13. Liam
Liam
P iper llama a la puerta de mi casa diez segundos antes de las seis.
Titubeo un momento antes de agarrar el pomo y abrirla de par en par.
—Hola —dice sin aliento y con las mejillas sonrojadas.
Se ha puesto un vestido vaporoso bonito que se abre en abanico a la altura de sus caderas y le llega por encima de las rodillas.
Doy gracias a los dioses del tiempo por la temperatura más cálida de lo normal que hemos tenido esta semana.
Lleva el pelo suelto y su sonrisa, aunque titubeante, es preciosa.
Me siento como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago—. ¿Qué tal?
—Bien. —Retrocedo un paso y le hago un gesto para que entre—. Pasa.
Capto su perfume cuando pasa junto a mí. Me pregunto si toda mi casa empezará a oler a flores si sigue viniendo. Supongo que podría haber cosas peores en la vida.
—Gracias. ¿Qué tal la tarde?
—No me quejo. —La sigo, asumiendo de nuevo mi papel de perro abandonado—. ¿Te apetece algo de beber?
—No. El alcohol me desinhibirá, pero quiero estar presente esta noche. —Suelta una carcajada mientras se sienta en el sofá de cuero y deja el bolso a sus pies—. Pero por mí no te cortes.
—Tranquila, no me hace falta.
Se hace el silencio entre los dos, y sé que tendré que ser yo quien lo rompa.
Yo le he dicho que venga. Seguro que tiene ciertas expectativas. Cosas que quiere que haga, cosas que quiere aprender. Además, con su falta de experiencia, es imposible que sea ella quien dé el primer paso.
—Voy a hacerte una pregunta que no quiero hacer, pero tengo que hacerla antes de empezar con esto. ¿Cuándo fue la última vez que te hiciste pruebas? Has mencionado que tu marido era un puto gilip… Perdona. Que te fue infiel, y quiero asegurarme de que no hay…
—Exmarido —me interrumpe, y le tiemblan los labios por la risa—. Pero sí que es un gilipollas.
—Lo siento. No sé cómo se me ha podido escapar un insulto a mí.
—Habrá sido un lapsus. En cuanto a lo de ser infiel, fui a hacerme una analítica en cuanto me enteré de la aventura. Todo dio negativo y no he estado con nadie desde entones.
—Yo tampoco tengo nada que decir en ese sentido.
—Supongo que llevar años célibe es lo que tiene.
Se me escapa una carcajada.
—Cuando lleguemos a la parte sexual de este acuerdo, me gustaría que usáramos preservativo.
—Me parece bien. La seguridad es lo primero, ¿no?
—Exacto. ¿Tienes alguna preferencia al respecto? ¿Látex? ¿Sintéticos? ¿De los que brillan en la oscuridad?
—¿Que brillen en la oscuridad? —Piper estalla en carcajadas, y eso rebaja la tensión que me ha atenazado durante toda la tarde—. Eso no existe, ¿verdad?
—Según Grant, sí. La imagen de la caja parece sacada de otro planeta. Supongo que los usas si quieres que tu polla parezca de otro mundo.
—Madre mía. —Se agarra un costado y empieza a respirar con dificultad por la risa—. Como si en vez de una polla fuera un cohete.
—A ver, en las dos cosas te puedes montar. Ambas te pueden llevar a las estrellas. Y no soy astronauta, pero tengo entendido que para ambas hace falta cierto impulso.
—Me está dando flato de reírme. —Cuando por fin se calma, se seca los ojos con el pulgar—. Creo que debería estar tomando notas, porque no tengo ni idea sobre preservativos con una estética capaz de transportarte a otra galaxia. ¿Qué más tienes que enseñarme, profe?
—A ver, listilla. Lo que voy a decir a continuación a lo mejor me hace parecer un capullo, pero tengo que decirlo. Me gustas como persona.
—Qué bonito, Liam. Tú también me gustas como persona.
El comentario me toca las narices, así que sigo adelante como si no lo hubiera oído para no darle demasiadas vueltas.
—Dicho lo cual, no estamos saliendo. Nuestro acuerdo solo es físico. No soy tu novio. Mi prioridad es el hockey. Cuando nos acostemos, te trataré bien. Te enseñaré lo que quieras aprender. Pero en el mundo real no voy a ir por ahí dándote la mano.
—Dios mío —dice con un tono aburrido—. Ya noto que empiezo a enamorarme de ti. Haz el favor de no ser tan irresistible. Estás haciendo que sea imposible mantenerme alejada de ti.
—El sarcasmo no te sienta bien, Mitchell.
—Pues estás sonriendo.
—No estoy sonriendo. Es una mueca de dolor.
—Perdona, me habré equivocado. Tienes razón en cuanto a que esto es solo físico.
Por fin he conseguido el trabajo de mis sueños y estoy centrada en eso.
Quiero quedarme en Washington D. C. mucho tiempo y la forma de lograrlo es hacerlo mucho mejor de lo que nadie espera de mí, pero no lo conseguiré si me distraigo.
Nos lo pasaremos muy bien, pero se quedará todo en la intimidad hasta que tengamos que ir a la boda de tu hermana.
Después de eso podemos cortar con esto y seguir con nuestras vidas.
Sé que Piper está ansiosa por que empiece el juego. Está sentada al borde del sofá y me observa de la misma manera en la que he visto que me miran otras mujeres: como si fuera a marcarme como de su propiedad. Como si yo fuera algo que necesita tener a toda costa.
Y, joder, yo también la necesito a ella.
Ahora que puedo tenerla, ahora que puedo tocarla, me muero por hacerlo.
Los chicos me dicen a menudo que tengo que relajarme, así que eso es lo que estoy intentado hacer. Estoy tratando de dejarme llevar y disfrutar de lo que me rodea.
Me acerco. Piper sigue mis movimientos hasta que me planto justo delante de ella. Extiendo un brazo y le coloco los dedos debajo de la barbilla para levantarle la cara y encontrarme con su mirada.
—Lo de la comunicación iba en serio, Piper. Tienes que decirme en qué piensas y qué sientes. Si hay algo que no te gusta, paramos.
—Te prometo que lo haré. ¿Vamos a tu habitación?
—No. Hoy nos quedamos aquí.
—¿Por qué?
—Tenemos tiempo de sobra. Si lo haces bien, el sexo no solo va de sexo. Va de expectación, de preliminares, de todo lo que pasa antes del plato fuerte. No puedo follarte como te gusta si no sé qué te pone, ¿verdad?
Se le mueve la garganta al tragar saliva.
—No, supongo que no.
—Va a ser un proceso largo. Voy a hacerte preguntas mientras tanto y quiero que me contestes con sinceridad para que pueda conocerte mejor.
Todo esto me parece demasiado rígido y formal. La sensualidad brilla por su ausencia y no se parece en nada a los encuentros que he tenido hasta el momento, pero Piper cuenta conmigo. Y nunca me ha gustado decepcionar a los demás.
—¿Qué clase de preguntas?
—¿Te gusta que te hagan esperar? —le pregunto—. ¿Te gusta que sea rápido?
—Mmm. —Echa la cabeza hacia atrás y mira hacia el techo—. Creo que me gusta que me hagan esperar. Es… lo que hago cuando me toco. Intento prolongarlo. Cuando mi ex y yo lo hacíamos, siempre se limitaba a… metérmela.
—Me cago en todo. —Me pellizco el puente de la nariz y gruño.
Es imposible ser tan gilipollas como ese tío—.
Vale. Esta noche vamos a empezar por besarnos y tocarnos un poco.
Ya está. Yo no voy a limitarme a metértela, Piper.
Cuando lleguemos a ese punto, habré conseguido que te corras por lo menos doces veces antes de follarte.
—Ahora sí que creo que debería estar tomando apuntes. ¿Todos los tíos se comportan como tú?
—Los listos sí.
—¿Por qué?
—Algunos podemos corrernos con ver cómo te corres tú. Comerle el coño a una mujer es una de las cosas que más me gustan en el mundo.
Pone los ojos como platos y clava la mirada en la parte delantera de mis pantalones cortos de deporte como hizo la otra noche. Esta vez no la aparta. Examina el contorno de mi polla semierecta y se muerde el labio inferior.
—¿De verdad te gusta tanto?
—Sí.
—¿Por qué?
—Me gusta saber que lo que hago está funcionando, y en ese momento es fácil verlo. —Le toco una mejilla y le acaricio el cuello con los dedos—. Puedo sentirlo. Oírlo. Saborearlo.
—Es sexy —susurra—. Que te guste.
—¿Puedo besarte, Piper?
—Ah, pues… Puede que tampoco se me dé muy bien besar. Steven nunca fue muy cariñoso conmigo y no he besado a nadie en todos estos años. Seguro que meto demasiada lengua. O…
—No me estás respondiendo. ¿Puedo besarte, Piper?
Es su oportunidad de echarse atrás, de huir antes de que empecemos algo que no podamos deshacer. No quiero que se arrepienta y necesito que esté segura al puto cien por cien de que esto es lo que quiere.
Y de que lo quiere conmigo.
—Sí —susurra tan bajito que no estoy seguro de que lo haya dicho de verdad.
—Sí ¿qué?
—Sí —repite, más alto en esta ocasión—. Puedes besarme, Liam.
No sé cuántos primeros besos he vivido. ¿Unos veintitantos?
Nunca me había puesto nervioso con ninguno hasta ahora, porque ella confía en que lo voy a hacer bien.
Cuenta conmigo para ofrecerle la diversión que nunca ha experimentado, para estar segura de que aprende y de que el próximo hombre con el que esté no se sienta decepcionado, y nunca me ha gustado fracasar.
—Cierra los ojos —le digo—. Ladea la cabeza.
Sigue mis instrucciones, cierra los ojos con suavidad e inclina la cabeza ligeramente. Tiene las manos en el regazo y está dándose golpecitos nerviosos en el muslo, así que entrelazo nuestros dedos para darle un rápido apretón y que sepa que puede tocarme.
Le pongo la mano libre en la cara y le acaricio la mejilla. Contiene el aliento y me doy cuenta de que casi está temblando. Agacho la cabeza y cuando le beso el cuello casi se me escapa un gemido.
Sabe a sol, joder.
Su piel es cálida y suave, y se le escapa un jadeo silencioso mientras le dejo un reguero de besos por el cuello. No me detengo hasta llegar a la comisura de sus labios.
—¿Segura? —le pregunto por última vez.
Piper vuelve la cara, con los labios a menos de un centímetro de los míos.
—Segurísima.
No necesito oír nada más.
Acorto la distancia que nos separa. Poso la boca sobre la suya y me trago la suave exhalación que deja escapar. Me rodea los hombros con los brazos y me atrae hacia ella, y no puedo evitar sonreír por su entusiasmo.
—¿Se puede…? ¿Puedo hacer ruido? —susurra, apartándose un poco de mí—. ¿O debería quedarme callada?
—Haz lo que te apetezca. A mí me gusta saber que lo que estoy haciendo está bien, así que prefiero oírte, pero no todos los hombres son iguales.
—Vale. —Piper asiente, con una expresión decidida en los ojos—. Pues voy a seguir haciendo ruidos.
Le deslizo una mano por la pierna porque necesito tocarla. Necesito sentirla y averiguar si le gusta o no lo que estoy haciendo. Ella entierra los dedos en mi pelo, me tira de los mechones más largos cerca de las orejas, y me lo tomo como una señal de que puedo darle más.
Le rozo los labios con la lengua, animándola a que los separe. Murmuro un asentimiento cuando abre la boca de inmediato para recibirme, y no puedo evitar preguntarme qué sentiría si me recorriera la polla con la lengua. Seguro que es el nirvana.
—¿Bien?
—Perfecto —murmura, y el halago me pone a mil. Me hace besarla con más ardor, con más ardor, y Piper gime de nuevo cuando le doy un suave mordisco en el labio inferior—. Eso me… me gusta. ¿Lo estoy haciendo bien?
—Lo estás haciendo genial, Piper.
Le acaricio el muslo con el pulgar, por debajo del borde del vestido. Quiero subir más, llegar a sus bragas para saber si está mojada y averiguar si está siendo sincera, si no está intentando inflarme el ego, pero me contengo.
Puedo ser paciente.
—No sabía que enrollarse con alguien pudiera ser así.
—Túmbate —le digo—. Ponte cómoda.
Se aparta de mí y, cuando la miro, no puedo evitar sentirme muy pagado de mí mismo. Me enorgullezco de que tenga el pintalabios emborronado y la mirada nublada, de la sonrisa satisfecha que le curva la boca y de que, con poco más de dos minutos de afecto, ya parezca más radiante que antes.
Piper Mitchell demuestra su amor mediante el contacto físico, y estoy seguro de que también reaccionará bien a las palabras.
Ojalá ese tío que nunca le dio lo que necesitaba se vaya al infierno.
—¿Así? —me pregunta mientras se tumba en el sofá y apoya la cabeza sobre los cojines que tiene detrás.
—Sí. —Le recorro el cuerpo con la mirada: el tirante que se le cae por un brazo. El vestido que le ciñe las tetas. Las pecas que le veo en la rodilla cuando la dobla y el encaje que atisbo en la curva de sus caderas. La devoro con la mirada porque por fin puedo—. Muy bien.
Llevo muchísimos años conteniéndome. He sido disciplinado, he seguido dietas, rutinas de ejercicio y estrictos horarios de sueño.
Pero ¿ahora? Ahora voy a pasármelo de puta madre porque me da la gana.
—¿Liam?
—¿Qué?
—¿Puedes besarme de nuevo? ¿Por favor?
Me coloco sobre ella, sin tocarla, con el torso casi pegado a su pecho. Le acerco la boca a la oreja y le susurro:
—Creo que me va a gustar que me supliques.