gusta que te hablen y…
—Me gusta que me hablen. Y también que me digan lo que tengo que hacer. —Su sonrisa adquiere un cariz ufano—. ¿Puedo mirarte, Piper?
—¿Mirarme? —Me señala con un gesto de la barbilla y se me enciende la bombilla—. ¡Ah! Sí. Claro.
Baja la mirada por mi cuerpo, desde el cuello hasta las clavículas. Cuando llega a mis pechos, suelta una retahíla de palabrotas que hacen que me sonroje.
—Joder. Tienes unas tetas perfectas. Sabía que ibas a estar preciosa sin ropa.
Me pone una mano en un pecho y me pellizca el pezón con el pulgar y el índice. No me molesto en ocultar un gemido y, cuando baja la cabeza y me chupa, casi me levanto de un salto del sofá.
—Mierda —susurro al sentir que me atenaza una sensación nueva e inexplorada—. Eso me gusta.
Mueve la boca hacia el otro pezón y creo que me voy a morir.
En mi lápida tendrán que poner «La mató la boca del portero gruñón en el sofá de su salón», porque Liam está moviendo la lengua siguiendo un patrón que nunca he experimentado antes y luego me muerde, con fuerza, y ya no sé ni cómo me llamo.
Entro en trance, deleitándome con sus manos sobre mi cuerpo y el recorrido que traza mientras me exploran.
Cuando me acaricia la parte inferior de un pecho, encojo los dedos de los pies.
Cuando me pellizca el pezón de nuevo, añadiendo más presión que antes, le rodeo el cuello con los brazos para no levantar las caderas del sofá.
Cuando me roza la parte delantera de las bragas con la caricia más leve y cruel del mundo, estoy a punto de estallar.
—Creo que necesito más —jadeo—. Creo que estoy cerca. No lo sé. Nunca me he sentido así antes. Estoy… —Tomo aire con fuerza, sin saber lo que necesito ni cómo expresarlo, solo que no quiero que pare jamás—. Liam, por favor.
—Ahí están de nuevo esas dos palabras que tanto me gustan. —Me aparta la mano de entre las piernas y gimo por su ausencia—. Dime lo que sientes.
—Me arde la piel. Siento una… energía ahí dentro. Como si estuviera a punto de alcanzar algo, pero todavía no llego. Me he corrido antes, pero no es… Esto es totalmente distinto. Nunca ha sido tan intenso.
—Porque nunca te lo han hecho bien. Si sigo tocándote, ¿crees que podrás correrte?
—¿Pasa algo si lo hago? Me gu-gusta lo que estás haciendo.
No sé cuál es el protocolo adecuado en estos casos y yo solo quiero hacerlo bien. Mis conocimientos sobre los preliminares son limitados y nunca he llegado al orgasmo sin algún tipo de penetración.
Si pienso que Liam podría conseguirlo usando solo la boca, me cabreo por todo el placer que me he perdido.
—Joder, estaría de puta madre si lo hicieras. Quiero verlo. Quiero oírlo. Piper, no tienes que contenerte en ningún momento y, cuando estés a punto, quiero que te dejes llevar. Piensa solo en lo bien que te sientes, ¿vale?
Asiento y contengo el aliento, pero lo suelto en cuanto vuelve a acariciarme con la boca. Gimo cuando me roza el muslo, mientras me sube el vestido, como si quisiera ver más de mí.