11. Liam #2
—Pero esto es sobre mí, sobre mi experiencia personal.
Perdí mucho de mí misma cuando estaba con Steven, y quiero recuperarlo todo.
No quiero ser una persona débil que siempre antepone a los demás.
No quiero ser callada ni tímida ni… permitir que me digan cómo debo actuar.
Por una vez en la vida, quiero ser egoísta.
Quiero divertirme, quiero disfrutar del sexo y quiero ser una mujer que sabe qué cojones quiere y va a por ello.
Liam, quiero vivir sin que me importe una mierda lo que los demás piensen de mí y, por algún motivo, creo que tú puedes ayudarme.
Para que lo sepas, la otra noche, en el bar, me excité más que en los últimos años, y apenas me tocaste. Eso tiene que significar algo, ¿no?
La miro fijamente y siento una oleada de orgullo.
Tiene las mejillas sonrosadas y hay un brillo en sus ojos que no estaba ahí cuando ha llamado a mi puerta. He visto a Piper Mitchell de muchas formas a lo largo de los años, pero esta podría ser mi preferida.
Decidida. Sincera. Irresistible.
—Si dijera que sí, necesitaríamos reglas. Reglas estrictas y un plan inflexible para los próximos meses.
—¿En qué estás pensando?
—Si voy a ayudarte en la cama, tú vas a ayudarme durante la boda de mi hermana. Tendremos que conocernos lo bastante bien como para que puedas contestar a las preguntas que mi familia pueda hacerte sin que resulte evidente que los estamos engañando.
—Ah, eso es muy fácil. Investigar es mi trabajo. Además, hace tiempo que siento curiosidad por ti. Cuanto más te conozca, mejor.
Eso me pone nervioso y hace que quiera levantar muros que normalmente solo utilizo para mantener alejada a la gente cuando se acerca demasiado, porque mis asuntos son cosa mía y de nadie más.
Pero entonces Piper me sonríe. Extiende una mano y me la pone en el brazo.
Me acaricia los tatuajes con el pulgar y me derrito un poco.
Soy débil.
—Sí, claro. Sí.
—¿Cuáles son tus otras reglas? —me pregunta.
No tengo ni puta idea de cuáles son mis otras reglas porque no esperaba pasar la puta noche hablando como si tal cosa de sexo con la mujer que me gusta desde hace años.
¿Acaso sé hablar? ¿Soy capaz de formar un pensamiento coherente?
—La comunicación —digo, sacándome algo de la manga.
Sin embargo, parece importante. Como si fuera una regla que, de estar pensando con claridad, hubiera sugerido—.
No puedes esconderte de mí cuando hablemos de algo en la cama.
Necesito que seas sincera sobre las cosas que te gustan y sobre las que no.
Si pensabas que algo iba a gustarte y resulta que no es así, me lo tienes que decir.
—¡Vaya! —exclama ella con una carcajada—. Por cómo hablas, suena como si ya hubieras hecho esto antes. ¿En tu tiempo libre haces horas extra como entrenador sexual secreto?
—No me he acostado con nadie en cuatro años. Así que no, no soy entrenador sexual de nadie.
—¿Que qué?
—¿Qué?
—Cómo que no has…, pero… creía que…
—Durante la temporada no me acuesto con mujeres.
—¿Y cuando no estamos en temporada?
—No me ha interesado nadie últimamente.
Cambia de postura en el sofá y estira las piernas antes de cruzarlas por los tobillos.
—¿Te has liado con muchas mujeres?
—Depende de lo que entiendas por «muchas». No era un pichabrava como algunos de mis compañeros de equipo, pero he mantenido relaciones sexuales.
—¿Y eras…? ¿Te han dicho que lo hacías bien?
—Sí —contesto, y se pone colorada—. Sé lo que hago.
—¿Les haces una encuesta de satisfacción? ¿Una escala de valoración del uno al cinco? A lo mejor podría montar una si aceptas… follar conmigo.
—No soy un niño, Piper. No necesito encuestas ni valoraciones. Soy un hombre y sé escuchar. Escuchar soluciona muchos problemas y no es algo que resulte difícil hacer.
Ella asiente y se humedece los labios con la lengua. Intento quedarme mirándole la boca.
—¿Qué otras reglas tienes en mente?
—Si vamos a hacer esto, tendremos que ser exclusivos el uno con el otro. Nadie más va a follar contigo mientras estés conmigo —respondo—. No me gusta compartir. Lo mío es mío.
—Sin problemas. —Piper me mira con una expresión ardiente e intensa—. Apenas he sido capaz de pedirte esto a ti. No creo que pueda volver a hacerlo.
—Vale. —Me froto el mentón. Acepté unirme al reto del Noviembre sin Afeitarse con el resto de los chicos y la barba me rasca la palma de la mano—.
Necesito unos días para pensar esto a fondo.
Mi prioridad es el hockey. Es por lo que me pagan.
No voy a sacrificar lo que más quiero en este mundo por sexo.
Piper asiente.
—No hay prisa. Gracias por molestarte en considerarlo. Sé que es una locura y no me enfadaré si dices que no. Pero he pensado que valía la pena intentarlo. Estoy haciendo muchas cosas nuevas en mi vida. ¿Por qué no añadir buen sexo a la lista?
—Si te digo que no, ¿se lo pedirás a otro?
—Mmm… —Se da unos golpecitos con los dedos en un muslo y se encoge de hombros—. Pues no lo sé, quizá. Todavía no he llegado a ese punto. Supongo que lo haré. No tengo nada que perder. Mi vida personal no puede dar más pena.
Aprieto los dientes y asiento. Detesto con todas mis fuerzas la idea de que otro tío, como uno de mis dichosos compañeros de equipo, la toque y se regodee de haberlo hecho.
Me tienta la idea de decirle que sí ahora mismo, pero tengo que pensar con la cabeza, no con la polla. Debo sopesar los pros y los contras de aceptar su propuesta antes de meterme en un lío del que no pueda salir.
—Te escribiré con lo que decida.
—Perfecto. —Piper me regala una sonrisa titubeante y se levanta—. Buenas noches, Liam. Gracias por la pizza.
—Llévate las porciones que hay en la nevera para comer mañana.
Su sonrisa se ensancha.
—Vale, gracias.
Se aleja, y cuando oigo que se cierra la puerta del piso, me llevo las manos a la cabeza y suelto un gruñido.
Puede que haya cometido el mayor error de mi vida al permitir que Piper se siente en mi sofá durante dos horas seguidas, porque ya sé que mi respuesta va a ser un puto sí.